Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

DANTE

Oí caer algo en la planta de abajo justo cuando acababa de abrocharme los pantalones.

Me detuve frente al espejo y escuché. El ruido venía de la cocina, seguido de una maldición femenina que habría reconocido incluso en una sala llena de gente.

Sonreí.

Sofia estaba despierta.

Saqué una camiseta del armario, pero acabé dejándola sobre la cama. La casa estaba caldeada y no tenía intención de pasar el resto de la noche completamente vestido solo porque mi invitada hubiera desarrollado un interés excesivo por mi ropa.

Bajé descalzo, siguiendo la luz que se derramaba por el pasillo.

Sofia estaba arrodillada frente a un armario, recogiendo los trozos de una taza rota.

Llevaba unos pantalones de pijama grises y una camiseta de manga larga, con el pelo recogido en lo alto de la cabeza.

Casi todos los pedazos estaban ya sobre un paño de cocina, pero ella seguía buscando algo debajo de la encimera.

—Si no te gustaba el café, podías haberlo dicho.

Alzó la cabeza tan deprisa que estuvo a punto de golpeársela con la puerta del armario.

—¡Dios mío, Dante!

—Yo también me alegro de verte.

Sofia se llevó una mano al pecho.

—Tienes que dejar de aparecer de la nada, sin hacer ruido.

—Vivo aquí. Suelo moverme por mi propia casa.

—Pues empieza a llevar zapatos.

Me miré los pies descalzos.

—¿Quieres elegirme un par?

Suspiró y siguió buscando el último trozo de cerámica.

Cogí el paño de cocina de la encimera y me agaché a su lado.

—Déjame terminar.

—Ya he terminado.

—Hay un trozo junto a tu rodilla.

Sofia bajó la mirada, pero, antes de que pudiera cogerlo, recogí el fragmento y lo puse con los demás.

Se incorporó apoyándose en la encimera, y fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba simplemente irritada.

Tenía el rostro pálido.

La taza rota no debía de ser lo primero que le salía mal aquella noche.

—¿Ha pasado algo?

—No.

Cogí el paño con los pedazos.

—Bien.

Lo tiré todo a la basura y me volví hacia la cocina.

Sofia había abierto el frigorífico, pero seguía delante de él sin sacar nada.

Le di unos segundos.

—¿Buscas algo en particular o solo estás disfrutando del fresco?

Cerró la puerta.

—No tengo hambre.

—Bueno, eso es un avance. Ya hemos descartado una posibilidad.

Sofia se pasó una mano por el pelo y miró hacia la ventana de encima del fregadero.

Las cortinas estaban corridas, pero una rendija dejaba ver la oscuridad de fuera.

Cruzó la cocina y juntó bien la tela.

Eso explicaba algunas cosas.

—Sofia.

—¿Qué?

—¿Se ha acercado alguien a la casa?

Se volvió de inmediato.

—No. ¿Por qué?

—Porque no has dejado de mirar las ventanas desde que he bajado.

Sofia cruzó los brazos y se apoyó en la encimera.

—Estaba en mi habitación cuando oí algo.

—¿Qué clase de ruido?

—No lo sé. Algo fuera, cerca de la casa.

Miré el reloj de encima de los fogones.

Pasaban unos minutos de las once.

—¿Dónde?

—Delante de la casa. Sonaba a coche.

Cogí el móvil.

La conexión que había instalado Lorenzo seguía funcionando, así que abrí las imágenes de las cámaras de seguridad exteriores que él había instalado en la finca y revisé las grabaciones más recientes.

Sofia se acercó de inmediato.

—¿Puedes ver lo que hay fuera?

—El camino de entrada y el lateral de la casa.

Se inclinó sobre mi brazo para mirar la pantalla.

Amplié las imágenes de la carretera, pero no se veía ningún vehículo.

Rebobiné unos minutos y advertí un movimiento fugaz cerca de la verja, donde algo había pasado por la zona iluminada.

Amplié la imagen y distinguí un ciervo. Luego volví el móvil hacia Sofia.

—Aquí tenemos a nuestro intruso.

Sofia se quedó mirando al animal unos segundos y luego se cubrió la cara con una mano.

—No me lo puedo creer.

—Parece peligroso. Sobre todo si eres un parterre.

Sofia se rio, aunque la risa se le apagó antes de lo que yo esperaba.

—Pensé de verdad que era un coche.

Guardé el móvil.

—Después de aquella fotografía, cualquier ruido te va a parecer peor de lo que es.

Asintió y volvió a mirar hacia la ventana.

Podía haberle dicho que todo estaba bien, que nadie sabía dónde estábamos o que no tenía nada de qué preocuparse.

Ninguna de esas garantías habría servido de mucho.

La foto de la tienda de veinticuatro horas ya demostraba que alguien había logrado acercarse a nosotros sin que ninguno de los dos lo notara.

—Lorenzo está revisando las grabaciones de la gasolinera —le dije—. Si alguien nos siguió, encontraremos alguna pista.

Ella alzó la vista.

—¿Y si no encontráis nada?

—Entonces buscaremos otra manera.

Sofia guardó silencio.

Fui hacia la cafetera, pero cambié de idea al ver la hora. En su lugar, abrí un armario, saqué dos vasos y llené uno de agua.

Se lo tendí.

—Bebe.

Ella miró el vaso.

—¿Es una orden?

—Es un ofrecimiento. Puedo añadir unas flores y una invitación formal, si lo prefieres.

Sofia aceptó el agua.

—Insoportable.

Sonreí.

Bebió unos sorbos, dejó el vaso en el fregadero y miró hacia las escaleras.

—Creo que voy a intentar dormir un poco.

—Buena idea.

Echó a andar, pero se detuvo al llegar al umbral.

—¿Dante?

Me volví.

