Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—¿Vais a estar hablando toda la película?

Me volví de inmediato.

—¡Si te has estado quejando de la película todo el rato!

—Porque los personajes no paran de tomar decisiones horribles. Estoy intentando seguir la trama.

Adrian se rio.

Apoyé la cabeza en su hombro y volví a prestar atención a la televisión.

Poco después sentí sus dedos moverse distraídamente por mi pierna.

Levanté la vista y vi que Adrian me observaba. Sonreí.

Me besó en la frente y yo me acomodé de nuevo contra su pecho, disfrutando del calor de su cuerpo.

Al otro lado de la habitación, Dante seguía dando su opinión sobre la película.

Al caer la tarde, Adrian me encontró en la cocina.

Estaba preparando una ensalada cuando se acercó por detrás, me rodeó la cintura con los brazos y me besó en el cuello.

Sonreí de inmediato.

—Hola.

—Hola, preciosa.

Me besó justo debajo de la oreja.

Cerré los ojos un instante.

—De verdad que tienes que dejar de hacer eso mientras tengo un cuchillo en la mano.

Adrian se rio contra mi piel.

—¿Me estás amenazando?

—Estoy intentando terminar la cena.

Me giró con suavidad hasta quedar frente a él.

—¿Puedo ayudarte?

Eché un vistazo a la encimera.

—Puedes cortar los tomates.

Adrian repasó con la mirada todo lo que había sacado.

—¿Para cuántas personas estás cocinando?

—Para tres.

—Parece comida para diez.

Me reí.

—Tu hermano come por cuatro.

Adrian soltó una carcajada.

—Es verdad.

Cogió el cuchillo y empezó a cortar los tomates mientras yo me ocupaba del resto de la ensalada.

Durante varios minutos estuvimos uno al lado del otro, hablando de cosas sin importancia.

Adrian me contó que había conseguido cancelar otra reunión y que, si no surgía ninguna emergencia, podríamos pasar juntos la mañana siguiente.

—Quiero llevarte a un sitio cuando volvamos —dijo.

Lo miré.

—¿Adónde?

—Todavía no lo he decidido.

Sonreí.

—¿Me estás preparando una sorpresa?

Adrian inclinó la cabeza.

—Me lo estoy planteando.

Me acerqué más y le rodeé la cintura con los brazos.

—Me encantan tus sorpresas.

Dejó el cuchillo antes de atraerme hacia él.

—Lo sé.

Entonces me besó.

No fue un beso rápido.

Adrian me sujetó la nuca y me inclinó un poco la cara, con la otra mano firme en mi cintura.

Respondí al instante: le rodeé el cuello con los brazos y me olvidé, durante unos segundos deliciosos, de la ensalada, los tomates y la ridícula cantidad de comida repartida por la encimera.

Cuando por fin se apartó, sonrió contra mis labios.

—Estoy intentando comportarme.

Me ardieron las mejillas.

—No lo parece.

Adrian se rio.

—Créeme, estoy haciendo un esfuerzo considerable.

Le pasé los dedos por el pelo.

—Quizá no tengas que esforzarte tanto.

Su sonrisa cambió y un brillo más oscuro le asomó a los ojos.

—Sofia...

—¿Qué?

Miró hacia la puerta de la cocina antes de volver a mirarme.

—Mi hermano está en casa.

Me reí.

—Ya lo sé.

Adrian apoyó la frente contra la mía.

—Y me estás haciendo la vida muy difícil.

Sonreí.

—Solo estoy preparando la cena.

Soltó una carcajada, volvió a besarme y por fin regresó a los tomates.

Observé su perfil mientras cortaba los últimos trozos.

Adrian tenía la costumbre de fruncir un poco el ceño cada vez que se concentraba. Lo hacía en las reuniones, al leer documentos e incluso cuando intentaba seguir una receta.

Era un detalle mínimo, pero yo me lo sabía de memoria.

