Secuestrada (Serie Convictos 1) 5 Ash
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El rugido del motor es constante mientras tomamos las carreteras rurales desiertas.

Carreteras que nos harán tardar al menos el doble en llegar a nuestro destino, pero son esenciales.

Me estarán buscando por toda esta zona. No estoy seguro de poder desaparecer en Montana, aunque mi cabaña esté en el bosque en medio de la nada.

Por eso necesito a la mujer que tengo al lado. Lila es mi tapadera. La mascotita perfecta.

El viento frío se cuela por la ventanilla entreabierta, agitando los documentos del salpicadero. Miro a Lila, su rostro pálido bajo el resplandor de las farolas. Un cartel de pueblo pasa fugaz, apenas legible en la penumbra.

Todavía queda mucho hasta mi cabaña en Montana.

Saco un cigarrillo del bolsillo superior de la chaqueta y me lo pongo en la boca antes de encenderlo, sujetando el volante con las rodillas. Una vez encendido, doy una calada lenta, intentando apartar de mi mente todos los pensamientos oscuros y sucios sobre mi luz de estrellas.

La miro de reojo y noto que su respiración es superficial. El sueño por fin la venció después de que yo tomara el volante, y no puedo culparla por sucumbir. Las últimas quince horas han sido un torbellino.

Es una necesidad, una herramienta en mi mano. La miro de nuevo, observando cómo su pecho sube y baja. Inocente, frágil, como un pájaro con el ala rota.

Una sonrisa burlona asoma a mi rostro mientras la observo, echando humo en su precioso coche. No siento ni arrepentimiento ni remordimiento por arrastrarla a este lío. Ahora forma parte de esto, de mi juego enfermo y retorcido.

El sonido de su respiración superficial es una melodía embriagadora que llena el coche silencioso, alimentando el pozo de oscuridad que llevo dentro. Soy un depredador, y ella es mi presa. Es retorcido. Está mal. Pero es necesario. Ella es mi billete de salida, mi escapatoria.

Los polis no suelen molestar a las parejas. Si alguien nos ve, verá a un hombre y a su novia dormida en un viaje nocturno. No a un fugitivo. No a una chica retenida contra su voluntad. La mantendré cerca hasta llegar a salvo a mi cabaña, mi fortaleza en el corazón de la nada.

¿Y después? Ya lo resolveré. Pero por ahora, ella es mi coartada, mi escudo. El indicador de combustible me llama la atención. Está peligrosamente cerca de la reserva, una luz de advertencia parpadeante en el salpicadero apenas iluminado.

Al divisar una gasolinera 24 horas más adelante, meto el coche en el patio desierto.

La estación está iluminada por luces fluorescentes blancas y duras que proyectan largas sombras.

Reina un silencio inquietante, en marcado contraste con el caos que se está gestando a mis espaldas mientras la policía me busca.

No puedo arriesgarme a usar su tarjeta de crédito, así que saco billetes arrugados del bolsillo. —Quédate aquí —le susurro mientras duerme, antes de salir a la noche fría. Echo el seguro para asegurarme de que no pueda escapar y apago el cigarrillo contra el coche antes de tirarlo.

Lleno el depósito y me dirijo hacia la tienda de la gasolinera, un faro resplandeciente en la noche desolada. La luz artificial se derrama por sus ventanas, proyectando un brillo inquietante sobre los alrededores en penumbra.

Al entrar, la campanilla sobre la puerta tintinea, anunciando mi presencia.

La tienda está vacía, salvo por el cajero con cara de aburrido detrás del mostrador, absorto en una revista.

Cojo unas bebidas energéticas y chucherías, comida basura para mantenerme despierto en el largo viaje que me espera.

Evito mirarle a los ojos al cajero mientras pago la gasolina y las compras. Cuando me doy la vuelta para irme, suelta un jadeo. Miro hacia atrás y lo encuentro con los ojos como platos y el rostro pálido, mirando algo detrás de mí. Me giro bruscamente, esperando lo peor.

Hay un televisor colgado en la pared detrás de mí con las noticias puestas sin sonido. Mi foto policial llena la pantalla, con el rótulo «BUSCADO» debajo.

Por un momento, considero hacerme el tonto. Pero cuando cruzo la mirada atónita del cajero en el reflejo de la pantalla, sé que no tiene sentido fingir. Se acabó el juego.

