Capítulo 7
CONTRA TODOS
El regreso a casa fue silencioso.
Demasiado silencioso.
Gabriel conducía con la mirada fija en la carretera. Claudia observaba por la ventana.
Las luces de la ciudad pasaban una tras otra.
Pero ninguno parecía realmente presente.
Ambos seguían pensando en lo ocurrido.
En Andrea.
En sus palabras.
En la tensión que había llenado aquella reunión familiar. Finalmente fue Gabriel quien rompió el silencio. —Lo siento.
Claudia giró la cabeza.
—No tienes que disculparte.
—Sí, sí tengo.
Ella negó suavemente.
—No hiciste nada.
Gabriel apretó las manos sobre el volante.
Y durante unos segundos pareció luchar contra su frustración.
—Sabía que podía pasar algo así.
Confesó.
—Pero pensé que al menos intentaría conocerte antes de juzgarte.
Aquellas palabras hicieron sonreír tristemente a Claudia. Porque ella tampoco había esperado una bienvenida perfecta.
Pero sí algo de cortesía.
Algo de apertura.
Algo.
—No es la primera persona que piensa así.
Dijo finalmente.
Gabriel la miró de reojo.
—Y eso no lo hace correcto.
Claudia bajó la mirada.
Porque parte de ella estaba cansada.
Cansada de tener que justificar sus sentimientos.
Cansada de que la diferencia de edad apareciera en cada conversación.
Cansada de sentir que su relación estaba permanentemente bajo examen.
Cuando llegaron a su edificio, Gabriel estacionó el automóvil.
Pero ninguno hizo ademán de bajar.
El silencio volvió a instalarse.
Y esta vez fue Claudia quien habló.
—¿Tu hermana siempre ha sido así?
Gabriel soltó una pequeña risa.
Sin humor.
—Cuando cree que está protegiendo a alguien... Sí.
La respuesta no fue precisamente tranquilizadora. —Entonces esto no va a terminar aquí.
Murmuró Claudia.
Gabriel no respondió.
Porque ambos sabían que tenía razón.
A la mañana siguiente, Gabriel descubrió hasta qué punto Claudia estaba en lo cierto.
Recibió una llamada de Andrea.
Y apenas respondió, comprendió que aquella conversación no sería agradable.
—Necesitamos hablar.
Dijo ella.
Sin saludos.
Sin rodeos.
Gabriel cerró los ojos.
Ya agotado.
—No quiero discutir.
—Pues yo sí quiero respuestas.
Aquella frase bastó para confirmar sus sospechas. Andrea no tenía intención de rendirse.
No todavía.
Aceptó reunirse con ella esa misma tarde.
Y cuando llegó al café donde habían quedado, encontró a su hermana esperándolo.
Con los brazos cruzados.
Con expresión seria.
Preparada para una batalla.
—Voy a preguntarte algo.
Comenzó ella.
—Y quiero que seas sincero.
Gabriel suspiró.
—Adelante.
Andrea sostuvo su mirada.
Y disparó directamente.
—¿Qué estás haciendo?
Gabriel frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Tú sabes exactamente a qué me refiero.
Aquello era absurdo.
Y ambos lo sabían.
—Estoy enamorado.
Respondió.
Andrea negó inmediatamente.
—No.
Estás confundido.
La respuesta cayó como una bofetada.
Porque no había duda.
No había curiosidad.
No había interés por comprender.
Solo juicio.
—No me digas lo que siento.
Contestó Gabriel.
La voz más firme de lo habitual.
Andrea apoyó las manos sobre la mesa. Y habló aún más rápido.
Como si llevara días preparando aquel discurso. —Dentro de diez años tú tendrás treinta y ocho. Ella casi sesenta.
¿Has pensado en eso?
Gabriel guardó silencio.
Porque sí.
Lo había pensado.
Muchas veces.
—Claro que lo he pensado.
—Entonces no lo entiendo.
Insistió Andrea.
—Tienes toda la vida por delante.
Puedes formar una familia.
Tener hijos.
Construir un futuro.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Y por primera vez apareció algo más que molestia en el rostro de Gabriel.
Dolor.
Porque aquellas preguntas tocaban heridas reales. Preguntas que él mismo se había hecho.
Preguntas difíciles.
Preguntas legítimas.
Pero que nadie tenía derecho a responder por él. —¿Y quién dice que no puedo tener un futuro con ella? Preguntó.
Andrea lo observó.
Incrédula.
—Gabriel...
—No.
Ahora escúchame tú.
La interrumpió.
Por primera vez.
Y aquello la sorprendió.
Mucho.
Porque rara vez la interrumpía.
Rara vez levantaba la voz.
Rara vez se enfrentaba a ella.
Andrea permaneció en silencio.
Sorprendida.
Porque Gabriel rara vez se enfrentaba a ella.
Y cuando lo hacía, era porque hablaba completamente en serio.
—Ahora escúchame tú.
Repitió él.
La voz firme.
Segura.
—Llevas días hablando como si yo fuera un niño incapaz de tomar decisiones.
Andrea abrió la boca para responder.
Pero Gabriel continuó.
—Tengo veintiocho años.
No dieciocho.
Sé perfectamente quién soy.
Sé perfectamente lo que quiero.
Y sé perfectamente con quién quiero estar.
La expresión de Andrea se endureció.
—No estoy diciendo que seas un niño.
—Entonces deja de tratarme como si lo fuera.
El silencio cayó nuevamente.
Pesado.
Incómodo.
Alrededor de ellos, las personas seguían conversando. Tomando café.
Riéndose.
Completamente ajenas a la tormenta que se desarrollaba en aquella mesa.
Andrea cruzó los brazos.
—Solo intento protegerte.
Gabriel soltó un suspiro.
