Secuestrada (Serie Convictos 1) 12 Ash
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12 Ash

Me sumerjo en sus profundidades embriagadoras, el metal de la pistola frío pero su calor abrumador. Estoy perdido, consumido por ese lado oscuro que se deleita con su miedo y su sumisión. Siento los temblores que la recorren y los gemidos apenas contenidos que escapan de sus labios.

—Hay algo que necesito decirte, luz de estrellas —gruño.

Se tensa ante mis palabras, la anticipación palpable en el ambiente.

—Mentí —las palabras pesan entre nosotros, una confesión tácita que amenaza con romper la tensión.

No responde, se le corta la respiración—.

La pistola —confieso mientras aprieto la mano alrededor del metal frío— está cargada.

Me resulta más emocionante cuando hay un riesgo real.

El silencio se alarga, lleno solo de sus inhalaciones entrecortadas.

Siento cómo sus músculos se tensan alrededor de la pistola.

—El seguro está puesto —le aseguro mientras mis dedos rozan el mecanismo—. Pero hay balas en el cañón —el corazón me martillea en el pecho mientras espero su reacción.

Está inclinada sobre el borde de la cama, con el rostro enterrado en las sábanas, lo que convierte sus expresiones en un misterio para mí.

Pero entonces, para mi sorpresa, un sonido escapa de ella, un gemido que corta la tensión como un cuchillo.

El sonido es embriagador y me envía una descarga de deseo por todo el cuerpo.

Su reacción inesperada me sacude hasta la médula y me arrastra más hacia la oscuridad.

Es un sonido de rendición, un testimonio de que acepta la oscuridad que nos consume a ambos. Es una confirmación, como si yo necesitara asegurarme de que está completamente perdida en el momento. Su vulnerabilidad y su confianza absoluta avivan mi fuego.

—¿Te gusta eso, luz de estrellas? —pregunto. La pregunta flota en el aire, tambaleante al borde de nuestra conciencia colectiva—. ¿Te gusta vivir peligrosamente, empujada al límite? —continúo mientras las palabras salen a borbotones y la follo más fuerte con el cañón.

Su respuesta, un gemido apenas audible amortiguado por las sábanas, es toda la confirmación que necesito.

—Joder —murmuro, la palabra apenas escapa de mis labios mientras mi mano libre se mueve hacia los vaqueros. Los desabrocho apresuradamente, el corazón latiéndome en el pecho con un ritmo casi de baile. Mis dedos envuelven mi polla dura y la acaricio.

Las caricias lentas y deliberadas me envían oleadas de placer por todo el cuerpo y amplifican la electricidad que ya zumba bajo mi piel.

Detengo mis movimientos de golpe, saco el cañón de su calor resbaladizo y la dejo vacía y gimoteando.

Ignoro sus protestas y mi mano viaja hacia la mesita de noche, donde agarro una botella de lubricante que había comprado el otro día en la tienda.

Mi otra mano, que envuelve el consolador que también había comprado para este propósito exacto, brilla con el líquido resbaladizo mientras lo cubro por completo.

—Hay una razón por la que compré este consolador —le digo.

La cabeza del consolador empuja contra su entrada apretada para prepararla antes de meterlo—.

Lo compré justo para esto —digo, las palabras salen como un gruñido grave mientras empujo el juguete en su culo, la lleno, la estiro—. ¿Cómo se siente?

No puede responder; solo puede gemir.

—¿Qué tal una pistola en tu coño y un consolador en tu culo? —presiono la pistola contra su entrada apretada y la fuerzo dentro—. ¿Cómo se siente?

Sus gemidos se vuelven más fuertes. El sonido es una sinfonía para mis oídos.

—Habla, Lila —ordeno. Necesito ver sus ojos, así que la levanto con el consolador en su culo y la pistola en su coño y la llevo al baño—. Inclínate sobre la encimera para que pueda verte la cara mientras juego contigo.

Tiene los ojos tan dilatados que solo queda un fino borde azul.

