SECRETOS QUE NOS SEPARA Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Aquella oportunidad llegó más rápido de lo que esperaba. El domingo, Claudia fue invitada a almorzar en casa de su hermana menor, Patricia.

Era una costumbre familiar que mantenían desde hacía años.

Nada extraordinario.

Solo una reunión sencilla.

Comida.

Conversación.

Familia.

Sin embargo, aquella vez Claudia llegó con una decisión tomada.

Si surgía el tema, diría la verdad.

Sin excusas.

Sin explicaciones innecesarias.

Sin esconderse.

Durante la primera hora todo transcurrió con normalidad. Hablaron de trabajo.

De la salud de algunos familiares.

De los planes para las próximas vacaciones.

Hasta que Patricia sonrió de repente.

Y lanzó una pregunta aparentemente inocente. —¿Y tú?

¿Hay alguien especial?

Claudia sintió que el corazón daba un pequeño salto. Porque allí estaba.

El momento.

Durante años aquella pregunta siempre había tenido la misma respuesta.

No.

Pero ya no.

Esta vez era diferente.

Tomó aire lentamente.

Y respondió.

—Sí.

El silencio fue inmediato.

No incómodo.

Solo sorprendido.

Patricia abrió los ojos.

—¿En serio?

Claudia sonrió.

—Sí.

Su hermana dejó el tenedor sobre la mesa.

Claramente interesada.

—¿Y cuándo pensabas contármelo?

—Hace unos cinco segundos.

Respondió Claudia.

Aquello provocó algunas risas.

Y durante unos instantes todo pareció fácil.

Ligero.

Normal.

Hasta que llegaron las preguntas inevitables.

—¿Cómo se llama?

—Gabriel.

—¿A qué se dedica?

Claudia respondió con naturalidad.

Y cuanto más hablaba de él, más evidente resultaba lo feliz que era.

Patricia lo notó.

Todos lo notaron.

Y precisamente por eso la siguiente pregunta llegó cargada de curiosidad.

—¿Y cuántos años tiene?

El corazón de Claudia volvió a acelerarse.

Porque sabía perfectamente lo que venía después. Durante unos segundos pensó en evitar la respuesta. Pero recordó la promesa que se había hecho.

Nada de esconderse.

Nada de avergonzarse.

—Veintiocho.

La mesa quedó en silencio.

Completamente.

Patricia parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Como si creyera haber escuchado mal.

—¿Veintiocho?

Claudia asintió.

Y entonces llegó la reacción que había temido.

No un grito.

No una discusión.

Algo mucho más incómodo.

La desaprobación.

Aquella expresión que aparece cuando alguien intenta no juzgarte...

Pero lo hace igualmente.

—Claudia...

Murmuró Patricia.

—Eso es mucha diferencia.

Allí estaba.

Exactamente donde siempre terminaban las conversaciones. La edad.

Siempre la edad.

Claudia apoyó los cubiertos sobre el plato.

Y mantuvo la calma.

—Lo sé.

—¿Y no te preocupa?

La pregunta fue sincera.

No cruel.

Pero seguía doliendo.

Porque insinuaba que debía preocuparse.

Que debía dudar.

Que debía cuestionarlo.

—No.

Respondió.

—O al menos intento que no me preocupe.

Patricia la observó durante varios segundos.

Y después dijo algo que atravesó directamente sus defensas. —Solo quiero evitar que salgas lastimada.

Aquellas palabras se parecían demasiado a las de Marta. Demasiado.

Y Claudia sintió una mezcla de frustración y cansancio. Porque nadie parecía preguntarle si era feliz.

Solo si estaba en peligro de sufrir.

—¿Y si soy feliz?

Preguntó suavemente.

Patricia guardó silencio.

—Lo soy.

Continuó Claudia.

—Mucho.

Su hermana bajó la mirada.

Como si aquella respuesta complicara las cosas. Porque era fácil criticar una relación que hacía daño.

Era mucho más difícil criticar una relación que hacía feliz a alguien que amabas.

Aun así, Patricia no parecía convencida.

—Espero que tengas razón.

Murmuró finalmente.

Claudia asintió.

Pero algo dentro de ella se tensó.

Porque comprendió una realidad incómoda.

Los rumores eran molestos.

Las opiniones de desconocidos eran irritantes.

Pero las opiniones de la familia dolían mucho más. Muchísimo más.

Aquella tarde terminó sin discusiones.

Sin enfrentamientos.

Sin dramas.

Pero cuando Claudia regresó a casa, comprendió que acababan de cruzar una nueva etapa.

Ahora ya no eran solo los comentarios de otras personas. Ahora era su propia familia.

Y algo le decía que Patricia no sería la única con dudas. No sería la única con preguntas.

No sería la única que intentaría convencerla de que aquella relación era un error.

Mientras observaba la ciudad desde la ventana de su apartamento, una nueva preocupación comenzó a instalarse en su mente.

Porque si las reacciones ya eran difíciles...

¿Qué ocurriría cuando Gabriel tuviera que enfrentarse a las opiniones de su propia familia?

Y por primera vez en varios días...

El miedo volvió a aparecer.

Pequeño.

Silencioso.

Pero presente.

Durante toda la semana, Gabriel pensó en lo mismo. La relación ya no era un secreto.

Las personas comenzaban a enterarse.

Los rumores crecían.

Las opiniones aparecían por todas partes.

