Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

El miedo seguía allí, pero ahora competía con otra preocupación que yo conocía demasiado bien.

—No vas a burlarte de mí toda la noche, ¿verdad? —preguntó.

—No puedo prometer milagros.

—Dante.

—Intentaré portarme bien.

Se rio con incredulidad.

—No me tranquiliza demasiado.

Me recosté en la almohada.

—Tú decides. Pero, si te quedas, no tienes de qué preocuparte. No voy a tomarme tu miedo por una invitación.

Me sostuvo la mirada durante varios segundos.

Después volvió a mirar la cama.

—Me quedo en el otro lado.

Aparté aún más la sábana.

—Como te sientas más cómoda.

—Y no vas a pasarte a mi lado.

Sonreí.

—¿Quieres que firme algo?

—Hablo en serio.

La miré a los ojos.

—Yo también.

Sofia siguió de pie un momento más antes de cerrar por fin la puerta de la habitación.

Tardó casi cinco minutos en acomodarse.

Primero colocó dos almohadas en medio del colchón. Luego decidió que eran demasiado altas, quitó una y tiró de la manta hacia su lado.

Cuando por fin se tumbó, estaba tan al borde que empecé a preguntarme si por la mañana la encontraría en el suelo.

Me tumbé boca arriba y observé todo el proceso con un interés que no hice el menor esfuerzo por disimular.

—¿Estás cómoda?

—Sí.

Eché un vistazo al enorme hueco que había entre nosotros.

—Lo parece.

Sofia se acomodó la almohada.

—¿Qué?

—Nada. Solo admiraba tu capacidad para ocupar diez centímetros de una cama de metro ochenta de ancho.

Me lanzó una mirada.

—Estoy respetando tu espacio.

—Te vas a caer de un momento a otro.

—No voy a caerme.

—Bien. No me gustaría que también me acusaran de haberte empujado.

Sofia apretó los labios, pero no pudo contener del todo la risa.

Se subió la sábana hasta la cintura y se quedó mirando el techo.

Dejé encendida la lámpara de la mesilla mientras terminaba de responder a un mensaje de Lorenzo.

La luz del teléfono le iluminó brevemente la cara.

—¿Es por la fotografía? —preguntó.

—Lorenzo ha conseguido las grabaciones de seguridad de la tienda. Está comprobando un coche que apareció en dos cámaras distintas.

Se volvió hacia mí.

—¿El mismo coche que vieron cerca de la finca?

—Todavía no lo sabemos.

Sofia asintió y volvió a fijar la vista en el techo.

Guardé el teléfono.

—¿Quieres que apague la luz?

Vaciló.

—¿Podrías dejarla encendida un poco más?

—Claro.

Alargué la mano hacia la mesilla y bajé la intensidad de la lámpara hasta dejar solo un tenue resplandor que iluminaba parte de la habitación.

Sofia se acomodó la manta y se giró de lado, de cara a mí.

Nuestros ojos se encontraron antes de que pudiera fingir que miraba otra cosa.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Sonreí.

—Solo esperaba a que terminaras de repartir el territorio.

Se rio.

—Idiota.

—Qué amable eres.

Sofia volvió a acomodarse contra la almohada sin cerrar los ojos, y yo tampoco los cerré.

Había algo absurdamente entretenido en aquella situación.

Era la primera vez, desde que había comprado la casa, que compartía cama con alguien.

Y esa persona era una mujer que se había pasado todo el día intentando convencerme de que mi presencia era una molestia.

Ahora me observaba desde detrás de una almohada que había colocado estratégicamente entre los dos.

—¿Dante?

—¿Mmm?

—¿Te has acostado con muchas mujeres?

Giré despacio la cabeza y Sofia reconoció la expresión de mi cara antes de que pudiera decir una palabra.

—No empieces.

Sonreí.

—Estás tumbada en mi cama preguntándome por mi vida sexual, ¿y quieres que no empiece?

Se rio.

