SECRETOS QUE NOS SEPARA Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Como si estuviera buscando la forma correcta de decirlo. —Tiene que ver con Elena.

Claudia cerró los ojos un instante.

Elena.

La madre de Gabriel.

La mujer por la que su matrimonio terminó.

La mujer que, de una forma extraña e inesperada, había vuelto a formar parte de su vida.

Aquello ya era suficiente para inquietarla.

Pero la preocupación en la voz de su exesposo la inquietó aún más.

—¿Qué ocurre con ella?

Preguntó.

Esta vez el silencio fue más largo.

—Está enferma.

Las palabras la dejaron inmóvil.

Completamente inmóvil.

—¿Qué?

Susurró.

—Hace unos días recibió unos resultados médicos. Todavía están haciendo estudios.

Pero los médicos encontraron algo que les preocupa. Claudia sintió un vacío en el estómago.

Porque aquello era completamente inesperado.

Porque durante años había imaginado muchas conversaciones relacionadas con Elena.

Pero ninguna como esa.

—¿Es grave?

Preguntó.

El hombre tardó varios segundos en responder. —No lo saben todavía.

Pero existe la posibilidad.

Y esa posibilidad fue suficiente.

Porque el miedo rara vez necesita certezas.

Le basta una amenaza.

Una posibilidad.

Una duda.

Claudia se dejó caer lentamente sobre una silla. Intentando procesar la información.

—Gabriel lo sabe.

Continuó él.

—Pero está intentando mantenerse fuerte delante de ella.

Aquellas palabras hicieron que Claudia pensara inmediatamente en Gabriel.

En su sonrisa.

En sus planes.

En las conversaciones sobre el futuro.

Y de repente comprendió que él estaba enfrentando algo muy difícil sin haber dicho nada.

Sin compartir el peso.

Sin buscar ayuda.

Exactamente como siempre hacía cuando sufría. —¿Por qué me llamas a mí?

Preguntó finalmente.

Su exesposo guardó silencio.

Y cuando respondió, su voz sonó extrañamente sincera. —Porque creo que él te necesita.

La frase la sorprendió.

Mucho.

—No estoy seguro de que quiera decirte nada todavía. Continuó.

—Pero conozco a Gabriel.

Y sé que cuando está asustado intenta cargar con todo solo. Claudia bajó la mirada.

Porque también lo sabía.

Porque lo había visto hacerlo más de una vez.

Porque detrás de su fortaleza siempre existía una tendencia peligrosa a proteger a los demás incluso cuando él era quien necesitaba apoyo.

—Gracias por decírmelo.

Murmuró.

—Pensé que debías saberlo.

Respondió él.

La llamada terminó poco después.

Pero Claudia permaneció inmóvil.

Pensando.

Intentando ordenar las emociones.

Porque aquello cambiaba muchas cosas.

Y al mismo tiempo no cambiaba ninguna.

La relación seguía allí.

Los problemas seguían allí.

Las críticas seguían allí.

Pero de repente aparecía algo mucho más importante. Algo mucho más real.

La posibilidad de perder a alguien.

Y cuando una posibilidad así aparece...

Todo lo demás comienza a parecer menos importante. Mucho menos.

Aquella noche llamó a Gabriel.

No para preguntarle.

No para presionarlo.

No para exigir explicaciones.

Simplemente para escucharlo.

Y en cuanto él respondió, supo que algo era diferente. Porque sonaba cansado.

Porque sonaba triste.

Porque por primera vez desde que lo conocía... Sonaba derrotado.

—Hola.

Dijo él.

Intentando sonar normal.

Claudia cerró los ojos.

Y tomó una decisión.

No iba a fingir.

No iba a esperar.

No iba a permitir que enfrentara aquello solo.

—Gabriel...

Estoy aquí.

Hubo silencio.

Un silencio largo.

Demasiado largo.

Y entonces ella escuchó algo que jamás había escuchado antes.

