Capítulo 26
Vera
El helicóptero quedó inservible en el agua, así que la Guardia Costera ha recogido a Ethan en una lancha y lo trae de vuelta por mar, despacio, bordeando una costa que esta tarde ha estado a punto de quedárselo.
Bruno sobrevuela la embarcación todo el trayecto, como un perro que no se fía de soltar la presa, dando posiciones cada pocos minutos con una voz que finge normalidad y no engaña a nadie.
Yo espero en el muelle. Nora me dijo que esperara dentro. Le dije que no con una sola mirada y, por una vez, no insistió.
Cuando la lancha entra por fin en la bocana del puerto, ya ha caído la noche y las farolas dibujan charcos de luz amarilla sobre el agua negra.
Distingo su silueta antes que su cara. Sentado, no tumbado.
Eso es lo primero que registro, con el alivio salvaje de quien lleva dos horas imaginando lo contrario.
Sentado significa consciente. Consciente significa que está vivo de verdad, no apenas sostenido por un milagro médico.
Amarran la lancha y entonces lo veo bien.
El alivio se me mezcla con algo mucho peor.
Tiene un corte feo en la frente, mal tapado con una gasa que la sal ha teñido de rosa.
Lleva el brazo izquierdo pegado al cuerpo, sujeto contra el pecho de una forma que conozco: hombro.
Está empapado, tiritando, con los labios de un color que no me gusta y esa palidez de quien ha perdido más calor del que un cuerpo puede permitirse.
Pero está entero.
Sube al muelle rechazando la camilla con un gesto de la mano buena, terco hasta cuando debería estar preocupado por seguir de pie. Me busca con los ojos, me encuentra y hace lo de siempre: intenta sonreír.
—Te dije que volvería —dice, con la voz rota por el frío.
No le contesto. No puedo. Llevo dos horas conteniendo un océano y acabo de descubrir que los diques solo aguantan mientras hay algo que sostener. Él acaba de aparecer entero por esa bocana, ya no queda nada que sostener y el océano viene.
Cruzo el muelle. No corro; camino muy deprisa, con las piernas raras. Cuando llego a su lado, no me lanzo a abrazarlo porque tiene el hombro mal y una parte remota de mi cerebro todavía funciona. Le pongo las dos manos en la cara, en esa cara helada, cortada, cabezota, viva. Y me rompo. Del todo.
Ahí, en el muelle, delante de Nora, de los sanitarios, de Bruno, que acaba de aterrizar y viene corriendo, delante de media isla si hiciera falta.
Lloro como no me permito llorar nunca. Con ruido.
Con vergüenza. Con toda el agua que no solté durante los quince minutos de estática saliendo ahora de golpe, porque ya es seguro, porque ya está aquí, porque el cuerpo ha esperado a tenerlo delante para permitirse el lujo de desmoronarse.
—Eh —murmura él—. Eh, estoy aquí.
—Cállate.
—Vera…
—Cállate. Llevo dos horas oyendo estática con tu nombre encima. Ahora me toca a mí decidir cuándo hablas.
Se calla. Con la mano buena me sujeta la nuca y apoya su frente helada contra la mía, con cuidado del corte. Nos quedamos así, dos desastres empapados en un muelle, mientras a nuestro alrededor el mundo sigue funcionando con la discreción de quien sabe que hay momentos que no son suyos.
Los sanitarios ganan la batalla de la camilla media hora después.
Hombro dislocado, no roto. Se lo recolocan allí mismo; oigo el sonido y el gruñido que suelta y tengo que salir de la carpa para no vomitar.
Corte en la frente, cinco puntos. Principio de hipotermia.
Agotamiento. Un cóctel que a cualquier persona normal la tendría una semana en cama y que a él, lo sé, lo tendrá volando dentro de tres días.
Me dejan entrar cuando ya está seco, con una manta térmica, el brazo en cabestrillo y mejor color. Vivo. Insultantemente vivo. Me siento en el borde de la camilla y, durante un rato, ninguno dice nada.
—Fue una encerrona —digo al fin, porque necesito entenderlo—. Te esperaban.
—Sabían que iríamos. Sabían el día, la hora, el punto. —Su voz suena plana, y esa planicie me asusta más que el corte—. Alguien les dijo exactamente lo que íbamos a hacer, Vera. Y solo lo sabíamos nosotros.
El frío que me sube por la espalda no tiene nada que ver con la ropa mojada.
