Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

El agua seguía cayendo sobre nosotros, mezclada con los besos, los suspiros y unas respiraciones cada vez más agitadas.

Adrian no apartaba los ojos de los míos, atento a cada una de mis reacciones.

Había tanta intensidad en su forma de mirarme que el corazón se me aceleró aún más.

Sus movimientos se volvieron más urgentes, al ritmo de mi respiración, mientras mis dedos se cerraban con más fuerza sobre sus hombros.

Ya no podía pensar en nada más que en él: su aroma mezclado con el vapor, el calor de su cuerpo y la abrumadora certeza de que estaba exactamente donde quería estar.

—Adrian...

Su nombre se me escapó de los labios en un susurro apenas reconocible.

Acercó el rostro al mío y me rozó la mejilla con los labios antes de buscarme la mirada.

—Mírame, cariño.

Lo hice.

Y fue aquella intimidad, la forma en que me miraba y parecía sentir cada reacción de mi cuerpo, lo que me hizo imposible resistirme al placer que crecía dentro de mí.

Me aferré a sus hombros y dejé caer la cabeza hacia atrás un instante, pero Adrian volvió a besarme y me sostuvo contra él hasta que se le escapó un gemido ronco y sentí su cuerpo estremecerse contra el mío.

Seguimos abrazados bajo el agua caliente, intentando recuperar el aliento mientras él me llenaba la cara de besos suaves.

Cuando por fin me dejó en el suelo, Adrian mantuvo las manos en mi cintura y me sostuvo contra él antes de rozarme los labios con los suyos, con una ternura que contrastaba maravillosamente con la intensidad de unos momentos antes.

—Dios, cuánto echaba de menos esto —murmuró, con la frente apoyada en la mía.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo atraje hacia otro beso, demorándome en sus labios aún enrojecidos, en la sonrisa que asomaba entre beso y beso y en la familiar sensación de sentirme entre sus brazos.

Adrian volvió a estrecharme contra su pecho mientras el agua seguía cayendo a nuestro alrededor.

Cerré los ojos y escuché los latidos de su corazón mientras sus dedos me acariciaban despacio la espalda.

Cuando por fin bajamos, Dante estaba en la cocina.

Se había cambiado la ropa de senderismo por unos pantalones oscuros y una camiseta gris. Estaba de pie frente a los fogones, removiendo algo en una olla, mientras en el salón sonaba música de fondo.

Alzó la vista cuando aparecimos y miró primero a Adrian y luego a mí.

Sonrió de inmediato.

—Por fin.

Adrian se rio.

—Nos estábamos duchando.

Dante arqueó las cejas.

—¿Juntos?

Noté que me ardía la cara.

—¡Dante!

Su sonrisa se ensanchó.

—Lo pregunto por pura organización doméstica. Necesito saber si queda agua caliente.

Adrian se rio.

—Sigues siendo un idiota.

—Y tú sigues siendo un invitado horrible. Apareces sin avisar y ahora me retrasas la comida.

Me acerqué a la encimera.

—¿Qué estás preparando?

Dante levantó la tapa de una olla y el delicioso aroma a salsa de tomate, ajo y albahaca inundó la cocina.

—Pasta.

Miré la otra olla.

—¿Has preparado todo esto tú solo?

Arqueó una ceja.

—No. Han venido a ayudarme las ardillas de la finca.

Estallé en carcajadas.

Adrian se acercó y examinó la salsa.

—Tiene buena pinta.

Dante lo miró.

—¿Un cumplido? ¿Estás enfermo?

Mi novio se rio.

—No te emociones. Todavía no la he probado.

Dante le tendió una cuchara.

—Entonces pruébala.

Adrian probó la salsa.

Se quedó callado unos segundos antes de mirar a su hermano.

—Le falta sal.

Dante soltó una carcajada.

—Serás cabrón.

Me reí.

Adrian cogió la sal y echó a la salsa la mínima cantidad posible.

