4 Lila
La habitación del motel está envuelta en un silencio inquietante, roto solo de vez en cuando por el zumbido del aire acondicionado y el murmullo de voces desde el aparcamiento.
Estoy tumbada en la cama, con los ojos muy abiertos, clavados en el techo en sombras.
El resplandor de las luces exteriores se cuela por la cortina desgastada, proyectando un brillo extraño sobre el papel pintado descascarillado.
La habitación es un recordatorio fantasmal y sombrío de dónde estoy y de quién está conmigo.
Tengo los músculos tensos y el corazón me late con fuerza en el pecho; cada latido resuena como un recordatorio ensordecedor del peligro que corro.
Es como si la mera presencia de mi secuestrador bastara para llenar la habitación de pavor. Trago saliva con dificultad, y cada vez que lo hago resuena como un trueno en la habitación silenciosa.
Y entonces tomo mi decisión. Necesito salir de aquí.
Con una última mirada al hombre en la otra cama, me deslizo lenta y cuidadosamente de entre las sábanas.
Hago una mueca cuando los muelles chirrían bajo mi peso, con la esperanza de que no lo despierten.
Después me pongo el vestido rápidamente por la cabeza, sin molestarme en subirme la cremallera, y me calzo los tacones.
Avanzo sigilosamente hacia la puerta mientras el corazón me martillea en el pecho como un tambor.
Cada segundo es como una eternidad, la distancia hasta la puerta se extiende como un desierto. Rezo en silencio a todos los dioses que conozco y les suplico que lo mantengan dormido y me dejen escapar.
Y entonces, por fin, estoy en la puerta. La abro con cuidado y las bisagras crujen. Miro por encima del hombro y rezo para que siga dormido.
Su pecho sube y baja uniformemente; el ritmo resulta tranquilizador en su serenidad engañosa.
En la habitación apenas iluminada, las sombras bailan sobre su rostro y enmascaran el brillo depredador que sé que anida en sus ojos.
Ahora mismo parece casi hermoso. Un ángel caído, quizás, con un atractivo tan cautivador como aterrador.
Pero no me dejo engañar. Bajo la fachada acecha un monstruo.
El peligro que representa es real y urgente.
Con un suspiro tembloroso, me doy la vuelta y me concentro en la tarea que tengo por delante.
Escapar.
El aire frío de la noche me golpea como una ola al salir; el tenue resplandor de las luces del aparcamiento ofrece poco consuelo. El corazón me late como un tambor de guerra mientras cruzo el asfalto a toda prisa.
Una ráfaga de viento frío pasa silbando y me hace estremecer y acelerar el paso.
Mi coche está ahora a la vista, un faro de esperanza en la oscuridad.
Busco torpemente las llaves; su frialdad metálica me muerde la palma.
Cuando llego a la puerta del conductor, me arriesgo a echar otra mirada hacia la habitación del motel y contengo la respiración.
Y entonces se me cae el alma a los pies.
Las luces de la habitación están encendidas, lo que significa que está despierto. El pánico me recorre mientras lucho por abrir la puerta del coche y meterme dentro.
Con las prisas, las llaves caen al suelo del coche. Me apresuro a recogerlas, pero mis manos temblorosas hacen la tarea mucho más difícil de lo que debería ser. Por fin vuelvo a agarrar las llaves y las meto en el contacto.
Durante un momento no pasa nada; el corazón me martillea contra las costillas en el silencio ensordecedor. Entonces, con un rugido que corta la tensión como un cuchillo, el motor cobra vida y una ola de alivio me invade.
Pero mi momento de consuelo dura poco. Antes de que pueda siquiera pensar en arrancar, la puerta del copiloto se abre con un chirrido y se cierra de golpe con un ruido sordo.
No necesito mirar para saber quién ocupa el asiento de al lado.
Tiene los ojos clavados en mí. Su mirada es tan fría y afilada como el cuchillo que me presiona contra la garganta.
—¿Ibas a alguna parte? —su voz se cuela por el tenso silencio.
El acero frío del cuchillo presiona con más fuerza contra mi piel.
Una sonrisa retorcida le curva los labios mientras se deleita con el terror que debe ser evidente en mi rostro—.
No pensabas que te dejaría marchar tan fácilmente, ¿verdad?
—su risa llena el coche y me hiela hasta los huesos.
De repente, la presión contra mi garganta se intensifica y la fina línea de acero frío me corta la piel. Un jadeo agudo escapa de mis labios.
Sus ojos se desvían hacia la gota roja que se desliza por mi cuello; la satisfacción brilla en su mirada oscura.
—Me pregunto —reflexiona con voz cruelmente suave— hasta dónde llegarás para sobrevivir.
El cuchillo se clava más hondo, una amenaza silenciosa.
El corazón me late más fuerte. Cada latido es una cuenta atrás hacia un destino que no soporto ni imaginar. El miedo me envuelve, pero la anticipación y la espera son mucho peores.
