Capítulo 7 #4
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. —Y a veces siento culpa por eso.
Claudia sintió el corazón encogerse.
Porque entendía exactamente lo que quería decir. Porque el amor y el dolor a veces coexistían.
Y eso podía resultar insoportable.
—No tienes que elegir.
Susurró.
Gabriel la miró.
Confundido.
—¿Qué?
—No tienes que dejar de amar una cosa para amar otra.
No tienes que dejar de preocuparte por tu madre para construir un futuro.
No tienes que renunciar a ser feliz para demostrar cuánto la quieres.
Las lágrimas escaparon finalmente.
Y esta vez Gabriel no intentó ocultarlas.
Porque estaba cansado.
Porque estaba asustado.
Porque necesitaba escuchar aquello.
Necesitaba creerlo.
Permanecieron varios minutos en silencio.
Tomados de la mano.
Mirando las luces del parque.
Hasta que Gabriel habló nuevamente.
—Quiero pedirte algo.
Claudia sonrió suavemente.
—¿Qué?
Gabriel tomó aire.
Y la observó directamente.
Con una intensidad que hizo que el corazón de Claudia se acelerara.
—Quiero que dejemos de vivir esperando que algo salga mal.
La sorpresa apareció inmediatamente en sus ojos. —Gabriel...
Él negó suavemente con la cabeza.
Y continuó.
—Llevamos meses luchando contra opiniones. Contra miedos.
Contra dudas.
Contra el pasado.
Y estoy cansado de permitir que eso decida por nosotros. Claudia sintió un nudo en la garganta.
Porque sabía exactamente hacia dónde iba aquella conversación.
Y una parte de ella ya estaba temblando.
Gabriel sonrió.
Una sonrisa nerviosa.
Pero llena de amor.
—No estoy diciendo que todo será fácil.
Ni que el futuro esté garantizado.
Solo digo que quiero construirlo contigo.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Claudia.
Porque aquellas palabras eran exactamente lo que llevaba tanto tiempo temiendo escuchar.
Y exactamente lo que necesitaba escuchar.
—¿Qué estás proponiendo?
Susurró.
Gabriel apretó suavemente su mano.
Y respondió:
—Que dejemos de pensar como si esto fuera temporal. Que empecemos a vivir como una pareja de verdad. Sin
La propuesta quedó suspendida entre ellos.
Simple.
Sincera.
Y, sin embargo, enorme.
Porque no estaba hablando de mudarse juntos.
Ni de matrimonio.
Ni de planes concretos.
Todavía no.
Estaba hablando de algo mucho más importante. Dejar de vivir con miedo.
Dejar de actuar como si su historia tuviera fecha de vencimiento.
Claudia permaneció inmóvil.
Observándolo.
Intentando controlar la emoción que comenzaba a crecer dentro de ella.
Durante mucho tiempo había esperado que algo saliera mal. Había esperado el abandono.
La decepción.
El arrepentimiento.
Las críticas.
Siempre preparada para protegerse.
Siempre lista para retroceder.
Y ahora Gabriel le estaba pidiendo exactamente lo contrario. Confiar.
Creer.
Avanzar.
Aunque diera miedo.
Aunque no hubiera garantías.
—Eso me asusta.
Confesó finalmente.
Gabriel sonrió con ternura.
—A mí también.
Aquella respuesta la hizo reír entre lágrimas.
Porque era verdad.
Porque ninguno de los dos era invencible.
Ninguno tenía todas las respuestas.
Ninguno sabía qué ocurriría dentro de cinco años. O dentro de diez.
Pero estaban allí.
Eligiéndose.
Y tal vez eso era suficiente.
—No puedo prometer que nunca volveré a tener miedo. Dijo Claudia.
Gabriel negó suavemente.
—No te lo estoy pidiendo.
Ella lo observó.
Esperando.
—Solo te estoy pidiendo que cuando tengas miedo... No huyas.
Quédate.
Hablemos.
Luchemos juntos.
Las lágrimas comenzaron a caer libremente por las mejillas de Claudia.
Porque nadie le había ofrecido algo así antes.
No una promesa imposible.
No un amor perfecto.
Algo mucho más valioso.
Compañía.
Presencia.
Compromiso.
Gabriel levantó una mano.
Y secó una lágrima de su rostro.
—Te amo.
La confesión llegó de forma tan natural que por un segundo el tiempo pareció detenerse.
Porque aunque ambos lo sabían...
Era la primera vez que lo decía así.
Sin reservas.
Sin miedo.
Sin esconderlo.
Claudia sintió que el corazón se llenaba.
Y respondió sin vacilar.
—Yo también te amo.
Gabriel cerró los ojos un instante.
Como si necesitara escuchar aquellas palabras.
Como si fueran exactamente lo que necesitaba para seguir adelante.
Después sonrió.
Y apoyó su frente contra la de ella.
—Entonces hagamos algo.
—¿Qué?
—Vivamos.
Simplemente vivamos.
La respuesta fue tan sencilla que resultó perfecta. Porque después de todo lo que habían enfrentado... Después de los prejuicios.
Las dudas.
Los fantasmas del pasado.
Y el miedo al futuro.
Quizás eso era exactamente lo que necesitaban. Vivir.
Un día a la vez.
Un paso a la vez.
Sin pedir permiso.
Sin disculparse.
Sin esconderse.
Claudia cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo imaginó el futuro. No con miedo.
No con incertidumbre.
Sino con esperanza.
Y aunque todavía quedaban obstáculos.
Aunque la enfermedad de Elena seguía siendo una amenaza.
Aunque Andrea aún no aceptaba completamente la relación.
Aunque el mundo continuara opinando.
Aquella noche comprendió algo.
El amor no elimina los problemas.
Pero sí puede darte fuerzas para enfrentarlos.
Y mientras Gabriel la abrazaba bajo las luces del parque... Claudia decidió creer en ellos.
De verdad.
Por primera vez.