—Dime cuánto te gusta —exijo de nuevo, mi voz resuena en las paredes del baño.

Su respuesta es un susurro: —Nunca he estado tan excitada.

—¿Te excita el miedo, luz de estrellas? —murmuro, mi voz distorsionada por la máscara.

La tela se adhiere a mi rostro y me transforma en el avatar sin rostro de sus deseos más oscuros—.

¿Te emociona saber que soy yo detrás de la máscara?

¿Un criminal que toma lo que quiere? —las palabras flotan en el aire, una pregunta tentadora, un desafío para que admita sus fantasías más oscuras—.

Dime, luz de estrellas —exijo—. Dime cuánto disfrutas que te folle una pistola mientras llevo este disfraz —la observo.

—Me encanta —admite, su voz apenas un susurro.

Gruño y saco la pistola de su coño, gimo al ver lo empapada que está. —Has puesto perdida mi pistola, nena.

Sus labios se entreabren mientras la sostengo en alto para que pueda verla en el espejo.

—¿Sabes qué voy a hacer con ella ahora?

Niega con la cabeza.

—Voy a follarte el culo con ella. Y luego meteré mi polla en ese coñito apretado. Por fin te sentiré envuelta a mi alrededor —saco el consolador de su culo—. Puede que solo te conozca desde hace cuatro días, pero ha parecido toda una vida. Y he querido follarte desde el primer momento.

Sus ojos brillan con miedo y excitación, todas sus defensas despojadas. —Ash, yo... —tartamudea, incapaz de formar pensamientos coherentes.

—Silencio —exijo.

Se queda en silencio mientras coloco la pistola contra su ano dilatado. Se tensa, se le corta la respiración.

La empujo dentro, centímetro a centímetro, mientras observo sus reacciones en el espejo. Veo cómo el miedo en sus ojos da paso al placer, y es la visión más embriagadora que he presenciado jamás.

Una vez seguro de que la pistola está bien metida en su culo, dejo caer los pantalones al suelo.

La polla me palpita en la mano mientras la agarro y unto el líquido preseminal que se ha acumulado en la punta.

Con una sonrisa diabólica, deslizo la cabeza de mi polla a lo largo de sus pliegues resbaladizos, provoco su entrada con el anillo del pene y luego la deslizo hacia arriba para presionar contra su clítoris hinchado.

Se le curvan los dedos de los pies y deja escapar un gemido cuando aplico la presión justa. Por un momento, simplemente disfruto de la imagen: ella doblada ante mí, el rostro contraído de placer y mi pistola metida en su culo.

Sigo frotándome contra ella, disfrutando de cómo arquea el cuerpo porque ansía más. La tensión en el ambiente es palpable, y sé que no podré contenerme mucho más.

Lila, gimoteando, habla por primera vez desde que le ordené guardar silencio.

Su voz suena desesperada, temblorosa, entrecortada.

—Ash, por favor...

Traga saliva con dificultad, y veo en sus ojos el conflicto de desearlo.

—¿Por favor qué, luz de estrellas? —pregunto.

—Por favor —jadea, con los ojos brillantes de necesidad—, te necesito dentro de mí.

Las palabras, cargadas de deseo puro, resuenan en la habitación y me encienden los sentidos.

—Esa es mi buena chica —la alabo.

Retiro la polla de entre sus pliegues, le rozo la entrada y empujo hacia dentro.

La sensación de deslizarme dentro de ella hace que todo cobre nitidez. El abrazo cálido y estrecho de su cuerpo rodeando el mío es una sensación que llevaba ansiando. A medida que me hundo más, jadea sorprendida.

—Ash —susurra con voz temblorosa.

Es entonces cuando lo siente: mi piercing rozándole el punto sensible.

Embriagado por lo prohibido de todo esto, empiezo a moverme con urgencia áspera y primitiva. Con cada embestida, siento el acero frío de la pistola rozándome la polla a través de sus finas y delicadas paredes.

