Secuestrada (Serie Convictos 1) 6 Lila
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6 Lila

La lluvia es implacable. Un aguacero torrencial golpea el parabrisas con una fuerza casi ensordecedora. Los limpiaparabrisas trabajan frenéticamente, pero no pueden con el diluvio; apenas logran despejar el agua que cae en gruesos regueros.

Piedras de granizo heladas se suman a la cacofonía y repiquetean contra el techo del coche en una sinfonía áspera.

Los faros apenas penetran la oscuridad e iluminan solo un breve tramo por delante.

De vez en cuando, una ráfaga de viento feroz nos hace dar bandazos y los neumáticos derrapan sobre el asfalto resbaladizo y empapado.

Agarro el volante con más fuerza, con los nudillos blancos.

Estamos solos yo, Ash y la tormenta. Nunca me he sentido tan sola.

De repente, el tenue resplandor de los faros cae sobre un obstáculo en nuestro camino.

El corazón me da un vuelco cuando me doy cuenta de que es un bloqueo en la carretera.

Un árbol enorme ha caído y sus gruesas ramas nos cortan el paso.

Piso los frenos y el coche chirría hasta detenerse justo a tiempo.

Ash se despierta sobresaltado por la parada repentina. Su mirada se dirige de inmediato a la obstrucción iluminada por los faros y suelta una maldición.

—¡Joder!

Su voz resuena en el interior del coche, casi ahogando la tormenta de fuera. La ira repentina es palpable.

—Podríamos dar la vuelta e intentar otra ruta —sugiero con la voz apenas audible sobre el rugido de la tormenta.

Ash me mira con expresión indescifrable y luego busca en la guantera. Saca un mapa viejo y manchado por la intemperie. Sus dedos trazan las carreteras mientras calcula el desvío. Se le tensa la mandíbula, señal inequívoca de irritación.

—El desvío añadirá un día y una noche entera de conducción —declara mientras mete el mapa de vuelta en el compartimento con frustración—. No podemos permitírnoslo. Tendremos que desviarnos hacia el bosque, buscar terreno elevado y esperar a que alguien despeje la carretera.

Su tono no deja lugar a discusión.

—Toma el camino de allí —dice, y señala un viejo sendero de tierra desgastado que se adentra en el bosque a la izquierda del árbol caído.

Pongo el coche en marcha con las manos temblándome ligeramente mientras conduzco por el estrecho camino de tierra.

El sendero que tenemos por delante está envuelto en oscuridad; los faros del coche apenas penetran el denso dosel de árboles.

Cada giro y curva del camino me provoca una nueva oleada de ansiedad.

El inquietante crujido de la grava bajo los neumáticos y el roce ocasional de ramas bajas contra la carrocería son los únicos sonidos aparte del repiqueteo persistente de la lluvia sobre el techo.

Después de lo que parece una eternidad, Ash me indica que me detenga.

—Aquí —dice, y señala un pequeño claro visible a través del parabrisas empapado por la lluvia.

Es un pedazo de tierra plana rodeado de árboles altos que ofrecen algo de refugio contra la tormenta implacable.

Aparco el coche y apago el motor. Nos quedamos en un silencio inquietante, interrumpido solo por el repiqueteo rítmico de la lluvia sobre el techo.

Ash sale del coche antes de que pueda hablar; la oscuridad engulle su silueta mientras descarga mis mantas del maletero.

Está empapado hasta los huesos cuando vuelve a subir, con el pelo pegado a la frente y el agua goteándole de la ropa sobre los asientos de cuero.

Sin decir palabra, Ash reorganiza los asientos traseros y los pliega para hacer espacio.

Su eficiencia es aterradora mientras extiende las mantas y crea una cama improvisada en la parte trasera de mi Subaru Outback.

—Entra —ordena con voz severa.

Temblando, me meto torpemente en la parte trasera con el corazón latiéndome contra las costillas. Él se desliza a mi lado; su cuerpo irradia calor.

Oigo el titubeo en su respiración cuando declara lo impensable.

—Tenemos que desnudarnos. El contacto piel con piel es la mejor forma de conservar el calor.

—¡De ninguna manera!