—Solo era una pregunta.

—Una pregunta muy interesante.

—Olvídalo.

—¿Por qué quieres saberlo?

Sofia miró la almohada que había entre nosotros.

—Curiosidad.

—Eso es peligroso, ¿sabes?

Volvió a levantar la mirada.

—¿Siempre evitas responder a las preguntas?

—No estoy evitando nada. Solo intento averiguar si quieres cifras o ejemplos.

Sofia se tapó la cara con una mano.

—Dios mío.

Me eché a reír.

Acercó la almohada, como si pudiera esconderse detrás de ella.

—Eres imposible.

—No paras de decírmelo.

—Porque no paras de demostrarlo.

Me coloqué un brazo debajo de la cabeza.

—Sí, Sofia. Me he acostado con unas cuantas mujeres.

Esperó.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres una lista?

—¡No!

Me reí.

Sofia se unió a la risa, aunque intentó esconder la cara detrás de la almohada.

Cuando por fin dejó de reírse, siguió tumbada de lado, observándome con una curiosidad que, al parecer, había sobrevivido a mis bromas.

—¿Y nunca has querido algo serio? —preguntó.

La pregunta hizo que mirara hacia el techo.

—Lo he intentado.

Se apoyó en un codo para incorporarse.

—¿En serio?

Me volví hacia ella.

—¿Por qué te sorprende tanto?

—Porque no pareces precisamente de los que se comprometen.

—No se me da especialmente bien.

—Al menos lo reconoces.

Sonreí.

Sofia se echó el pelo sobre un hombro y siguió estudiándome.

—Entonces, ¿qué pasó?

—¿Con qué?

—Con la relación.

Me encogí de hombros.

—Se acabó.

Puso los ojos en blanco.

—Vaya, Dante. Qué historia tan fascinante.

Me reí.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que sonaba música triste, la lluvia corría por las ventanas y hubo una despedida inolvidable?

—Unos cuantos detalles estarían bien.

—Ella quería una vida distinta de la que yo podía ofrecerle. Y yo tampoco estaba dispuesto a cambiar demasiado. Lo dejamos antes de empezar a odiarnos.

Sofia permaneció callada unos segundos.

—¿No estabas triste?

Pensé en nuestra última discusión, en el apartamento que había dejado atrás y en la mujer que me había acusado de convertirlo todo en una broma para no tener que tomarme nada en serio.

—Estaba enfadado —respondí.

Sofia frunció el ceño.

—¿Enfadado?

—Conmigo mismo. Con ella. Con toda la situación.

—No es lo mismo que estar triste.

La miré.

—Puede que no se me dé especialmente bien distinguir una cosa de la otra.

Siguió observándome.

Normalmente, habría zanjado la conversación con otra broma.

Eso era lo que hacía cuando alguien empezaba a buscar respuestas en lugares que yo prefería mantener cerrados.

Pero Sofia no insistió. Simplemente se recostó de nuevo contra la almohada y, de algún modo, eso hizo más difícil cambiar de tema.

—¿Y tú? —pregunté.

Alzó la vista.

—¿Yo qué?

—¿Siempre imaginaste que acabarías con alguien como Adrian?

Sonrió de inmediato.

—No.

Vi cómo le cambiaba la expresión.

Sofia se subió un poco más la manta y apoyó la cabeza en la mano.

—Cuando conocí a tu hermano, pensé que no era más que otro cliente difícil. No paraba de cambiar el menú, hacía exigencias ridículas y se comportaba como si todo el mundo tuviera que reorganizar sus horarios para adaptarse a él.

Sonreí.

—Eso es muy propio de Adrian.

Se rio.

—Pero entonces empezó a aparecer por mi oficina cuando no tenía ninguna reunión. Se inventaba preguntas sobre el evento, pedía ver cosas que ya había aprobado y, de algún modo, siempre encontraba una excusa para hablar conmigo.

