Capítulo 2 #3
Aquella forma de mirar el mundo.
Recordó todas las conversaciones.
Todas las risas.
Todos los momentos que habían compartido.
Y sintió un vacío terrible.
Porque ahora comprendía que podía perderlo todo.
Aparcó el automóvil frente a un mirador que solía visitar cuando necesitaba pensar.
Apagó el motor.
Y permaneció sentado en silencio.
Observando las luces lejanas de la ciudad.
La noche parecía tranquila.
Pero dentro de él había una tormenta.
Sacó el teléfono.
Lo observó durante varios segundos.
El nombre de Claudia seguía allí.
Tan cerca.
Y al mismo tiempo tan lejos.
Abrió la conversación.
Leyó los últimos mensajes.
Las últimas bromas.
Los últimos planes.
Los últimos sueños compartidos.
Y el dolor volvió a instalarse en su pecho.
Porque apenas unas horas antes estaban imaginando un futuro juntos.
Y ahora ni siquiera sabía si volvería a verla.
Apoyó la cabeza contra el asiento.
Cerró los ojos.
Y por primera vez desde que comenzó toda aquella pesadilla...
Sintió miedo.
Miedo de verdad.
No miedo al rechazo.
No miedo a una discusión.
No miedo a una crisis pasajera.
Miedo a perderla.
Miedo a que aquella historia terminara antes de haber comenzado realmente.
Tomó nuevamente el teléfono.
Escribió un mensaje.
Lo leyó.
Y lo borró.
Volvió a escribir.
Lo borró otra vez.
Nada parecía suficiente.
Nada parecía correcto.
¿Cómo se supone que debía hablarle después de todo aquello?
¿Cómo se supone que debía pedirle que se quedara? ¿Cómo podía pedirle que luchara por ellos cuando el dolor que sentía era tan real?
Las preguntas se acumulaban.
Y ninguna tenía respuesta.
Finalmente dejó escapar un largo suspiro.
Miró la pantalla una última vez.
Y comenzó a escribir de nuevo.
Esta vez no borró las palabras.
Porque eran las únicas que realmente importaban. Las únicas que nacían directamente de su corazón. Las únicas que sabía con absoluta certeza.
Cuando terminó de escribir...
Permaneció observando el mensaje durante varios segundos.
Y después presionó enviar.
Sin saber si Claudia lo leería.
Sin saber si respondería.
Sin saber siquiera si todavía tenía un lugar en su vida. Pero sabiendo una cosa.
No estaba dispuesto a rendirse.
No todavía.
Claudia no recordaba cómo había llegado a casa. Había conducido en automático.
Como si su cuerpo supiera el camino mientras su mente permanecía atrapada en otro lugar.
En otro tiempo.
En otra vida.
Aparcó frente a la casa.
Apagó el motor.
Y permaneció sentada durante varios minutos. Inmóvil.
Mirando hacia ninguna parte.
Intentando recuperar el control.
Intentando convencer a su corazón de que dejara de doler. Pero era imposible.
Porque el pasado acababa de abrir una herida que nunca terminó de cerrar.
Finalmente salió del automóvil.
Las piernas le pesaban.
Como si hubiera recorrido cientos de kilómetros. Como si llevara décadas caminando.
Entró en la casa.
Y el silencio la recibió.
Un silencio familiar.
Un silencio que durante años había aprendido a soportar. Pero que aquella noche se sentía diferente.
Más frío.
Más vacío.
Más cruel.
Dejó el bolso sobre una mesa.
Se quitó los zapatos.
Y caminó lentamente hasta la sala.
Allí permaneció de pie.
Observando todo.
Los muebles.
Las fotografías.
Los recuerdos de una vida que había reconstruido con enorme esfuerzo.
Una vida que ahora parecía tambalearse.
Porque había vuelto a encontrarse con los fantasmas que creyó enterrados.
Sus ojos se detuvieron en una caja que llevaba años guardada en un estante.
Una caja que rara vez abría.
Una caja que contenía recuerdos que había decidido conservar.
No porque quisiera revivirlos.
Sino porque formaban parte de su historia.
De su supervivencia.
De la mujer en la que se había convertido.
Se acercó lentamente.
Tomó la caja.
Y la llevó hasta el sofá.
Durante varios segundos permaneció observándola. Sin atreverse a abrirla.
Pero finalmente lo hizo.
Dentro había fotografías.
Cartas.
Recuerdos.
Fragmentos de una vida que alguna vez creyó eterna. Tomó una fotografía.
Y allí estaba.
Más joven.
Sonriendo.
Tomada de la mano del hombre que entonces era su esposo. Por un instante apenas lo reconoció.
Porque ya no era el mismo hombre que vivía en sus recuerdos.
Ni ella era la misma mujer.
Habían pasado demasiados años.
Demasiadas cosas.
Demasiado dolor.
Otra fotografía apareció entre sus dedos.
Una cena.
Un viaje.
Un aniversario.
Momentos felices.
Momentos reales.
Y eso era lo que más dolía.
Porque no todo había sido una mentira.
Hubo amor.
Hubo felicidad.
Hubo sueños.
Y precisamente por eso la traición había sido tan devastadora.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Silenciosas.
Lentas.
Imposibles de detener.
Entonces apareció otro recuerdo.
Gabriel.
Su sonrisa.
Sus mensajes.
