Capítulo 6
ENTRE EL MIEDO Y EL AMOR
Durante varios días, Claudia sintió que caminaba dentro de un sueño.
Un sueño tranquilo.
Suave.
Hermoso.
Y precisamente por eso le daba miedo.
Porque las cosas buenas siempre le habían parecido frágiles. Como si pudieran romperse en cualquier momento.
Después de aquel beso en el parque, ella y Gabriel comenzaron a verse con más frecuencia.
Sin esconderse.
Sin las barreras que habían levantado durante semanas. Sin embargo, tampoco habían contado nada a nadie. Aún no.
Era como si ambos quisieran disfrutar primero de aquella felicidad antes de exponerla al mundo.
Aquella tarde caminaron juntos por el centro de la ciudad. Tomados de la mano.
Algo sencillo.
Cotidiano.
Pero para Claudia tenía un significado enorme. Hacía años que no caminaba así con alguien.
Hacía años que no sentía aquella tranquilidad. Gabriel la observó sonreír mientras miraba un escaparate. Y no pudo evitar sonreír también.
—¿Qué?
Preguntó ella.
—Nada.
Mintió.
—Solo me gusta verte feliz.
Claudia sintió calor en el pecho.
Todavía le costaba acostumbrarse.
Todavía le costaba creer que alguien pudiera mirarla de aquella manera.
Con tanta ternura.
Con tanta admiración.
Con tanta certeza.
Continuaron caminando.
Hablando de cosas simples.
Películas.
Libros.
Viajes que soñaban hacer algún día.
Y mientras escuchaba a Gabriel hablar, Claudia se dio cuenta de algo.
No estaba pensando en la edad.
No estaba pensando en el pasado.
No estaba pensando en los problemas.
Solo estaba viviendo el momento.
Y aquello era nuevo.
Muy nuevo.
Llegaron a una pequeña cafetería.
Pidieron café y se sentaron junto a una ventana. La conversación fluía con facilidad.
Como siempre ocurría entre ellos.
Hasta que Gabriel tomó su mano sobre la mesa. Y la observó durante unos segundos.
—¿Puedo preguntarte algo?
Claudia sonrió.
—Depende.
—¿Sigues teniendo miedo?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Porque era demasiado honesta.
Demasiado directa.
Y precisamente por eso decidió responder con la misma sinceridad.
—Sí.
Gabriel bajó la mirada.
Como si aquella respuesta le doliera.
Claudia apretó suavemente su mano.
—Pero ya no es el mismo miedo.
Él volvió a mirarla.
Esperando.
—Antes tenía miedo de sentir algo por ti.
Ahora tengo miedo de perderlo.
La emoción apareció inmediatamente en el rostro de Gabriel.
Porque entendía perfectamente lo que quería decir. Porque él también sentía lo mismo.
Y porque cuando algo importa de verdad, siempre existe el riesgo de sufrir.
Gabriel sonrió.
Y llevó la mano de Claudia hasta sus labios.
Depositando un beso suave sobre sus dedos.
—Entonces estamos igual.
Ella sintió que el corazón se aceleraba.
Y por un instante olvidó todo lo demás.
Las críticas.
La diferencia de edad.
Los prejuicios.
Los problemas que inevitablemente llegarían.
Porque todavía no habían llegado.
Y durante aquel breve momento, solo existían ellos dos. Sin embargo...
A varias mesas de distancia, una mujer observaba discretamente la escena.
Una mujer que conocía a Claudia.
Y que acababa de reconocer perfectamente al hombre que estaba sentado frente a ella.
Su expresión pasó de la sorpresa al desconcierto. Y después al juicio.
Porque algunas personas no tardaban mucho en sacar conclusiones.
Y aquella mujer ya estaba formando las suyas.
Sin que Claudia y Gabriel lo supieran...
La tranquilidad que habían construido comenzaba a resquebrajarse.
Y los primeros rumores estaban a punto de comenzar. Claudia no imaginó que los rumores comenzarían tan rápido.
Ni siquiera habían pasado tres días desde aquella tarde en la cafetería.
Tres días.
Eso fue todo lo que necesitó el destino para recordarles que el mundo siempre tenía una opinión sobre la vida de los demás.
Aquella mañana llegó al trabajo como cualquier otro día. Saludó a sus compañeros.
Organizó algunos documentos.
Preparó café.
Y durante unos minutos creyó que todo transcurriría con normalidad.
Hasta que escuchó su nombre.
No de forma directa.
No de manera evidente.
Fue un comentario.
Un susurro.
Una conversación que se interrumpió demasiado rápido cuando ella apareció.
Y aquello despertó inmediatamente una sensación incómoda.
Una sensación que conocía muy bien.
La sensación de que alguien estaba hablando de ella. Intentó ignorarlo.
Continuó trabajando.
Pero los comentarios se repitieron.
Pequeñas miradas.
Sonrisas extrañas.
Frases incompletas.
Nada concreto.
Nada abierto.
Pero suficiente para hacerla sentir incómoda.
Finalmente, durante la hora del almuerzo, descubrió el motivo.
Una compañera se acercó a ella.
Con esa mezcla de curiosidad y falsa discreción que tanto detestaba.
—Claudia...
¿Puedo preguntarte algo?
Aquella frase ya era una advertencia.
Porque casi nunca terminaba bien.
—Depende.
Respondió.
La mujer sonrió.
Demasiado interesada.
—¿Es verdad que estás saliendo con alguien?
Claudia sintió un pequeño sobresalto.
Pero intentó mantenerse tranquila.
—¿Y quién dice eso?
La mujer dudó.
Solo un instante.
—Bueno...
Algunas personas te vieron el fin de semana.
