Secuestrada (Serie Convictos 1)
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1 Lila
Salgo a toda velocidad de casa de mi novio, tan furiosa que podría matarlo. Sabe lo importante que es la fiesta de mis padres esta noche, pero prefiere salir, emborracharse y ver el partido. Es vergonzoso. Debería dejarlo y no mirar atrás, pero es un imbécil con mucha influencia en Illinois.
Cada vez que le digo que lo voy a dejar, me amenaza con arruinar mi carrera como periodista.
Hay una parte de mí que se pregunta si eso no sería mejor, porque me encantaría dedicarme a tiempo completo a mi blog, pero sé que probablemente encontraría la manera de destruir eso también.
Lo peor es que tiene el poder para hacerlo.
Así que estoy atrapada en un ciclo interminable de decepción e insatisfacción con un hombre que se niega a soltarme.
Usa mi carrera para chantajearme, y estoy jodidamente harta. Tiene que haber una salida.
Es un político poderoso e influyente, y su padre es dueño de media Illinois.
No sé en qué estaría pensando cuando empecé a salir con un político y niñato de papá como él.
No tengo ni idea de cómo escapar de él sin irme del estado, lo que supondría dejar a mis padres.
.. A menos que encuentre algo comprometedor para usar en su contra, pero es tan jodidamente hermético.
Esta noche es la fiesta del trigésimo aniversario de bodas de mis padres. Y tengo que aparecer sola e inventar excusas para justificar que Brian no viene. Lo odio con toda mi alma.
Los neumáticos de mi destartalado coche retumban contra el asfalto mientras vuelo por la carretera, alejándome de Chicago hacia Clarendon Hills, donde viven mis padres. Se supone que esta noche es una celebración alegre. En cambio, me siento furiosa y sin esperanza.
Un estallido repentino, seguido del chirrido de un neumático pinchado rozando el asfalto, y el pánico se retuerce como una cobra en mi estómago. Maldita sea mi suerte. Me detengo a un lado de la autopista y enciendo las luces de emergencia.
—Tiene que ser broma.
Salgo del coche y grito de frustración. Cuando abro el maletero, se me cae el alma a los pies.
Es entonces cuando recuerdo que Brian se llevó el gato para su coche porque es demasiado imbécil para comprarse uno, a pesar de tener dinero de sobra.
Es imposible que cambie este neumático sin él.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no dejo que caigan.
¿Para qué?
Saco el móvil, y cuando veo que no tengo cobertura, me convenzo de que el universo conspira contra mí. Ni siquiera estoy tan lejos de la ciudad. Debería haber señal, joder.
El bosque que me rodea parece amenazador, con sus ramas retorcidas que se extienden como dedos de garras malvadas. La desesperación me invade como una ola fría y asfixiante.
¿Cómo puede ir a peor esta noche?
Justo cuando estoy a punto de derrumbarme, veo una figura a lo lejos que se acerca.
Un hombre alto y de hombros anchos, con un aspecto rudo capaz de asustar a cualquiera a kilómetros de distancia.
Su presencia intimidante, con el rostro oculto por una capucha y las manos cubiertas de tatuajes, solo aumenta mi miedo.
Su mirada intensa atraviesa la oscuridad y me provoca un escalofrío que me recorre la columna vertebral.
Me planteo meterme en el coche y echar el seguro, pero es la única persona a la que puedo pedir ayuda.
Cuando ve mi neumático pinchado, aminora el paso y se acerca.
Un intenso aroma a almizcle y tabaco llega hasta mí, mezclado con el aire fresco de la noche.
Cuanto más se acerca, más me doy cuenta de que, a pesar de su rudeza, es ridículamente guapo, con el pelo oscuro y espeso a media melena y ojos castaños oscuros que parecen reflejar las tenues luces de la calle.
Tiene la mandíbula marcada, y juraría que parece modelo.
Debe de medir alrededor de metro noventa y tres.
Pero desprende un aura demasiado peligrosa para que esa sea su profesión.
Presiento que es el tipo de hombre del que hay que huir, no al que pedirle ayuda.
—¿Necesitas que te eche una mano? —pregunta.
—Yo, eh, se me ha reventado una rueda —balbuceo—. Tengo repuesto, pero no tengo gato y...
Sin dudarlo, se acerca un paso más.
—No te preocupes, yo lo cambio.
Va al borde de la carretera y recoge un viejo poste de metal tirado que parece haber sido una señal de tráfico.
—Solo necesito hacer palanca.
