Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 9
48%

Capítulo 9

SOFIA

—¿Piensas reorganizar toda mi casa?

Levanté la vista de la estantería.

Dante estaba en la puerta del salón, con las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y una expresión que delataba que acababa de descubrir algo muy divertido.

Había desplegado varios libros sobre la mesa, apartado una pila de revistas viejas y descubierto que, si bien ordenaba sus vinilos alfabéticamente por artista, no parecía tener el menor interés en aplicar la misma lógica a los libros.

—Intento encontrar algo que leer.

Echó un vistazo al desastre que había montado.

—¿Y para eso hacía falta desmontar toda la estantería?

—Tienes libros de historia mezclados con novelas románticas, biografías y manuales de coches. Esto es un desastre.

Dante se acercó y cogió uno de los libros.

—Sofia, sé dónde están mis cosas.

—¿Ah, sí?

—Perfectamente.

Saqué de la estantería un libro de tapas negras y lo sostuve en alto.

—Entonces, ¿por qué estaba en la sección de libros de cocina?

Examinó la portada.

—Seguramente andaba buscando una receta.

Solté una carcajada.

Dante dejó el libro sobre la mesa y se apoyó en un costado de la estantería a mirar cómo intentaba ordenar los volúmenes por temas.

No había sido mi intención pasarme la tarde entera con aquello. Solo había empezado a buscar algo que leer y, antes de darme cuenta, había decidido que la disposición de sus libros era un atentado contra la lógica misma.

—¿Siempre haces esto? —preguntó.

—¿El qué?

—¿Entrar en casa ajena y decidir mejorarle la vida a alguien sin pedir permiso?

Lo miré por encima del hombro.

—Estoy ofreciendo un servicio gratuito.

—Empiezo a pensar que necesito un contrato.

Sonreí y coloqué otro libro en su sitio.

Dante me observó trabajar un momento y luego alargó la mano y retiró un volumen que acababa de colocar.

—Este va arriba.

Me volví en el acto.

—¿Por qué?

—Porque me gusta tenerlo ahí.

—Dante, no tiene ningún sentido poner un libro de arquitectura entre dos novelas románticas.

Sonrió.

—A mí sí me lo parece.

Le quité el libro de la mano.

—Lo estás haciendo a propósito.

—Desde luego.

Me reí, pero conseguí devolver el libro a su sitio antes de que volviera a robármelo.

Dante apoyó una mano en el estante de madera y se inclinó para examinar de cerca mi trabajo.

—Sabes que hay una diferencia entre organizar las cosas y adueñarse de lo que es de otro, ¿verdad?

—Y tú sabes que hay una diferencia entre decorar y sembrar el caos, ¿verdad?

Se rio.

Aparté algunos libros para llegar al fondo del estante y descubrí una pequeña caja de madera escondida detrás de ellos.

—¿Qué es esto?

Dante siguió mi mirada.

—Una caja.

—Muy informativo.

La saqué y la dejé sobre la mesa.

Era una caja de aspecto antiguo, con la tapa oscurecida y una cerradura pequeña que ya no parecía funcionar.

—¿Puedo abrirla?

Se encogió de hombros.

—Adelante.

Levanté la tapa.

Dentro había varias fotografías, un reloj de pulsera que parecía llevar años sin funcionar y dos medallas guardadas en sobres pequeños.

Cogí la primera fotografía.

Dos chicos sentados en un muro de piedra.

Uno tenía el pelo oscuro, cuidadosamente peinado, y una expresión seria. El otro llevaba una camiseta sucia, una sonrisa enorme y un brazo echado sobre los hombros del primero.

Me puse a reír antes de poder preguntar siquiera.

—Dios mío. ¿Ese eres tú?

Dante miró la fotografía.

La sonrisa le apareció de inmediato.

—Por desgracia.

La sostuve en alto.

—¿Cuántos años tenías?

—Diecisiete. Adrian tenía quince.

