Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

DANTE

Sofia me adelantó con paso decidido y la expresión satisfecha de quien ya ha ganado una competición que ni siquiera ha empezado.

—Te estás quedando atrás, Vitale.

Miré la pendiente que tenía delante y luego a ella. El sendero desaparecía entre los árboles y se estrechaba a medida que ascendía por la ladera y, por lo visto, Sofia había decidido que aquel era el tramo perfecto para acelerar el paso.

Parecía decidida a llegar al mirador antes que yo.

—Estoy intentando averiguar si de verdad sabes adónde vas.

Ella miró por encima del hombro.

—Has dicho que siguiera el sendero.

—También he dicho que no corrieras.

—No estoy corriendo.

Acto seguido, aceleró el paso.

Me eché a reír y la seguí.

La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles e iluminaba algunos tramos del sendero. La temperatura era agradable, aunque el aire se volvía cada vez más húmedo a medida que nos adentrábamos en el bosque.

Conocía aquel sendero desde hacía años. Normalmente lo recorría a solas, cuando quería pasar unas horas lejos del móvil y de la gente que parecía creer que todos los problemas de mi vida requerían una solución inmediata.

Desde luego, nunca había imaginado que acabaría allí con una mujer que discutía conmigo sobre el ritmo al que caminábamos.

—¡Dante!

Alcé la vista.

Sofia se había detenido unos metros más adelante.

—¿Qué?

Señaló un árbol.

—Mira eso.

Me acerqué.

Una ardilla estaba sentada en una rama baja y sujetaba algo entre las patas delanteras. Sofia la observaba con una sonrisa tan abierta y encantada que, por un instante, me olvidé de mirar al animal.

—Es adorable.

La ardilla se escabulló entre las hojas y desapareció.

Sofia dejó escapar un sonido de decepción.

—¡Oh, no!

Sonreí.

—No creo que le haya hecho mucha gracia que te acercaras.

Ella se volvió hacia mí.

—Yo no he hecho nada.

—La mirabas como si pensaras llevártela a casa.

Sofia se rio.

—Eres insoportable.

—Intento proteger la fauna local.

Ella negó con la cabeza, todavía sonriendo, y continuó por el sendero.

Adapté mi paso al suyo.

Unos minutos después, llegamos a un arroyo estrecho que serpenteaba entre las rocas. El terreno estaba húmedo en aquella zona y Sofia aminoró la marcha mientras buscaba un lugar por el que cruzar.

—Por aquí —dije, y señalé tres piedras más grandes que formaban un paso.

Ella las examinó.

—Parecen resbaladizas.

—Un poco.

Sofia apoyó un pie en la primera piedra y comprobó la superficie antes de cargar todo el peso.

Le tendí la mano.

Ella miró mis dedos y después mi rostro.

—Puedo yo sola.

Sonreí.

—Nunca lo he dudado.

Aun así, mantuve la mano extendida.

Tras vacilar un instante, Sofia la tomó.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos mientras pisaba la primera piedra y luego la segunda. Al llegar a la última, le resbaló ligeramente la zapatilla sobre la superficie mojada.

Le apreté la mano con más fuerza.

Ella recuperó el equilibrio de inmediato.

—¡Estoy bien!

Me reí entre dientes.

—Ya me he dado cuenta.

Sofia pisó tierra firme sin soltarme la mano.

Cuando se dio cuenta, bajó la vista hacia nuestros dedos entrelazados y luego volvió a mirarme.

Sonreí.

—Puedes soltarme. Ya ha pasado la parte peligrosa.

Me soltó enseguida.

—Ya lo sabía.

—Por supuesto.

Crucé las piedras y me reuní con ella.

Sofia se ajustó la mochila.

—¿Haces eso con todas las mujeres?

Alcé una ceja.

—¿Cruzar arroyos?

—Tomarles el pelo mientras intentan no caerse.

Fingí que me lo pensaba.

