Capítulo 9 #2
Asentí.
Él esperó.
—Hemos quedado algunas veces, nada más —añadió.
Lo miré.
Dante lucía la sonrisa de satisfacción más irritante que había visto en mi vida.
—¿Os acostasteis?
La pregunta salió con tanta naturalidad que tardé casi dos segundos enteros en darme cuenta de lo que acababa de decir.
Dante dejó de sonreír.
Entonces se le quedó la boca abierta de auténtica sorpresa.
—Sofia Bennett.
Me cubrí la cara con una mano.
—No puedo creer que acabe de preguntar eso.
Soltó unas carcajadas tan sonoras que no pude evitar reírme con él.
—¿Me estás interrogando sobre mi vida sexual?
—¡No!
—Acabas de preguntarme si me acosté con Bianca.
—¡Tenía curiosidad!
—Una curiosidad extraordinariamente específica.
Pasé junto a él para coger el móvil.
—Olvida toda esta conversación.
Dante seguía riéndose.
—¿Quieres que te responda?
—¡No!
—¿Estás segura?
—¡Dante!
Levantó ambas manos en señal de rendición.
—Como quieras.
Lo vi volver hacia el porche, todavía sonriente.
Cuando por fin desapareció por la puerta, solté el aire y me apoyé en la mesa.
Había perdido la cabeza por completo.
Maya respondió a mi videollamada con la cámara enfocada al techo.
—¡Un segundo! Estoy intentando encontrar un sitio decente donde poner esto.
Oí caer algo, seguido de una palabrota.
Me entró la risa.
—¿Todo bien?
Por fin apareció su rostro en la pantalla.
—Sí. Es que he tirado al suelo la mitad de las cosas del escritorio.
Maya se acomodó en una silla y se arregló el pelo.
—Listo. Ahora cuéntame qué tal te va la vida en las montañas.
—Normal.
Alzó una ceja.
—Sofia, estás escondida en la propiedad de una familia mafiosa. Creo que nuestra definición de normal ha cambiado bastante.
Solté una carcajada.
Hablamos del evento del viernes, de los proveedores y de un cliente que había decidido cambiar por tercera vez la distribución de las mesas.
Maya me enseñó algunas fotografías y conseguimos resolver dos asuntos pendientes antes de que, por fin, cerrara su carpeta de trabajo.
—Ahora, ¿podemos hablar de algo interesante? —preguntó.
Me recosté en el sofá.
—Claro.
Maya entrecerró los ojos.
—¿Qué ha pasado?
Fruncí el ceño.
—Nada.
—Sofia.
—¿Qué?
Señaló la cámara.
—Estás poniendo esa cara que pones cuando quieres contarme algo, pero aún no has decidido si contármelo.
Miré hacia la ventana.
Dante seguía en el porche, hablando ahora con Lorenzo. A juzgar por su postura y su expresión, se trataba de una llamada de trabajo.
Volví a mirar a Maya.
—¿Puedo preguntarte algo?
Se inclinó hacia la cámara de inmediato.
—Ahora sí que me interesa.
Me pasé una mano por el pelo.
—¿Crees que es normal sentir curiosidad por la vida sentimental de alguien?
Maya se quedó completamente inmóvil durante un segundo.
Luego se le dibujó una sonrisa enorme.
—¿Por la de quién?
Cerré los ojos.
—Era una pregunta general.
Empezó a reírse.
—¿Es por Dante?
Miré la pantalla.
Maya ahogó una exclamación.
—¡Dios mío! ¡Es por Dante!
—¡Baja la voz!
Estalló en carcajadas.
—¡Estás en una casa aislada! ¿Quién va a oírme?
Volví a mirar hacia el porche.
—Está cerca.
Maya se tapó la boca para contener la risa, mientras yo esperaba.
Cuando por fin se calmó, me observó con más atención.
—¿Qué ha pasado?
Le conté lo de la llamada de Bianca.
No todo.
