Capítulo 3
LA DISTANCIA
Claudia abrió los ojos antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos permaneció inmóvil. Mirando el techo.
Confundida.
Desorientada.
Como si hubiera olvidado dónde estaba.
Como si hubiera olvidado quién era.
Pero entonces los recuerdos regresaron.
Todos.
La casa de Gabriel.
Su madre.
La revelación.
Las lágrimas.
La despedida.
Y aquel mensaje.
"No voy a rendirme contigo."
Claudia cerró los ojos nuevamente.
Intentando escapar.
Intentando volver a dormir.
Pero era imposible.
Porque apenas había dormido unas pocas horas.
Y porque su mente llevaba toda la noche repitiendo las mismas preguntas.
Las mismas dudas.
Los mismos miedos.
Finalmente se incorporó lentamente.
El cuerpo le pesaba.
La cabeza le dolía.
Y el corazón parecía todavía más cansado que el resto. Tomó el teléfono de la mesa de noche.
Lo hizo por costumbre.
Sin pensar.
Sin darse cuenta.
Y en cuanto la pantalla se iluminó, su respiración se detuvo por un instante.
Ningún mensaje nuevo.
Ninguna llamada.
Nada.
La decepción llegó de forma inesperada.
Tan inesperada que la obligó a fruncir el ceño.
Porque ella misma había decidido no responder. Ella misma había ignorado su mensaje.
Ella misma había pedido distancia.
Entonces...
¿Por qué se sentía decepcionada?
¿Por qué una parte de ella esperaba encontrar algo? ¿Por qué una parte de ella deseaba que Gabriel insistiera? La respuesta era sencilla.
Porque lo extrañaba.
Y admitirlo dolía.
Mucho.
Se levantó de la cama.
Intentando ignorar aquella sensación.
Intentando concentrarse en la rutina.
En las tareas del día.
En cualquier cosa que mantuviera su mente ocupada. Pero no funcionó.
Mientras preparaba café pensó en Gabriel.
Mientras abría las cortinas pensó en Gabriel.
Mientras observaba la mañana a través de la ventana pensó en Gabriel.
Estaba en todas partes.
Como si se hubiera instalado dentro de cada pensamiento. Dentro de cada rincón de su vida.
Y aquello era peligroso.
Porque hacía mucho tiempo que nadie ocupaba ese espacio. Muchísimo tiempo.
Tomó una taza de café.
Y caminó hasta la sala.
El teléfono seguía en su mano.
Silencioso.
Inofensivo.
Y aun así parecía tener más poder sobre ella que cualquier otra cosa.
Se sentó en el sofá.
Observando la pantalla apagada.
Y recordó la última vez que lo vio.
La preocupación en sus ojos.
La tristeza.
La forma en que había intentado alcanzarla antes de que se marchara.
Y el corazón volvió a doler.
Porque Gabriel no era culpable.
Esa era la parte más cruel de toda aquella historia. No era culpable.
No había mentido.
No había engañado.
No había traicionado a nadie.
Y aun así estaba pagando por errores que ocurrieron mucho antes de que naciera.
Claudia dejó escapar un largo suspiro.
Y apoyó la taza sobre la mesa.
Necesitaba ser fuerte.
Necesitaba pensar con claridad.
Necesitaba recordar por qué había tomado distancia. Porque si seguía escuchando únicamente a su corazón... Terminaría corriendo hacia él.
Y ahora mismo no estaba segura de que eso fuera lo correcto.
Sin embargo...
Mientras observaba nuevamente la pantalla de su teléfono... Una verdad comenzó a abrirse paso dentro de ella. Una verdad que no quería aceptar.
Una verdad que la aterraba.
Porque significaba que el problema ya no era el pasado. El verdadero problema era que seguía enamorada. Y quizá...
Más de lo que había imaginado.
Gabriel tampoco había dormido.
O al menos no de verdad.
Había pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama.
Mirando el techo.
Revisando el teléfono.
Esperando una respuesta que nunca llegó.
Cuando finalmente amaneció, seguía despierto. Con la misma ropa.
Con el mismo cansancio.
Y con la misma preocupación instalada en el pecho. Tomó el teléfono de la mesa de noche.
Abrió la conversación con Claudia.
Y volvió a leer el último mensaje.
El suyo.
"No voy a rendirme contigo."
Nada más.
Y ninguna respuesta debajo.
Ninguna señal.
Ninguna palabra.
Durante unos segundos sintió la tentación de escribirle otra vez.
Solo una línea.
Solo un saludo.
Solo para saber cómo estaba.
Pero se obligó a detenerse.
Porque la conocía.
Sabía que estaba herida.
Sabía que necesitaba espacio.
Y si realmente la amaba...
Debía respetarlo.
Aunque le costara.
Aunque cada minuto se sintiera eterno.
Se levantó de la cama.
Intentó prepararse para el día.
Pero todo parecía más difícil.
Más lento.
Más pesado.
Incluso el café sabía diferente.
Nada lograba distraerlo.
Nada lograba apartar a Claudia de su mente.
Mientras desayunaba recordó la primera vez que la hizo reír.
Aquella tarde en la cafetería.
La forma en que ella había intentado parecer seria. Y cómo terminó soltando una carcajada.
Recordó la emoción que sintió entonces.
Y comprendió algo.
No era solo amor.
Era admiración.
Respeto.
Compañerismo.
Todo aquello que había construido junto a ella. Por eso no podía rendirse.
No después de todo lo que compartían.
No después de todo lo que sentían.
No después de descubrir una conexión que nunca había encontrado con nadie más.
El sonido de una notificación lo hizo reaccionar. Miró el teléfono de inmediato.
El corazón acelerado.
