Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

SOFIA

Adrian volvió a besarme en cuanto cerramos la puerta del dormitorio.

Todavía llevaba la ropa húmeda de la excursión, tenía el pelo enredado y había dejado las zapatillas, vergonzosamente embarradas, junto a la entrada. Nada de eso parecía molestarle: me rodeó la cintura con los brazos, me atrajo hacia él y sonrió contra mis labios antes de volver a besarme.

—No tienes ni idea de cuánto te he echado de menos.

Le rodeé el cuello con los brazos.

—Creo que sí.

Adrian sonrió y apoyó la frente contra la mía.

—No, cariño. Si la tuvieras, me habrías dado una bienvenida mucho más entusiasta.

Me eché a reír.

—¡Prácticamente me lancé a tus brazos!

—Cierto. Fue una bienvenida muy satisfactoria.

Volvió a besarme, esta vez más despacio; con una mano me recorrió la espalda mientras la otra seguía firme en mi cintura.

Me maravillaba lo fácil que era recuperar entre sus brazos una sensación de normalidad que no sabía que echaba de menos.

El olor familiar de su colonia, el calor de su cuerpo y su manera de sonreír entre beso y beso hacían que la casa pareciera un poco menos lejana de todo lo que habíamos dejado en Chicago.

Cuando por fin nos separamos, me fijé en una pequeña maleta junto al armario.

Fruncí el ceño.

—¿Adrian?

—¿Mmm?

La señalé.

—¿Qué es eso?

Siguió mi mirada.

Entonces sonrió.

—Mi maleta.

—Ya sé que es tu maleta.

—Entonces, ¿por qué lo preguntas?

Le di un manotazo suave en el pecho, muerta de risa.

—¡Has traído una maleta!

—Suelo hacerlo cuando necesito ropa.

Le tomé la cara entre las manos.

—Adrian Vitale, ¿te vas a quedar?

Su sonrisa se ensanchó.

—Si quieres que me quede.

Solté un grito de alegría y volví a echarle los brazos al cuello. Adrian se rio y me levantó unos centímetros del suelo.

—Tomaré eso como un sí.

—¿Cuántos días?

—Tres, quizá cuatro. He conseguido reorganizar algunas reuniones, Lorenzo se encargará de todo lo que haya que resolver en persona y puedo trabajar desde aquí.

Me aparté lo justo para mirarlo a los ojos.

—¿Hablas en serio?

—Completamente.

Sonreí tanto que empezaron a dolerme las mejillas.

—¡Dios mío, Adrian!

Se rio cuando volví a besarlo.

—Empiezo a pensar que debería traer una maleta más a menudo.

—¡Deberías habérmelo dicho!

—¿Y perderme esta reacción? Ni hablar.

Le pasé los dedos por el pelo y se lo revolví a propósito.

—Te quiero.

Su sonrisa se suavizó.

—Yo también te quiero, Sofia.

Le estudié el rostro, todavía intentando creer que aquella noche no tendría que despedirme de él.

Adrian me acarició la mejilla con el pulgar.

—Ahora bien, tengo una observación que hacerte.

—¿Qué?

Bajó la mirada hacia mi camiseta y luego hacia sus manos, ligeramente húmedas de tenerme abrazada.

—Estás completamente empapada.

Me reí.

—Nos pilló una tormenta terrible.

—Ya me he dado cuenta.

Bajó la mirada hasta los bajos de mis pantalones.

—Y, por lo visto, te has peleado con medio bosque.

—Deberías haber visto a Dante cuando llegamos al refugio.

Adrian arqueó las cejas.

—¿Refugio?

Asentí mientras me quitaba la mochila.

—Hay una pequeña construcción de madera junto al sendero. Arreció tanto la lluvia que tuvimos que esperar dentro hasta que amainó.

—Menos mal que encontrasteis un sitio donde resguardaros.

—Estábamos completamente empapados.

Adrian volvió a mirarme la ropa.

—Tú todavía lo estás.

Solté una carcajada.

Señaló el cuarto de baño.

—Ve a darte una ducha caliente antes de que cojas frío.

Incliné la cabeza.

—¿Me estás echando?

Adrian me atrajo por la cintura.

—Estoy haciendo un gran esfuerzo por no aprovecharme de que mi novia acaba de aparecer con una camiseta mojada.

El calor me subió a las mejillas.

—¡Adrian!

Me dedicó una sonrisa maliciosa.

—Pero me está costando un poco.

Me reí y posé los labios sobre los suyos.

Adrian respondió de inmediato y me tomó la cara entre las manos. El beso duró lo suficiente para que me olvidara del frío.

Cuando por fin nos separamos, me recorrió el labio inferior con el pulgar.

—Dúchate, cariño.

Sonreí.

—Podrías venir conmigo.

Adrian arqueó una ceja.

Su sonrisa cambió.

—Sofia Bennett, ¿eso era una invitación?

Me mordí el labio para no echarme a reír.

—Puede.

Miró hacia la puerta del baño.

Después volvió a mirarme.

—¿Eres consciente de que, si entro ahí contigo, lo más probable es que nos perdamos la comida?

Me eché a reír.

—Dante se quejará.

Adrian cerró los ojos.

—Mi hermano puede sobrevivir a una comida sin nosotros.

Me reí y le cogí la mano.

Me siguió al baño con los dedos entrelazados en los míos, mientras yo intentaba disimular la sonrisa que no conseguía borrar.

En cuanto entramos, Adrian me rodeó la cintura y me pegó de espaldas a su cuerpo.

—Solo para aclarar una cosa —murmuró con la boca muy cerca de la mía—. ¿Seguro que quieres compañía?

Arqueé las cejas y fingí pensármelo.