Me lanzo sobre el mostrador hacia él.

Apenas opone resistencia cuando le suelto un puñetazo en la cara que lo deja inconsciente. Una vez en el suelo, busco algo para atarlo. —Lo siento, tío, pero tengo que largarme antes de que llames a la policía.

Le tomo el pulso para asegurarme de que solo está inconsciente, no muerto. Un pequeño gesto de piedad. No necesito sumar más homicidios a mis cargos.

Vacío la caja registradora, cojo más chucherías, bebidas y tabaco, lo meto todo en la bolsa que me había dado para mis compras y salgo pitando.

De camino al coche, no puedo evitar mirar por encima del hombro, medio esperando ver luces rojas y azules rasgando la oscuridad.

Mi luz de estrellas sigue dormida, ajena al caos que he dejado atrás.

Tiro la bolsa en el maletero, quedándome con una chocolatina Hershey y una bebida energética, antes de deslizarme en el asiento del conductor.

Mi mirada se demora en Lila un momento. Su pecho sube y baja con un ritmo lento y acompasado, el suave resplandor de las luces de la gasolinera proyectando una luminiscencia delicada sobre sus rasgos.

Es una visión que me provoca una punzada inesperada de algo.

Ignorándolo, arranco y me alejo de la gasolinera, dejando atrás mi desastre.

Lila se remueve a mi lado y abre los ojos. —¿D-Dónde estamos? —dice, frotándose los ojos.

Le dedico una sonrisa burlona. —¿No te gustaría saberlo?

Se incorpora, fulminándome con la mirada. —¿Por qué no cogiste mi coche y me dejaste tirada en la carretera?

Lila no sabe nada de mí. No sabe que soy un preso fugado. No sabe que soy un asesino sin escrúpulos.

—Porque te necesitaba, luz de estrellas.

Sus ojos relampaguean. —¿Por qué sigues llamándome así?

—Porque soy la oscuridad encarnada, y tú eres mi luz de estrellas.

Los ojos de Lila se abren de par en par, la incredulidad reflejada en sus suaves rasgos. —Estás loco —susurra, apartándose de mí.

El espacio reducido del coche se carga de tensión. No puedo evitar reírme de su reacción. —Puede que sí —respondo, encogiéndome de hombros con indiferencia—. Puede que sí.

—¿Cómo te llamas? —pregunta, ladeando la cabeza—. Tú sabes el mío.

—Ash —respondo.

—Ash —repite, saboreando el nombre—. ¿Por qué necesitabas mi coche?

La pregunta queda suspendida en el aire entre nosotros. La miro de reojo y capto su expresión curiosa. —¿De verdad quieres saber por qué necesitaba tu coche, luz de estrellas? —pregunto, con la voz más fría de lo que pretendía.

—Sí —susurra.

—Porque me escapé mientras me trasladaban del Centro Correccional Metropolitano con destino a Menard. Me habían transferido desde el Estado de Nueva York. Fue pan comido, la verdad. Deberían revisar su seguridad.

Su rostro palidece. —¿Qué hiciste?

Le dedico una sonrisa perversa, con los ojos brillándome en la tenue luz. —Las peores cosas que puedas imaginar. Cosas que te helarían la sangre. Mira, yo no sigo las reglas de la sociedad. Creo mis propias reglas, y ahora mismo, tú eres mi juguetito favorito —digo.

La conmoción se refleja en su rostro y se echa hacia atrás. —Eres repugnante.

Me río con una carcajada profunda y hueca que llena el coche. —Y sin embargo, estás atrapada conmigo.

La veo debatirse con sus emociones: el miedo y la ira pugnan por imponerse. Tras unos instantes de silencio, por fin habla: —¿Qué quieres de mí?

Me encojo de hombros con la mirada fija en la carretera.

—¿Qué quiero? —me río entre dientes—. ¿No es obvio, luz de estrellas?

Quiero tu miedo. Quiero tu desesperación.

Quiero que sientas la misma desesperanza que el mundo me ha impuesto.

—La miro sin pestañear—. Eres mía para hacer contigo lo que quiera.

Se le va el color del rostro mientras asimila mis palabras. —Eres un monstruo —susurra con voz temblorosa.

No respondo. Al fin y al cabo, Lila no se equivoca. Pero en este mundo, o eres un monstruo o te devora uno. Y yo tomé mi decisión hace mucho.