2 Ash
La luz de la luna baila sobre su rostro, iluminando sus rasgos y dándole un aspecto celestial.
Joder, es preciosa. De esas mujeres que hacen que a un hombre se le acelere el pulso.
Ahora mismo, solo puedo pensar en la necesidad abrasadora que me recorre las venas.
Ha pasado demasiado tiempo. No puedo apartar los ojos de ella, observando cada tic nervioso, cada mirada de pánico que me lanza. Me resulta divertido.
Su miedo palpable llena el coche de una tensión embriagadora que me excita.
Hay algo en ello, en esa ansiedad cruda y primitiva que clama por sobrevivir.
Es adictivo. Y todo es por mí. Aquí el depredador soy yo, la fuerza omnipotente que la arrastra a un frenesí de terror mientras recorremos esta carretera desierta.
La estudio: aferra el volante con tanta fuerza que los nudillos se le han puesto blancos, y el corazón le late frenético en el cuello, como un pájaro atrapado en una jaula. Esta mujer es un enigma interesante, y me muero por descifrarla.
Sus intentos de conservar la calma, su lucha por no perder la compostura, solo avivan más mi deseo.
Esto es poder, el poder que tanto ansiaba estando encerrado. El poder que me acelera el corazón de anticipación. Este es el miedo que puedo saborear, el control que puedo manejar a mi antojo, la emoción que apenas puedo contener. Y esta mujer hermosa y aterrorizada es el detonante de todo.
Me recuesto en el asiento con una sonrisa burlona en los labios mientras la observo debatirse con sus emociones. Hacía tiempo que no me divertía tanto. Su terror es mi éxtasis. Su pavor, mi deleite. Después de años en prisión, esto es exactamente lo que necesito.
Y la deseo. Que Dios me ayude. La deseo. Pero por ahora puedo esperar. Tengo todo el tiempo del mundo. Primero necesito salir de este estado. Saco del bolsillo de la chaqueta el paquete de cigarrillos y el mechero que le robé a un guardia de seguridad, y enciendo uno.
Se aclara la garganta.
—¿Te importa? No quiero que mi coche apeste a humo.
Sonrío con suficiencia mientras intenta parecer valiente.
—Me importa una mierda. Necesito fumar.
Doy una calada profunda, bajo la ventanilla y echo el humo fuera.
—Echaré el humo por la ventanilla.
Al instante me calma, a mí y al hambre voraz que me corroe por dentro. Tengo la polla dura desde que la vi.
Aprieta la mandíbula y agarra el volante con más fuerza para contener la ira. Quizá no esté tan asustada como pensé al principio.
—¿Adónde vamos? —pregunta de nuevo.
Han pasado un par de horas desde que me subí a su coche, así que es admirable que haya aguantado tanto sin hablar. Detecto un ligero temblor en su voz, señal de que sigue asustada.
Permanezco en silencio un momento, saboreando la tensión. Luego, sin apartar la mirada de la carretera, digo:
—Lejos de este estado.
Mi respuesta solo consigue aumentar su miedo, pero de algún modo encuentra el valor para asentir, y continuamos el viaje envueltos en un silencio denso.
Después de otra hora, veo un motel cutre en la carretera, justo pasada la frontera de Illinois.
—Para aquí —ordeno.
Sin dudarlo, mete el coche en el aparcamiento del motel.
—Apaga el motor —ordeno.
Obedece, gira la llave y me mira con miedo.
—Y ahora —digo con voz baja y firme— vas a entrar ahí y conseguirnos una habitación.
Saco el dinero que le robé al guardia de seguridad y se lo paso.
—Y como se te ocurra intentar joderme...
Dejo las palabras suspendidas en el aire un momento. No necesito terminar la frase. La amenaza está clara.
Asiente y sale del coche.
La observo alejarse mientras una mezcla peligrosa de lujuria y poder me recorre las venas.
Mientras camina hacia la oficina, la sigo con la mirada, perdido en la curva de sus caderas y el vaivén de su culo. La tensión en los vaqueros se vuelve insoportable, un recordatorio punzante de los años que he pasado sin ver algo así.
Me revuelvo en el asiento y bajo la mano al regazo.
La deslizo bajo la cinturilla de los vaqueros y mis dedos trazan el contorno de la polla dura.
La presión de la tela contra los piercings me envía una descarga de placer por todo el cuerpo, intensificando el dolor palpitante que me tortura desde hace horas.
Mientras la veo alejarse, el metal frío del príncipe Alberto rozando contra la tela áspera del vaquero aumenta mi placer.
La respiración se me vuelve irregular mientras la fantasía cobra vida en mi mente.