La idea de este psicópata desnudo pegado a mí me excita por razones que no debería.

—Esto es supervivencia, luz de estrellas —me dice.

A pesar de mis protestas, la determinación de Ash no flaquea. Su voz desciende a un susurro helado, un tono peligroso que me paraliza de miedo.

—No me obligues a sacar el cuchillo y cortarte el vestido.

La amenaza flota en el aire, tan escalofriante como la tormenta de fuera. No aceptará un no por respuesta.

Me quito el vestido y tiemblo mientras me quedo allí sentada solo con el sujetador y las bragas.

—Quítate eso también —exige.

Lo fulmino con la mirada.

—No hace falta.

—¿Qué te dije?

Saca el cuchillo del bolsillo y me apunta con él.

—Quítatelos.

Me quito el sujetador y él gime al ver mis pechos. Sus ojos se oscurecen de deseo mientras me mira fijamente el pecho desnudo.

—Joder, luz de estrellas —murmura, y la aspereza de su voz me provoca escalofríos por la columna—. Eres perfecta.

Su mirada está fija en mis pechos y me hace estremecer.

—Míralos... tamaño perfecto, forma perfecta —susurra con la voz una octava más grave.

Las palabras son como dedos que trazan un camino por mi cuerpo y encienden un fuego que nunca supe que existía. Y de repente, ni siquiera me siento reacia a quitarme las bragas.

Cuando lo hago, su gruñido es gutural.

—Mira ese coñito perfecto. Ábreme los muslos —exige.

Vacilo y el cuerpo se me pone rígido en señal de protesta.

—Yo... no puedo —tartamudeo.

La mirada de Ash se endurece, pero yo se la sostengo desafiante, alimentada por la rebeldía.

—No —afirmo con más firmeza esta vez.

No voy a tumbarme y dejar que este criminal haga lo que le plazca. Ignoro el miedo helado que me recorre, la frialdad cortante del cuchillo y la mirada depredadora de sus ojos. Hago acopio de dignidad, me envuelvo en la manta y digo con firmeza:

—No haré lo que se me ordena.

Con una sonrisa burlona, se quita la ropa empapada.

—Lo harás en cuanto te ponga caliente y excitada.

Arroja las prendas mojadas hacia delante sin miramientos y queda tan expuesto como yo. Su cuerpo es una escultura bien tallada de músculo y tinta que brilla bajo la tenue luz.

—Túmbate, luz de estrellas —ordena con voz áspera, una orden que resuena en el espacio reducido.

Sus ojos, tan oscuros y tormentosos como la tempestad de fuera, no se apartan de los míos mientras me reclino lentamente sobre la cama improvisada.

Se tumba a mi lado y me obliga a ponerme de costado, de cara a él. Su polla, dura y pulsante, presiona contra mi coño. El frío del piercing metálico es evidente contra mi clítoris ardiente. El calor de su polla contrasta marcadamente con el aire frío y húmedo que nos rodea.

Sus ojos, como dos pepitas de carbón, observan mi reacción atentamente; las sombras parpadeantes juegan en sus profundidades mientras espera mi respuesta.

Con una sonrisa arrogante, Ash se inclina más y su aliento caliente me roza el oído.

—Apuesto a que estás empapada ahora mismo —ronronea.

Sus dedos, ásperos pero deliberados, trazan un camino por mi muslo; su roce deja un rastro de calor a su paso.

—¿Verdad que sí?

—Su voz es un desafío, sus ojos oscuros relucen.

—No —escupo, odiando lo retorcido de esta situación. Estoy tan excitada que es enfermizo.

—No mientas —murmura mientras empuja hacia delante para que su polla se deslice entre mis muslos. Y entonces gime—: Jodidamente empapada. Tu jugo me cubre la polla. —Empieza a deslizarse contra mí y me arranca un gemido.

Frota su polla rígida contra mi clítoris sensible, lo roza con el piercing frío y la fricción crea un placer delicioso.

—Gime para mí —ordena con una voz que es mezcla embriagadora de lujuria y autoridad. Hay un brillo posesivo en sus ojos, un hambre cruda que me hace responder antes de poder evitarlo.

