SECRETOS QUE NOS SEPARA Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Aunque fuera por unas horas.

Terminó entrando en una pequeña librería del centro. Un lugar tranquilo.

Silencioso.

Uno de esos sitios donde siempre encontraba refugio cuando necesitaba escapar del mundo.

Recorrió lentamente los pasillos.

Observando los estantes.

Leyendo títulos.

Intentando concentrarse en cualquier cosa que no fueran sus propios pensamientos.

Por primera vez en varios días comenzó a sentirse un poco más tranquila.

Un poco más ligera.

Hasta que escuchó una voz.

Una voz familiar.

Una voz que reconocería entre miles.

Su corazón se detuvo.

Literalmente.

Durante un segundo dejó de respirar.

Porque sabía perfectamente quién era.

No.

Pensó inmediatamente.

No podía ser.

Pero cuando levantó la mirada...

Allí estaba.

Gabriel.

A unos pocos metros.

Sosteniendo un libro entre las manos.

Mirándola exactamente con la misma sorpresa. Los dos se quedaron inmóviles.

Como si el tiempo hubiera decidido detenerse. Como si el resto de la librería hubiera desaparecido. Durante varios segundos ninguno habló.

Ninguno pareció capaz de hacerlo.

Porque ambos estaban intentando procesar lo que estaba ocurriendo.

Porque ninguno esperaba encontrarse allí.

Porque ninguno estaba preparado.

El corazón de Claudia comenzó a acelerarse.

Y al observar el rostro de Gabriel comprendió que a él le ocurría exactamente lo mismo.

—Hola.

Dijo él finalmente.

La palabra salió apenas como un susurro.

Claudia tragó saliva.

—Hola.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Incómodo.

Doloroso.

Y al mismo tiempo lleno de emociones.

Gabriel la observó cuidadosamente.

Parecía cansada.

Más triste.

Como si aquellos días también hubieran sido difíciles para ella.

Y aquello le rompió el corazón.

Porque esperaba verla mejor.

Esperaba que al menos uno de los dos estuviera sufriendo menos.

Pero evidentemente no era así.

—¿Cómo estás?

Preguntó.

Una pregunta sencilla.

Pero cargada de significado.

Claudia bajó la mirada.

Porque no sabía cómo responder.

¿La verdad?

La verdad era que apenas dormía.

Que pensaba en él constantemente.

Que lo extrañaba.

Que lo amaba.

Y que seguía sintiendo miedo.

Mucho miedo.

—He estado mejor.

Respondió finalmente.

Gabriel asintió.

Comprendiendo perfectamente.

—Yo también.

Aquella sinceridad provocó una pequeña grieta en las defensas de Claudia.

Porque sonó real.

Porque era real.

Porque ambos estaban sufriendo.

Los dos.

No solo ella.

No solo él.

Los dos.

Durante unos segundos permanecieron observándose. Y el mundo volvió a desaparecer.

Las personas.

Los libros.

Los sonidos.

Todo.

Solo existían ellos.

Y la distancia que se había instalado entre ambos. Una distancia que parecía enorme.

Y al mismo tiempo imposible de sostener.

—Leí tu mensaje.

Dijo Claudia de repente.

Gabriel sintió que el corazón se aceleraba.

—Lo imaginé.

Ella jugueteó nerviosamente con el borde de un libro. —Gracias.

La respuesta lo sorprendió.

—¿Gracias?

Claudia asintió lentamente.

—Por no presionarme.

Por darme espacio.

Por entender que necesitaba tiempo.

Gabriel la observó durante varios segundos. Y cuando habló, su voz sonó más suave que nunca. —Porque te amo.

La frase escapó antes de que pudiera detenerla. Antes de que pudiera pensarlo.

Antes de que pudiera medir las consecuencias. Y en cuanto las palabras salieron de su boca... El mundo volvió a quedarse en silencio.

Claudia sintió que el corazón se detenía.

Porque aquella era la primera vez que lo decía. La primera vez.

Y no había ocurrido durante una cena romántica. Ni en un momento perfecto.

Ni bajo circunstancias ideales.

Había ocurrido allí.

En medio del dolor.

En medio de la incertidumbre.

En medio de una historia que parecía empeñada en separarlos.

Y precisamente por eso resultó aún más poderoso. Gabriel la observó.

Esperando.

Sin exigir nada.

Sin pedir una respuesta.

Solo siendo sincero.

Y Claudia comprendió algo.

Aquellas palabras no eran una estrategia. No eran presión.

No eran manipulación.

Eran simplemente la verdad.

