Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Adrian guardó silencio un segundo.

—Entonces no lo olvides.

Esta vez tardé más en responder.

—No lo olvidaré.

Colgamos poco después, cuando tuvo que volver a su conversación con Lorenzo.

Me quedé junto al capó unos instantes más, contemplando la pantalla oscura.

Mi hermano estaba preocupado por Sofia.

Tenía motivos de sobra.

Yo también lo estaba.

Pero había una diferencia entre lo que Adrian temía y lo que yo pretendía hacer en realidad, y empezaba a cansarme de la facilidad con la que confundía ambas cosas.

Cuando regresé al coche, Sofia ya estaba en el asiento del copiloto.

Le tendí el teléfono.

—¿Os habéis peleado? —preguntó.

Entré y cerré la puerta.

—Hemos hablado.

—O sea, que os habéis peleado.

Dejé el teléfono en la consola central.

—Tu novio tiene problemas para aceptar opiniones distintas a la suya.

Sofia arqueó las cejas.

—Tiene gracia. Dice exactamente lo mismo de ti.

Sonreí.

—Fíjate. Hacemos progresos. Por fin coincidimos en algo.

Se rio.

Arranqué el motor y esperé a que se abrochara el cinturón.

Sofia seguía sonriendo mientras se acomodaba en el asiento, pero su expresión cambió antes de que pudiera ponerme en marcha.

—¿Dante?

La miré.

—¿Qué?

—¿Entiendes por qué estoy enfadada?

Apagué de nuevo el motor.

Me observaba con una seriedad que volvía inapropiado cualquier intento de broma.

—Sí.

—¿Y volverías a hacerlo?

Pasé la mano por el volante.

—Si creyera que tu vida corre peligro, probablemente volvería a intentar sacarte de allí.

Sofia apartó la mirada.

—Entonces no lo entiendes.

Me molestó más la frustración en su voz que la acusación en sí.

—Entiendo que me dijiste que parara y seguí adelante —dije—. Eso estuvo mal.

Volvió a mirarme.

—Pero sigues pensando que tenías razón.

—Sigo pensando que esa casa dejó de ser segura. Una cosa no invalida la otra.

Sofia se quedó callada.

Fuera pasó un coche que levantó una nube de polvo cerca del almacén. Esperé a que desapareciera antes de volver a hablar.

—No te estoy pidiendo que estés de acuerdo conmigo. Y tampoco voy a fingir que puedo retroceder en el tiempo y hacer las cosas de otra manera.

Se pasó una mano por el pelo.

—Solo necesito saber que la próxima vez me escucharás.

Le sostuve la mirada.

—Lo haré.

Sofia asintió despacio, como si estuviera decidiendo si podía aceptar mi respuesta.

Entonces se abrochó el cinturón.

—¿Podemos volver?

Arranqué el motor.

—Sí. Podemos.

Mientras dejaba las llaves sobre la encimera, Sofia abrió el frigorífico y soltó una exclamación indignada.

—Dante, ¿lo único que tienes son huevos?

Me acerqué.

—Hay carne, queso, verduras...

—Y huevos.

—¿Le estás cogiendo algún tipo de manía personal a los huevos?

Cogió un paquete de pasta y lo examinó.

—Estoy intentando averiguar cómo te las arreglas para sobrevivir solo.

Me apoyé en la encimera.

—Hasta ahora, bastante bien.

Sofia abrió uno de los armarios y encontró una olla.

—¿Sabes cocinar?

—Sí.

—¿Algo aparte de café y huevos?

—Sofia, soy un hombre adulto.

Se volvió hacia mí.

—Eso no responde a la pregunta.

Le quité la pasta de la mano.

—Siéntate.

Alzó las cejas.

—¿Vas a cocinar?

—Estoy empezando a plantearme pedir comida a domicilio solo para evitar el interrogatorio.

—No hay suficiente cobertura para pedir comida a domicilio.

Sonreí.

—Entonces supongo que estamos a punto de descubrir lo que sé hacer.

Sacó un taburete, se sentó y apoyó los codos en la encimera.

Mientras ponía agua a hervir, fui cogiendo un poco de ajo, tomates y unas hojas de albahaca que habían conseguido sobrevivir en la pequeña maceta junto a la ventana.

Sofia me observaba trabajar.

—¿Dónde aprendiste?

—¿A cocinar?

—No, Dante. A conducir. Llevamos diez minutos hablando de comida.

La miré.

—Viví solo el tiempo suficiente para aprender.

—Podrías contratar a alguien.

—Podría.

—¿Pero prefieres hacerlo tú mismo?

—A veces.

Una leve sonrisa asomó a sus labios.

—Estoy descubriendo que eres mucho más hogareño de lo que aparentas.

Cogí el cuchillo.

—Tengo otras habilidades, Sofia. Aunque imagino que no querrás hablar de todas ellas durante la comida.

Sus ojos buscaron los míos.

La sonrisa se le borró un instante y alargó la mano hacia el vaso de agua antes de responder.

—¿Eres capaz de convertir absolutamente cualquier conversación en una insinuación sexual?

—No. Pero tú lo estás poniendo sorprendentemente fácil.

Se rio y negó con la cabeza mientras yo volvía a cortar los tomates.

El fogón había calentado la cocina y la luz del sol caía directamente sobre la encimera.

Sofia se levantó para cerrar un poco la cortina. Al volver, cogió la tabla de cortar con las verduras.

—¿Puedo ayudar?

—Echa los tomates en ese bol.

Hizo lo que le pedí y después se acercó al fogón para comprobar la olla.

No había mucho espacio entre la encimera y los armarios, así que tuve que pasar detrás de ella para alcanzar el aceite de oliva.

