Capítulo 6 #2
Y aquella reacción hizo que algo dentro de Claudia se tensara.
Porque no sonó feliz.
No sonó emocionada.
Sonó preocupada.
—¿Qué pasa?
Preguntó Claudia.
Marta bajó la mirada hacia su taza.
Y durante unos segundos pareció debatirse entre hablar o callar.
Finalmente decidió hablar.
—No quiero que te enfades.
Mala señal.
Muy mala señal.
Porque casi todas las frases que comenzaban así terminaban mal.
—Solo dilo.
Respondió Claudia.
Marta tomó aire.
Y lanzó la pregunta.
—¿Estás segura de que él siente lo mismo que tú? El corazón de Claudia se contrajo.
No porque nunca se lo hubiera preguntado.
Sino porque escuchar la duda en voz alta resultaba mucho más doloroso.
—Sí.
Respondió.
Sin vacilar.
—Estoy segura.
Marta asintió lentamente.
Pero no parecía convencida.
Y eso molestó a Claudia.
Mucho más de lo que esperaba.
—¿Qué intentas decir?
Preguntó.
Su amiga la observó durante varios segundos. Y finalmente habló.
—Que a veces los hombres jóvenes se sienten atraídos por mujeres mayores.
Pero no siempre por las razones correctas.
El silencio cayó entre ambas.
Pesado.
Incómodo.
Doloroso.
Claudia sintió que la irritación comenzaba a crecer. —¿Qué significa eso?
Marta se removió en su asiento.
—Significa que quizás sea algo pasajero.
Una etapa.
Una fantasía.
Una experiencia diferente.
Las palabras golpearon directamente donde más dolía.
Porque atacaban exactamente el miedo que Claudia llevaba semanas intentando controlar.
El miedo a que todo terminara.
El miedo a ilusionarse demasiado.
El miedo a sufrir.
—No conoces a Gabriel.
Respondió.
Intentando mantener la calma.
—No.
Pero conozco a los hombres.
Aquella frase empeoró las cosas.
Porque sonó arrogante.
Y porque reducía toda su relación a un simple estereotipo. —No todos son iguales.
Marta suspiró.
—Lo sé.
Pero tampoco quiero verte sufrir otra vez.
Por un instante, Claudia comprendió que su amiga no estaba intentando hacerle daño.
Estaba intentando protegerla.
A su manera.
Equivocada quizás.
Pero sincera.
Y aun así...
Las palabras seguían doliendo.
Mucho.
—¿Crees que estoy siendo ingenua?
Preguntó.
Marta tardó varios segundos en responder.
Demasiados.
Y ese silencio respondió antes que sus palabras. —Creo que estás enamorada.
Finalmente dijo.
—Y cuando alguien está enamorado a veces deja de ver ciertos riesgos.
Claudia bajó la mirada.
Porque odiaba admitirlo.
Pero aquella conversación había logrado sembrar dudas. Pequeñas.
Molestas.
Persistentes.
No porque desconfiara de Gabriel.
No realmente.
Sino porque el miedo siempre encontraba una forma de colarse.
Siempre.
Marta tomó su mano.
Y habló con más suavidad.
—Solo quiero que tengas cuidado.
Eso es todo.
Claudia asintió.
Aunque ya no estaba segura de qué responder.
La conversación terminó poco después.
Pero las palabras permanecieron.
Acompañándola durante el resto del día.
Y también durante la noche.
Porque cuando regresó a casa...
Volvió a pensar en ellas.
Una y otra vez.
"Quizás sea algo pasajero."
"Quizás sea una fantasía."
"Quizás termine lastimándote."
Intentó apartarlas.
Intentó ignorarlas.
Pero seguían allí.
Como un eco.
Como una herida recién abierta.
Y por primera vez desde que decidió darle una oportunidad a Gabriel...
La inseguridad volvió a aparecer.
No porque él hubiera hecho algo mal.
No porque hubiera dejado de confiar en él.
Sino porque el miedo tiene una forma cruel de disfrazarse de prudencia.
Y aquella noche...
Claudia no pudo evitar preguntarse si estaba construyendo un futuro real.
O simplemente un hermoso sueño que algún día podría terminar.
Durante los días siguientes, Claudia intentó actuar con normalidad.
Sonreía.
Conversaba.
Salía con Gabriel.
Incluso reía.
Pero algo había cambiado.
Y Gabriel lo notó casi de inmediato.
Porque la conocía.
Porque prestaba atención a los detalles.
Porque había aprendido a leer los silencios que ella intentaba esconder.
No era una diferencia enorme.
Era algo sutil.
Una pausa más larga antes de responder.
Una sonrisa que desaparecía demasiado rápido. Una mirada perdida cuando creía que nadie la observaba. Pequeñas cosas.
Pero suficientes.
Aquella tarde habían quedado para caminar por el parque. Un lugar que ya comenzaba a formar parte de su historia. El mismo lugar donde se habían reconciliado.
El mismo lugar donde compartieron aquel primer beso.
Sin embargo, mientras caminaban entre los árboles, Gabriel sintió que ella estaba lejos.
No físicamente.
Emocionalmente.
Y finalmente decidió preguntar.
—¿Qué ocurre?
Claudia lo miró.
—Nada.
Gabriel sonrió con suavidad.
—Esa respuesta nunca significa nada bueno.
Ella soltó una pequeña risa.
Pero la preocupación seguía allí.
Visible.
Gabriel se detuvo.
Y ella también.
Durante unos segundos permanecieron frente a frente. Observándose.
—Háblame.
Pidió él.
La voz tranquila.
Paciente.
Claudia bajó la mirada.