Cada deslizamiento de su polla contra mi clítoris me hace jadear.

El placer se acumula y se irradia en olas calientes y pulsantes.

Su mano me estabiliza las caderas, sus movimientos firmes y estratégicos me llevan al borde del placer.

El espacio estrecho en la parte trasera del coche se llena con nuestras respiraciones pesadas y gemidos entrecortados, que se suman a la sinfonía del caos exterior que golpea contra el coche.

—Ash —suspiro.

Oír su nombre en mis labios lo hace gruñir.

—Eres mi putita sucia, ¿verdad, Lila? —susurra.

Sus movimientos no cesan; el anillo de su polla se frota contra mi clítoris y me obliga a llenar el espacio con gemidos entrecortados. Sus ojos oscuros y ahumados reflejan una satisfacción perversa y un dominio embriagador que me asusta y excita a la vez.

—Estás tan jodidamente buena —respira.

Su mano me aparta mechones de pelo de la cara, su mirada intensa, depredadora.

—Si no fuera por esta maldita lluvia —comienza, mientras una sonrisa traviesa se extiende por su rostro—, te perseguiría por estos bosques.

El pensamiento me atraviesa como una descarga de excitación.

—Te cazaría, con una máscara puesta, y te tomaría en el suelo del bosque. Aunque gritaras que no.

—Sus ojos brillan con malicia ante la idea—. Quiero que grites «no», Lila —gruñe—. Me encantaría que te resistieras mientras te clavo cada centímetro bien adentro.

—Me acerca más, pega sus labios a mi cuello, sus caderas siguen moviéndose como si me estuviera follando.

La fantasía que está tejiendo está mal a tantos niveles.

.. Sin embargo, la excitación que despierta en mí es innegable.

El ritmo aumenta, cada embestida tan implacable y deliberada como la anterior.

La fricción provoca chispas de placer que me recorren entera.

Y entonces, sin previo aviso, el orgasmo me golpea con tanta fuerza que me deja sin aliento.

—Eres una chica muy traviesa —murmura—. Deshaciéndote para mí mientras te cuento mis deseos más oscuros. Te excitan, ¿verdad?

—Su voz es ronca—. ¿Quizás disfrutas con la fantasía de que te tome contra tu voluntad?

—Un gemido grave de placer se le escapa mientras sigue frotándose contra mí—. ¿Sientes lo duro que me pones? ¿Cuánto deseo estar dentro de ti? Todo esto es por ti. Todo para ti.

Sus palabras van acompañadas del anillo de su polla que se frota implacable contra mi botón sensible. Su mano se cuela para pellizcarme un pezón con picardía, y jadeo mientras me arqueo contra él.

La confesión pecaminosa y sus caricias hacen que otro orgasmo me atraviese. Nunca he estado tan excitada en mi vida. Y ahora mismo no puedo pensar en lo que eso dice de mí y de mi estado mental.

Su risa, cruda y cargada de lujuria, llena el espacio reducido.

—Mi sucia estrellita quiere que la violen, ¿verdad? —gruñe—. Y estoy deseando explorar más tus fantasías sucias.

Con una embestida final y contundente, se corre y su semen caliente se derrama sobre mi coño. La intensidad del momento nos deja a ambos agotados, con la respiración entrecortada, mi cuerpo aún temblando tras dos orgasmos más poderosos y arrolladores que cualquier cosa que haya experimentado jamás.

De repente, las réplicas del placer dan paso a la vergüenza. Se filtra en mi conciencia como una niebla gélida y me forma un nudo en la garganta. Intento zafarme de su agarre posesivo, pero él anticipa mi movimiento.

Me estrecha con más fuerza.

—Shhh, Lila —me susurra al oído—. Estás aquí, conmigo. Mi estrellita.

—Sus palabras destilan una ternura desquiciada que no sabía que poseía.

A pesar de la locura de la situación, dejo que me sostenga. Me voy quedando dormida al ritmo de su respiración, una nana extraña que es tan reconfortante como aterradora.

La lluvia implacable golpea sin cesar el techo del coche, un sonido que se convierte en eco constante en mi estado aturdido. Cierro los ojos y dejo que la oscuridad me lleve.