Me acerqué y le besé la mejilla.

Se volvió de inmediato.

—¿A qué ha venido eso?

Sonreí.

—A nada.

Adrian me estudió unos segundos antes de cogerme de la mano.

—Te quiero.

Una calidez se me extendió por el pecho.

—Yo también te quiero.

Se llevó mis dedos a los labios y lo miré con una felicidad serena que no necesitaba explicación.

Estaba con el hombre al que amaba.

Y había reorganizado toda su agenda solo para pasar unos días conmigo.

Dante apareció cuando estábamos terminando de poner la mesa.

Examinó la ensalada y luego miró a Adrian.

—¿Has cocinado tú?

Mi novio arqueó una ceja.

—He ayudado.

Dante cogió una rodaja de tomate.

—Entonces será mejor que me asegure de que esto sigue siendo apto para el consumo humano.

Adrian le dedicó una sonrisa burlona.

—Muy gracioso.

Sonreí.

Dante probó el tomate y fingió que se lo pensaba.

—Aceptable.

Cogí un paño de cocina.

—¿Te mataría hacer un cumplido sin convertirlo en un chiste?

Me miró.

—Sofia, intento que mi hermano siga siendo humilde.

Adrian me rodeó los hombros con un brazo.

—Empiezo a pensar que disfrutas demasiado de su compañía.

Sonreí.

—Es gracioso.

Dante sonrió de oreja a oreja al instante.

—¿Lo has oído, Adrian? Gracioso.

Mi novio miró a su hermano.

—No dejes que se te suba a la cabeza.

Dante se rio.

Nos sentamos a cenar.

Adrian nos contó cómo fue la primera vez que intentó cocinar algo para mí.

Habíamos pasado la noche en su piso y me desperté con un olor raro que venía de la cocina.

—Quemaste el pan —le recordé entre risas.

Adrian arqueó las cejas.

—Fallo técnico.

—¡Pusiste mal la temperatura!

Dante soltó una risita.

—Madre mía. ¿Todavía lo hace?

Adrian lo miró.

—No empieces.

Dante se reclinó en la silla.

—Sofia, una vez intentó prepararle la cena a nuestra madre. Fue un desastre tan grande que acabamos pidiendo comida a domicilio.

Me eché a reír.

—¡Adrian!

Mi novio se pasó una mano por la cara.

—Tenía dieciséis años.

Dante sonrió.

—Y casi incendiaste la cocina.

—¡No hubo ningún incendio!

—Porque apagué el horno.

Solté una carcajada y, pese a su empeño en parecer ofendido, Adrian acabó riéndose también.

La conversación se alargó casi una hora.

Cuando terminamos, Dante se ofreció a recoger, alegando que tenía que proteger sus utensilios de cocina de las habilidades culinarias de su hermano.

Adrian protestó, pero Dante insistió, y aproveché su discusión para llevarme unos vasos.

Cuando regresé al salón, Adrian me esperaba cerca de las escaleras.

Me tendió la mano.

—Ven conmigo.

Sonreí.

—¿Adónde?

Inclinó la cabeza.

—Quiero a mi novia para mí solo un rato.

Le cogí la mano.

—Pensaba que no me lo pedirías nunca.

El dormitorio estaba iluminado solo por la lámpara de la mesilla cuando Adrian cerró la puerta.

Acababa de dejar el móvil sobre la cómoda y me giraba para preguntarle si quería que abriese la ventana cuando noté sus manos en mi cintura.

Adrian tiró suavemente de mí hacia él.

—Por fin.

Me reí.

—¿Por fin qué?

Acercó la boca a la mía.

—Tú.

Sonreí contra sus labios.

—Llevo aquí desde que llegaste.

—Sí, pero siempre había alguien cerca.

Le acaricié la nuca.

—Ahora no hay nadie.

Adrian me observó un instante. Su mirada me recorrió la cara antes de volver a mi boca.

—Lo sé.

