SECRETOS QUE NOS SEPARA Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Como si aquella fuera la respuesta que esperaba. —Entonces el problema no es Gabriel.

El problema es el dolor que todavía llevas dentro. Las palabras quedaron suspendidas entre ellas. Y Claudia sintió que algo se movía en su interior. Porque una parte de ella sabía que Laura tenía razón. Una parte de ella sabía que Gabriel no era responsable. Que jamás le había hecho daño.

Que jamás le había mentido.

Y aun así...

El pasado seguía interfiriendo.

Seguía apareciendo.

Seguía ocupando espacio entre ellos.

—No sé qué hacer.

Confesó finalmente.

Laura tomó su mano.

Y le sonrió con ternura.

—No tienes que decidirlo hoy.

Pero tampoco tomes una decisión basada únicamente en el miedo.

Claudia sintió que las lágrimas amenazaban nuevamente con aparecer.

Porque eso era exactamente lo que estaba haciendo. Tenía miedo.

Miedo de sufrir otra vez.

Miedo de equivocarse.

Miedo de confiar.

Miedo de amar.

Y mientras observaba la taza de café frente a ella...

Comenzó a preguntarse si realmente estaba huyendo de la familia de Gabriel.

O si estaba huyendo de sus propias heridas.

Gabriel regresó a casa al final de la tarde.

El trayecto había sido largo.

No porque la distancia fuera grande.

Sino porque había pasado la mayor parte del camino intentando reunir fuerzas para entrar.

Aquella casa ya no se sentía igual.

Algo había cambiado.

Y sabía que no era la casa.

Era él.

Abrió la puerta.

Y de inmediato percibió el silencio.

Un silencio extraño.

Incómodo.

Como si todos estuvieran esperando algo.

Como si todos caminaran con cuidado para evitar una nueva explosión.

Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor.

Y avanzó hacia la sala.

Su madre estaba sentada leyendo.

O al menos fingiendo leer.

Porque levantó la vista en cuanto escuchó sus pasos. —Hola.

Dijo ella con cautela.

Gabriel respondió con un movimiento de cabeza. Nada más.

La distancia entre ellos era evidente.

Dolorosa.

Y ambos lo sabían.

—¿Cómo estuvo tu día?

Preguntó ella.

Intentando sonar natural.

Intentando recuperar una normalidad que ya no existía. —Bien.

Respondió Gabriel.

La conversación murió allí.

Porque ninguno sabía cómo continuar.

Porque cualquier palabra podía terminar llevándolos nuevamente al mismo tema.

Y ambos estaban agotados.

Sin embargo, el silencio tampoco ayudaba.

Porque cada segundo que pasaba hacía más evidente la tensión.

Finalmente fue su madre quien habló.

—¿Has sabido algo de Claudia?

Gabriel levantó la mirada.

Sorprendido.

La pregunta despertó inmediatamente algo dentro de él. Dolor.

Esperanza.

Preocupación.

Todo al mismo tiempo.

—No.

Respondió.

—No me ha escrito.

La mujer asintió lentamente.

Y la culpa volvió a reflejarse en su rostro.

—Lo siento.

Gabriel cerró los ojos por un instante.

Aquellas palabras comenzaban a perder significado. No porque fueran falsas.

Sino porque ya no bastaban.

Lo ocurrido era demasiado grande para resolverse con una disculpa.

—Yo también.

Murmuró.

En ese momento se escuchó una puerta cerrándose en el fondo de la casa.

Y Gabriel supo inmediatamente quién era.

Su padrastro.

El hombre que ahora veía con otros ojos.

El hombre que ya no podía observar sin recordar a Claudia llorando.

Unos segundos después apareció en la sala.

Y el ambiente se tensó de inmediato.

—Gabriel.

Saludó.

Gabriel respondió apenas con un gesto.

Nada más.

El hombre se detuvo.

Como si entendiera perfectamente lo que estaba ocurriendo. Como si supiera que las cosas nunca volverían a ser iguales. —Necesitamos hablar.

Dijo finalmente.

Gabriel soltó una risa breve.

Sin humor.

—¿Otra vez?

El hombre permaneció en silencio.

—No quiero discutir.

Continuó.

—Solo quiero que entiendas algo.

Gabriel lo observó fijamente.

Esperando.

—Jamás imaginé que terminarías involucrado en algo así. La respuesta hizo que Gabriel apretara la mandíbula. Porque nuevamente parecía una excusa.

Una manera elegante de evitar el verdadero problema. —Pero ocurrió.

Respondió.

—Y ahora todos tenemos que vivir con eso.

El hombre bajó la mirada.

Sin discutir.

Sin defenderse.

Porque sabía que era verdad.

Durante varios segundos nadie habló.

Hasta que Gabriel hizo una pregunta que llevaba horas rondando su cabeza.

—Si pudieras volver atrás...

¿Harías algo diferente?

La pregunta dejó la sala completamente en silencio. Su madre levantó la vista.

Esperando la respuesta.

Y el hombre tardó mucho tiempo en responder. Demasiado tiempo.

—Sí.

Dijo finalmente.

—Muchas cosas.

Gabriel lo observó.

Intentando descubrir si aquellas palabras eran sinceras. Y por primera vez creyó que sí.

Porque vio arrepentimiento.

Arrepentimiento real.

No suficiente para borrar el pasado.

Pero sí suficiente para comprender que el peso de aquella historia también lo perseguía.

—Entonces empieza por reconocer el daño que hiciste. Dijo Gabriel.

—No conmigo.

Con Claudia.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Porque todos sabían que esa conversación aún estaba pendiente.

