Capítulo 7 #3
Porque por más que hubiera pasado el tiempo... Aquella mujer seguía formando parte de una de las etapas más dolorosas de su vida.
Respiró profundamente.
Y tocó el timbre.
Unos segundos después, la puerta se abrió.
Y apareció Elena.
Más delgada de lo que recordaba.
Más cansada.
Más vulnerable.
La diferencia fue tan evidente que Claudia sintió una punzada en el pecho.
Porque la enfermedad todavía no tenía nombre. Pero ya estaba dejando huellas.
Durante unos segundos ambas permanecieron inmóviles. Observándose.
Como dos personas que compartían demasiada historia. Y demasiado silencio.
Finalmente fue Elena quien habló.
—No esperaba verte.
Su voz sonó suave.
Sorprendida.
Claudia intentó sonreír.
—Yo tampoco esperaba venir.
Aquella sinceridad provocó una pequeña sonrisa.
Y por primera vez en mucho tiempo, la tensión disminuyó un poco.
Solo un poco.
Elena la invitó a entrar.
Y minutos después estaban sentadas frente a frente en la sala.
Con dos tazas de café sobre la mesa.
Y un pasado entero sentado entre ambas.
Al principio hablaron de cosas simples.
Del clima.
Del trabajo.
De Gabriel.
Cualquier tema servía para retrasar la conversación real. La conversación que ambas sabían que terminaría llegando. Y finalmente llegó.
Porque Elena bajó la mirada.
Y dijo las palabras que llevaba años guardando. —Lo siento.
El corazón de Claudia se detuvo por un instante. Porque aquella disculpa tenía décadas de retraso. Décadas.
Elena respiró profundamente.
Y continuó.
—Lo siento por todo.
Por el daño.
Por el dolor.
Por las consecuencias.
Por todo.
La emoción comenzó a quebrar su voz.
Y Claudia comprendió inmediatamente que aquello no era una disculpa preparada.
No era una excusa.
No era una justificación.
Era arrepentimiento.
Puro y sincero arrepentimiento.
—Durante años quise hablar contigo.
Confesó Elena.
—Pero nunca encontré el valor.
Claudia permaneció en silencio.
Escuchando.
Porque aquella vez necesitaba escuchar.
No juzgar.
No defenderse.
Solo escuchar.
Elena cerró los ojos un instante.
Y cuando volvió a abrirlos, había lágrimas acumuladas en ellos.
—No voy a intentar justificar lo que pasó.
Porque no puedo.
Lo que hice estuvo mal.
Y lo sé.
Las lágrimas comenzaron a rodar lentamente por sus mejillas.
—Creí que estaba enamorada.
Creí que las cosas eran más simples.
Pero terminé destruyendo vidas.
Y tuve que vivir con eso todos estos años.
El silencio llenó la habitación.
Pesado.
Emocional.
Profundamente humano.
Porque la culpa también deja cicatrices.
Y Claudia podía verlo claramente.
Podía verlo en la forma en que Elena evitaba mirarla directamente.
En la forma en que su voz temblaba.
En la forma en que cargaba todavía con aquel error. Finalmente Claudia habló.
—Te odié.
La confesión sorprendió a ambas.
Porque era la primera vez que lo decía en voz alta. Así.
Sin filtros.
Sin suavizarlo.
—Mucho.
Continuó.
—Durante años te odié.
Elena bajó la cabeza.
Aceptándolo.
Como si creyera merecerlo.
Y quizá una parte de ella pensaba exactamente eso. —Lo sé.
Susurró.
Claudia respiró profundamente.
Y después dijo algo que jamás imaginó decir.
—Pero ya no.
Elena levantó la mirada.
Sorprendida.
Completamente sorprendida.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
Más intensas.
Más difíciles de contener.
—¿Por qué?
Preguntó.
La voz apenas audible.
Claudia observó durante unos segundos a la mujer sentada frente a ella.
Y comprendió que el odio había desaparecido hacía tiempo. Solo que nunca se había dado cuenta.
—Porque me cansé.
Respondió suavemente.
—Porque cargar con rencor durante tantos años también duele.
Porque al final entendí que aferrarme al pasado no cambiaba nada.
Ni lo ocurrido.
Ni el daño.
Ni mi vida.
Las lágrimas aparecieron ahora en los ojos de ambas.
Porque aquella conversación estaba cerrando heridas antiguas.
Heridas que ninguna había sabido cómo sanar.
Hasta ahora.
Elena llevó una mano hasta su rostro.
Intentando secar las lágrimas.
Y después habló nuevamente.
—Gabriel te ama muchísimo.
Claudia sonrió.
Y aquella sonrisa fue completamente sincera.
—Yo también lo amo.
La emoción volvió a llenar la habitación.