—Empiezo a tener mis dudas. Hablas demasiado.

—Qué graciosa. No es lo que suele decir la gente de mí.

—¿Ah, no? ¿Y quién dice eso exactamente?

Adrian se rio y me besó antes de que pudiera continuar con el interrogatorio.

Lo agarré por delante de la camisa y tiré de él hacia mí; sentí cómo se le iba borrando la sonrisa a medida que el beso se alargaba.

Esto era exactamente lo que había echado de menos.

No solo los besos, sino la intimidad de conocer tan bien a alguien que no tenía que pensármelo antes de tocarlo. La libertad de bromear con Adrian, sabiendo que él siempre encontraría la manera de devolvérmela.

Llevábamos juntos el tiempo suficiente para reconocer casi todos los gestos de su cara y, aun así, había momentos en los que una sola mirada suya me aceleraba el corazón.

Se apartó apenas unos centímetros, con la frente pegada a la mía.

—Te he echado de menos, cariño.

Le pasé los dedos por el pelo y observé la ternura que había sustituido a su sonrisa burlona.

—Ya me lo has dicho.

—Y pienso seguir diciéndotelo hasta que lo entiendas.

—Creo que empiezo a entenderlo.

Adrian sonrió y posó los labios en la curva de mi cuello.

Me reí cuando la barba incipiente me rozó la piel.

—¡Adrian, eso hace cosquillas!

—Intento ser romántico.

—Pues lo estás haciendo mal.

Levantó la cabeza y fingió sentirse ofendido.

—Vale. Me voy.

Cuando empezó a apartarse, lo agarré de la camisa y tiré de él otra vez.

—Ni se te ocurra.

La sonrisa le volvió a la cara de inmediato.

—Eso me parecía.

Lo besé antes de que encontrara otra forma de provocarme y, esta vez, Adrian me rodeó con los brazos con tanta fuerza que me olvidé por completo de discutir.

La cercanía de su cuerpo, su olor familiar y la forma en que me abrazaba me devolvieron el anhelo que había intentado ignorar desde que nos despedimos en Chicago.

Cuando por fin nos separamos, me estudió la cara con expresión divertida.

—Sabes que en realidad he venido a trabajar, ¿no?

—Qué casualidad. Yo también tengo algunas cosas que hacer.

—Sofia...

—¿Qué?

—Empiezo a sospechar que no voy a dar un palo al agua en los próximos cuatro días.

Sonreí y le desabroché el primer botón de la camisa.

—Entonces quizá deberías aprender a organizarte mejor.

Adrian observó mis dedos antes de volver a mirarme a los ojos.

—Lo estás haciendo a propósito.

—¿El qué?

—Esa cara de inocente que no engañaría a nadie en el mundo.

Me eché a reír, pero él me tomó la cara entre las manos y volvió a besarme, y cortó en seco cualquier respuesta que se me pudiera ocurrir.

Le rodeé el cuello con los brazos y me permití disfrutar del momento, feliz solo porque estaba allí y se quedaría conmigo los próximos días.

Adrian metió la mano en la ducha y abrió el grifo; ajustó la temperatura hasta que el agua salió caliente.

El vapor fue llenando poco a poco el baño mientras él se volvía hacia mí.

—Última oportunidad para cambiar de opinión, señorita Bennett.

Observé su sonrisa y negué con la cabeza.

—¿De verdad crees que voy a cambiar de opinión?

—No. Pero me gusta oírtelo decir.

Me acerqué y le sujeté la cara entre las manos.

—Quiero estar contigo, Adrian.

Su expresión se suavizó y me besó con una ternura tan inesperada que, de repente, mis palabras parecieron significar mucho más de lo que había pretendido.

Había algo en la forma en que me abrazaba, como si quisiera compensar cada día que habíamos pasado separados, que hacía imposible no desearlo aún más cerca.

Entre besos cada vez más impacientes, la ropa acabó en el suelo y nos recorrimos con las manos con esa familiaridad que solo intensificaba el deseo.

Deslicé las palmas por el pecho de Adrian y sentí cómo se le tensaban los músculos bajo mis dedos mientras me atraía hacia él, eliminando el último resquicio de espacio entre nosotros.

El agua caliente nos caía por el cuerpo.

Lo pillé mirando cómo una gota bajaba despacio por mi cuello, sobre mis pechos, y desaparecía entre los dos.

—Me encanta verte toda mojada así —musitó, con una sonrisa que conocía demasiado bien.

No pude evitar reírme.

—¿En serio, Adrian? ¿Un doble sentido?

—Sabes que no puedo resistirme.

Volvió a besarme, pero la sonrisa se le borró de los labios cuando nuestros cuerpos se encontraron.

El aliento que se le escapó fue profundo y ronco, casi un gruñido, y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Había algo irresistible en ver cuánto me deseaba, sobre todo cuando soltaba ese control que normalmente mantenía con tanta facilidad.

—Te necesito ahora mismo —susurró contra mi boca, con la respiración ya entrecortada.

Sonreí y lo provoqué con otro beso.

—Entonces, ¿a qué estás esperando?

Adrian soltó una risa grave antes de alzarme en un movimiento fluido y pegarme la espalda contra los azulejos fríos.

El contraste de temperaturas me arrancó un jadeo, que su beso acalló de inmediato mientras yo le rodeaba la cintura con las piernas y me aferraba a sus hombros.

Cuando por fin lo sentí dentro de mí, se me escapó un gemido antes de que pudiera contenerlo.

Adrian me dedicó una sonrisa satisfecha que me habría hecho poner los ojos en blanco si no hubiera estado tan ocupado en dejarme sin aliento.

Apoyé la cabeza contra la pared y me abandoné a la deliciosa sensación de volver a tenerlo cerca.