Me acerqué la fotografía a los ojos.

Adrian se parecía tanto al hombre que conocía que enseguida quise mandarle la foto.

Dante, en cambio, parecía un adolescente que acababa de hacer algo prohibido y estaba demasiado satisfecho consigo mismo como para arrepentirse.

—Eras guapo.

Dante arqueó una ceja.

Lo miré y me di cuenta de lo que había dicho.

—Cuando eras adolescente —añadí rápidamente.

Su sonrisa se ensanchó.

—¿Estás diciendo que he empeorado con la edad?

Me reí.

—Estoy diciendo que salías guapo en esa fotografía.

—Sofia, eres libre de halagar también la versión actual. Te prometo que no me voy a sonrojar.

Negué con la cabeza, sin dejar de sonreír.

Cogió otra fotografía y la dejó delante de mí.

En ella aparecían los dos hermanos junto a un coche antiguo, con un hombre mayor al lado. Adrian lucía una sonrisa contenida; Dante parecía estar discutiendo con quien sostenía la cámara.

—Esa es del día en que Adrian aprendió a conducir —explicó.

Alcé la vista.

—¿Y tú?

—Yo ya sabía conducir.

—¿Cuántos años tenías?

Dante sonrió.

—Una edad perfectamente apropiada.

Alcé una ceja.

—Dante.

—Catorce.

—¿Y tu padre te dejaba?

Se rio por lo bajo.

—Tardó bastante en enterarse.

Me reí.

Dante se sentó en el brazo del sofá mientras yo seguía mirando las fotografías.

En una, Adrian sostenía un trofeo. En otra, los hermanos estaban en un barco, con chalecos salvavidas y poniendo caras ridículas ante la cámara.

Me quedé mirando aquella última foto unos instantes.

—Parecíais muy unidos.

—Lo éramos.

Levanté la mirada.

Dante había cogido la fotografía del barco y la miraba con una leve sonrisa.

—Adrian solía seguirme a todas partes —continuó—. Si me daba por trepar a un árbol, él aparecía. Si iba a nadar, él también quería venir. Y luego se ofendía muchísimo cuando algo salía mal.

—Debiste de ser una influencia estupenda.

—Excelente. Mi hermano aprendió mucho de mí.

—¿Sobre todo, qué errores no repetir?

Dante soltó una carcajada.

—Exacto.

Empecé a devolver las fotografías a la caja, pero dejé la primera aparte.

La de Dante a los diecisiete años.

Se dio cuenta.

—¿Tanto te gusta?

Sonreí.

—Voy a enviársela a Adrian.

Dante se rio.

—Mi hermano ya tiene esa foto.

—Entonces voy a preguntarle por qué nunca me la ha enseñado.

Se acercó y me arrebató la fotografía antes de que pudiera fotografiarla.

—No hace falta animar a Adrian a contar historias sobre mi adolescencia.

—¿Por qué? ¿Hay algo incriminatorio?

Dante sonrió.

—Sofia, prácticamente toda mi adolescencia fue incriminatoria.

Me reí y alargué la mano para cogerla, pero él la levantó por encima de la cabeza.

—¡Dante!

—Estoy protegiendo mi reputación.

—¡No tienes ninguna reputación que merezca la pena proteger!

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso ha dolido.

Intenté alcanzar la foto, pero él retrocedió un paso. Me reía tanto de aquella actitud infantil que apenas podía oponer resistencia, y tuve que sujetarme a la estantería para no darme con la mesa.

—¡Devuélvemela!

—Pídemelo bien.

Levanté la barbilla.

—Por favor, Dante, dame la fotografía antes de que le diga a tu hermano que escondes fotos sentimentales suyas en una caja.

Soltó una carcajada y me la entregó.

—Chantaje emocional. Estoy impresionado.

Sonreí e hice la foto antes de que cambiara de opinión.

Dante negó con la cabeza.