La voz de Gabriel quebrarse.

Apenas un instante.

Pero fue suficiente.

Y en ese momento comprendió que la batalla que estaba por comenzar no tenía nada que ver con la diferencia de edad.

Ni con los rumores.

Ni con la familia.

La verdadera batalla sería mucho más dolorosa. Porque ahora se trataba de alguien a quien ambos amaban. Y del miedo de perderla.

Después de aquella llamada, Claudia no dudó.

Tomó las llaves.

Salió de casa.

Y condujo directamente hasta el apartamento de Gabriel. Durante todo el trayecto pensó en él.

En la forma en que su voz se había quebrado.

En aquel silencio.

En todo lo que había intentado ocultar.

Porque ahora comprendía algo.

Gabriel no había estado distante por los problemas con Andrea.

Ni por los rumores.

Ni por las críticas.

Había estado luchando contra algo mucho más grande. Mucho más doloroso.

Cuando llegó, él abrió la puerta casi de inmediato. Como si hubiera estado esperando.

Como si necesitara verla.

Y apenas sus ojos se encontraron, Claudia supo que estaba agotado.

No físicamente.

Emocionalmente.

Había ojeras bajo sus ojos.

La sonrisa habitual había desaparecido.

Y la tristeza parecía haberse instalado en cada gesto. Durante unos segundos ninguno habló.

Hasta que Claudia dio un paso adelante.

Y lo abrazó.

Simplemente lo abrazó.

Sin preguntas.

Sin explicaciones.

Sin exigir respuestas.

Gabriel cerró los ojos.

Y durante unos instantes permaneció inmóvil.

Como si aquel abrazo fuera la primera oportunidad que tenía para descansar.

La primera oportunidad para dejar de ser fuerte. Cuando finalmente se separaron, él la invitó a entrar. El apartamento estaba en silencio.

Demasiado silencio.

Gabriel caminó hasta la sala.

Y se dejó caer en el sofá.

Claudia se sentó a su lado.

Esperando.

Dándole espacio.

Porque sabía que algunas verdades necesitaban tiempo. Finalmente fue él quien habló.

—¿Quién te lo dijo?

La pregunta llegó sin sorpresa.

Como si hubiera imaginado la respuesta.

—Tu madre no.

Respondió Claudia.

—Fue mi exesposo.

Gabriel bajó la mirada.

Y asintió lentamente.

—Lo imaginé.

El silencio volvió a instalarse.

Pesado.

Difícil.

Hasta que Claudia tomó suavemente una de sus manos. —¿Qué ocurre realmente?

Gabriel cerró los ojos.

Y por primera vez dejó caer todas las barreras. Todas.

—Encontraron una masa.

La voz apenas le salió.

Claudia sintió que el corazón se encogía.

—Todavía están haciendo pruebas.

Continuó él.

—Todavía no tienen un diagnóstico definitivo. Pero los médicos están preocupados.

Mucho.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Gabriel.

Y aquella imagen rompió algo dentro de Claudia. Porque nunca lo había visto así.

Nunca.

Siempre era él quien sostenía a los demás.

Quien sonreía.

Quien tranquilizaba.

Quien encontraba esperanza.

Y ahora estaba asustado.

Profundamente asustado.

—Tengo miedo.

Confesó.

Aquellas tres palabras la atravesaron. Porque estaban llenas de verdad.

Porque estaban desnudas de orgullo. Porque eran completamente humanas. Claudia apretó su mano.

Y esperó.

Gabriel respiró profundamente.

Intentando controlar las emociones. Pero era inútil.

Llevaba demasiados días conteniéndolas. —No sé qué hacer.

Dijo.

—No sé cómo ayudarla.

No sé cómo tranquilizarla.

No sé cómo tranquilizarme.

La voz volvió a quebrarse.

Y esta vez no intentó ocultarlo.

No intentó fingir fortaleza.

Simplemente dejó que el dolor existiera.