Sofia se movió justo cuando extendí el brazo y su cuerpo rozó el mío antes de que ninguno de los dos pudiera apartarse.

Se quedó inmóvil, con una cuchara en la mano, medio girada hacia mí, mientras mi mano seguía apoyada en la encimera, junto a su cintura.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

Estaba lo bastante cerca para percibir el leve aroma a jabón de su piel y notar cómo le cambiaba la respiración al levantar la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos y luego bajaron directos a mi boca.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

Su voz era más baja de lo habitual.

Miré hacia la estantería que quedaba detrás de ella.

—Aceite de oliva.

Sofia se volvió, buscó la botella y me la puso en la mano. Sus dedos rozaron los míos y se apartó de inmediato.

—Toma.

Di un paso atrás para dejarle sitio.

—Gracias.

Sofia llevó la cuchara al fregadero y empezó a lavarla, aunque aún no la había usado.

La observé unos segundos antes de volver a los fogones.

Cuando el agua rompió a hervir, eché la pasta, la removí y miré la hora.

Al levantar la vista de nuevo, Sofia seguía de pie junto al fregadero.

—¿Siempre eres así? —pregunté.

Levantó la cabeza.

—¿Así cómo?

—Tan callada.

Frunció el ceño.

—No estoy callada.

—Ahora estás hablando.

Cogió un paño de cocina y se puso a secarse las manos.

—Eres insoportable.

Sonreí.

—Eso está mejor.

Sofia pasó junto a mí para coger los platos.

Seguí sus movimientos con la mirada, pero esta vez no hizo falta inventarme ninguna excusa para acercarme. Volvió a la encimera por otro camino y dejó una distancia prudencial entre los dos.

El problema era que no podía dejar de pensar en aquellos pocos segundos en los que la había tenido lo bastante cerca como para besarla.

Y sabía exactamente qué habría hecho si se hubiera acercado un poco más.

Cogí la cuchara y removí la salsa para apartar aquel pensamiento antes de que se convirtiera en una distracción aún mayor.

Tenía que terminar la comida, y lo último que quería era darle a Sofia otro motivo para poner en duda mis dotes culinarias.

Para cuando por fin nos sentamos a comer, estaba deseando ver su reacción.

Sofia dio el primer bocado a la pasta sin decir una palabra. Masticó despacio, con la expresión concentrada de quien evalúa un plato en un restaurante escandalosamente caro.

Me costó no sonreír ante aquella actuación.

—Tienes permiso para hacerme un cumplido, ¿sabes? —dije, observándola por encima del vaso de agua.

—Todavía me lo estoy pensando.

—¿Necesitas otra ración para llegar a una conclusión?

Sofia fingió sopesar la oferta antes de servirse más pasta.

—Puede.

Acerqué la fuente y me recosté en la silla.

—Sírvete. Tengo toda la tarde para esperar tu veredicto.

Siguió comiendo.

Unos segundos después, me señaló con el tenedor.

—Está buena.

Sonreí.

—Sabía que al final te lo sacaría.

—No te vengas arriba. Sigo prefiriendo la comida de Teresa.

—Lleva veinte años cocinando para la familia.

—Y, por lo visto, algo ha aprendido en todo ese tiempo.

Me eché a reír.

Sofia sonrió, visiblemente satisfecha de su propia réplica.

La conversación derivó hacia la casa, los alrededores y por qué tenía una propiedad tan alejada de cualquiera de las direcciones conocidas de la familia.

Quería saber si había algún pueblo cerca donde pudiéramos pasear, tomar un café o comprar algo sin conducir kilómetros.

Le hablé de la pequeña zona comercial y del lago que había al otro lado de las montañas.

—¿Y vas? —preguntó.

—A veces.

—¿A qué?

—A nadar, a hacer senderismo... Depende del día.

Dejó el tenedor.

—Empiezo a pensar que llevas una vida secreta de jubilado.

Me reí.

—Te aseguro que mis actividades no se limitan a dar paseos junto a un lago.

Sofia negó con la cabeza.

—No quiero saberlo.

—Tú has preguntado.

Volvió a comer, sin dejar de sonreír.

Unos minutos después, cogió el vaso y miró hacia la ventana.

—¿Traes mujeres aquí?

La pregunta me hizo levantar la vista, y Sofia se dio cuenta al instante.

—Lo pregunto porque la casa está muy aislada.

Dejé el tenedor.

—Nunca he traído aquí a nadie.

Se volvió despacio hacia mí.

—¿A nadie?

—A nadie.

—¿Me estás diciendo que tienes una casa apartada en plena montaña y nunca has traído aquí a una mujer?

Sonreí.

—¿Decepcionada?

—Sorprendida.

—¿No es lo mismo?

Se echó a reír.

—En tu cabeza, probablemente.

Di un sorbo de agua.

—Si me gusta este sitio es precisamente porque nadie me molesta.

Sofia recorrió la cocina con la mirada y luego volvió a mirarme.

—Entonces debes de estar viviendo una pesadilla.

Pensé en la cantidad de tiempo que habíamos pasado discutiendo esa mañana, en la conversación con Adrian y en todo lo que aún me quedaba por resolver antes de que anocheciera.

Sonreí.

—He tenido días peores.

Pareció satisfecha con mi respuesta y volvió a su plato.

La observé unos segundos más, todavía con una leve sonrisa en los labios.

Sofia tenía razón, aunque probablemente no imaginaba hasta qué punto.

Había tenido días mucho peores, y ese almuerzo improvisado estaba resultando sorprendentemente agradable.

Cuando terminamos, Sofia insistió en fregar los platos.

No vi motivo para discutir, así que me quedé junto a la encimera, guardando la comida que sobraba mientras ella fregaba.