Dante lo miró, indignado.

—Acabas de echar tres granos de sal.

—Cuatro, en realidad.

—Vas a arruinarme la receta.

Adrian se volvió hacia mí.

—¿Ves lo que tengo que aguantar?

Crucé los brazos.

—Me lo estoy pasando de maravilla.

Los dos me miraron.

Adrian arqueó una ceja.

—¿De parte de quién estás?

Sonreí.

—De la comida. Me muero de hambre.

Dante se rio y señaló la mesa.

—Por fin alguien con sentido común en esta familia.

Adrian me rodeó la cintura con un brazo.

—Cuidado. Está empezando a darte la razón demasiado a menudo.

Lo dijo sonriendo, pero me fijé en la mirada rápida que le lanzó a su hermano.

Dante no se dio cuenta, o prefirió no demostrarlo.

—Eso es porque Sofia tiene un gusto excelente —respondió, y volvió a los fogones.

Adrian me besó en la sien.

—Eso sí que lo sé.

Sonreí y fui a ayudar a poner la mesa.

La comida resultó mucho más entretenida de lo que esperaba.

Adrian nos habló de una reunión en Chicago, Dante hizo comentarios escandalosamente inapropiados sobre algunas de las personas que habían asistido y los dos hermanos acabaron discutiendo sobre un hombre que, al parecer, llevaba años debiéndole favores a su familia.

No conocía a ese hombre, pero ver a Adrian intentando explicar la situación mientras Dante lo interrumpía con detalles cada vez más disparatados me hizo reír hasta que se me saltaron las lágrimas.

—¿Siempre habéis sido así? —pregunté cuando por fin recuperé el aliento.

Adrian me miró.

—¿Así cómo?

—Incapaces de contar una historia sin discutir.

Dante se echó hacia atrás en la silla.

—Sofia, mi hermano tiene la pésima costumbre de omitir las partes interesantes.

Adrian se rio.

—Porque tus versiones nunca son del todo ciertas.

—Están artísticamente mejoradas.

Volví a reírme.

—Eso explica muchas cosas.

Adrian se pasó una mano por el pelo, sonriente, y siguió comiendo.

Dante se levantó a por más agua.

Al pasar por detrás de mi silla, dijo:

—Por cierto, Sofia, he encontrado una de tus toallas en el garaje. La he dejado junto al cuarto de la colada.

Asentí.

—¡Ah, gracias! La estaba buscando.

—Me lo imaginaba. Dejaste la mitad de tus cosas tiradas por ahí después de nuestra pequeña aventura.

—¡Yo no dejé la mitad de mis cosas tiradas por ahí!

Se inclinó para dejar la botella de agua sobre la mesa.

—Sofia, he encontrado una zapatilla, dos botellas, tu toalla y un envoltorio de galletas vacío.

Me reí.

—¡El envoltorio era tuyo!

Dante sonrió de oreja a oreja.

—No tienes pruebas.

—¡Tú te comiste las galletas!

Adrian nos observaba.

Seguía sonriendo, pero ahora había algo más atento en su expresión.

—Os lo pasasteis muy bien en esa excursión, ¿eh?

Me volví hacia él.

—¡Muchísimo! Dante casi se quedó atrás en la subida.

Mi novio arqueó las cejas.

—¿Dante?

—Se lo está inventando —respondió su hermano de inmediato.

Lo señalé.

—¡No es verdad!

Adrian se rio.

—Tengo que oír esa historia.

Le conté lo de la competición que, técnicamente, no había sido una competición, lo de la ardilla que habíamos visto y lo de la tormenta que nos había obligado a refugiarnos.

Evité mencionar lo cerca que habíamos estado Dante y yo dentro de aquel pequeño edificio.

No había pasado nada que requiriera una confesión, pero no quería sacar aquel recuerdo a colación mientras Adrian me miraba con tanto cariño.

Cuando terminé, me cogió de la mano.

