3 Lila
Tengo que escapar.
Me miro en el espejo y sé que no tengo ni idea de cómo. El hombre que prácticamente me ha secuestrado está loco.
Todavía puedo saborear su semen en mi boca.
Está enfermo. Jodido de la cabeza. Y una parte de mí teme estarlo también.
Porque cuando me obligó a envolverla con mis labios y chupársela hasta dejarla limpia, lo disfruté.
Joder, sentí una descarga entre los muslos en cuanto vi su enorme polla gruesa y perforada.
Nunca había visto una polla perforada, pero fue extrañamente excitante. Todavía me recorre un cosquilleo de deseo a pesar de que el tipo con el que estoy es un desequilibrado mental que podría matarme en cualquier momento. Por no hablar de que tengo novio en casa, aunque sea un completo imbécil.
Me acerco a la ventana con el corazón latiéndome con un destello desesperado de esperanza.
Los dedos me tiemblan al alcanzar el pestillo y lo abro con un suave chirrido.
Pero lo que me espera al otro lado hace añicos mi fugaz esperanza: gruesos barrotes de hierro, fríos e implacables bajo mis dedos.
Dejo escapar un suspiro tembloroso, cierro la ventana y apoyo la frente contra el cristal frío mientras evalúo mi prisión.
Los pensamientos se me aceleran al ritmo del corazón.
No hay salida, ninguna trampilla secreta ni escapatoria que se les haya pasado por alto. Estoy atrapada. Y lo peor es que tengo que volver directamente con él.
Abro la puerta del baño lentamente, con los nervios retorciéndose en el estómago. Está tumbado en una de las camas, con los brazos tatuados cruzados detrás de la cabeza, el pecho subiendo y bajando acompasadamente.
Está dormido. Me tomo un momento para estudiarlo. Peligroso, embriagador, una contradicción andante. Su físico musculoso es innegablemente atractivo, cubierto de intrincados tatuajes que piden a gritos que los explore.
Es todo lo que mi novio no es. Es todo un hombre. Un criminal, sí, pero rebosante de un atractivo inesperado. Sus ojos oscuros, ahora cerrados, me habían fulminado como un rayo cuando nos conocimos. Y ese pelo, espeso y de media melena, que me pide a gritos que hunda los dedos en él.
Aparto esos pensamientos y me reprendo. No puedo permitirme distracciones.
—¿Te gusta lo que ves, luz de estrellas? —pregunta, abriendo un ojo y clavándolo en mí.
Su voz me sobresalta, un tono ronco teñido de diversión y algo más profundo. Me quedo rígida, pillada desprevenida.
—Yo... solo estaba... —tartamudeo, incapaz de formar una frase coherente.
Se ríe con la mirada chispeante de diversión.
—Relájate, luz de estrellas —dice, removiéndose en la cama y pasándose una mano por el espeso pelo—. Puedes compartir conmigo si quieres.
El corazón me da un vuelco y no puedo evitar fijarme en cómo se le flexionan los músculos tatuados bajo la tenue luz.
—No, gracias.
Me apresuro hacia la otra cama, todavía completamente vestida, a punto de meterme.
—Así no —dice.
Me congelo y lo miro.
—¿Qué?
—Desnúdate. No puedes dormir con ese vestido.
El rubor me sube por las mejillas y se me seca la garganta.
—Yo... no puedo —logro murmurar, con la voz apenas por encima de un susurro.
Levanta una ceja sin apartar la mirada de mí.
—Arruinarás el vestido —afirma, con la voz cargada de ese innegable trasfondo de autoridad.
Cierra los ojos como si ya hubiera dado por zanjada la conversación.
Me quedo allí paralizada un instante, dividida entre la indignación y un extraño deseo de obedecer. Respiro hondo y aparto la mirada.
Se me forma un nudo en el estómago al darme cuenta de que podría haberme sentido atraída por él en otras circunstancias. Pero aparto ese pensamiento y me recuerdo en qué situación estoy.
Con mano temblorosa, alcanzo la cremallera del vestido y la bajo lentamente.
Las mejillas me arden de vergüenza y soy muy consciente de su presencia a mi espalda.
Me quito el vestido y se me eriza la piel con un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura.
Agarro las sábanas a toda prisa y me deslizo bajo ellas, dándole la espalda.
Cierro los ojos, deseando que el corazón se me ralentice.
Pero la tela de las sábanas es fresca y tersa, un marcado contraste con el calor de mi piel.
Aprieto los ojos con fuerza, desesperada por ignorar la atracción que siento hacia él, la curiosidad, el deseo.
Está mal, es peligroso. Pero es real y está ahí, carcomiendo los márgenes de mi conciencia.
Me obligo a respirar, concentrándome en el vaivén rítmico de mi pecho. Tengo que ser fuerte.
Estoy en peligro y necesito encontrar la forma de salir de aquí. Destruyó mi teléfono, y si no aparezco esta noche en la fiesta de mis padres, se preocuparán. Con suerte, hablarán con el inútil de Brian y él les dirá que iba de camino. Y llamarán a la policía.
Lo único que puedo hacer es intentar sobrevivir y capear esta situación retorcida en la que me he metido. Es una realidad aterradora, pero es mi realidad. Y por ahora, no hay escapatoria. No se me escapó que eligió la cama más cercana a la puerta.
Es tentador dejar que se duerma y escabullirme en unas horas.
Me metería en mi coche, conduciría lejos, encontraría un teléfono público y le contaría a la policía dónde está y lo que ha pasado.
Es el mejor plan que se me ocurre ahora mismo.
No puedo depositar todas mis esperanzas en que mis padres alerten a la policía, pero me temo que escapar no será tan fácil.