La verdad de un hombre que ya no sabía cómo ocultar lo que sentía.

Y por primera vez desde que todo se derrumbó... Claudia sintió que las paredes que había levantado comenzaban a agrietarse.

Muy lentamente.

Pero inevitablemente.

Después de aquella confesión...

Ninguno de los dos habló durante varios segundos. El silencio no era incómodo.

Era intenso.

Profundo.

Como si ambos estuvieran intentando procesar todo lo que acababa de ocurrir.

Claudia seguía mirando a Gabriel.

Y él seguía sosteniendo su mirada.

Sin apartarla.

Sin arrepentirse de lo que había dicho.

Porque era verdad.

La amaba.

Y después de todo lo ocurrido, ya no tenía sentido fingir lo contrario.

Finalmente Claudia dejó escapar un largo suspiro. —No deberías haber dicho eso.

Murmuró.

Gabriel sonrió con tristeza.

—Probablemente.

—Gabriel...

—Pero era verdad.

La respuesta llegó tan rápido que ella no pudo discutirla. Porque lo sabía.

Lo veía en sus ojos.

En su voz.

En la forma en que seguía allí.

A pesar de todo.

—Eso lo hace más difícil.

Susurró Claudia.

Gabriel bajó la mirada por un instante.

—Lo sé.

Y precisamente por eso ya no quiero seguir fingiendo que esto no está pasando.

Claudia sintió un nudo en la garganta.

Porque una parte de ella deseaba exactamente lo mismo. Dejar de huir.

Dejar de fingir.

Dejar de luchar contra lo que sentía.

Pero otra parte seguía aterrada.

—Tengo miedo.

Confesó de repente.

La sinceridad sorprendió incluso a ella misma. Gabriel la observó atentamente.

—¿De mí?

Claudia negó lentamente.

—No.

Y aquella respuesta fue inmediata.

Instintiva.

Porque jamás había tenido miedo de él.

Nunca.

—Entonces, ¿de qué?

Ella tragó saliva.

Intentando encontrar las palabras correctas. —De volver a sufrir.

La respuesta quedó suspendida entre ellos. Dolorosa.

Honesta.

Real.

Gabriel sintió que el corazón se encogía. Porque entendía exactamente lo que quería decir. Más de lo que ella imaginaba.

—Yo no soy él.

Dijo suavemente.

Claudia cerró los ojos.

Porque aquella era precisamente la tragedia.

—Lo sé.

—Entonces mírame.

Ella levantó la vista.

Y encontró los ojos de Gabriel.

Llenos de emoción.

Llenos de vulnerabilidad.

Llenos de amor.

—No soy él.

Repitió.

—Nunca te mentiría.

Nunca te haría daño de esa manera.

Nunca jugaría contigo.

Las lágrimas comenzaron a acumularse nuevamente en los ojos de Claudia.

Porque creía en él.

Realmente creía en él.

Y eso era lo que hacía todo más difícil.

Si fuera un mal hombre...

Sería sencillo alejarse.

Si fuera egoísta...

Sería sencillo olvidarlo.

Si fuera cruel...

Sería sencillo decir adiós.

Pero Gabriel era exactamente lo contrario.

Y por eso dolía tanto.

—No es tan simple.

Susurró.

—Para mí sí.

Respondió él.

La frase la sorprendió.

Gabriel dio un pequeño paso hacia ella.

—Porque yo sé lo que siento.

Y sé que vale la pena luchar por ello.

Claudia sintió que el corazón golpeaba con fuerza. Demasiada fuerza.

—¿Y si no puedo?

Preguntó.

Aquella pregunta salió rota.

Cargada de miedo.

Cargada de inseguridad.

Gabriel permaneció en silencio unos segundos. Y cuando respondió, su voz fue increíblemente suave. —Entonces lo aceptaré.

Las lágrimas escaparon finalmente.

Porque aquella no era la respuesta que esperaba. No era presión.

No era exigencia.

No era una promesa imposible.

Era respeto.

—Pero no voy a rendirme antes de tiempo.

Continuó él.

—No cuando todavía siento que esto puede funcionar. Claudia bajó la mirada.

Intentando contener las emociones.

Intentando respirar.

Intentando no derrumbarse en mitad de aquella librería.

Porque cada palabra de Gabriel derribaba una de sus defensas.

Cada mirada.

Cada gesto.

Cada muestra de cariño.

Y comenzaba a quedarse sin fuerzas para seguir huyendo. Permanecieron en silencio.

Observándose.

Sintiendo.

Recordando.

Hasta que finalmente Claudia habló.