Porque aquella frase comenzaba a cansarlo.
Todos parecían utilizarla.
Todos parecían convencidos de que estaban ayudando. —¿Protegerme de qué?
Preguntó.
—¿De enamorarme?
—De sufrir.
Respondió ella inmediatamente.
Gabriel apoyó la espalda contra la silla.
Y durante unos segundos simplemente la observó. Porque comprendía sus intenciones.
De verdad las comprendía.
Andrea siempre había sido así.
Protectora.
Intensa.
Convencida de que podía evitar los problemas antes de que aparecieran.
Pero esta vez estaba equivocada.
Muy equivocada.
—Andrea.
Dijo finalmente.
—¿Sabes cuál es el problema?
Ella no respondió.
Esperó.
—Que todos hablan de Claudia como si fuera una amenaza. Como si fuera un error.
Como si fuera un problema que debo resolver.
Y nadie se toma el tiempo de verla como yo la veo. Andrea bajó ligeramente la mirada.
Pero no dijo nada.
Gabriel continuó.
—Nadie habla de lo inteligente que es.
De lo fuerte que es.
De todo lo que ha superado.
De cómo me hace sentir.
No.
Todos se quedan en el mismo detalle.
La edad.
Siempre la edad.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Y por primera vez Andrea pareció quedarse sin argumentos.
Porque sabía que había algo de verdad en aquello. Mucho más de lo que quería admitir.
—No es solo la edad.
Murmuró finalmente.
Gabriel arqueó una ceja.
—Entonces explícame qué más es.
Andrea dudó.
Y aquella duda fue reveladora.
Porque la realidad era simple.
La edad sí era el problema.
El único problema.
Y ambos lo sabían.
Finalmente ella suspiró.
—Tengo miedo de que termines lastimado.
Gabriel bajó la mirada.
Y cuando volvió a levantarla, su expresión había cambiado. Ya no estaba molesto.
Solo cansado.
—¿Sabes qué es curioso?
Preguntó.
Andrea frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que nadie parece tener miedo de que ella salga lastimada.
El silencio fue inmediato.
Total.
Porque aquella perspectiva no había cruzado la mente de Andrea.
No realmente.
Gabriel aprovechó.
—Todos asumen que yo soy la víctima potencial. Que yo corro riesgos.
Que yo podría arrepentirme.
¿Y ella?
¿Quién piensa en lo que está arriesgando ella?
Andrea no respondió.
Porque no tenía respuesta.
—Claudia también tiene miedo.
Continuó él.
—También está arriesgando su corazón.
También está exponiéndose a críticas.
También escucha comentarios todos los días.
Y aun así sigue aquí.
Sigue luchando por esto.
Las palabras comenzaron a generar algo incómodo dentro de Andrea.
Una sensación que no le gustaba.
Culpa.
Porque por primera vez estaba observando la situación desde otro ángulo.
Uno que había ignorado por completo.
—Yo no quería hacerle daño.
Murmuró.
Gabriel asintió.
—Lo sé.
Y precisamente por eso te estoy diciendo esto.
Porque eres importante para mí.
Porque quiero que entiendas.
No que estés de acuerdo.
Solo que entiendas.
Andrea permaneció en silencio.
Mirando su taza de café.
Pensando.
Procesando.
Por primera vez desde que conoció la existencia de Claudia. No estaba pensando en números.
Ni en edades.
Ni en diferencias.
Estaba pensando en personas.
Y aquello complicaba mucho más las cosas.
Muchísimo más.
Finalmente levantó la vista.
—¿La amas?
La pregunta fue diferente a todas las anteriores. Más suave.
Más sincera.
Más humana.
Gabriel ni siquiera necesitó pensarlo.
—Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
Sin dudas.
Sin vacilaciones.
Y fue precisamente esa certeza la que terminó afectando a Andrea.
Porque no parecía un capricho.
No parecía una aventura.
No parecía una obsesión pasajera.
Parecía amor.
Simplemente amor.
Y eso era mucho más difícil de combatir.
Muchísimo más difícil.
Cuando la conversación terminó, ninguno había cambiado completamente de opinión.
Andrea seguía preocupada.
Gabriel seguía firme en su decisión.
Pero algo sí había cambiado.
Por primera vez, Andrea comenzó a preguntarse si tal vez estaba juzgando una historia que aún no conocía.
Y mientras tanto...
A varios kilómetros de allí, Claudia recibía una llamada inesperada.
Una llamada que haría que el conflicto creciera todavía más. Porque la persona al otro lado de la línea era alguien de su pasado.
Alguien que creía haber dejado atrás para siempre. Claudia estaba terminando de organizar algunos documentos cuando sonó su teléfono.
Al principio no prestó demasiada atención.
Pensó que sería alguna compañera.
Quizá Patricia.
Tal vez Gabriel.
Pero cuando observó la pantalla, sintió que el corazón daba un pequeño vuelco.
Era él.
Su exesposo.
Durante unos segundos simplemente observó el nombre. Sorprendida.
Porque después de aquella conversación en el café apenas habían intercambiado algunos mensajes cordiales.
Nada más.
Nada que justificara una llamada.
Y mucho menos en mitad de la tarde.
Algo ocurrió.
Aquello fue lo primero que pensó.
Respiró profundamente.
Y respondió.
—¿Hola?
Del otro lado llegó una voz seria.
Más seria de lo habitual.
—Claudia.
Necesito hablar contigo.
Aquella frase confirmó inmediatamente sus sospechas. Algo no iba bien.
—¿Qué pasó?
Hubo un breve silencio.
Y cuando él volvió a hablar, sonó preocupado. —No quiero alarmarte.
Pero creo que deberías saberlo.
El corazón de Claudia comenzó a acelerarse.
—¿Saber qué?
El hombre tomó aire.