La respuesta confirmó inmediatamente sus sospechas. La cafetería.
Alguien las había visto.
Alguien había hablado.
Y ahora la historia comenzaba a circular.
Claudia respiró profundamente.
—Sí.
Estoy conociendo a alguien.
La mujer sonrió aún más.
Como si acabara de confirmar el chisme del mes. —Dicen que es mucho más joven que tú. Y allí estaba.
La verdadera pregunta.
No quién era.
No si era feliz.
No si la trataba bien.
La edad.
Siempre la edad.
Claudia sintió una punzada de molestia. Pero mantuvo la calma.
—¿Y eso importa?
La compañera pareció incómoda.
—No.
Bueno...
Ya sabes cómo habla la gente.
Sí.
Claudia lo sabía perfectamente.
Porque la gente siempre hablaba.
Cuando eras demasiado joven.
Cuando eras demasiado mayor.
Cuando estabas sola.
Cuando estabas acompañada.
Siempre encontraban algo.
La conversación terminó pocos minutos después. Pero el malestar permaneció.
Porque ahora sabía que aquello era solo el comienzo. Y lo comprobó esa misma tarde.
Cuando recibió un mensaje de una antigua conocida. Una mujer con la que apenas hablaba dos veces al año. "¿Es verdad que tienes novio?"
Claudia observó la pantalla.
Incrédula.
Y antes de que pudiera responder llegó otro mensaje. "Dicen que es casi veinte años menor."
El corazón le dio un vuelco.
Porque la noticia se estaba extendiendo.
Más rápido de lo que imaginaba.
Más rápido de lo que estaba preparada para enfrentar. Guardó el teléfono.
Intentando convencerse de que aquello no importaba. Intentando convencerse de que no debía afectarle. Pero mentirse era inútil.
Claro que le afectaba.
Porque durante semanas había intentado ignorar las diferencias.
Y ahora el mundo entero parecía empeñado en recordárselas.
Aquella noche se encontró con Gabriel.
Habían quedado para cenar.
Y en cuanto él la vio, notó que algo no iba bien. —¿Qué ocurre?
Preguntó.
Claudia dudó.
Pero finalmente decidió contárselo.
Le habló de los comentarios.
De los mensajes.
De las miradas.
De las preguntas.
Gabriel escuchó todo en silencio.
Sin interrumpirla.
Y cuando terminó...
Sonrió.
Aquello la sorprendió.
—¿Qué tiene de gracioso?
Preguntó.
Gabriel negó con la cabeza.
—Nada.
Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Él apoyó una mano sobre la de ella.
Y respondió con absoluta tranquilidad.
—En que la gente siempre encuentra algo que criticar. Claudia soltó una pequeña risa.
Porque era verdad.
Tan verdad que resultaba ridículo.
—No debería importarme.
Murmuró.
—No.
Respondió Gabriel.
—Pero entiendo que te importe.
Aquella respuesta significó mucho más que cualquier discurso.
Porque no minimizó sus sentimientos.
No intentó convencerla de que ignorara todo. Simplemente la entendió.
Y eso hizo que Claudia se sintiera menos sola. Mucho menos.
Gabriel apretó suavemente su mano.
—Déjame preguntarte algo.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
Él sonrió.
Y habló con una serenidad que la desarmó por completo. —Cuando estamos juntos...
¿Piensas en la diferencia de edad?
Claudia tardó apenas un segundo en responder. —No.
—Yo tampoco.
El silencio que siguió fue breve.
Pero poderoso.
Porque ambos comprendieron algo importante. El problema nunca aparecía cuando estaban juntos. El problema aparecía cuando el resto del mundo opinaba. Cuando los demás decidían qué era correcto.
Qué era aceptable.
Qué debía hacer cada persona con su vida.
Gabriel llevó su mano hasta la mejilla de Claudia. Y la acarició suavemente.
—No voy a dejar que otras personas decidan nuestra historia.
Ella sostuvo su mirada.
Y por primera vez en todo el día sintió que el peso sobre sus hombros disminuía.
Porque quizá los rumores continuarían.
Quizá las críticas aumentarían.
Quizá todavía quedaban muchas pruebas por delante. Pero mientras Gabriel siguiera a su lado...
Tal vez podría enfrentarlas.
Aunque fuera una a la vez.
Los rumores continuaron durante los días siguientes. No eran constantes.
No eran agresivos.
Pero estaban allí.
Como un murmullo permanente.
Como una sombra que seguía a Claudia a todas partes. Algunas personas simplemente sentían curiosidad. Otras parecían divertirse.
Y unas pocas disfrutaban juzgando.
Claudia intentó ignorarlo.
Intentó convencerse de que no importaba.
Pero cada comentario dejaba una pequeña marca. Pequeña.
Casi invisible.
Hasta que llegó la persona cuya opinión sí le importaba. Marta.
Una de sus amigas más antiguas.
Más de quince años de amistad.
Habían compartido momentos difíciles.
Celebraciones.
Pérdidas.
Cambios importantes.
Por eso, cuando Marta la llamó para tomar café, Claudia aceptó sin sospechar nada.
Pensó que sería una reunión normal.
Una conversación entre amigas.
Se equivocaba.
Apenas se sentaron, Marta fue directamente al tema. —Así que es verdad.
Claudia levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Lo de Gabriel.
Aquella respuesta bastó para que entendiera.
Otro más.
Otro comentario.
Otra opinión.
—Sí.
Es verdad.
Marta permaneció unos segundos observándola. Como si estuviera intentando comprender algo. —¿Y estás enamorada?
La pregunta fue tan directa que Claudia tardó un instante en responder.
Pero cuando lo hizo, fue sincera.
—Sí.
Mucho.
Marta suspiró.