Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 2 #3
9%

Capítulo 2 #3

Estaba enjuagando el último cuando alargó la mano hacia el lavavajillas y le dio un golpe sin querer al vaso de agua que yo había dejado junto al fregadero.

Lo cogí al vuelo antes de que llegara al suelo, pero no lo bastante rápido para evitar que parte del agua me cayera por la pechera de la camisa.

Sofia se tapó la boca.

Se quedó mirando la tela empapada con una expresión de culpa tan sincera que casi me dio lástima.

—¡Lo siento! Ha sido sin querer.

Bajé la vista hacia la camisa y luego volví a mirarla.

—¿Ahora intentas matarme de otra forma?

Estalló en carcajadas y abandonó de inmediato cualquier apariencia de remordimiento.

—Lo digo en serio, Dante. Ha sido un accidente.

—Claro. ¿Y se supone que me lo tengo que creer porque tienes cara de no haber roto un plato?

Se rio con más ganas mientras yo cogía un trapo para limpiar la encimera.

El agua me había empapado casi toda la parte delantera de la camisa y la tela fría, pegada al pecho, empezaba a resultar incómoda.

Terminé de recogerlo todo, dejé el trapo junto al fregadero y me aparté.

—Voy a cambiarme.

Casi había llegado al umbral cuando Sofia me llamó.

Me volví y la encontré junto a la encimera, con los labios apretados, como si se estuviera replanteando algo.

—¿Qué?

—Tienes más camisas, ¿verdad?

La observé un momento, tratando de entender adónde quería llegar con esa pregunta.

Entonces caí.

No pude evitar sonreír.

—Las tengo.

—Bien.

—¿Te preocupa que vuelva sin camisa?

—Solo intento evitar otra muestra de tu falta de decencia básica.

Me acerqué un paso.

—Sofia, estás poniendo un empeño impresionante en gestionar mi vestuario.

Ella cruzó los brazos.

—Alguien tiene que hacerlo.

—No tenía ni idea de que mi ropa te importara tanto.

Me sostuvo la mirada.

—No me importa.

—Entonces no tengo de qué preocuparme.

Pasé a su lado camino del pasillo.

Antes de subir, miré atrás, hacia la cocina.

—Y, para que quede claro, a mí no me supone ningún problema que te pasees por la casa con lo que te apetezca.

Sofia cogió el trapo que había dejado sobre la encimera.

—Ve a cambiarte de camisa, Dante.

Sonreí y subí. Arriba me quité la camisa mojada y la tiré sobre una silla.

El raspón que tenía cerca del hombro me dio un tirón de dolor cuando abrí el armario y tuve que detenerme.

Maldije entre dientes y me acerqué al espejo.

La piel seguía roja y la gasa que me había puesto esa mañana se había despegado en parte.

Intenté recolocarla con los dedos, pero el hombro protestó antes de que consiguiera ponerla en su sitio.

Me arranqué el apósito.

Mala idea.

Me quedé mirando el pequeño trozo de gasa que tenía en la mano, considerando seriamente dejar la herida al aire hasta que se curara sola.

Llamaron a la puerta.

—¿Dante?

Miré hacia el pasillo.

—Pasa.

Sofia abrió la puerta lo justo para asomar la cabeza.

—¿Has visto mi…

Se detuvo.

Yo estaba de pie frente al espejo, sin camisa y con la gasa atrapada entre los dedos.

Sofia me miró el hombro.

Luego su mirada recorrió el resto de mi torso.

Sus ojos se demoraron lo suficiente para que olvidara por completo por qué tenía el apósito en la mano.

—Mi cepillo del pelo —terminó.

Incliné la cabeza.

—¿Tu cepillo del pelo?

—El que compramos hoy. No lo encuentro.

—Puede que esté en la bolsa.

—Ya lo he mirado.

Seguía de pie en el umbral.

Miré la gasa que tenía en la mano antes de volver a mirarla a los ojos.

—¿Piensas quedarte ahí fuera o vas a entrar?

Apretó los labios.

—Estoy intentando entender por qué estás otra vez sin camiseta.

Eché un vistazo al dormitorio.

—Empiezo a pensar que tienes un don para aparecer siempre en el peor momento.

—He llamado a la puerta.

—Y te he dicho que entraras.

Sofia cruzó los brazos.

—Podrías haberme avisado.

Sonreí.

—La próxima vez gritaré que voy indecente.

Se rio a pesar de sus evidentes esfuerzos por mantener una expresión seria.

Luego su atención volvió a mi hombro.

—¿Te duele?

—Un poco.

Entró en la habitación antes de que yo pudiera añadir nada más.

—Déjame verlo.

Miré la mano que me tendía.

—Sofia, no hace falta.

—Estás intentando vendarte la espalda tú solo. Creo que sí hace falta.

Le tendí la gasa y se acercó para examinar el arañazo.

Estaba tan cerca que su pelo me rozó el brazo cuando dio la vuelta para colocarse al otro lado.

—¿Cuándo te hiciste esto?

—Hace dos días.

—¿Durante la pelea con los hombres de Rinaldi?

—Probablemente.

Alzó la vista.

—¿Qué quieres decir con «probablemente»?

—Hubo más de una pelea.

Negó con la cabeza, nada impresionada.

—En serio, necesitáis buscaros aficiones mejores.

Sonreí.

Sofia rebuscó sobre la cómoda.

—¿Tienes algún antiséptico?

Señalé el frasquito, que ella cogió antes de volver a acercarse.

—Esto va a escocer.

—Estoy preparado.

—No lo pareces.

—Sofia, me han disparado antes. Creo que puedo soportar un poco de antiséptico.

Se le detuvo la mano.

—¿Te han disparado?

—Unas cuantas veces.