Y porque todos sabían que tarde o temprano tendría que ocurrir.

Gabriel se giró.

Y comenzó a caminar hacia las escaleras.

Ya no tenía fuerzas para seguir hablando.

Ya no aquella noche.

Pero antes de desaparecer en el segundo piso, se detuvo. Sin mirar atrás.

Y pronunció unas palabras que dejaron a ambos completamente inmóviles.

—Si pierdo a Claudia por culpa de todo esto...

No sé cuánto tiempo me tomará perdonarlos.

Y esta vez el silencio que quedó detrás de él fue mucho más doloroso que cualquier discusión.

La casa estaba en silencio.

Demasiado silencio.

Claudia había regresado de la cafetería hacía más de una hora.

Pero las palabras de Laura seguían dando vueltas en su cabeza.

Una y otra vez.

"El problema no es Gabriel."

Aquella frase la perseguía.

Porque una parte de ella sabía que era verdad.

Y precisamente por eso le resultaba tan difícil aceptarla. Dejó el bolso sobre una silla.

Se preparó una taza de té.

Intentó distraerse con la televisión.

Con un libro.

Con cualquier cosa.

Pero nada funcionó.

Su mente siempre regresaba al mismo lugar.

Al pasado.

Finalmente terminó frente a la caja de recuerdos otra vez. La misma que había abierto la noche anterior. La misma que llevaba años evitando.

Permaneció observándola durante varios segundos. Como si estuviera considerando huir.

Como si todavía pudiera cerrar la tapa y fingir que nada existía.

Pero ya era tarde para eso.

Muy tarde.

Se sentó en el suelo.

Y comenzó a revisar el contenido lentamente. Fotografías.

Cartas.

Entradas de cine.

Pequeños recuerdos de una vida que alguna vez había considerado perfecta.

Tomó una fotografía entre sus dedos.

Una de las primeras.

Ella aparecía sonriendo.

Abrazada a su entonces esposo.

Los dos parecían felices.

Y probablemente lo habían sido.

Eso era lo más complicado de aceptar.

Que no todo había sido mentira.

Que hubo momentos reales.

Momentos buenos.

Momentos que todavía era capaz de recordar con cariño. Aquello hacía que la traición resultara aún más dolorosa.

Porque cuando alguien te engaña desde el principio, es más fácil odiarlo.

Pero cuando también te hizo feliz...

La herida se vuelve más compleja.

Más difícil de entender.

Más difícil de cerrar.

Claudia dejó la fotografía a un lado.

Y tomó una carta.

La letra le resultó familiar inmediatamente.

Habían pasado muchos años.

Pero aún podía reconocerla.

Abrió el papel.

Y comenzó a leer.

Palabras de amor.

Promesas.

Planes para el futuro.

Sueños compartidos.

Cada línea parecía pertenecer a otra vida.

A otra mujer.

Porque la Claudia que escribió aquellas respuestas ya no existía.

La vida la había cambiado.

El dolor la había cambiado.

La decepción la había cambiado.

Y aun así...

Algo dentro de ella seguía sintiendo tristeza.

No por el hombre que había perdido.

Sino por la mujer que había sido.

Por la mujer que creyó en aquellas promesas.

Por la mujer que pensó que el amor era suficiente para proteger una relación.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. Pero esta vez no intentó detenerlas.

Porque estaba cansada de fingir.

Cansada de aparentar que todo estaba superado. Cansada de actuar como si aquellas heridas no existieran. Laura tenía razón.

Parte de su dolor no provenía de Gabriel.

Provenía de ella.

De todas las emociones que había guardado durante años. De todo aquello que nunca enfrentó realmente. Porque sobrevivir no era lo mismo que sanar.

Y quizás ella había sobrevivido.

Pero nunca había terminado de sanar.

Tomó una última fotografía.

Una fotografía que llevaba años evitando mirar. La del día de su boda.

Se quedó observándola durante mucho tiempo. Muchísimo tiempo.

Hasta que finalmente dejó escapar un suspiro. Y comprendió algo.

Algo importante.

Algo que llevaba demasiado tiempo negándose a aceptar.

El hombre de aquella fotografía ya no tenía poder sobre ella.

No realmente.

Lo que seguía teniendo poder era el recuerdo del daño. El miedo.

La desconfianza.

La posibilidad de volver a sufrir.

Y entonces entendió algo todavía más difícil.

Gabriel no representaba el pasado.

Gabriel representaba el futuro.

La posibilidad de volver a amar.

La posibilidad de volver a confiar.

La posibilidad de abrir nuevamente un corazón que había permanecido protegido durante años.

Y eso era exactamente lo que la aterraba.

Porque si volvía a confiar...

También volvía a correr el riesgo de perder.

Claudia secó sus lágrimas lentamente.

Guardó las fotografías.

Las cartas.

Los recuerdos.

Y cerró la caja.

Pero esta vez fue diferente.

Porque por primera vez en muchos años no la cerró para esconder el dolor.

La cerró porque comenzaba a comprenderlo.

Y mientras se levantaba del suelo...

Una pregunta apareció en su mente.

Una pregunta que no logró apartar.

Si el verdadero enemigo no era Gabriel...

Entonces, ¿por cuánto tiempo más iba a seguir huyendo de él?

Tres días. Habían pasado tres días desde la última vez que se vieron. Tres días sin llamadas.

Tres días sin mensajes.

Tres días intentando convencerse de que la distancia era necesaria.

Y tres días descubriendo que era mucho más difícil de lo que imaginaban.

Aquella tarde, Claudia decidió salir de casa.

Necesitaba despejar la mente.

Necesitaba caminar.

Necesitaba dejar de pensar.