Y aunque intentaba restarles importancia, comprendía que tarde o temprano tendrían que enfrentar algo mucho más difícil.

La familia.

Aquella noche estaban cenando juntos cuando decidió hablar del tema.

—Quiero que vengas conmigo el sábado.

Claudia levantó la vista.

—¿A dónde?

Gabriel sonrió.

Aunque parecía ligeramente nervioso.

—Mi sobrina cumple años.

Habrá una reunión familiar.

El corazón de Claudia se aceleró inmediatamente. Porque entendió lo que aquello significaba.

No era una salida cualquiera.

No era una cita.

Era una presentación.

Una presentación oficial.

—Gabriel...

Él tomó su mano.

—No tienes que hacerlo si no quieres.

Pero me gustaría que estuvieras allí.

Claudia bajó la mirada.

Intentando controlar los nervios.

Porque de repente todas las inseguridades regresaron. Todas.

—¿Tu familia sabe de mí?

Preguntó.

Gabriel sonrió con cierta resignación.

—Algunos sí.

—¿Y qué opinan?

Aquella vez la sonrisa desapareció.

Solo un poco.

Pero fue suficiente.

—La mayoría quiere conocerte antes de opinar. La respuesta parecía correcta.

Demasiado correcta.

Y precisamente por eso Claudia sospechó.

—¿Y los demás?

Gabriel soltó un suspiro.

—No todos están igual de abiertos.

El silencio se instaló entre ellos.

Porque ambos comprendieron inmediatamente lo que significaba.

Y porque ninguno necesitaba escuchar la palabra. Edad.

Siempre terminaban regresando a lo mismo. —¿Quién?

Preguntó Claudia.

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—Mi hermana Andrea.

Aquella respuesta llegó acompañada de una expresión incómoda.

Una expresión que Claudia no había visto antes. —¿No le agrado?

Gabriel negó.

—Ni siquiera te conoce.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Gabriel guardó silencio.

Y eso fue suficiente respuesta.

—La edad.

Murmuró Claudia.

Él asintió lentamente.

—Sí.

Durante varios segundos ninguno habló.

Porque aquello dolía.

Porque era injusto.

Porque una vez más estaban siendo juzgados antes de que alguien se tomara el tiempo de conocerlos.

Finalmente Gabriel volvió a hablar.

—No quiero ocultarte de mi vida.

Aquellas palabras tocaron algo profundo dentro de Claudia.

Porque eran sinceras.

Porque demostraban cuánto significaba ella para él. Porque era exactamente lo contrario a esconderla. Y después de unos segundos, asintió.

—Iré.

La sonrisa de Gabriel apareció inmediatamente.

Y durante un instante ambos decidieron concentrarse en eso.

En la alegría.

En la ilusión.

No en el miedo.

El sábado llegó más rápido de lo esperado.

Y cuando Claudia bajó del automóvil junto a Gabriel, sintió que los nervios regresaban con fuerza.

La casa estaba llena de personas.

Niños corriendo.

Música.

Risas.

Conversaciones.

Una reunión familiar normal.

Y precisamente por eso resultaba tan intimidante. Gabriel entrelazó sus dedos con los de ella.

—Todo irá bien.

Claudia intentó sonreír.

—Eso espero.

Durante los primeros minutos las cosas fueron mejor de lo esperado.

Conoció a varios familiares.

Primos.

Tíos.

Amigos cercanos.

La mayoría fue amable.

Respetuosa.

Incluso cálida.

Y poco a poco comenzó a relajarse.

Quizás se había preocupado demasiado.

Quizás las cosas serían más fáciles de lo que imaginaba. Entonces apareció Andrea.

La hermana de Gabriel.

Y Claudia comprendió inmediatamente quién era. No porque alguien la presentara.

Sino porque la reconoció por la expresión.

Aquella expresión que ya había visto antes.

La misma que había visto en algunas personas desde que comenzó la relación.

La expresión de quien ya tiene una opinión formada. Andrea se acercó.

Sonrió.

Pero la sonrisa no llegó a los ojos.

—Así que tú eres Claudia.

Aquella frase parecía inocente.

Pero algo en el tono hizo que el ambiente cambiara. Gabriel también lo notó.

—Andrea...

Comenzó.

Pero su hermana continuó hablando.

—He oído mucho sobre ti.

Claudia mantuvo la calma.

—Espero que cosas buenas.

Andrea soltó una pequeña risa.

—Depende de a quién le preguntes.

El silencio cayó inmediatamente.

Tenso.

Incómodo.

Peligroso.

Gabriel endureció la mandíbula.

—Andrea.

Basta.

Pero su hermana no parecía dispuesta a detenerse.

Porque llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento.

Demasiado tiempo acumulando opiniones.

Demasiado tiempo convencida de que estaba haciendo lo correcto.

Y entonces dijo las palabras que nadie quería escuchar. —Solo espero que ninguno de los dos termine arrepintiéndose.

La frase golpeó con fuerza.

No por el volumen.

No por la agresividad.

Sino porque estaba cargada de juicio.

De desconfianza.

De rechazo.

Claudia sintió el corazón acelerarse.

Mientras Gabriel daba un paso al frente.

Protector.

Molesto.

Decidido.

Y en ese instante comprendió algo.

Los verdaderos problemas acababan de comenzar. Porque los rumores podían ignorarse.

Los desconocidos podían olvidarse.

Pero cuando la oposición venía de la familia... La batalla era mucho más difícil.

Muchísimo más difícil.