Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Pérdida de señal

Vera

L a primera vez que quieres a alguien que puede no volver, no lo sabes.

La segunda vez ya lo sabes. Y es mucho peor.

Amaneció tarde, como él quería, pero amaneció.

Y con la luz llegó lo que yo sabía que iba a llegar, porque me lo había avisado él mismo de madrugada, con la honestidad brutal que gasta cuando no quiere hacerme daño y aun así me lo hace.

Una radio. No en mitad de la noche, esta vez, sino a las nueve de la mañana, con el café todavía caliente y su chaqueta todavía en el respaldo de mi silla. Pero una radio, al fin y al cabo. Nora fue escueta:

—Tenemos ventana. Traslado confirmado para esta tarde, a sotavento del faro. Si queremos cortarlo, es hoy.

Y vi pasar por su cara el cambio que ya conozco de memoria. El hombre que me había velado el sueño desapareció y apareció el otro. El piloto.

—Tengo que ir —dijo.

—Lo sé.

—Vera…

—No lo digas. No me pidas que te diga que no pasa nada, porque sí pasa. Pero ve. Es lo que eres. Y no pienso ser la mujer que te pida que dejes de serlo.

Me sujetó la cara con las dos manos. No hizo ninguna broma.

—Voy a volver —dijo.

—No prometas eso.

—No lo prometo. Lo digo. Es distinto.

Y se fue con su chaqueta, su moneda y esa espalda ancha que sabe cruzar puertas hacia el peligro sin mirar atrás, porque mirar atrás es lo único que no puede permitirse.

Yo me quedé con el café enfriándose entre las manos y una certeza nueva instalándoseme en el pecho: ahora soy yo la que espera.

La operación es limpia sobre el papel. Nora me deja quedarme en coordinación con una condición: silencio absoluto y no tocar nada.

Acepto las dos porque son el precio de no volverme loca sola en la pensión.

La sala huele a café quemado y a nervios. En la mesa hay un mapa con la costa de sotavento marcada; en la pared, la radio. Y en la radio, la voz de Ethan, tranquila, profesional, ajena, dando posiciones como si leyera el parte del tiempo.

—Alfa Uno en posición. Visual sobre la bocana. Sin novedad.

—Recibido —dice Nora.

Aprieto los dedos alrededor de una taza que no pienso beberme y aprendo, en tiempo real, un idioma nuevo: el de los que se quedan en tierra.

Descubro que se puede querer a alguien por su voz en un altavoz.

Que doce palabras técnicas dichas con esa calma suya pueden sostenerte el pulso.

Que el silencio entre una transmisión y la siguiente dura exactamente lo que tarda el corazón en preguntarse: «¿Y si esta ha sido la última? ».

—Movimiento en el agua —dice Ethan—. Una embarcación saliendo de detrás de los islotes. Sin luces. Confirmo: es nuestro objetivo.

Nora se inclina sobre el mapa.

—No te acerques hasta que la Guardia Costera confirme intercepción. Solo ojos.

—Solo ojos —repite él.

Y durante unos minutos casi me lo creo. Casi creo que va a salir bien, que va a ser tan sencillo como mirar desde el aire mientras otros hacen el trabajo sucio, que esta tarde volverá con su chaqueta y su moneda y me dirá «te lo dije» con esa media sonrisa que últimamente escasea. Casi.

—Nora. —La voz de Ethan cambia. Solo un matiz, pero llevo días aprendiendo sus matices—. La embarcación ha virado. No huye. Viene hacia la costa. Deprisa. Hay una segunda saliendo por el norte.

—¿Dos?

—Dos. Esto no es un traslado normal. Nos esperaban.

El estómago se me cae al suelo. Otra vez el mecanismo. Otra vez ellos un paso por delante. Solo que esta vez la trampa no es para apartarlo. Es para él.

—Retírate —dice Nora, y por primera vez oigo tensión en su voz—. Alfa Uno, retírate. No es una intercepción, es una encerrona. Vuelve a base.

—Recibido. Virando a…

La transmisión se corta. No se despide. No termina la frase. Simplemente, donde había una voz, ahora hay estática.

—¿Alfa Uno?

Nada.