Agarra una roca enorme, y observo cómo usa los dos objetos en lugar de un gato y consigue levantar la rueda del suelo lo suficiente para cambiarla.
Coge las herramientas del maletero de mi coche. Aunque marcadas con la tinta de innumerables tatuajes, sus manos se mueven con sorprendente delicadeza y agilidad mientras cambia la rueda. El silencio entre nosotros es ensordecedor hasta que finalmente lo rompe.
—Deberías revisar las ruedas más a menudo. Has tenido suerte de que pasara por aquí.
—Ya te digo —respondo con una sonrisa débil—. Gracias por la ayuda.
Asiente.
—Solo hago lo que haría cualquiera.
Termina de apretar el último perno y se levanta mientras se sacude las manos. Luego suelta el gato improvisado y lo tira a un lado.
—¿Adónde va una mujer como tú, sola y vestida así?
Sus ojos recorren mi cuerpo y se me pone la piel de gallina.
Trago saliva con dificultad ante su mirada claramente depredadora.
—A una fiesta. Llego tarde y mis padres se preguntarán dónde estoy.
Le dedico una sonrisa forzada.
—Gracias por la ayuda, pero tengo que irme...
Me agarra la muñeca y me detiene en seco.
—No vas a ninguna parte.
Me sostiene la mirada y sus ojos se oscurecen.
—No deberías andar por aquí sola, dejando que un hombre como yo te ayude —dice.
Trago saliva.
—¿Por qué no?
Sonríe con suficiencia y un escalofrío me recorre la espalda. Y entonces la atmósfera cambia cuando saca una pistola de la sudadera. Se me para el corazón.
—Sube al coche y conduce —ordena mientras me apunta con la pistola.
Su orden resuena en mis oídos y me sacude hasta la médula.
Por un momento vacilo, con la mente dándome vueltas.
¿Podría gritar para pedir ayuda o intentar salir corriendo?
Descarto la idea enseguida; estamos en una carretera secundaria, lejos de cualquier casa, sin nadie alrededor que pueda oírme.
Me maldigo por haber tomado las carreteras secundarias para evitar el tráfico.
Si esto hubiera pasado en las carreteras principales, estaría a salvo.
Miro la pistola, su brillo metálico frío y amenazador en su mano, y me doy cuenta de que discutir o huir no es una opción.
El estómago se me revuelve de miedo. La gravedad de la situación me cae encima y las piernas me flaquean. De repente tengo la garganta seca y el corazón me late como un martillo neumático mientras respiro hondo y me acerco al coche. Me tiemblan las manos al extender la mano hacia la puerta.
El cuero frío me hace estremecer al deslizarme en el asiento del conductor. Coloco las manos temblorosas sobre el volante y noto la textura familiar bajo las yemas de los dedos.
Miro de reojo al hombre tatuado mientras se sube a mi lado, sin dejar de apuntarme con la pistola. El rugido del motor rompe el silencio sofocante.
Trago saliva con dificultad; el corazón me martillea contra las costillas. Lanzo una última mirada al hombre a mi lado, agarro el volante con fuerza, pongo el coche en marcha y piso el acelerador.
—¿Hacia dónde voy?
—Nada de preguntas. Sigue por esta carretera.
Asiento con la mandíbula apretada mientras me concentro en la carretera que tengo delante.
La mente me va a mil por hora: intento idear un plan de escape sin dejar de estar atenta a cualquier oportunidad.
Pero cada vez que pienso en algo, recuerdo la pistola y la mirada fría y calculadora de este hombre.
Unos diez minutos después, alarga la mano hacia mi bolso en el suelo y me pongo tensa.
Entonces saca mi teléfono móvil y lo tira por la ventanilla.
Se me cae el alma a los pies. Lo único que podrían haber usado para rastrearme ha desaparecido.
Casi suelto un sollozo, pero lo contengo. No quiero que piense que soy débil.
Conducimos durante lo que parecen horas. Intento orientarme, pero pronto descubro que estamos en pleno campo, sin ningún punto de referencia reconocible. El pánico se apodera de mí al comprender lo indefensa que estoy.
Mi noche, que ya era horrible de por sí, se ha convertido en una pesadilla.
¿Hay alguna salida?
No tengo ni idea, pero sé que tengo que intentarlo.
Una cosa a la vez, Lila, me digo. Primero, supera esta noche. Luego, piensa en cómo escapar. Respiro hondo y agarro el volante con más fuerza mientras sigo conduciendo hacia lo desconocido, sin estar preparada en absoluto para lo que me espera.