Y mucho menos la parte en la que había hecho preguntas que nadie, absolutamente nadie, necesitaba hacer.
Maya me escuchó sin interrumpirme, aunque le brillaban los ojos de pura diversión.
—¿Y le preguntaste si se habían acostado? —repitió.
Me tapé la cara.
—¡No hace falta que lo repitas!
Volvió a reírse.
—¡Sofia, por el amor de Dios!
—¡Ya lo sé!
—¿De verdad se lo preguntaste?
—Sí.
Maya se recostó en la silla, intentando recuperar el aliento.
—Entonces, ¿qué te contestó?
La miré.
—No contestó porque me marché.
Volvió a estallar en carcajadas mientras yo negaba con la cabeza, derrotada.
Tardó unos segundos en recuperarse.
—¿Puedo decirte algo sin que te enfades?
—Depende.
Su sonrisa se suavizó.
—Tal vez estás empezando a disfrutar de su atención más de lo que te gustaría admitir.
Me quedé callada.
Maya me observó unos segundos.
—Eso no significa que hayas dejado de querer a Adrian.
—Quiero a Adrian.
—Lo sé.
Respondió sin vacilar.
Luego se acercó un poco más a la cámara.
—Pero pasas mucho tiempo con Dante. Es guapo, es divertido, no deja de picarte y no oculta que le atraes. Sería raro que estar a su lado todo el día no despertara algo en ti.
Miré hacia la ventana, por donde llegaba débilmente la voz de Dante desde fuera, seguida de una risa corta.
Maya esperó.
—No quiero hacer nada que esté mal —dije.
—Entonces no lo hagas.
La miré y casi me reí de lo sencilla que era la respuesta.
Maya sonrió.
—Sofia, no tienes que decidir hoy qué vas a hacer con toda tu vida. Solo tienes que ser sincera contigo misma y respetar la relación que has elegido.
Asentí despacio.
Cogió un vaso de agua.
—Y, por el amor de Dios, deja de preguntar por las mujeres con las que se acuesta Dante. Le estás dando a ese hombre munición de sobra para tomarte el pelo el resto del año.
Solté una carcajada.
—¡Lo sé!
Maya sonrió.
—Bueno, al menos eso ya lo tienes claro.
Hablamos unos minutos más antes de terminar la llamada.
Cuando la pantalla se apagó, me quedé en el sofá, mirando hacia la puerta del porche.
Dante entró poco después, con dos botellas de agua y el teléfono guardado en el bolsillo.
Dejó una sobre la mesa, delante de mí.
—¿Maya?
Asentí.
—Sí.
Se sentó en el extremo opuesto del sofá.
—¿Está bien?
—Sí.
Dante abrió su botella.
—¿Y tú?
Lo miré.
—Estoy bien.
Asintió.
Durante unos minutos permanecimos en silencio. Yo miraba el paisaje al otro lado de la ventana mientras Dante examinaba algo en el teléfono.
Entonces le vibró el teléfono; leyó el mensaje y sonrió.
Se me fueron los ojos casi automáticamente hacia su pantalla, y Dante se dio cuenta.
Cuando alcé la vista, me observaba con una sonrisa que se le iba extendiendo despacio por la cara.
—Sofia...
Cerré los ojos.
—No.
Se rio.
—No he dicho nada.
—Pero estabas a punto.
—Solo iba a decirte que era Lorenzo.
Se guardó el teléfono en el bolsillo.
—Te estás interesando demasiado por mi teléfono.
Cogí mi botella de agua y lo apunté con ella.
—Y tú te estás volviendo demasiado creído.
—¿Volviendo?
Negué con la cabeza ante su sonrisa y durante varios segundos tuve ganas de lanzarle un cojín.
Quizá dos.
A primera hora de la noche, encontré a Adrian sentado en el sofá de casa, con el portátil apoyado sobre los muslos y una pila de documentos extendida a su lado.
La videollamada era tan nítida que podía distinguir la taza de café que había dejado sobre la mesa.