Se sujetaba un codo y, con el pulgar, frotaba distraída la manga del pijama.

—¿Te vas a acostar ya?

—Ese era el plan.

—Ah.

Esperé.

Sofia miró hacia el fondo del pasillo y después volvió a mirarme.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Salió de la cocina.

Oí sus pasos subir las escaleras y, después, una puerta que se abría y se cerraba.

Me quedé abajo unos minutos más, comprobé el cerrojo de la puerta principal y me aseguré de que las cámaras seguían grabando.

Cuando me quedé tranquilo, apagué las luces y subí.

Llevaba menos de quince minutos en la cama cuando alguien llamó a la puerta.

Dos golpecitos suaves.

Miré el reloj.

Las 23:47.

—Adelante.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Sofia apareció en la estrecha abertura, con una mano todavía apoyada en el pomo.

—¿Estás despierto?

Acomodé mejor la cabeza en la almohada.

—No. Tengo la costumbre de charlar en sueños.

Ella hizo una mueca.

—Olvídalo.

La puerta empezó a cerrarse.

—Sofia.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Entra.

Vaciló antes de abrir la puerta del todo.

La luz del pasillo le iluminó la cara e hizo aún más evidente el cansancio bajo los ojos. Llevaba el mismo pijama, pero se había soltado el pelo, que ahora le caía sobre los hombros.

Cruzó la habitación y se sentó en el borde del sillón que había junto a la ventana.

La observé.

—¿Todo bien?

Se pasó las palmas por los muslos.

—Más o menos.

Esperé a que continuara.

Pero Sofia se limitó a recorrer mi dormitorio con la mirada, evitando la mía.

Solo había dejado encendida la lámpara de la mesilla, cuya luz amarilla y cálida caía sobre parte de la cama, la cómoda y el sillón donde estaba sentada.

—¿De verdad viste un ciervo en la cámara? —preguntó.

—Sí.

—¿Y no apareció nadie más?

—Nadie.

Ella asintió, aunque la respuesta no pareció tranquilizarla demasiado.

Aparté la sábana y me incorporé.

A Sofia se le fue la mirada al pecho de inmediato antes de volver a mi cara, y cerré los ojos un segundo.

—¿Aquí también vas a quejarte de mi ropa?

—Estás sin camiseta.

—Estoy en mi dormitorio.

—Me he dado cuenta.

—En mi cama.

Ella soltó un suspiro de exasperación.

—Dante.

Sonreí.

—Solo te ayudo a orientarte.

Sofia intentó disimular una sonrisa, pero se le borró en cuanto volvió a mirar hacia la ventana.

Movía el pie sin parar contra la alfombra.

No dejaba de estirarse la manga del pijama hasta cubrirse media mano y luego la dejaba resbalar; repetía el gesto mientras buscaba algo que decir.

No se parecía a la mujer que se había pasado casi todo el día discutiendo conmigo por prácticamente todo.

—¿No podías dormir? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Cada vez que cierro los ojos, veo esa foto.

Apoyé los antebrazos sobre los muslos.

—¿Quieres que vuelva a revisar las cámaras?

—No. Ya las has revisado.

—Entonces, ¿qué necesitas?

Sofia tardó un rato en responder.

Miró hacia la puerta antes de mirarme por fin a los ojos.

—¿Te importaría quedarte conmigo esta noche?

La pregunta salió tan deprisa que sospeché que había tomado la decisión antes de entrar en mi habitación.

No respondí de inmediato.

Sofia apretó los labios.

—No te estoy pidiendo nada más. Es solo que no quiero estar sola.

Miré el sillón.

Luego, mi cama.

—Vale.

Pareció relajarse.

—Gracias.

Aparté la sábana del lado vacío del colchón.

—Venga, pues.

Sofia no se movió.

—¿Qué?

—La cama es lo bastante grande.

Abrió mucho los ojos.

—No voy a acostarme contigo.

Sonreí.

—Y eso que todavía no te he hecho una oferta en condiciones.

—¡Dante!

—¿Qué? Has pedido compañía.

Señaló el sillón.

—Pensaba que podías sentarte ahí.

Miré el sillón y luego volví a mirarla.

—¿Me estás proponiendo que pase la noche entera en ese trasto?

—Es un sillón.

—Excelente observación. Pero sigue sin ser una cama.

Sofia cruzó los brazos.

—Podrías ser un poco más comprensivo.

—Lo estoy siendo. Acabo de ofrecerte la mitad de mi cama.

—Eso no es lo que te estoy pidiendo.

—Pues parece que tenemos un problema con el reparto de la cama.

Suspiró y se puso de pie.

—Está bien. Vuelvo a mi habitación.

—Sofia.

Se detuvo cerca de la puerta.

Incliné la cabeza.

—Puedes volver si quieres. O puedo quedarme despierto contigo hasta que te encuentres mejor. Pero no pienso pasarme toda la noche sentado en un sillón que parece diseñado para castigar a presos.

Le tembló la comisura de la boca.

—Estás exagerando.

—Prueba a pasar ocho horas ahí.

Sofia volvió a mirar la cama.

Había elegido un colchón lo bastante grande como para dormir en cualquier postura sin miedo a caerme. Medía casi dos metros de ancho, tenía cuatro almohadas y espacio más que suficiente para alguien que parecía decidida a mantenerse lo más lejos de mí que fuera humanamente posible.

—Podríamos poner almohadas en medio —sugerí.

Arqueó una ceja.

—¿Hablas en serio?

—Completamente. También podría trazar una frontera en las sábanas, pero no sé si tengo el rotulador adecuado.

Sofia empezó a reírse.

—Eres capaz de ser ridículo en absolutamente cualquier circunstancia.

—Es un don.

Volvió a mirar la cama.

Casi podía verla darle vueltas.