La emoción de ser el depredador, de acechar a mi presa, me pone duro como una piedra. Incapaz de contenerme más, me desabrocho los vaqueros y meto la mano en los calzoncillos. En cuanto los dedos me rodean la polla, un gemido ronco se me escapa de los labios.
Me acaricio, despacio al principio, perdido en la mezcla de alivio y anticipación.
Cada roce envía una sensación aguda y tentadora por los piercings, el metal frío frotándose con cada caricia.
Mientras estoy aquí sentado a solas en su coche, mi mente vaga hacia los rincones oscuros de mi psique y pinta fantasías vívidas con ella.
La imagino inmovilizada debajo de mí, esos ojos preciosos abiertos de par en par por el miedo y algo parecido al deseo.
Incluso mientras me grita que pare, su coño está empapado y hambriento de mi polla.
Mientras me acaricio, cada tirón me acerca más al límite. La mente se me llena de imágenes de sus curvas, su miedo, su desafío. Y es pensar en ella lo que alimenta mi deseo.
Y entonces el sonido de la puerta del coche al abrirse me devuelve a la realidad y la mano se me queda paralizada. Bajo el resplandor tenue de las luces del salpicadero, su rostro palidece cuando su mirada cae sobre mi polla dura.
Jadea, un sonido estrangulado a medio camino entre la sorpresa y el miedo.
—Sube —ordeno.
Obedece y se sienta tras el volante.
Una sonrisa burlona se me dibuja en el rostro mientras observo su reacción.
—¿Te gusta lo que ves, cariño? —Le lanzo una mirada ardiente, con la voz rezumando deseo—. No te hagas la inocente. Veo ese destello en tus ojos. No es solo miedo, ¿verdad? Sientes curiosidad. Estás intrigada.
Le tiembla la voz.
—Estás loco.
Pero incluso mientras me lo dice, veo la mentira en sus ojos. Y cuando vuelve a mirar mi polla, aprieta los muslos.
Mi sucia estrella.
Eso es lo que es.
La luz en mi oscuridad.
El bálsamo de mis heridas.
—¿Te importa si termino? —le pregunto con la voz tensa por el deseo contenido—. Hacía mucho que no tenía una inspiración tan exquisita para mis fantasías.
Dejo que mis ojos la recorran, devorándola con la mirada.
Observo cómo traga saliva con dificultad.
Tiene las mejillas rojas mientras me observa acariciarme la polla; disfruta sin vergüenza del espectáculo que le estoy dando. Y entonces noto que sus muslos empiezan a moverse.
Chica sucia.
Mi voz se convierte en un susurro ronco mientras comparto los oscuros deseos que inundan mi mente.
—¿Sabes? Tengo una fantasía.
Bajo la mirada hacia mi polla rígida y luego dejo que mis ojos vuelvan lentamente a su rostro sonrojado.
—Te veo debajo de mí, gritando. Suplicando. Pidiéndome que pare.
Una sonrisa perversa se dibuja en mi rostro al ver sus ojos desorbitados.
—Tus súplicas solo me animarían a follarte más fuerte. Me encantaría sentir tu cuerpo suave y prieto retorciéndose debajo de mí mientras te lleno con mi polla.
Las palabras quedan flotando entre nosotros, cargadas de peso, a la vez amenaza y promesa.
Sus mejillas se sonrojan aún más, y puedo ver las emociones contradictorias danzando en sus ojos. Miedo y curiosidad. Negación e intriga. La observo sin que la sonrisa burlona abandone mi rostro.
Mi cuerpo se tensa, un gruñido grave brota de mi pecho mientras me corro por todo su salpicadero, cubriéndolo de semen. Mi pecho se agita mientras cabalgo las oleadas de placer con los ojos fijos en los suyos. Y ella se lame los labios, como si no le importara probar mi semen.
—¿Te gustaría limpiarme la polla, nena?
Niega con la cabeza, con las fosas nasales dilatadas.
—No, gracias.
La ignoro y le agarro la nuca, forzando sus labios hacia mi polla.
—Chúpala hasta dejarla limpia.
No soy buena persona. Joder, soy el peor hombre posible con el que podría haberse encontrado esta noche.
La chica, cuyo nombre aún desconozco, abre los labios y la chupa con más entusiasmo del que esperaba. Un gemido suave y gutural escapa de ella mientras me saborea.
Un gruñido grave escapa de mí cuando su lengua acaricia la punta, lamiendo los restos de semen de mi polla y los piercings.
—Te gusta, ¿verdad? —murmuro con la voz ronca de necesidad—. Saborearme en tu lengua.
Mis dedos se entrelazan en su cabello, manteniéndola en su sitio mientras continúa con sus atenciones.
—Joder, qué bien sienta —gruño, observando cómo traga con mi polla en su boca.
Sus ojos se alzan hacia los míos, llenos de inocencia y picardía que me ponen duro de nuevo en segundos.