La misma taza azul que habíamos comprado juntos una tarde, después de comer.
—¿Estás trabajando? —pregunté.
Adrian alzó la vista de la pantalla y sonrió de inmediato.
—Lo estaba.
Crucé los brazos.
—¿Qué hora es?
Miró el reloj.
—Las siete y veinte.
—¿Y sigues trabajando?
Adrian empezó a reírse.
—¿Me estás echando la bronca?
—Me lo estoy pensando.
Cerró el portátil, lo dejó sobre la mesa y se echó hacia atrás en el sofá.
—Ya está. Ahora soy todo tuyo.
Sonreí.
—Mucho mejor.
Adrian me observó unos segundos.
—Estás preciosa.
Bajé la mirada a mi camiseta.
—Llevo lo más cómodo que he encontrado.
—Lo sé.
Su sonrisa se ensanchó.
—Me gusta verte así.
Apoyé el teléfono contra una almohada y me puse más cómoda en la cama.
Hablamos del trabajo, de mi paseo en el todoterreno y de la posibilidad de que regresara a Chicago antes de que acabara la semana siguiente.
Adrian aún no tenía una respuesta definitiva.
Pero había conseguido organizar otra visita.
—A lo mejor puedo ir mañana por la tarde —dijo.
Me incorporé de inmediato.
—¿De verdad?
Sonrió.
—Si Lorenzo y yo acabamos por la mañana lo que tenemos pendiente, sí.
Sentí una calidez que se me extendía por el pecho.
—Tengo muchas ganas de verte.
—Y yo a ti, cariño.
Seguí mirándolo.
Adrian ladeó la cabeza.
—¿Qué?
Sonreí.
—Nada.
—Me estás mirando fijamente.
—Sí.
Se rio por lo bajo.
—¿Hay algo que quieras decirme?
Me pasé una mano por el pelo.
—Te echo de menos.
Su sonrisa cambió y se volvió más tierna.
Adrian se acercó un poco más a la cámara.
—Yo también te echo de menos.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Entonces volvió a sonreír.
—¿Sabes qué echo de menos?
—¿Qué?
—Llegar a casa y encontrarte ocupando todo el sofá, quejándote porque he dejado algo fuera de su sitio.
Me eché a reír.
—¡Porque siempre lo haces!
—Empiezo a pensar que lo haces a propósito, solo para tener una excusa para discutir conmigo.
—¡Adrian!
Se echó a reír a carcajadas.
Oírlo reír me hizo echarlo de menos con tal fuerza que tuve que apretar la almohada contra el pecho.
—Ojalá estuviera ahí —susurré.
Adrian se quedó callado.
Después se inclinó hacia delante.
—Si estuvieras aquí, seguramente no llevarías puesta esa camiseta.
Me ardieron las mejillas.
—¡Adrian!
Me dedicó una sonrisa pícara.
—¿Qué?
—Eres terrible.
—Echo de menos a mi novia.
Me reí.
Adrian siguió mirándome con esa sonrisa que ponía siempre que sabía exactamente el efecto que estaba causando.
—Y tengo unas ideas muy interesantes para nuestra próxima noche juntos.
Apreté los labios.
—Me lo imagino.
Alzó una ceja.
—¿Quieres oírlas?
Me eché a reír.
—¡No mientras estés sentado en el salón!
Adrian miró a su alrededor.
Entonces se levantó y cogió el móvil.
—Perfecto. Me voy al dormitorio.
—¡Adrian!
Se rio mientras avanzaba por el pasillo.
Yo también.
Cuando se acomodó en la cama, su sonrisa se había apagado un poco, pero sus ojos seguían llenos de diversión.
—¿Mejor?
Me cubrí la cara.
—Eres imposible.
—¿Mi hermano ha estado usando esa palabra?
Me quedé paralizada una fracción de segundo.
Adrian se fijó en mi expresión y se echó a reír.
—Sofia, conozco a Dante.
Negué con la cabeza, sonriendo.