—Por lo general, elijo actividades menos peligrosas.

Ella se rio.

—Me lo puedo imaginar.

Seguimos caminando juntos y ajustábamos el paso cada vez que el terreno cambiaba.

Sofia parecía decidida a no dejar que me adelantara. Cada vez que el sendero se ensanchaba, aceleraba y me lanzaba una mirada que no requería explicación alguna.

Quería ganar, aunque el problema era que no había ninguna competición.

Al menos, todavía no.

—¿Sofia?

—¿Mmm?

—¿Intentas llegar la primera?

Me miró y enseguida sonrió.

—Puede.

Incliné la cabeza.

—Interesante.

—¿Qué?

—Todavía me debes un favor y ya andas buscando otra ocasión para perder.

Sofia se echó a reír.

—No perdí aquella partida de billar. Me distrajiste.

—Eso ya lo hemos discutido.

—Y sigues equivocado.

Sonreí.

Volvió a acelerar el paso y la seguí sin dificultad.

—¿Quieres apostar a quién llega primero al mirador?

Sofia me miró como si le hubiera propuesto una locura.

—¡Ni hablar!

Me reí.

—Vas aprendiendo.

Me señaló con un dedo.

—Una deuda es más que suficiente cuando quien la cobra eres tú.

—Sobre todo porque todavía no he decidido qué quiero.

Sofia negó con la cabeza, aunque seguía sonriendo.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir recordándomelo?

Me acerqué un poco más.

—Hasta que la cobre.

—¿Y cuándo piensas hacerlo exactamente?

Incliné la cabeza.

—¿Tienes prisa?

Ella se rio.

—Empiezo a pensar que ni siquiera sabes lo que quieres.

Sonreí.

—Sofia, por lo general sé exactamente lo que quiero.

Nuestras miradas se encontraron; su sonrisa se apagó un instante antes de que volviera a fijarse en el sendero.

—Entonces elige algo razonable.

La observé unos segundos.

—Me lo pensaré.

Llegamos al mirador casi media hora después.

Sofia se metió entre dos árboles y se detuvo tan de golpe que tuve que apartarme para no chocar con ella.

Frente a nosotros, el bosque se abría sobre una ladera inmensa. La vista se extendía durante kilómetros: distintos tonos de verde cubrían los valles y las nubes proyectaban sombras enormes sobre los árboles.

Aquí arriba soplába más viento.

Sofia se apartó el pelo de la cara.

—Dante...

Sonreí.

—¿Te gusta?

Se volvió hacia mí.

—¡Es increíble!

Se adentró un poco más en el claro, sin acercarse demasiado al borde, y empezó a admirar el paisaje desde distintos ángulos.

Después sacó el móvil para fotografiar las montañas y se movió otra vez para encuadrar algunos árboles.

Me apoyé en una roca grande y la observé.

—¿Alguna vez te cansas de estas vistas? —preguntó.

—No, la verdad.

Me miró por encima del hombro.

—¿Ni siquiera después de tantos años?

—Siempre hay algo distinto que mirar.

Sofia se quedó pensativa un momento antes de orientar la cámara hacia otra parte del valle.

—No parece justo que te quedes un sitio así solo para ti.

—He traído aquí a algunas personas.

Me miró de inmediato.

—¿A quiénes?

Sonreí.

—A Lorenzo. A un par de amigos.

Volvió a hacer fotos.

—¿Y supieron apreciarlo?

—Lorenzo se pasó la mitad del tiempo mirando el móvil.

Sofia se echó a reír.

—Eso me suena a alguien que conozco.

—Salvo que yo tengo la sensatez de apagarlo de vez en cuando.

Me lanzó una mirada escéptica.

—¿De vez en cuando?

—No me arruines la reputación.

Volvió a reírse y se acercó a la roca en la que estaba apoyado.

—Eres insoportable.

—Mucho.