—Alfa Uno, aquí base. Responde.

La estática llena la sala con un siseo uniforme. Nora cambia de frecuencia, prueba el canal de emergencia y vuelve al principal.

—Ethan, responde.

El uso de su nombre es lo que me dice que Nora también tiene miedo. Y, si Nora tiene miedo, yo debería estar aterrorizada. No lo estoy. Estoy más allá del terror, en ese sitio blanco y silencioso donde el cuerpo deja de mandar señales porque todas las líneas están ocupadas gritando un solo nombre.

—¿Qué ha pasado? —consigo decir—. ¿Por qué se ha cortado?

Nora no me mira. Gira diales y cambia frecuencias con las manos firmes y la mandíbula de piedra.

—Puede ser interferencia. La costa de sotavento es mala para las comunicaciones. Puede ser el relieve, el equipo o la antena. Pueden ser mil cosas.

—Dime una que no dé miedo.

—Estoy en ello.

No la hay. Las dos lo sabemos. Nora pulsa otro canal.

—Alfa Dos, salida inmediata. Última posición conocida de Alfa Uno al suroeste de los islotes. Bruno, confirma recepción.

La respuesta llega acompañada por el ruido de un motor que ya está subiendo de vueltas en la pista.

—Recibido. Despegamos en tres minutos.

Tres minutos. Una cantidad de tiempo pequeña hasta que alguien que quieres ha dejado una frase a medias sobre el mar.

Entonces se convierte en algo enorme, con bordes, con peso, con espacio suficiente para imaginar todas las maneras en que un helicóptero puede desaparecer.

En la pantalla de coordinación, el último punto de Alfa Uno permanece inmóvil junto a los islotes.

No avanza. No regresa. Después parpadea una vez y se apaga.

—¿Eso qué significa?

—Que hemos perdido el transpondedor.

—¿Y la baliza de emergencia?

Nora tarda una fracción de segundo demasiado larga en contestar.

—No ha saltado.

—¿Eso es bueno?

—Significa que no ha saltado.

No insiste en tranquilizarme. Se lo agradezco y la odio un poco por ello.

Los minutos que siguen no se parecen a ningún minuto que haya vivido.

Y he vivido minutos malos. He esperado bajo bombardeos y he cronometrado el tiempo entre una explosión y la siguiente.

Creía saber lo que era esperar. No sabía nada.

Porque en todos esos sitios yo era la que estaba en peligro, y resulta que estar en peligro es infinitamente más fácil que ver desaparecer la voz de la persona que unas horas antes dejó su moneda sobre una mesilla y, con ella, todas sus defensas.

Camino. No puedo evitarlo. Necesito moverme cuando pienso y ahora mismo pienso a una velocidad que me va a partir en dos.

Doy la vuelta a la mesa, llego hasta la puerta, regreso al mapa. Otra vuelta. Otra más.

Sarajevo. Alepo. Odesa. Ninguno de esos nombres me preparó para el nombre que llevo seis minutos sin oír por un altavoz. La radio cruje.

—Base, aquí Alfa Dos. Cruzando el cabo. Visibilidad irregular. Sin visual de Alfa Uno.

Nora responde sin levantar la voz:

—Sigue la última ruta. La Guardia Costera entra por el este.

—Recibido.

Otra vez la estática. Otro minuto. El séptimo. Sé que es el séptimo porque el reloj de la pared tiene un segundero rojo y lo estoy viendo avanzar como si lo empujara con los ojos.

—¿Cuánto aguanta alguien en el agua? —pregunto.

Nora me mira por fin.

—No sabemos que esté en el agua.

—No te he preguntado eso.

—Depende de demasiadas cosas.

—Ethan odia las respuestas que empiezan por «depende».

Algo se le mueve en la cara. No llega a ser una sonrisa.

—Sí. Las odia.

Al minuto nueve, Bruno vuelve a transmitir.

—Nada en la ruta norte. Bajo hacia las calas.

—Ten cuidado con las paredes de roca —ordena Nora—. El viento rebota ahí dentro.

—Lo sé.

La frase suena tanto a Ethan que tengo que cerrar los ojos. Al minuto once llega un golpe de sonido por la frecuencia de Alfa Uno. Una respiración metálica, un chasquido, algo que podría ser una voz si una necesita demasiado que lo sea.