—Eso significa…
—Que hay una filtración. Dentro. Cerca. —Cierra los ojos un segundo—. Ya lo pensaba. Hoy lo sé.
No digo el nombre que se me pasa por la cabeza.
No digo ningún nombre, porque estoy demasiado cansada, él demasiado herido y hay verdades que no se pueden mirar de frente a las once de la noche después de casi morir.
Pero lo archivo, como archivo todo. Entonces Ethan hace la cosa que menos me espero: aparta la vista.
—Deberías irte de la isla —dice.
Al principio creo que no lo he oído bien.
—¿Qué?
—Claudia te da hasta el viernes. Vete antes. Publica desde fuera, con lo que tienes, protegida. Yo me quedo, saco a la gente, te mando lo que falte. Pero tú, fuera.
Me quedo mirándolo.
—¿Me estás echando?
—Te estoy sacando de la línea de fuego. Hoy me buscaban a mí. Mañana pueden buscarte a ti de nuevo. Ya lo intentaron una vez, en el espigón. —Traga—. No puedo hacer esto y, a la vez, tener miedo por ti a cada minuto. Me equivoco cuando tengo miedo. Y hoy no me puedo permitir equivocarme.
Y ahí lo entiendo. No es rechazo. Es la batería otra vez.
Es el mismo hombre que me mandó al pueblo a por una pieza que no hacía falta, ahora con una versión más grande y mejor argumentada, decidiendo por mí lo que es bueno para mí desde el convencimiento de que me protege.
Solo que esta vez sé exactamente qué hacer con eso.
—No —digo.
—Vera.
—No, Ethan. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez y estoy demasiado cansada para repetirlo sin sonar desagradable.
Me inclino sobre él.
—Esta tarde tú te has subido a un helicóptero sabiendo que podía ser una trampa y has ido igual, porque hay gente ahí fuera que te necesita y porque eso es lo que eres.
Yo me he quedado en tierra oyendo cómo se cortaba tu voz y he descubierto que se puede morir de pie, con una taza fría en la mano, sin un rasguño.
Y, aun así, cuando ha vuelto tu señal, ¿sabes lo que he pensado?
No contesta.
—He pensado: «Me quedo». No «qué alivio, ya puedo irme». Me quedo. Elegí quedarme en el peor momento posible, con toda la información delante, sabiendo el precio.
Le pongo un dedo en el pecho, sobre la manta.
—Así que no te atrevas a hacer conmigo lo que odiarías que hicieran contigo. No me apartes «por mi bien». No decidas por mí desde una camilla. Yo también he elegido correr hacia el problema. La diferencia es que mi problema eres tú.
Se queda callado mucho rato. Cuando habla, la voz le sale distinta, más baja, rendida de una manera que no tiene nada que ver con el agotamiento.
—Se me da fatal que me cuiden —dice.
—Lo sé. Se te nota.
—Llevo toda la vida siendo el que saca a la gente. No el que espera a que lo saquen.
—Pues ve acostumbrándote. Porque no me voy a ninguna parte y tú acabas de dislocarte un hombro haciéndote el héroe, así que durante unos días el que va a estar en la camilla eres tú y la periodista terca soy yo.
Algo se le afloja en la cara. Por primera vez desde que ha vuelto, la sonrisa que intenta le sale de verdad. Pequeña. Cansada. Suya.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmura.
—Sorpréndeme.
—Que me gusta.
—¿El qué?
—Que haya alguien tan empeñado en cuidarme que no acepte un no. Llevo muchos años sin que a nadie le importara lo suficiente como para pelearse conmigo por mi propio bien.
Le cojo la mano buena.
—Pues acostúmbrate a eso también.
Fuera, la lancha de la Guardia Costera ya se ha ido. Bruno ronda por la base sin querer irse a dormir, fingiendo revisar material que no necesita revisión. Nora sigue despierta en coordinación, cruzando datos, buscando por dónde se ha filtrado lo que solo sabían ellos.
Hay una traición en alguna parte. Mañana habrá que mirarla de frente.
Pero esta noche me quedo en el borde de una camilla, sujetando la mano de un hombre que ha vuelto por los pelos, viéndolo pelear contra el sueño porque no se fía de cerrar los ojos, hasta que por fin los cierra. Y velo yo. Por una vez, velo yo.
Él lleva dos años sin dormir por miedo a que sonara una puerta. Esta noche puede dormir, porque hay alguien despierto a su lado, contando su respiración, decidida a no dejar que nada se lo lleve.
Por una vez, el sitio al que quería volver también sabe montar guardia.