Pero no era Claudia.
Era un mensaje del trabajo.
La decepción llegó tan rápido que incluso le molestó consigo mismo.
Porque se estaba comportando como un adolescente. Esperando una llamada.
Esperando un mensaje.
Esperando cualquier cosa.
Y aun así no podía evitarlo.
Porque Claudia se había convertido en una parte importante de su vida.
Una parte que ahora parecía estar alejándose. Gabriel apoyó los codos sobre la mesa.
Y tomó una decisión.
No la presionaría.
No la perseguiría.
No intentaría obligarla a hablar.
Pero tampoco desaparecería.
No iba a fingir que no existía.
No iba a alejarse solo porque las cosas se habían complicado.
Porque el amor también se demostraba permaneciendo. Esperando.
Luchando cuando valía la pena.
Y Claudia valía la pena.
Más que nadie.
Tomó nuevamente el teléfono.
Abrió su conversación.
Leyó una vez más el mensaje enviado.
Y después bloqueó la pantalla.
No escribiría nada más.
Al menos por ahora.
Pero una cosa estaba completamente clara.
Le daría tiempo.
Le daría espacio.
Le daría todo lo que necesitara.
Sin embargo...
No pensaba renunciar a ella.
No pensaba aceptar que aquello terminara de esa manera.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, estaba seguro de algo.
Amaba a Claudia.
Y algunas personas son demasiado importantes para dejarlas ir sin luchar.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Claudia también sostenía su teléfono entre las manos.
Pensando exactamente en la misma persona.
Sin saber que ambos estaban viviendo la misma batalla. El mismo miedo.
Y la misma esperanza.
Claudia llevaba toda la mañana intentando concentrarse. Intentando trabajar.
Intentando actuar como si todo estuviera bien. Pero era inútil.
Su mente seguía atrapada en el mismo lugar.
En la misma casa.
En la misma tarde.
En la misma revelación.
Por eso no le sorprendió demasiado cuando sonó el teléfono.
Lo que sí la sorprendió fue el nombre que apareció en la pantalla.
Laura.
Durante unos segundos dudó.
Pero finalmente respondió.
—Hola.
—¿Qué te pasa?
Claudia frunció el ceño.
—¿Perdón?
—No me engañas.
Replicó Laura.
—Te conozco demasiado bien.
Y tu voz suena horrible.
Claudia cerró los ojos.
Normalmente habría inventado una excusa.
Algo sencillo.
Algo que evitara preguntas.
Pero aquella mañana estaba demasiado cansada para fingir. —¿Podemos vernos?
Preguntó.
El silencio al otro lado de la línea duró apenas un segundo. —Claro.
¿Qué ocurrió?
—Prefiero contártelo en persona.
Laura no insistió.
Y eso hizo que Claudia sintiera un poco de alivio. Una hora después estaban sentadas en una cafetería. La misma donde tantas veces habían compartido secretos. Problemas.
Y momentos importantes.
Laura observó a Claudia apenas llegó.
Y se preocupó de inmediato.
Tenía los ojos cansados.
La expresión triste.
Y parecía llevar encima el peso del mundo.
—Ahora sí.
Dime qué pasó.
Claudia bajó la mirada.
Tomó aire.
Y durante unos segundos no supo por dónde empezar. Porque la historia era tan absurda.
Tan increíble.
Tan cruel.
Que ni ella misma terminaba de creerla.
Finalmente comenzó a hablar.
Le contó sobre la visita.
Sobre la madre de Gabriel.
Sobre el reconocimiento inmediato.
Sobre la mujer que años atrás había sido la amante de su esposo.
Laura permaneció completamente inmóvil.
Escuchando.
Procesando.
Intentando comprender.
Y cuando Claudia terminó...
La sorpresa era evidente en su rostro.
—Dios mío.
Fue lo único que pudo decir.
Claudia soltó una risa amarga.
—Exactamente.
Laura apoyó una mano sobre la mesa.
Todavía intentando asimilar todo.
—¿La madre de Gabriel es esa mujer?
Claudia asintió.
—Sí.
—¿Y siguen juntos?
—Sí.
Laura se quedó sin palabras.
Porque aquello parecía sacado de una novela.
Una coincidencia imposible.
Una de esas historias que nadie creería si no fueran reales. —Ahora entiendes por qué me fui.
Dijo Claudia.
Laura asintió lentamente.
—Sí.
Lo entiendo.
Y sinceramente...
Yo también habría salido corriendo.
Aquella respuesta provocó una pequeña sonrisa triste en Claudia.
Porque era exactamente lo que necesitaba escuchar. Comprensión.
No juicios.
No presión.
Solo comprensión.
Permanecieron en silencio durante unos segundos. Hasta que Laura habló nuevamente.
—Pero Gabriel no es ellos.
Claudia sintió un nudo en la garganta.
Porque sabía que esa conversación llegaría.
Tarde o temprano.
—Lo sé.
Respondió.
—Entonces, ¿por qué parece que estás castigándolo? La pregunta dolió.
Porque tocaba una verdad incómoda.
Una verdad que llevaba intentando evitar desde la noche anterior.
—No lo estoy castigando.
—¿No?
Laura arqueó una ceja.
—Porque desde aquí parece exactamente eso. Claudia bajó la mirada.
—No es tan simple.
—Nunca lo es.
Laura se inclinó un poco hacia adelante.
—Pero dime algo.
Si hubieras conocido a Gabriel antes de descubrir todo esto...
¿Lo amabas?
La respuesta llegó inmediatamente.
Sin pensar.
Sin dudar.
—Sí.
—¿Y hoy?
Claudia sintió que el corazón le dolía.
Porque tampoco necesitó pensar.
—También.
Laura asintió.