—Es mi madre.

Murmuró.

—Y por primera vez siento que podría perderla. Las lágrimas escaparon finalmente.

Silenciosas.

Sinceras.

Dolorosas.

Claudia sintió cómo los ojos también comenzaban a humedecerse.

Porque no había palabras mágicas.

No existían.

No había promesas capaces de borrar aquel miedo. No había frases capaces de garantizar que todo estaría bien. Y precisamente por eso decidió no intentarlo.

Se acercó un poco más.

Y apoyó su cabeza sobre el hombro de Gabriel.

—No tienes que cargar con esto solo.

Susurró.

Él cerró los ojos.

Y durante unos segundos simplemente respiró. Escuchando aquellas palabras.

Permitiéndose creerlas.

—No quería preocuparte.

Confesó.

Claudia sonrió tristemente.

—Eso nunca funciona.

Una pequeña risa apareció entre las lágrimas. Breve.

Débil.

Pero real.

Y aquella pequeña risa alivió la tensión por un instante. Solo un instante.

Porque el miedo seguía allí.

Presente.

Amenazante.

Gabriel observó sus manos entrelazadas.

Y habló nuevamente.

—Hay algo más.

Claudia levantó la mirada.

—¿Qué?

Él tragó saliva.

Como si aquello fuera aún más difícil de decir. —Mi madre se siente culpable.

La sorpresa apareció inmediatamente en el rostro de Claudia.

—¿Por qué?

Gabriel bajó la mirada.

Y respondió con una sinceridad devastadora.

—Porque cree que todo esto está afectando nuestra relación. Porque piensa que es responsable de los problemas.

Porque cree que tú y yo estamos sufriendo por decisiones que ella tomó hace años.

Claudia sintió un nudo en la garganta.

Porque podía imaginarlo.

Podía imaginar perfectamente aquella culpa.

Aquella carga.

Aquella sensación de haber dañado vidas sin querer hacerlo.

Y de repente comprendió algo.

No importaba cuánto dolor hubiera existido en el pasado.

No importaba cuánto resentimiento hubiera sentido alguna vez.

Nadie merecía atravesar aquello.

Nadie.

Gabriel apoyó la frente sobre las manos.

Agotado.

Y entonces Claudia tomó una decisión.

Una decisión que cambiaría muchas cosas.

—Quiero verla.

Él levantó la cabeza.

Sorprendido.

—¿Qué?

—Quiero hablar con ella.

Gabriel la observó durante varios segundos.

Incapaz de ocultar la incredulidad.

Porque sabía quién era Elena para Claudia.

Sabía todo lo que había ocurrido.

Sabía todo el daño.

Y aun así ella estaba allí.

Dispuesta a ayudar.

Dispuesta a tender la mano.

Dispuesta a dejar el pasado atrás.

Las lágrimas volvieron a aparecer en los ojos de Gabriel. Pero esta vez eran diferentes.

Porque junto al miedo apareció algo más.

Esperanza.

Y mientras la abrazaba con fuerza, comprendió algo que nunca había tenido tan claro.

No importaba cuántas personas estuvieran en contra. No importaba cuántos obstáculos aparecieran. Amaba a Claudia.

Más de lo que jamás había amado a nadie.

Y aquella certeza era la única cosa capaz de iluminar la oscuridad de aquel momento.

Durante años, Claudia imaginó muchas veces cómo sería volver a quedarse sola con Elena.

Algunas versiones terminaban en discusiones. Otras en reproches.

Algunas incluso en lágrimas.

Pero ninguna se parecía a la realidad.

Porque la realidad era mucho más compleja.

Mucho más humana.

Mucho más triste.

Dos días después de hablar con Gabriel, Claudia llegó a la casa de Elena.

Sola.

Sin Gabriel.

Sin intermediarios.

Sin excusas.

Y mientras permanecía frente a la puerta, sintió los nervios recorriendo todo su cuerpo.