Entonces me besó.

No hubo nada de la urgencia de nuestros reencuentros anteriores, cuando solo teníamos unos minutos juntos antes de que otra llamada nos interrumpiera.

Adrian me sostuvo la cara entre las manos y fue profundizando el beso despacio, como si quisiera compensar cada momento en que no había podido tocarme.

Le rodeé el cuello con los brazos y me apreté contra él, mientras sus manos bajaban hasta mi cintura.

El beso se volvió más intenso.

Adrian dejó escapar un suspiro leve cuando mis dedos se deslizaron entre su pelo.

Conocía aquel sonido, igual que conocía la forma en que inclinaba la cabeza cuando quería que un beso durase más y la pequeña sonrisa que le aparecía cada vez que notaba que empezaba a impacientarme.

—Te he echado muchísimo de menos —susurré contra sus labios.

Apoyó la frente en la mía.

—Yo también te he echado de menos.

Deslicé las manos por su pecho y sentí la suavidad de la camiseta bajo los dedos.

Adrian sonrió.

—¿Qué?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Sofia...

Sonreí.

—Me alegra que te quedes.

Su expresión se suavizó al instante.

Me apartó de la cara un mechón de pelo suelto.

—A mí también.

Nos miramos durante unos segundos.

Entonces Adrian volvió a besarme.

Esta vez le agarré la camiseta y lo atraje hacia mí hasta que sus brazos me rodearon por completo.

Soltó una risita contra mis labios, sorprendido por mi entusiasmo, pero respondió sin vacilar.

Avanzamos unos pasos hacia la cama.

Cuando la parte de atrás de mis piernas rozó el colchón, Adrian se apartó lo justo para mirarme.

—¿Todo bien?

Sonreí.

—Todo es maravilloso.

Me besó en la frente y después en la mejilla, antes de volver a mis labios.

Apoyé las manos en sus hombros mientras él se sentaba en el borde de la cama y me atraía con suavidad hacia él.

Me quedé de pie entre sus rodillas, le pasé los dedos por el pelo y contemplé al hombre que había logrado convertir una relación nacida de forma tan inesperada en una de las partes más felices de mi vida.

Adrian alzó la vista.

—¿Por qué me miras así?

Sonreí.

—Porque te he echado de menos.

Me sujetó por la cintura.

—Ven aquí.

Me acomodé en su regazo y lo rodeé con los brazos.

Adrian me besó con una intensidad que me hizo clavarle los dedos en los hombros.

Me recorrió la espalda con la mano y noté que sonreía cuando interrumpí el beso solo el tiempo justo para recuperar el aliento.

—Sigues haciendo eso —murmuré.

Alzó una ceja.

—¿El qué?

—Besarme como si nos viéramos por primera vez.

Su sonrisa se volvió aún más hermosa.

—Porque todavía lo disfruto igual que la primera vez.

Un calor me recorrió el pecho mientras le tomaba la cara entre las manos y volvía a besarlo.

Adrian estrechó el abrazo y se echó hacia atrás conmigo sobre el colchón.

Me reí cuando tuvo que apoyar una mano para no perder el equilibrio, y su risa se mezcló con la mía antes de que volviéramos a besarnos.

Había algo maravilloso en aquella familiaridad.

No teníamos que averiguar cómo acercarnos ni preguntarnos si el otro nos quería allí.

Conocíamos los pequeños gestos, las sonrisas, las bromas y hasta los momentos en que una sola palabra podía hacernos reír.

Adrian hundió la cara en mi cuello.

—¿Te haces una idea de lo difícil que es estar lejos de ti?

Le pasé los dedos por el pelo.

—Me hago una idea.

Levantó la cabeza.

—¿Solo una idea?

Sonreí.

—Quizá tengas que convencerme.

Su sonrisa se volvió pícara.

—Oh, Sofia...

Me reí.

Adrian me besó el cuello y yo incliné un poco la cabeza.