—¿Ethan? —digo, antes de recordar que no debo tocar nada ni hablar.

Nora sube el volumen.

—Alfa Uno, repite.

Solo vuelve la estática.

—Era él.

—No lo sé.

—Era él.

Nora no me contradice. Eso es peor. Bruno está en el aire en el segundo aparato, acercándose a su última posición conocida. Si Ethan está…

—No digas «si».

—Vera.

—No lo digas.

Me apoyo en la mesa. La madera está fría.

El mapa, con su costa marcada y sus embarcaciones fantasma, me devuelve la mirada como si supiera algo que yo no.

Y entonces entiendo, con una claridad que me deja sin piernas, lo que ha intentado explicarme sin palabras.

Esto. Esto es lo que él sentía cada vez que se iba y dejaba a alguien atrás.

Esto es contra lo que se blindaba con chistes malos.

Esto es querer a alguien que corre hacia el peligro: una parte de ti se sube a ese helicóptero con él y, cuando el helicóptero se calla, esa parte se calla también. No sabes si va a volver a hablar nunca.

«¿Cuándo fue la última vez que alguien te esperó al volver?».

La respuesta soy yo. Ahora mismo. Con una taza fría entre las manos y el corazón subido a una frecuencia muerta.

Y por fin entiendo el precio exacto de la pregunta que escribí una noche, medio en broma, sin saber que estaba describiendo el peor momento de mi vida por adelantado.

El minuto trece termina. Empieza el catorce.

Nora pide posición a la Guardia Costera.

Le contestan que están a seis minutos de los islotes.

Seis. Mi cabeza hace la suma sin permiso: veinte minutos sin voz antes de que una lancha llegue al punto donde desapareció.

No puedo respirar durante veinte minutos.

No puedo respirar durante uno más. La radio vuelve a crujir.

—Base, aquí Alfa Dos. Tengo una estela entre las rocas. Voy a entrar en la cala sur.

Nora se agarra al borde de la mesa.

—Despacio, Bruno.

—No sé hacerlo de otra manera.

Mentira. Pero es la primera broma de toda la operación y, por un segundo, me aferro a ella como si fuera una señal. Después hay silencio. Cuatro segundos. Cinco. Diez. El reloj entra en el minuto quince.

—Bruno —dice Nora.

Nada.

—Alfa Dos, responde.

Y entonces su voz rompe la estática, más baja que antes, como si estuviera mirando algo que todavía no se atreve a nombrar.

—Tengo visual sobre Alfa Uno.

Toda la sala deja de respirar.

—Adelante, Alfa Dos.

Un segundo. Uno que dura toda mi vida.

—Está en el agua —dice Bruno—. El aparato ha amerizado en la cala de los islotes. No sé cómo demonios ha conseguido meterlo ahí sin estrellarlo contra las rocas. Veo la cabina, pero no distingo… Espera. Veo movimiento. Veo una mano.

Se interrumpe. Cuando vuelve, la voz le tiembla de puro alivio.

—Veo a un hijo de puta muy testarudo haciéndome señas. Está vivo. Repito: Singh está vivo.

No grito ni lloro. Me siento en el suelo de coordinación, ahí mismo, con la espalda contra la pata de la mesa, me tapo la cara con las manos y respiro por primera vez en quince minutos.

Nora me pone una mano en el hombro. No dice nada.

No hace falta. Ella también lleva años queriendo a esta gente que se sube a los helicópteros. Ella sabe.

—Está vivo —repito, para creérmelo.

—Está vivo —confirma Nora—. Y cuando lo tenga delante, lo voy a matar yo por darme este susto.

Me río. Me sale rota, empapada, ridícula, pero me río porque está vivo.

Fuera, la tarde cae sobre un mar que esta vez no ha podido quedárselo.

Y yo, sentada en el suelo, entiendo que acabo de cruzar mi propia frontera.

La que él cruzó en la cala cuando decidió quedarse.

La mía es esta: saber lo que se siente al esperarlo y, aun así, no querer estar en ningún otro sitio.

Aun así, elegirlo. Con el altavoz muerto y todo.