—Parece que pasaste una mañana estupenda.

Sonreí.

—Sí.

Adrian se llevó mis dedos a los labios y los besó.

—Me alegro, cariño.

Dante volvió a sentarse.

La conversación cambió de tema, pero me di cuenta de que Adrian no me soltó la mano durante casi toda la comida.

Adrian tuvo que atender una llamada de trabajo a media tarde.

Yo estaba acurrucada en el sofá, con las piernas sobre su regazo, cuando llamó Lorenzo.

Mi novio escuchó unos segundos, se pasó una mano por la cara y echó un vistazo al portátil que había dejado en la mesa.

—Tengo que ocuparme de algo.

Retiré las piernas.

—No pasa nada.

Me sujetó el tobillo antes de que pudiera levantarme.

—No tardo nada.

Sonreí.

—Ve a trabajar, Adrian. Yo también trabajo, ¿sabes?

Se inclinó para besarme.

—Trabajas mucho más de lo que deberías.

—Mira quién habla.

Adrian se rio, cogió el portátil y subió al piso de arriba.

Me quedé en el sofá y me puse a buscar algo que ver.

Había encontrado una comedia romántica antigua y estaba decidiendo si merecía la pena empezarla cuando Dante apareció con dos tazas.

Dejó una en la mesa.

—Café.

Levanté la vista.

—¿Me has hecho café?

—No. Es un homenaje a mi extraordinaria generosidad.

Sonreí.

—Gracias.

Dante se acomodó en el sillón que había junto al sofá y miró hacia la televisión.

—¿Qué estás viendo?

—Todavía no me he decidido.

Repasó las opciones.

—Esa película es malísima.

Me volví hacia él.

—¿La has visto?

—Por desgracia.

Me reí.

—¿Dante Vitale ve comedias románticas?

Me lanzó una mirada.

—Sofia, soy un hombre muy versátil.

—¿Y con quién la viste?

Sonrió despacio.

Cerré los ojos.

—No me puedo creer que acabe de preguntar eso.

Dante se echó a reír.

—Tienes que buscarte otra afición, en serio.

Cogí un cojín que tenía al lado.

—No empieces.

Levantó las dos manos.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo has pensado.

—Bastantes cosas, la verdad.

Me reí, me volví otra vez hacia la televisión y puse la película.

Dante protestó durante los primeros minutos, pero no se movió del sillón.

Cuando la protagonista tomó una decisión especialmente absurda, se inclinó hacia delante.

—No. Eso no tiene ningún sentido.

Me reí.

—¡Es una comedia romántica!

—¿Y eso les da derecho a comportarse como idiotas?

—Es parte del encanto.

Dante negó con la cabeza.

—Si ese tío tuviera dos dedos de frente, ya le habría dicho la verdad.

Lo miré.

—¿Tú siempre dices la verdad?

Dante se volvió hacia mí.

La sonrisa se le borró un poco.

—Cuando importa.

Le sostuve la mirada un instante antes de volver a centrarme en la película, y él se acomodó otra vez en el sillón.

Seguimos viendo la película hasta que, casi veinte minutos después, oí pasos en la escalera.

Adrian apareció en el salón con el móvil en la mano.

—¿Qué estáis viendo?

Sonreí.

—Una comedia romántica que Dante odia.

Mi novio miró la televisión y luego a su hermano.

—¿Estás viendo esto?

Dante se cruzó de brazos.

—Estoy supervisando los gustos cinematográficos de tu novia.

Adrian se rio.

—Suerte con eso.

Se acercó al sofá y se sentó a mi lado. Enseguida le puse las piernas sobre el regazo, y él me apoyó una mano en la rodilla y me atrajo hacia él.

—Te he echado de menos —susurré.

Sonrió.

—He estado fuera cuarenta minutos.

—Una eternidad.

Adrian se rio y me besó.

Cuando nos separamos, Dante soltó un sonido de indignación.