Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

DANTE

A la cuarta vez que Sofia miró el móvil, empecé a pensar que pretendía intimidarlo para que captase señal.

Estaba guardando los últimos platos cuando ella cogió el bolígrafo y añadió algo más a su lista.

Llevaba casi media hora sentada en el mismo taburete, con la camiseta azul que habíamos comprado en la gasolinera y el pelo recogido en un moño deshecho.

La camiseta le quedaba enorme y el escote, holgado, se le había resbalado hasta dejarle medio hombro al aire.

Intenté coger la cafetera sin fijarme en eso.

—¿Has puesto un coche en esa lista?

Sofia alzó la vista.

—¿Debería?

—Así te resultaría mucho más fácil escapar de mí.

Ella volvió a escribir.

—Estoy considerando alternativas más baratas.

Sonreí mientras me servía otra taza de café.

Sofia dejó el bolígrafo, repasó lo que había escrito y tachó una línea entera. Cuando se dio cuenta de que yo seguía junto a la encimera, volvió a levantar la cabeza.

—¿No tienes trabajo que hacer?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Porque vivo aquí.

Por su expresión, parecía que acababa de recordar un inconveniente especialmente desagradable.

—Por desgracia.

Me acerqué a coger el azúcar, aunque tomaba el café solo.

Sofia siguió el movimiento y apartó discretamente el papel antes de que pudiera ver el resto de la lista.

—¿Guardando secretos? —pregunté.

—Cosas personales.

—Ahora sí que has captado mi atención.

Puso el papel boca abajo.

—No tiene nada que ver contigo.

—Entonces me interesa todavía más.

Sofia resopló con fuerza por la nariz y empezó a recoger sus notas.

Rodeé la encimera con el café en la mano y fui hasta la ventana que daba a la carretera. La luz del sol ya se filtraba entre los árboles e iluminaba la grava y parte del césped.

Tenía que revisar el generador antes de que volviéramos a salir, pero, al mirar el reloj, me di cuenta de que casi era la hora de la llamada que habíamos acordado con Adrian.

—Saldremos dentro de unos quince minutos —le dije.

Sofia dejó de doblar el papel.

—¿Para hablar con Adrian?

—No. Había pensado enseñarte la zona.

Me miró fijamente.

Sonreí.

—Sí, Sofia. Para hablar con Adrian.

—Podrías responder a la pregunta sin más.

—Podría.

Negó con la cabeza, pero no volvió a la lista. En lugar de eso, cogió el móvil, comprobó la batería y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—Yo también quiero hablar con Maya. Y tengo que enviar unas cosas del trabajo.

—Entonces será mejor que lleves el cargador.

Sofia miró el móvil y luego el enchufe.

—Casi está del todo cargado.

—Excelente. Una emergencia menos.

Eché a andar hacia el pasillo, pero su voz me detuvo.

—¿Dante?

Me volví.

Seguía sentada en el taburete, con la lista entre las manos. Parte de la irritación había desaparecido de su expresión, aunque reconocí el esfuerzo que hacía por ocultar la preocupación.

—¿Crees que Adrian podrá resolver esto hoy?

Me apoyé en el marco de la puerta.

—No lo sé.

—¿No ha dicho nada de cuánto puede tardar?

—Todavía no han encontrado a quien hace esas fotos.

Bajó la mirada hacia el papel.

—La semana que viene tengo una presentación importante.

—Lo sé.

Levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo mencionaste en la cena del domingo. Te estabas quejando de un proveedor que había confundido las fechas de entrega.

Se quedó mirándome unos segundos.

—¿Te acuerdas de eso?

—Sí.

—No creía que estuvieras escuchando.

Sonreí.

—Hablas mucho. Es difícil no quedarse con algo.

Su expresión cambió de inmediato.

—Vaya. Qué encantador.

—Puedo intentarlo otra vez, si quieres.

—No te molestes.

Sofia cogió el bolígrafo y lo guardó junto con el papel.

La observé bajar del taburete e ir hacia las escaleras, todavía con la cara de quien intenta resolver un problema que no depende del todo de ella.

—Voy a por los zapatos.

Asentí.

Al pasar junto a mí, me llegó el leve aroma del jabón que había usado esa mañana. Levantó un brazo para recolocarse el pelo y la manga ancha se le resbaló por el hombro.

Seguí el movimiento con la mirada antes de forzarme a devolver la atención al pasillo.

Sofia se detuvo en el primer escalón.

—¿Vas a salir con esa camiseta?

Bajé la mirada.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada. Solo preguntaba.

Volví a mirarla.

—¿Quieres que me la quite?

Cerró los ojos un instante.

—Ay, Dios mío, Dante.

Todavía me estaba riendo cuando desapareció escaleras arriba.

Recuperamos la cobertura justo antes del mediodía.

Sofia ya tenía el móvil en la mano cuando llegamos a la carretera asfaltada. Las notificaciones empezaron a entrar casi de inmediato y el móvil vibró una y otra vez contra su muslo.

Abrió la conversación con Adrian y se inclinó hacia delante.

—¿Podemos parar?

Me metí en el mismo apartadero de grava frente al almacén donde habíamos aparcado esa mañana.

—Voy a llamar a Lorenzo. Si me necesitas, estaré por allí.

Sofia asintió, ya buscando el número de mi hermano, mientras yo bajaba y rodeaba el coche hasta la parte delantera.

El aire se había templado, aunque seguía bajando de los árboles una brisa que barría la carretera. Me apoyé en el capó y busqué el contacto de Lorenzo.

Respondió al segundo tono.

—Por fin.

—Yo también te he echado de menos.

—Adrian lleva preguntando por ti desde las once.