Porque aquella era probablemente la última cosa que cualquiera habría imaginado años atrás.
Que las dos mujeres conectadas por una traición terminarían conectadas por amor.
No el mismo amor.
Pero sí el mismo hombre.
Gabriel.
Y por primera vez desde que comenzó aquella historia imposible...
Ambas comprendieron que el pasado ya no era lo único que las unía.
Ahora también compartían algo más.
La preocupación.
La esperanza.
Y el deseo de proteger a la misma persona.
Elena tomó la mano de Claudia.
Y la sostuvo con fuerza.
Como si necesitara transmitirle algo importante. Algo urgente.
Algo que llevaba demasiado tiempo guardando. —Prométeme algo.
Dijo.
Claudia frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Elena. Y cuando habló, su voz tembló.
—Si algún día yo falto...
No lo dejes solo.
La petición cayó sobre Claudia como un golpe inesperado. Y por primera vez en toda la conversación...
Sintió verdadero miedo.
Porque aquella frase sonó demasiado parecida a una despedida.
Cuando Claudia salió de la casa de Elena, el mundo parecía más silencioso.
Más lento.
Más frágil.
Caminó hasta su automóvil sin recordar exactamente cómo llegó.
Porque su mente seguía atrapada en aquella última frase. "Si algún día yo falto... no lo dejes solo."
Una parte de ella quería convencerse de que Elena solo estaba asustada.
Que cualquier persona en su situación tendría miedo. Que aquello no significaba nada.
Pero otra parte sabía que sí significaba algo.
Significaba que Elena estaba pensando en posibilidades que nadie quería nombrar.
Posibilidades que daban miedo.
Mucho miedo.
Durante todo el trayecto a casa intentó distraerse. Intentó pensar en otra cosa.
Pero fue imposible.
Y al llegar, descubrió que tampoco quería estar sola. Por eso tomó el teléfono.
Y llamó a Gabriel.
—¿Podemos vernos?
Preguntó.
La respuesta llegó inmediatamente.
—Siempre.
Aquella palabra hizo que algo se aflojara dentro de ella.
Porque en los últimos meses Gabriel se había convertido exactamente en eso.
Un lugar seguro.
Se encontraron una hora después.
En el parque.
El mismo parque donde habían compartido tantas conversaciones importantes.
El mismo parque donde comenzaron a cambiar sus vidas. Gabriel la esperaba junto a uno de los senderos.
Y apenas la vio acercarse, comprendió que algo había ocurrido.
Porque la conocía demasiado bien.
Porque ya sabía leer sus silencios.
—¿Cómo está?
Preguntó.
Antes incluso de saludarla.
Claudia se acercó.
Y durante unos segundos simplemente lo abrazó. Fuerte.
Como si necesitara sentir que estaba allí.
Gabriel correspondió inmediatamente.
Sin hacer preguntas.
Esperando.
Cuando finalmente se separaron, comenzaron a caminar lentamente.
Bajo las luces suaves del parque.
Rodeados por el sonido distante de la ciudad. —Hablamos mucho.
Dijo Claudia.
Gabriel asintió.
Escuchando.
—Sobre el pasado.
Sobre ti.
Sobre nosotros.
El corazón de Gabriel se aceleró.
Porque podía imaginar aquella conversación.
Porque probablemente llevaba años esperando que ocurriera.
—¿Y?
Preguntó suavemente.
Claudia sonrió.
Una sonrisa triste.
Pero sincera.
—Creo que ambas necesitábamos perdonarnos. Gabriel permaneció en silencio.
Y por primera vez sintió algo parecido a la paz.
Porque llevaba meses atrapado entre dos personas importantes para él.
Dos personas unidas por una historia dolorosa. Y ahora algo comenzaba a sanar.
Algo importante.
Siguieron caminando.
Hasta que Claudia se detuvo.
Y entonces le contó lo último.
La petición de Elena.
Aquellas palabras.
Aquel miedo.
Aquella despedida anticipada.
Mientras hablaba, observó cómo el rostro de Gabriel cambiaba lentamente.
La tristeza apareció.
Después el dolor.
Y finalmente el miedo.
Ese mismo miedo que llevaba semanas intentando ocultar. Cuando terminó, ninguno habló.
Porque no había nada que decir.
Porque la realidad era demasiado grande.
Demasiado difícil.
Finalmente Gabriel rompió el silencio.
—Tengo miedo de perderla.
La confesión salió tan rápido que pareció escapar antes de que pudiera detenerla.
Claudia tomó su mano.
Y la sostuvo con fuerza.
—Lo sé.
Gabriel bajó la mirada.
—Y me siento egoísta.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque mientras ella está pasando por todo esto... Yo sigo pensando en nosotros.
Sigo pensando en el futuro.
Sigo pensando en lo feliz que me haces.