Su risa resuena en mis oídos.
—Vamos a averiguarlo, ¿te parece? —sus palabras resuenan en el espacio claustrofóbico del coche—. Mete la mano debajo del vestido y tócate para mí.
—¿Q-Qué? —tartamudeo.
Presiona el cuchillo aún más fuerte y me hace chillar.
—Me has oído. Haz lo que te digo.
Trago saliva; el miedo crece. El acero frío me muerde la piel, un recordatorio constante de mi mortalidad.
—Hazlo.
El corazón me late en el pecho, la adrenalina me recorre las venas y me hace temblar las manos mientras obedezco vacilante.
Deslizo la mano bajo el vestido, la tela áspera contra mis dedos temblorosos.
El contacto me atraviesa como una descarga y jadeo; mi cuerpo traiciona a mi mente.
Bajo el miedo y el asco, hay una chispa de algo inesperado.
Lujuria.
Me odio por ello, pero no puedo negar la evidencia de mi coño empapado de excitación.
Anhelo más mientras él me observa. La presión se intensifica y me muerdo el labio para sofocar un gemido.
—Eso es, Lila —arrastra las palabras, un veneno seductor—. Fóllatelo con los dedos. Despacio y bien.
Sus palabras tejen un hechizo sobre mí y no puedo resistirme.
El metal frío del cuchillo se aprieta más contra mi garganta, un recordatorio escalofriante de la delgada línea que piso entre la vida y la muerte.
—Más hondo —ordena—. Quiero oírte gemir, lucero.
La degradación de la situación queda eclipsada por la necesidad primitiva que se apodera de mis sentidos.
Curvo los dedos y sigo sus siniestras instrucciones. Un gemido escapa de mis labios, más animal que humano, mientras hundo los dedos hasta el fondo.
Su sonrisa se ensancha y la emoción de la dominación se refleja claramente en sus hermosos rasgos.
Tiene los ojos clavados en mí, pero su mano se mueve hacia su regazo y se baja la cremallera de los pantalones con un sonido que resuena en el coche silencioso. Abro los ojos de par en par cuando libera su polla. Verla dura y goteando líquido preseminal me hace doler.
—No tan rápido, Lila —murmura—. Ve más despacio y mira.
Se acaricia con movimientos lentos y deliberados. La imagen es hipnotizante. Observo, fascinada por su polla enorme, dura y perforada.
—Imagina que tus dedos son mi polla dentro de ti —ordena—. Estirándote, llenándote. ¿Lo sientes? —Sus palabras son un cóctel tóxico. La oscuridad de sus ojos refleja la que me consume.
Su mano se mueve más rápido, acompasada con mis dedos. El sonido húmedo de mis dedos hundiéndose en mi coño empapado llena el coche. —Te gusta, ¿verdad, nena? —me provoca con la voz ronca de deseo—. Me deseas. Deseas mi polla. Dilo.
Su otra mano, que hasta ahora había permanecido quieta, cobra vida de repente. El filo frío del cuchillo presiona con más fuerza contra mi garganta, hundiéndose más.
Un leve jadeo escapa de mis labios. Una mezcla de miedo y deseo perverso que se alimenta del dolor, avivando mi excitación. Pero por mucho que sus palabras despierten algo retorcido en mí, me niego a ceder. Le sostengo la mirada, desafiando en silencio su exigencia.
—No necesito que lo confieses —declara—. No tienes que decirme cuánto me deseas. No hace falta, porque lo sé. Veo la necesidad desnuda en tus ojos, cómo me miras, cómo responde tu cuerpo. —Respira hondo—. Te vas a correr para mí. Muy pronto.
Sus palabras quedan flotando en el aire, cargadas de inevitabilidad. El cuchillo se aparta de mi garganta y él se recuesta en el asiento.
Como para confirmar la locura que acecha en sus ojos, se lleva el cuchillo a los labios y lame el rastro de mi sangre en la hoja. Una visión tan inquietante y a la vez perversamente seductora que estoy al borde del clímax.
Ver mi sangre en su lengua, el peligro descarnado que representa... es demasiado. Un orgasmo me atraviesa, oleadas de placer que estallan alimentadas por la adrenalina del miedo.
—Buena chica —murmura con un dejo empalagoso de aprobación—. Qué bien te corres para mí.
Enreda los dedos en mi pelo con fuerza implacable mientras me empuja la cabeza hacia su regazo. —Bébeme. Hasta la última gota —ordena con un tono que no admite réplica.
No hay tiempo para pensar, protestar ni recobrar el juicio. Me mete la polla en la boca y me llena la garganta. El placer retorcido regresa; mi cuerpo responde involuntariamente a su dominio.
Y entonces se corre, una oleada de calor que me inunda la boca y se desliza por mi garganta. Un gemido escapa de mí, un sonido de rendición que resuena en el coche silencioso y sella la realidad: no puedo escapar de él, y una pequeña parte pervertida de mí no quiere hacerlo.