—¿Mi hermano? ¿Poniendo excusas para ver a una mujer?

—Al parecer.

Negué con la cabeza.

—Estoy decepcionado con él.

Sofia sonrió y volvió a fijar la vista en el techo.

—Me hacía reír cuando menos me lo esperaba. Y, antes de darme cuenta, esperaba con ilusión sus mensajes.

Me quedé callado.

La forma en que hablaba de Adrian no me sorprendía.

Los había visto juntos. Conocía la sonrisa que le aparecía en el rostro cada vez que mi hermano entraba en una habitación, y sabía que eso no iba a desaparecer solo porque estuviéramos pasando unos días bajo el mismo techo.

Aun así, escuchar a Sofia describir cómo se había enamorado de él no era precisamente mi forma favorita de pasar las dos de la madrugada.

Miré el reloj.

En realidad, era la una y doce.

Sofia siguió mi mirada.

—¿Estás cansado?

—Todavía no.

Sonrió.

—¿Quieres que deje de hablar?

Me volví hacia ella.

—No he dicho eso.

—Te has quedado callado.

Acomodé la almohada bajo la cabeza.

—Te estoy escuchando.

Sofia sostuvo mi mirada durante un instante.

Entonces volvió a sonreír, esta vez con más dulzura.

—Buenas noches, Dante.

—Buenas noches, Sofia.

Me dio la espalda.

Observé cómo su pelo se extendía sobre la almohada, la curva de su hombro bajo la fina tela del pijama y la cuidadosa distancia que separaba nuestros cuerpos.

Alargué el brazo y apagué la lámpara. La habitación quedó sumida en la oscuridad.

Unos minutos después, noté que el colchón se movía y abrí los ojos.

Sofia se había puesto boca arriba, con las manos apoyadas sobre la manta. Permaneció quieta un rato antes de girarse hacia el otro lado.

La almohada que había puesto entre los dos se salió de su sitio y ella volvió a ponerla en su lugar.

Sonreí en la oscuridad.

Pasaron varios minutos más antes de que Sofia suspirara.

—¿Dante?

—¿Mmm?

—¿Estás dormido?

—Eso intentaba.

Se quedó callada.

Volví la cabeza hacia ella.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Esperé.

Sofia se subió la manta hasta el pecho.

—No paro de pensar en esa fotografía.

Me puse de costado y apoyé la cabeza en el brazo.

—¿Qué pasa con ella?

Vaciló.

—Alguien estuvo lo bastante cerca para hacernos esa foto y yo ni me di cuenta.

Le estudié el rostro.

Con tan poca luz, apenas le distinguía las facciones y el leve brillo de los ojos.

—Estabas de compras, Sofia. No tenías ningún motivo para buscar a alguien escondido en un aparcamiento.

—Pero tú estabas conmigo.

Sonreí sin ganas.

—Yo también estaba de compras.

Ella no respondió.

Alargué la mano hacia la almohada que había entre nosotros y la recoloqué antes de que se cayera de la cama.

—Estaba pendiente de la gente que entraba en la tienda —añadí—. No vi a nadie que pareciera seguirnos.

—¿Y si había alguien?

—Habría hecho algo si me hubiera dado cuenta.

Sofia se volvió de lado para mirarme.

—¿Crees que encontrarán a quien está detrás de esto?

—Sí.

—¿Estás seguro?

Me pasé una mano por el pelo.

—No voy a inventarme una promesa solo para que te duermas.

Soltó el aire.

—Al menos no me mientes.

—Tengo otras buenas cualidades.

Se le contrajo la comisura de los labios.

—Estoy segura de que sí.

Nos quedamos callados varios segundos.

Entonces Sofia miró la almohada que había entre nosotros.

—¿Puedes quitar eso de ahí?

Alcé una ceja.

—¿Qué?

Señaló la almohada.

—Ocupa demasiado espacio.

Miré la almohada.

Luego a ella.

—La pusiste tú ahí.

—Lo sé.