Me miró fijamente.

—Lo dices como si me contaras que te han puesto una multa de aparcamiento.

—De esas también me han puesto.

Sofia soltó un ruido de indignación.

—No me lo puedo creer.

—¿Qué parte?

—Cualquiera.

Humedeció la gasa y empezó a limpiarme la herida.

El escozor fue inmediato, pero lo que de verdad me distrajo fue la mano libre que me apoyó en la cintura para verlo mejor.

Sofia estaba concentrada en mi hombro.

Yo, desde luego, no.

Su mano siguió ahí mientras me limpiaba la piel con cuidado, y noté el momento exacto en que se inclinó un poco más.

El aroma de su pelo me llegó justo antes de sentir su aliento en el cuello.

Apreté la mandíbula.

—Sofia.

—¿Qué?

—Si sigues haciendo eso, voy a necesitar otro tipo de tratamiento.

Levantó la cabeza, sin captar al principio la insinuación, por lo visto.

Pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, le cambió la cara y apartó de inmediato la mano de mi cintura.

—Eres increíble.

Sonreí, sin hacer el menor esfuerzo por parecer arrepentido.

—Solo te aviso.

—Te estoy curando una herida, Dante.

—Lo sé.

—Pues compórtate.

Le sostuve la mirada; cada vez me costaba más resistirme a la tentación de picarla.

—Estás en mi dormitorio con las manos encima, ¿y el que tiene que comportarse soy yo?

Sofia abrió la boca para responder, pero al parecer no encontró ninguna respuesta que le gustara.

Al final retrocedió, todavía con la gasa en la mano, y me lanzó una mirada indignada que no hizo más que volver la situación aún más divertida.

—¿Sabes qué? Termínatelo tú.

No pude contener la risa.

Dejó las cosas sobre la cómoda y se dirigió a la puerta, claramente decidida a poner fin a la conversación antes de que encontrara otra forma de irritarla.

—Sofia.

Se detuvo, aunque tardó un momento en darse la vuelta.

—¿Qué?

—Gracias por ayudarme con el vendaje.

Miró por encima del hombro.

—Eres idiota.

—Pero un idiota agradecido.

Sofia se marchó antes de que pudiera añadir nada más y me dejó allí, en el dormitorio, con la sonrisa todavía en los labios.

Cuando volví al espejo, me di cuenta de que ella me había limpiado la herida con bastante cuidado.

Solo me faltaba coger una gasa limpia para acabar de vendármela.

Esta vez decidí ponerme una camiseta.

No porque Sofia me lo hubiera pedido, obviamente, sino porque empezaba a sospechar que aquella mujer acabaría matándome por motivos muy distintos de los que había imaginado al principio.

La encontré en el salón, sentada en el suelo frente a la estantería, con varios libros esparcidos por la alfombra.

Parecía absorta examinando los títulos, pero alzó la vista en cuanto me oyó entrar.

—¿Has conseguido sobrevivir?

Me llevé una mano al pecho con gesto de dolor.

—Por los pelos.

Me dedicó una sonrisa pequeña antes de volver a los libros.

Me acomodé en un sillón mientras ella cogía una novela policíaca, leía la contraportada con interés y después la devolvía al montón.

—¿Te has leído todos estos?

—La mayoría.

—No sabía que te gustaba leer.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Sofia levantó la vista y me estudió un momento, como si sopesara la veracidad de aquella afirmación.

—Estoy empezando a darme cuenta.

Volvió a los libros y escogió otro, esta vez una novela romántica que había comprado durante un viaje.

Estudió la portada, le dio la vuelta entre las manos y me miró con curiosidad.

—¿Es tuyo?

—Sí.

—¿Te lo has leído?

—Lo he leído.

Enarcó las cejas.

—Dante, ¿te gustan las historias de amor?

Sonreí.

—Me gustan las buenas historias.

Abrió el libro, hojeó las primeras páginas y volvió a mirarme.

—Eso cambia un poco mi opinión sobre ti.

—¿Para mejor?

—No tientes a la suerte.

Se levantó con el libro en las manos y se acercó al sofá.

Se acomodó en una esquina, recogió las piernas bajo el cuerpo y empezó a leer.

Cogí el móvil para mirar la hora, consciente de que tenía que irme en poco más de media hora para reunirme con Lorenzo.

Sofia parecía absorta en el libro, pero no tardó en darse cuenta de que la estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando fijamente.

—Sí.

Cerró el libro a medias.

—¿Por qué?

Dejé el móvil en el brazo del sillón.

—Porque me gusta mirarte.

Sofia se quedó mirándome un momento.

Después bajó los ojos a la página.

—¿Les dices cosas así a todas las mujeres?

—No a todas.

Soltó una risa incrédula.

—Impresionante.

—¿El qué?

—Tu capacidad para convertir absolutamente cualquier conversación en una oportunidad para flirtear.

Ladeeé un poco la cabeza.

—Tú has preguntado.

—Podrías haber respondido de otra manera.

—Podría.

Sofia volvió a levantar la vista y me sostuvo la mirada varios segundos, hasta que una sonrisa pequeña le asomó a los labios.

Después volvió a centrarse en el libro, como si la conversación no le hubiera afectado lo más mínimo.

Ya conocía bien aquella expresión.

Sofia tenía la costumbre de convertir cualquier cosa que la incomodara en una queja sobre mi comportamiento, normalmente acompañada de algún comentario mordaz.

El problema era que, cuanto más intentaba disimular sus reacciones, más ganas me daban de provocarla, sobre todo cuando notaba que su seguridad empezaba a tambalearse.

Cogí el móvil que había dejado al lado y me puse en pie.

—Voy a reunirme con Lorenzo. Ha conseguido tus cosas.