Su forma de mirarla.
La manera en que la hacía sentir viva nuevamente. Y el dolor cambió.
Porque ahora no solo estaba llorando por el pasado. También estaba llorando por el presente.
Por el miedo de perder algo hermoso.
Por el miedo de perderlo a él.
Cerró los ojos.
Y apoyó una mano sobre el pecho.
Intentando contener aquella tormenta de emociones. Intentando encontrar una respuesta.
Pero no había respuestas.
Solo preguntas.
Preguntas que la perseguían desde que salió de aquella casa.
¿Podía seguir amando a Gabriel después de lo ocurrido? ¿Podía separar al hombre del que se había enamorado de la familia a la que pertenecía?
¿Podía confiar nuevamente en el destino después de una coincidencia tan cruel?
¿Podía permitirse ser feliz?
La última pregunta fue la más difícil.
Porque no estaba segura de conocer la respuesta. Y eso era lo que más miedo le daba.
Sobre la mesa, el teléfono permanecía en silencio. Todavía.
Pero algo dentro de ella sabía que no tardaría mucho en sonar.
Porque conocía a Gabriel.
Y sabía que él no se rendiría fácilmente.
No cuando se trataba de las personas que amaba.
Y esa certeza hizo que las lágrimas volvieran a llenar sus ojos.
Porque una parte de ella deseaba que siguiera luchando. Mientras otra parte solo quería huir.
Muy lejos.
De él.
De su familia.
Y de todo el dolor que acababa de regresar a su vida. La casa permanecía en silencio.
Un silencio profundo.
Pesado.
Solo interrumpido por el sonido ocasional de algún automóvil pasando a lo lejos.
Claudia seguía sentada en el sofá.
La caja de recuerdos abierta frente a ella.
Las fotografías esparcidas sobre la mesa.
Y el corazón completamente desordenado.
Había intentado dejar de pensar.
Intentado dejar de recordar.
Intentado dejar de sentir.
Pero aquella noche nada parecía funcionar.
Los recuerdos seguían llegando.
Uno tras otro.
Sin descanso.
Sin compasión.
Entonces el teléfono vibró.
El sonido la sobresaltó.
Su corazón dio un salto inmediato.
Porque supo quién era incluso antes de mirar la pantalla. Gabriel.
Durante unos segundos permaneció inmóvil. Observando el teléfono.
Sin tocarlo.
Sin acercarse.
Como si abrir aquel mensaje pudiera cambiarlo todo.
Como si las palabras que encontrara allí fueran demasiado peligrosas.
Finalmente tomó el teléfono.
Y vio su nombre.
Aquello fue suficiente para que una nueva punzada atravesara su pecho.
Porque lo amaba.
Y precisamente por eso dolía tanto.
Abrió el mensaje lentamente.
Las manos le temblaban.
Los ojos comenzaron a recorrer las palabras.
Y entonces leyó.
"No voy a rendirme contigo."
Nada más.
Una sola frase.
Una frase sencilla.
Pero cargada de significado.
Claudia cerró los ojos.
Porque aquello era exactamente lo que esperaba de él. Y exactamente lo que temía.
Gabriel siempre luchaba por lo que amaba.
Siempre.
Era una de las cosas que más admiraba de él.
Y también una de las razones por las que sabía que aquello sería tan difícil.
Porque él no iba a desaparecer.
No iba a aceptar la distancia fácilmente.
No iba a dejarla marchar sin intentar alcanzarla. Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos.
Y durante un instante permitió que una pequeña sonrisa apareciera.
Triste.
Dolorosa.
Pero sincera.
Porque incluso en medio del caos...
Aquellas palabras habían logrado tocar su corazón. Miró la pantalla durante varios minutos.
Pensando en una respuesta.
Pensando en cien respuestas.
Escribió una.
La borró.
Escribió otra.
La volvió a borrar.
Nada parecía correcto.
Nada parecía suficiente.
Porque no sabía qué decir.
No sabía qué prometer.
No sabía qué decisión iba a tomar.
Y no quería darle falsas esperanzas.
No cuando ella misma estaba perdida.
Finalmente bloqueó el teléfono.
Y lo dejó sobre la mesa.
Sin responder.
No porque quisiera herirlo.
No porque hubiera dejado de amarlo.
Sino porque necesitaba tiempo.
Necesitaba entender sus propios sentimientos.
Necesitaba descubrir si el amor era capaz de sobrevivir a una verdad tan devastadora.
En otra parte de la ciudad.
Gabriel observaba la pantalla de su propio teléfono. Esperando.
Esperando una respuesta.
Una señal.
Cualquier cosa.
Pero los minutos pasaban.
Y nada llegaba.
Aun así, no apartó la mirada.
Porque en el fondo seguía teniendo esperanza.
La misma esperanza que lo había acompañado desde que conoció a Claudia.
La esperanza de que aún no fuera demasiado tarde. La esperanza de que todavía existiera una oportunidad para ellos.
Y mientras ambos permanecían despiertos en distintos lugares de la ciudad...
Pensando el uno en el otro...
Sin poder dormir...
Sin poder olvidar...
Sin saber qué les deparaba el futuro...
Una pregunta comenzó a instalarse en sus corazones. La misma pregunta.
La única que realmente importaba.
¿Puede el amor sobrevivir cuando el pasado se niega a morir?