La emoción del peligro alimenta mi deseo, saber que un movimiento en falso y ambos estaríamos en serio peligro. Cada embestida, cada roce, es un baile con la muerte, excitante hasta lo insoportable.

—Joder —gruño con voz ronca de lujuria desatada—. Qué increíble se siente.

—Más fuerte, Ash, por favor —suplica Lila.

—¿Lo quieres más fuerte? —la desafío.

Su respuesta es un gemido entrecortado seguido de una sola palabra que destroza cualquier resto de mi contención.

—Sí.

Me río.

—Eso es —murmuro.

Ya no puedo contenerme. Siento que pierdo el control, que mi mente se fractura bajo el placer intenso.

—Suplícame, luz de estrellas —exijo, y mi voz resuena en el silencio de la habitación—. Suplícame que te folle más fuerte. Suplícame que te tome como el psicópata que soy.

Abre mucho los ojos, con una mezcla de miedo y excitación.

—Ash, por favor —tartamudea—. Lo quiero más fuerte.

La habitación se llena de una tensión tangible.

—Me encanta —jadea mientras arquea la espalda y la follo—. Me encanta cuando me follas con la máscara puesta. Es como... —vacila, las mejillas encendiéndosele de humillación—. Puedo imaginar que eres un intruso, violándome.

Su confesión queda suspendida en el aire, pesada. Está mal. Está jodidamente mal. Pero es exactamente lo que necesitaba oír.

—Eso es, buena chica —gruño mientras una emoción oscura me recorre.

Empujo más fuerte, más rápido, deleitándome con los jadeos y gemidos desesperados con que me recompensa. En poco tiempo, esos gemidos se tiñen de dolor mientras grita mi nombre.

—Ahora, córrete para mí —ordeno con un gruñido grave en su oído.

La perforo sin piedad, con los dedos clavados en sus caderas mientras la obligo a aceptar cada centímetro de mí junto a la pistola. Su cuerpo se tensa alrededor de mí y de la pistola en su culo, la respiración entrecortada a medida que se acerca al precipicio.

Y entonces se deshace, y sus gritos de placer resuenan por el baño. Verla llegar al clímax es mi perdición. Mi polla explota en su coño, lo pinta con mi semen, la hace mía.

—Tómalo, Lila. Toma cada puta gota —gruño, y las palabras me brotan de la lengua.

Doy un paso atrás y me tomo un momento para contemplar la visión carnal ante mí.

Lila doblada, el acero frío de la pistola todavía alojado en su culo, un marcado contraste con la calidez de su cuerpo.

Un hilo de mi semen desciende lentamente desde su coño empapado.

Siento un orgullo perverso mientras saco el móvil y capturo la escena en una fotografía.

Y entonces miro al espejo.

—Echa un vistazo, luz de estrellas. Mira lo que te he hecho.

Le muestro en el espejo la imagen de su coño y su culo. Y gime.

Jodidamente gime.

Perfección. Es la única manera de describir a esta mujer.

—¿Te gusta eso?

Asiente, con los ojos empañados de deseo.

—Joder —respiro mientras deslizo los dedos suavemente por su espalda antes de agarrar el mango de la pistola.

Lentamente, se la saco del culo, y provoco otro gemido que hace que me palpite la polla. La lanzo al lavabo y luego levanto a mi luz de estrellas en brazos.

La llevo a la cama en la sórdida habitación de motel. La dulzura de su rendición me hace querer mimarla un poco. La deposito suavemente en la cama, le desato la cuerda y la tapo con la áspera manta del motel.

Con un gruñido suave, trepo a su lado y la cama se hunde bajo mi peso. Le guío la cabeza con firmeza hacia mi pecho, y su cabello me hace cosquillas en la piel.

—Descansa ahora, luz de estrellas —murmuro mientras mi mano le recorre suavemente la columna.

Al cabo de un minuto, el ritmo constante de su respiración sobre mi pecho desnudo me indica que se ha quedado dormida. Es un sonido extrañamente reconfortante, un marcado contraste con el caos de mi mente.