Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Desde luego que sois hermanos.

—Por desgracia para los dos.

Seguimos hablando varios minutos más.

Adrian me contó una historia absurda sobre una reunión familiar y me reí tanto que tuve que secarme las lágrimas de los ojos.

Me observó con una sonrisa satisfecha.

Cuando la conversación empezó a apagarse, su expresión se volvió más cariñosa.

—Si logro ir mañana, te aviso antes de salir.

Asentí.

—Te estaré esperando.

—Te quiero, Sofia.

Sonreí.

—Yo también te quiero.

Se llevó las yemas de los dedos a los labios y me lanzó un beso a través de la cámara.

Hice lo mismo y, cuando terminó la llamada, me quedé tumbada mirando la pantalla oscura.

Me quedé allí, con la vista fija en la pantalla apagada.

Adrian conseguía hacerme sentir querida incluso a kilómetros de distancia.

Y yo quería estar con él.

Quería sentir su boca contra la mía, sus manos en mi cintura y esa forma tan suya de abrazarme mientras nos quedábamos dormidos.

Cerré los ojos unos instantes e imaginé cómo sería cuando por fin pudiéramos volver a nuestra rutina.

Entonces vibró el móvil.

Era un mensaje de Dante.

Dante: Espero que hayas dado por terminadas todas tus reuniones, señorita Bennett. Mañana salimos temprano.

Sonreí y escribí una respuesta.

Sofia: ¿A qué hora?

Su respuesta llegó de inmediato.

Dante: A las ocho. Y ni se te ocurra llevarte el portátil.

Me eché a reír.

Sofia: Te estás volviendo mandón.

Dante: Tú te estás volviendo predecible. Seguro que ya estabas pensando en llevártelo.

Negué con la cabeza, sonriendo.

Sofia: Buenas noches, Dante.

Unos segundos después apareció un último mensaje.

Dante: Buenas noches, Sofia. Y no lo olvides: todavía me debes un favor.

Me eché a reír.

Aquel hombre era increíble.

A la mañana siguiente me despertó un golpeteo suave contra la ventana.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que era una rama que se movía con el viento.

Miré el reloj.

Las 7:15 de la mañana.

Me levanté, me duché y escogí unos pantalones cómodos, una camiseta y unas zapatillas deportivas. Me recogí el pelo en una coleta y busqué una mochila pequeña para el agua y algunas cosas que pudiera necesitar durante la caminata.

Cuando bajé, Dante ya estaba en la cocina.

Llevaba una camiseta negra, unos pantalones resistentes y botas de senderismo. Sobre la encimera había dos botellas de agua, junto a los tentempiés que estaba guardando.

Levantó la vista cuando entré, me recorrió la ropa con la mirada, volvió a mi cara y sonrió.

—Buenos días, aventurera.

Me acerqué a la encimera.

—Buenos días.

Observó mi mochila.

—¿Qué llevas ahí?

—Agua, crema solar, algo de abrigo y alguna cosa más.

Dante arqueó una ceja.

—¿El portátil?

Solté una carcajada.

—¡No!

—Solo me aseguraba.

Cogí una de las botellas de agua.

—¿Preparado para perder?

Sonrió.

—¿Perder qué?

—La caminata.

Dante se echó a reír.

—Sofia, esto no es una competición.

—Fuiste tú el que dijo que no podría seguirte el ritmo.

—Dije que no iba a cargarte si te quedabas atrás.

Levanté la barbilla.

—No necesitaré que lo hagas.

Se acercó y apoyó las manos en la encimera.

—Bien.

Su sonrisa se ensanchó.

—Pero, si pasa, puede que haga una excepción.

Lo miré.

—Qué generoso.

Dante inclinó la cabeza.

—Soy un hombre de muchos talentos.

Negué con la cabeza y cogí mi mochila.

Me observó un momento y luego miró hacia la ventana, donde el cielo estaba despejado, aunque algunas nubes empezaban a agruparse sobre las montañas.

—Vámonos —dijo—. Quiero estar de vuelta antes de que cambie el tiempo.

Asentí y seguí a Dante afuera mientras él cogía su mochila y se dirigía a la puerta.

Una ráfaga de viento cruzó el porche y me lanzó a la cara algunos mechones sueltos. Me los aparté y miré hacia el sendero que empezaba más allá del jardín.

El camino se perdía entre los árboles cuando Dante se detuvo a mi lado.

—¿Lista?

Lo miré y sonreí.

—Nací lista.

Se echó a reír.

—Ya lo veremos.

Empezamos a caminar.

La tierra estaba firme bajo nuestros pies y el aire traía el aroma fresco de los árboles que rodeaban la propiedad. La luz del sol se filtraba entre las ramas y salpicaba el sendero de manchas doradas.

Dante caminaba a mi lado y me iba señalando las irregularidades del terreno, y yo estaba decidida a disfrutar de la mañana.

El paisaje era precioso, la brisa se agradecía en la piel y, por una vez, no estaba pensando en ordenadores, informes ni fotografías de desconocidos.

Solo estaban el sendero, el sonido de nuestros pasos y Dante, que, cómo no, no era capaz de estarse callado mucho tiempo.

—¿Sofia?

Lo miré.

—¿Qué?

Sonrió de inmediato.

—¿Sigues tan confiada?

Sonreí.

—Muchísimo.

Inclinó la cabeza.

—Bien. Porque ya se ha acabado lo fácil.

Miré el sendero, que ya empezaba a ascender, y luego me volví hacia él.

—Dante, ¿de verdad crees que una cuesta va a asustarme?

Se rio.

—Me está empezando a gustar mucho esa seguridad tuya.

Me ajusté la mochila y aceleré el paso.

—Entonces intenta seguirme el ritmo.

Oí a Dante reírse detrás de mí y, cuando por fin me alcanzó, comprendí que la mañana iba a ser mucho más interesante de lo que había imaginado.