Capítulo 4 #3
—Y diste un discurso bastante convincente sobre por qué era necesaria.
—Dante.
Sonreí, cogí la almohada y la dejé caer en el suelo, junto a la cama.
De pronto, el espacio entre nosotros quedó despejado.
Sofia me observó, se recolocó su propia almohada y se acercó unos centímetros al centro del colchón.
No lo suficiente para tocarme.
Pero sin duda más cerca que antes.
Volví a acomodarme.
Ella siguió observándome.
—¿Qué? —pregunté.
—Estás sonriendo.
—Así es.
—¿Por qué?
Incliné la cabeza.
—Acabas de derribar la frontera que tanto te costó construir. Me ha parecido un acontecimiento histórico.
Sofia se echó a reír.
—Eso no significa nada.
—Por supuesto que no.
Entrecerró los ojos con recelo.
—No te inventes cosas.
Sonreí.
—No hace falta.
Algo cambió en su expresión.
Entonces me dio la espalda y se subió la manta.
—Buenas noches.
Me reí entre dientes.
—Buenas noches.
La casa permaneció en silencio un buen rato.
Fuera, el viento agitaba las ramas y la calefacción se puso en marcha sola, con un leve zumbido junto a la pared.
Al cabo de un rato, Sofia dejó de moverse.
Su respiración se hizo más lenta y acompasada, y empecé a pensar que por fin se había dormido.
Acababa de cerrar los ojos cuando su mano me tocó el brazo y los abrí de golpe otra vez.
Sofia seguía de espaldas a mí, pero había estirado el brazo hacia atrás y tanteaba en la oscuridad.
Sus dedos encontraron mi antebrazo.
—¿Dante?
Tenía la voz suave y somnolienta.
—Estoy aquí.
Se aferró a mi brazo un instante.
—No te vayas.
Bajé la mirada hacia su mano sobre mi piel.
—No me voy a ninguna parte.
Sus dedos se relajaron, pero ella no se apartó.
Esperé a que pareciera dormirse de nuevo antes de ponerme cómodo.
Notaba el calor de su cuerpo a través del estrecho espacio que nos separaba.
Acostarse al lado de una mujer hermosa no tenía nada de complicado. Tenía experiencia suficiente para saberlo.
Pero Sofia no era una mujer cualquiera, y la noche empezaba a exigirme una dosis incómoda de autocontrol.
Me desperté al notar algo que me presionaba las costillas.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, intentando identificar la sensación.
Luego me di cuenta de que tenía una pierna echada sobre las mías, una mano apoyada cerca del pecho y el agradable peso de una cabeza acomodada en mi hombro.
Bajé la vista y encontré a Sofia: en algún momento de la noche había recorrido prácticamente toda la distancia que nos separaba.
Estaba tumbada de lado, con la cara pegada a mi pecho y una pierna doblada sobre las mías. El brazo que, al parecer, le había pasado por la cintura mientras dormía seguía allí, sujetándola con suavidad contra mí.
Miré el reloj.
Las 7:23 de la mañana.
La luz de la mañana se filtraba entre las cortinas e iluminaba la habitación lo justo para ver a Sofia dormida a mi lado, con el pelo desparramado sobre mi brazo y los labios entreabiertos.
Intenté apartar con cuidado la mano de su cintura.
Reaccionó de inmediato: apoyó los dedos contra mi pecho y se acurrucó aún más.
Desistí y me quedé mirando el techo, aguantándome la risa.
Estupendo.
Había pasado buena parte de la noche escuchando quejas sobre límites, almohadas y territorio personal, para terminar despertándome prácticamente inmovilizado por la misma mujer que había insistido en mantener una distancia prudencial entre los dos.
Sofia respiró hondo y levantó un poco la cabeza.
Abrió los ojos despacio, con el rostro todavía cargado de sueño, mientras intentaba reconocer dónde estaba.
Me observó durante varios segundos.
Después bajó la mirada hacia la mano que tenía apoyada en mi pecho y la pierna que había echado sobre las mías.
Fue imposible no ver el momento exacto en que entendió en qué postura estábamos.
Abrió mucho los ojos y la expresión serena que tenía se le borró, sustituida por un bochorno que me costó bastante esfuerzo no encontrar divertido.
—Dios mío.
Sonreí.
—Buenos días.
Sofia apartó la pierna tan deprisa que casi se enredó en la manta.
—¿Qué ha pasado?
—Te has quedado dormida.
Miró mi brazo, que seguía rodeándole la cintura.
—¿Por qué me tienes abrazada?
Bajé la vista y luego volví a mirarla.
—Sofia, me encantaría asumir toda la responsabilidad, pero las pruebas no están precisamente de mi parte.
Me quitó la mano de encima y se incorporó.
El pelo le cayó sobre la cara mientras buscaba la almohada que había colocado entre los dos la noche anterior.
—Yo estaba al otro lado.
—Lo estabas.
—Entonces, ¿cómo he acabado aquí?
Apoyé la cabeza en una mano.
—Mi teoría es que has emigrado en algún momento de la noche. Pero estoy abierto a otras explicaciones.
Sofia me miró fijamente.
—Podrías haberme movido tú.
—Lo he intentado.
—¿Y?
Sonreí.
—Me has agarrado del brazo.
Se quedó inmóvil.
—¿Lo he hecho?
—Sí.
—No me acuerdo.
—También me has pedido que no me fuera.
Su expresión cambió al instante.
Durante un momento pareció más preocupada que avergonzada.
—Tenía miedo —dijo ella.
Mi sonrisa se desvaneció.
—Lo sé.
Bajó la mirada hacia la manta que había entre los dos.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por haberte despertado.
Ladeé un poco la cabeza.
—Sofia, si eso cuenta como una molestia, tengo que replantearme seriamente mis prioridades.
Soltó una risa incrédula.
—De verdad que no tienes remedio.
—Eso me han dicho.
Sofia se subió la manta hasta la cintura y buscó el móvil en la mesilla.
La observé mientras se estiraba por encima de mí para cogerlo.
La camiseta del pijama se le subió un poco al estirar el brazo, y el pelo me rozó el pecho antes de que consiguiera por fin alcanzar el móvil.