Porque no quería aquella conversación.
Porque le parecía injusta.
Porque el problema no era Gabriel.
El problema eran sus propios miedos.
Pero los miedos ignorados nunca desaparecían. Solo crecían.
—Marta habló conmigo.
Confesó finalmente.
Gabriel arqueó ligeramente una ceja.
—¿Y?
Claudia respiró profundamente.
—Me dijo algunas cosas.
Gabriel no respondió.
Simplemente esperó.
Y aquella paciencia hizo que resultara aún más difícil esconderse.
—Dice que quizás esto sea una etapa para ti. La expresión de Gabriel cambió apenas un instante. No por enojo.
Por decepción.
—Entiendo.
Murmuró.
—Dice que quizá sea algo pasajero.
Una fantasía.
Una experiencia diferente.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Y por primera vez desde que comenzó la conversación, Gabriel apartó la mirada.
Aquello dolió más de lo que Claudia esperaba. Porque no parecía molesto.
Parecía herido.
Y había una gran diferencia entre ambas cosas. Durante unos segundos ninguno habló.
Hasta que Gabriel volvió a mirarla.
Directamente.
Sin evasivas.
—¿Y tú qué piensas?
La pregunta llegó sin adornos.
Sin rodeos.
Sin escapatorias.
Claudia sintió que el corazón se aceleraba.
Porque aquella era la verdadera conversación. No la opinión de Marta.
No los rumores.
No las críticas.
Ellos.
Solo ellos.
—No lo sé.
Respondió honestamente.
Y en cuanto las palabras salieron de su boca, vio el impacto en el rostro de Gabriel.
No una explosión.
No una discusión.
Algo mucho más triste.
Silencio.
Gabriel bajó la mirada durante unos segundos.
Y cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja. Más vulnerable.
—Entonces necesito preguntarte algo.
Claudia sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué?
Gabriel sostuvo su mirada.
Y formuló la pregunta que llevaba días guardando. —¿Confías en mí?
El mundo pareció detenerse.
Porque aquella pregunta era mucho más grande de lo que parecía.
No estaba preguntando si lo quería.
No estaba preguntando si era feliz.
Estaba preguntando algo más profundo.
Más importante.
—Sí.
Respondió ella inmediatamente.
—Entonces, ¿por qué sigues creyendo más en los miedos de otras personas que en lo que has vivido conmigo?
La pregunta golpeó directamente en el centro de sus inseguridades.
Porque era verdad.
Dolorosamente verdad.
Claudia abrió la boca para responder.
Pero no encontró palabras.
Porque no tenía una explicación sencilla.
Porque el miedo rara vez era racional.
Gabriel respiró profundamente.
Y continuó.
—No puedo prometerte que nunca tendremos problemas. No puedo prometerte que todo será perfecto.
Nadie puede hacerlo.
Ella permaneció inmóvil.
Escuchando.
—Pero sí puedo prometerte algo.
Su voz se volvió firme.
Segura.
Sincera.
—Cada día que estoy contigo es una elección.
No una fantasía.
No una aventura.
No una curiosidad.
Una elección.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Claudia.
Porque aquellas palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar.
Y exactamente lo que temía escuchar.
Gabriel dio un paso más cerca.
—La gente cree que por ser más joven no sé lo que quiero. Que estoy confundido.
Que estoy experimentando.
Pero llevo meses luchando por estar contigo.
Meses.
¿Crees que haría todo esto por una fantasía?
Claudia negó lentamente con la cabeza.
Porque no.
No lo creía.
Nunca lo había creído realmente.
Solo había permitido que el miedo hablara demasiado alto. Gabriel tomó sus manos.
Y por primera vez dejó ver completamente su
vulnerabilidad.
—¿Sabes qué imagino cuando pienso en el futuro? La pregunta la sorprendió.
—¿Qué?
Él sonrió suavemente.
Y aquella sonrisa estaba llena de amor. De certeza.
De esperanza.
—Imagino desayunos contigo.
Viajes contigo.
Domingos aburridos contigo.
Peleas tontas contigo.
Películas malas contigo.
Años contigo.
Muchos años.
Las lágrimas escaparon finalmente.
Porque no esperaba aquella confesión. Porque era sencilla.
Porque era real.
Porque no hablaba de sueños imposibles. Hablaba de vida.
De una vida compartida.
Gabriel acarició su rostro.
Y susurró:
—No estoy enamorado de una idea, Claudia. Estoy enamorado de ti.
Exactamente de ti.
Y por primera vez desde que comenzaron los rumores... Desde que aparecieron las dudas...
Desde que el mundo empezó a opinar...
Claudia sintió que el miedo perdía fuerza.
Porque las voces de los demás eran fuertes.
Pero la verdad que acababa de escuchar era mucho más fuerte todavía.
Después de la conversación en el parque, Claudia sintió una tranquilidad que no experimentaba desde hacía semanas.
Las palabras de Gabriel seguían acompañándola. "No estoy enamorado de una idea. Estoy enamorado de ti."
Cada vez que recordaba aquella frase, algo dentro de ella se acomodaba.
Porque era sincera.
Porque era simple.
Porque no intentaba convencerla de nada.
Solo expresaba una verdad.
Y precisamente por eso comenzó a tomar una decisión. No quería seguir escondiéndose.
No quería seguir viviendo aquella relación como si fuera algo vergonzoso.
No lo era.
Gabriel no era un error.
No era un capricho.
No era una aventura.
Era la persona que había logrado devolverle la ilusión cuando creía haberla perdido para siempre.
Y ya era hora de dejar de actuar como si tuviera que pedir disculpas por eso.