—Sí, nena —exhalo—, chúpamela hasta dejarla limpia.
Mi sabor en su lengua enciende algo dentro de ella; sus mejillas se tiñen de un rojo más intenso mientras deja escapar otro gemido suave.
No puedo evitar reírme ante su respuesta.
Una chica dulce como ella no debería disfrutar del sabor de un delincuente curtido.
Y sin embargo, aquí está, limpiándome la polla como una sucia zorra tragasemen.
Uso su pelo para apartarle la boca. Y luego le beso los labios con rudeza y pasión, dejando que mi lengua la saboree a ella y a mi propio semen.
—Vamos —ordeno, guardándome la polla en los pantalones.
El destello de vergüenza en sus ojos es delicioso.
Salgo del coche, espero a que se una a mí y luego la arrastro por la muñeca.
Encuentro un placer enfermizo en el jadeo de sorpresa que escapa de sus labios.
El aire nocturno es frío, pero el calor que irradia su cuerpo es todo lo que necesito.
Todavía puedo saborearla en mi lengua, una mezcla embriagadora de dulzura y pecado que me tiene enganchado.
La miro de reojo, observando cómo se muerde el labio inferior.
Entramos en la habitación y la puerta se cierra de golpe detrás de nosotros.
La chica mira a su alrededor; la aprensión se cuela en sus ojos mientras observa la decoración cutre y la ropa de cama manchada. Arruga un poco la nariz y frunce el ceño. No puedo evitar sonreír con suficiencia ante su reacción.
Con un tirón rápido, la atraigo hacia mí.
—¿Cómo te llamas? —exijo.
La intimidad de la pregunta, en contraste con la lujuria cruda de mi mirada, solo sirve para aumentar la tensión entre nosotros. Y a pesar del miedo en sus ojos, veo un destello de desafío ardiendo con intensidad.
—No volveré a preguntar, luz de estrellas.
Frunce el ceño ante el apodo.
—Lila.
—Lila —repito, alargando las sílabas, dejando que su nombre se deslice por mi lengua como una oración—. Un nombre hermoso para una chica hermosa.
Doy un paso hacia ella, acorralándola contra la pared. Mis dedos trazan sus delicados rasgos, la curva de su mejilla, el contorno de sus labios.
Puedo sentirla temblar bajo mis dedos, pero no se aparta. Sus ojos muy abiertos permanecen fijos en los míos, una súplica silenciosa de algo que no logro descifrar.
—Hmm, Lila —murmuro, inclinándome para acariciarle la garganta con la nariz.
La oigo jadear cuando mis labios tocan su piel.
El olor a rosas dulces y frescas llena mis sentidos y me hace dar vueltas la cabeza.
No he estado con una mujer en mucho tiempo, no desde antes de que me arrestaran hace cinco años.
Pero ahora su cuerpo suave está pegado al mío, su calor se filtra a través de la tela de mi ropa, y una parte primitiva de mí ruge triunfante.
Me aparto y contemplo su rostro sonrojado y sus labios entreabiertos. El miedo sigue ahí, en sus ojos, pero también la curiosidad, y debajo de ella, una chispa de deseo que iguala la mía.
—¿Tienes miedo, Lila? —pregunto con un tono engañosamente suave.
Asiente.
—Eso está bien —digo, bajando mi voz una octava—. Tu miedo es embriagador.
Doy un paso hacia ella, nuestros cuerpos casi fundiéndose, eliminando cualquier distancia entre nosotros. Su respiración se entrecorta y su pulso se acelera.
—Es como una droga que me atrae hacia ti, que me hace desearte más.
Sus ojos se abren más, el azul de sus iris se encoge a medida que sus pupilas se dilatan. Puedo ver su pecho subir y bajar rápidamente y oír los suaves gemidos que escapan de sus labios. Es una respuesta que alimenta a la bestia en mi interior, hambrienta del sabor del miedo, del deseo y de ella.
—Duerme un poco —ordeno, queriendo alargar esta ola un poco más y aumentar la tensión antes de tomar lo que quiero de ella.
Mi objetivo principal es alejarme de Illinois, pero puedo divertirme con ella al mismo tiempo.
—Necesito ir al baño —murmura.
Señalo con la cabeza la puerta de la derecha.
—Adelante.
Entra corriendo al baño, cierra la puerta y echa el cerrojo.
Le concedo su momento de intimidad. Todas las ventanas del baño tienen rejas, así que no puede escapar.
Me quedo en calzoncillos y me tumbo en la cama más cercana a la puerta, con las manos detrás de la cabeza.
Mi luz de estrellas está atrapada con un monstruo, deliciosamente ajena a lo mucho que ya forma parte de mí. Esta fuga va a ser más entretenida de lo que jamás imaginé.