Sofia se quitó la mochila y la dejó en un trozo de suelo llano antes de sentarse en una roca más baja, con las palmas apoyadas a los lados.

El viento le levantó el pelo.

Levantó la cara hacia el sol y cerró los ojos un instante.

La observé.

—¿Cómoda?

Abrió los ojos.

—Mucho.

—Bien. Porque todavía nos queda todo el camino de vuelta.

Sofia se rio.

—Sabía que ibas a decir algo.

Sonreí, me senté a su lado y le pasé una botella de agua que saqué de la mochila.

Bebió unos sorbos antes de devolvérmela.

—¿Vienes aquí cuando quieres estar solo?

Asentí.

—A veces.

Contempló el paisaje.

—Lo entiendo.

Apoyé los antebrazos en las rodillas.

—¿De verdad?

Sofia sonrió.

—Es difícil imaginar que a alguien no le encante un lugar así.

El viento se intensificó durante unos segundos y la obligó a sujetarse el pelo.

Luego volvió a mirarme.

—¿Alguna vez has pensado en traer a Adrian?

La miré.

—Mi hermano no se enteró de que había comprado esta casa hasta que vino a visitarte.

Sofia arqueó las cejas.

—No sabía que tuviera que presentar informes de mis compras inmobiliarias.

Se rio.

—Sois increíbles.

Me encogí de hombros.

—Adrian también tiene sus secretos. Solo que los míos suelen ser más interesantes.

Sofia negó con la cabeza, todavía sonriendo.

Después apoyó la barbilla en las rodillas y miró hacia las montañas.

—Debéis de tener muchísimas historias.

Estudié su perfil.

—Unas cuantas.

Sonrió.

—Quiero oírlas.

Incliné la cabeza.

—¿Todas?

—Las interesantes.

—A mi hermano probablemente no le haría gracia.

Se volvió de inmediato.

—Ahora sí que quiero oírlas.

Me reí.

Le hablé de un viaje que hicimos cuando Adrian tenía diecinueve años.

Nuestro padre había organizado que pasáramos unos días en la finca de un amigo, y yo había convencido a Adrian de que sería una idea brillante coger prestada una de las lanchas antes de que el personal terminara de prepararla.

El motor se paró en mitad del lago y nos quedamos tirados casi dos horas, esperando a que alguien viniera a buscarnos.

—Adrian se pasó la mitad del tiempo diciéndome que era un idiota —dije.

Sofia ya se estaba riendo.

—¿Y la otra mitad?

—Intentando convencer al motor de que volviera a arrancar.

Se tapó la boca y se rio con más ganas.

—¡Dios mío!

—Cuando por fin vinieron a rescatarnos, estaba tan cabreado que no me dirigió la palabra durante toda la cena.

—¿Y tú?

Sonreí.

—Me pasé la cena contándole a todo el mundo el maravilloso paseo en lancha que habíamos dado.

Sofia se inclinó hacia delante y se rio con tanta fuerza que tuvo que apoyarme una mano en el brazo.

Dejó la mano ahí varios segundos.

Parecía completamente distraída, con los ojos brillantes y la cara encendida por el sol.

No aparté el brazo.

Cuando por fin recuperó el aliento, se pasó una mano por la cara.

—De verdad que le hiciste la vida imposible.

—A veces.

Sonrió.

—Y, aun así, Adrian siempre habla de ti con muchísimo cariño.

La miré.

—Hay cosas que haces que le molestan —continuó—. Se queja de tus decisiones, pero en cuanto alguien te menciona, se pone a contar historias.

Esbocé una leve sonrisa.

—A mi hermano le gusta hablar.

Se rio en voz baja.

—Te quiere.

Me quedé callado unos segundos y después miré hacia las montañas.

—Lo sé.

Sofia permaneció a mi lado.

El viento agitó las hojas a nuestra espalda y una nube tapó el sol; el aire se enfrió un poco.

Miró hacia el cielo.

—Creo que va a llover.