—Dile que estoy vivo.

—Quiere saber de Sofia.

Miré a través del parabrisas.

Estaba hablando por teléfono, con una mano cubriéndole media cara.

—Ahora mismo está hablando con él.

—Bien. Hemos conseguido algunas imágenes de la carretera cercana a la finca.

Me enderedé.

—¿Y?

—Anoche pasó por la zona una berlina oscura. Estamos intentando identificar la matrícula.

—¿Iba siguiendo a nuestro coche?

—Todavía no podemos confirmarlo. Se le ve salir por un acceso secundario poco antes de que salieras de la finca.

Vi acercarse un camión a lo lejos.

—¿Alguna relación con Rinaldi?

—Todavía no.

—Así que seguimos sin nada.

—Estamos en ello.

Me pasé la mano por la mandíbula.

Odiaba esperar, sobre todo cuando significaba dejar en manos de otro la decisión de lo que venía después.

—Quiero saberlo en el momento en que identifiquéis al conductor.

—Lo sabrás. También hemos encontrado unos equipos portátiles que deberían solucionar el problema de comunicación en la casa. Enzo se está ocupando de eso y Maya está preparando la ropa de Sofia.

—¿Hoy?

—Si todo sale bien, puedo llevártelo a última hora de la tarde.

Quedamos en una gasolinera de la carretera principal, bien lejos del desvío que llevaba a la casa.

Antes de colgar, Lorenzo me preguntó si necesitaba algo aparte de las provisiones que ya tenía.

—Whisky —dije.

—Tienes whisky.

—No del que quiero.

Se rio.

—¿Tantos problemas te está dando Sofia?

Miré hacia el coche.

Sonreía por algo que había dicho Adrian.

—Ni siquiera ha empezado.

Colgué después de concretar más o menos a qué hora llegaría Lorenzo.

Estaba guardando el móvil cuando Sofia abrió la puerta del copiloto y salió.

—Adrian quiere hablar contigo.

Se acercó y me tendió el móvil.

Parecía más tranquila que por la mañana, aunque conservaba la mirada alerta mientras yo me lo llevaba al oído.

—Dime.

—¿Dónde estás? —preguntó Adrian.

—En el mismo sitio que esta mañana.

—¿Y cuánto piensas quedarte ahí?

Miré a Sofia.

Estaba a unos pasos, observando los árboles del otro lado de la carretera.

—Hasta que termine de hablar contigo.

A mi hermano no le hizo ninguna gracia.

—Dante.

Me alejé unos metros.

—Lorenzo ya me ha contado lo del coche —continuó Adrian.

—Entonces sabes que seguimos intentando averiguar quién nos vigila.

—Y sabes que eso no significa que la casa en la que os alojáis sea del todo segura.

Miré hacia la autopista.

—Ningún sitio es del todo seguro, Adrian.

Se quedó callado un momento.

—Quiero que me escuches.

Reconocí ese tono al instante.

Mi hermano tenía la costumbre de hablar así siempre que creía estar a punto de resolver un problema que yo había causado. A veces funcionaba. La mayoría de las veces solo me daban ganas de discutir.

—Te escucho.

—No vas a llevarte a Sofia a ninguna parte sin hablar conmigo primero.

Miré por encima del hombro.

Estaba junto al coche, escribiendo algo en su propio móvil.

—No voy a llevar a Sofia a ningún sitio al que no quiera ir.

—Bien. Porque ayer tú…

—Sé lo que hice ayer.

Las palabras salieron más duras de lo que pretendía.

Adrian se quedó callado.

—¿Tienes alguna idea de lo que fue recibir esa llamada? —preguntó al cabo de un momento—. Sofia suplicaba que la ayudaran a salir de tu coche, Dante.

Apreté más el teléfono contra la oreja.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué te cuesta tanto entender que te pasaste de la raya?

Me quedé mirando la carretera, atento al camión que acababa de pasar junto al almacén.

—Porque sigues actuando como si estuviera discutiendo si debería haber escuchado a Sofia. Debería haberlo hecho. Nunca lo he negado. Pero sigo creyendo que teníamos que sacarla de allí.

Adrian soltó un largo suspiro.

—Siempre te las arreglas para tener razón.

Sonreí sin humor.

—Lo aprendí de ti.

—No empieces.

—Entonces deja de tratarme como si tuviera diecisiete años.

El silencio que siguió me resultaba demasiado familiar.

Había pasado buena parte de mi vida discutiendo con Adrian sobre distintas versiones de lo mismo. A veces tenía razón. Otras, simplemente se había acostumbrado a pensar que sus decisiones eran mejores porque normalmente reflexionaba antes de tomarlas.

—Sofia va a hablar conmigo esta noche —dijo por fin.

—Lorenzo traerá el equipo.

—Y quiero que se le cuente todo lo que averigüemos.

—¿Sabe lo del coche?

—Se lo he dicho.

Volví a mirar a Sofia.

Intentaba recogerse el pelo mientras sujetaba el teléfono entre el hombro y la oreja. Una ráfaga de viento le soltó varios mechones antes de que terminara, y murmuró algo que no alcancé a oír.

Sonreí.

—¿Dante? —dijo Adrian.

Volví a centrarme en la llamada.

—Estoy aquí.

—No lo pongas más difícil de lo que ya es.

Mi sonrisa desapareció.

—Estoy protegiendo a Sofia, Adrian. Puedes seguir enfadado conmigo por lo de ayer, pero deja de convertir cada conversación en otra discusión sobre lo mismo.

—Es mi novia.

Volví a mirar hacia el coche.

—Lo sé.

—Y sabes lo que siento por ella.

—Sí.