—Eres mucho más peligrosa de lo que aparentas, señorita Bennett.

Guardé el móvil.

—Estoy aprendiendo de la familia Vitale.

Estábamos guardando los últimos libros cuando sonó el teléfono de Dante.

Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y sonrió.

—Dame un minuto.

Asentí y volví a concentrarme en la estantería mientras Dante contestaba y salía hacia el porche.

—Bianca.

Mi mano se detuvo.

No conocía a nadie llamado Bianca.

Seguí ordenando los libros, aunque su voz se oía con claridad a través de la puerta abierta.

—Estoy fuera de la ciudad.

Una mujer dijo algo al otro lado y él se rio.

—Eso no es exactamente lo que he dicho.

Miré hacia el porche.

Dante estaba apoyado en una de las columnas, contemplando el jardín. Se había pasado una mano por el pelo y sonreía con aquella expresión relajada y despreocupada que conocía demasiado bien.

Volví a centrarme en la estantería.

Coloqué una biografía junto a otra y entonces me di cuenta de que llevaba casi un minuto con el mismo libro en la mano.

La voz de la mujer volvió a oírse.

—Bianca, no tengo ni idea de cuándo volveré —respondió Dante—. Pero si estás en Chicago el viernes, podemos hablar.

Lo que dijo ella a continuación volvió a hacerle reír y, sin ningún motivo lógico, aquel sonido me molestó.

Cerré una de las puertas del mueble con más fuerza de la necesaria y empecé a recoger las revistas desperdigadas por la mesa.

Cuando Dante volvió a entrar, yo andaba enderezando con mucho cuidado un montón que ya estaba perfectamente recto.

—¿Has terminado? —preguntó.

—Casi.

Estudió la estantería.

—Al final lo has hecho.

Me volví.

—¿El qué?

—Reorganizarlo todo.

—Ahora queda mucho mejor.

Dante examinó los estantes con una expresión de preocupación exagerada.

—Voy a tardar semanas en averiguar dónde has puesto mis cosas.

Sonreí.

Se guardó el móvil en el bolsillo y cogió una de las revistas.

Yo seguí trabajando.

Durante unos segundos conseguí mantener la boca cerrada.

Entonces pregunté:

—¿Quién era?

Dante alzó la vista.

—Bianca.

—Ah.

Cogí otro libro.

Él siguió mirándome.

—Una amiga —añadió.

Asentí.

—Ya veo.

Dante dejó la revista sobre la mesa.

Una sonrisa empezó a dibujársele en la cara.

—¿Hay algo más que quieras saber?

Lo miré de inmediato.

—No.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Dante ladeó la cabeza.

—Porque estás poniendo una cara muy interesante.

Me reí.

—Estoy organizando tus libros.

—Ya lo he notado.

Se acercó a la mesa.

—Bianca es una mujer a la que conozco desde hace unos años. Quedamos cuando coincidimos en la misma ciudad.

Mantuve la vista fija en la estantería.

Yo no le había pedido ninguna explicación, pero él me la estaba dando porque quería… y probablemente porque se lo estaba pasando en grande.

—Ya veo —repetí.

Dante sonrió.

—Sofia.

Me volví.

—¿Qué?

—Puedes preguntar.

—No quiero preguntar nada.

—Bien.

Cogió un libro y empezó a hojearlo.

Debería haber dejado el tema, pero una pregunta parecía empeñada en escapárseme.

—¿Alguna vez habéis salido juntos?

Dante bajó el libro, me miró y empezó a reírse.

Cerré los ojos.

Dios santo.

—¡Eres imposible! —protesté.

Él siguió riéndose.

—¡Ni siquiera he dicho nada!

—¡Te estás riendo de mí!

—Porque acabas de decirme que no querías preguntar nada.

Apreté los labios para no echarme a reír yo también.

Dante dejó el libro sobre la mesa.

—No. Nunca hemos salido juntos.