Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Primera noche

Ethan

N o me he ido. Esa es la primera cosa rara de la noche.

Llevo dos años cronometrando la salida de cada habitación en la que entro.

Es un hábito viejo, de sitios peores que este: saber por dónde se sale antes de entender por qué has entrado.

Las puertas, las ventanas, los segundos que tardo en llegar al aparato.

Esta noche, por primera vez, no he medido ninguna salida.

Estoy sentado en el suelo de la habitación de Vera, con la espalda apoyada en el borde de la cama y la radio en silencio sobre la mesilla. Le he dicho a Nora que me quedo de guardia, que después de la embestida no la dejo sola.

Es verdad. También es una excusa. Las dos cosas a la vez, como casi todo desde que la conozco.

Podría estar en la base. Debería, seguramente. Hay un parte que redactar, un todoterreno oscuro que buscar, una red que esta mañana ha pasado de mover gente a intentar matar a una periodista con nombre y apellido, y eso lo cambia todo.

Pero cada vez que pienso en cruzar la puerta y bajar las escaleras, vuelvo a ver su coche resbalando hacia el agua. Vuelvo a ver su pulgar levantado a través de la luna trasera. «Estoy bien.» Como si fuera ella la que tuviera que tranquilizarme a mí.

Y las piernas, sencillamente, no me obedecen. Así que me quedo: un hombre que ha construido su vida entera sobre saber marcharse a tiempo, sentado en el suelo de una habitación prestada, incapaz de dar el primer paso hacia la salida.

Debería preocuparme. Lo que siento, en cambio, se parece demasiado a la paz.

Fuera, el puerto ha vuelto a su tamaño de siempre. El mar, agotado del temporal, lame los muros con una mansedumbre que parece disculparse por lo de esta mañana. La pensión cruje. En algún piso de abajo, Mara ha apagado las luces hace rato.

Vera no duerme. Lo sé porque llevo media hora escuchando cómo no duerme: la respiración que no termina de asentarse, el roce de las sábanas cuando cambia de postura buscando un sitio donde el día no le pese tanto.

—Sé que estás despierto —dice al fin, en la oscuridad.

—Estoy de guardia.

—Estás sentado en el suelo de mi habitación como un perro pastor.

—Es un buen sitio para vigilar la puerta.

—La puerta está cerrada con llave y hay un cerrojo que compró Mara en los ochenta. No va a entrar nadie.

—Nunca se sabe.

Oigo cómo se incorpora.

—Ethan.

—¿Qué?

—Sube.

Una palabra. Y de repente todas las salidas que no he calculado esta noche me pesan de golpe, porque ninguna me sirve para esto.

No hay protocolo ni margen de treinta segundos. Solo la voz de una mujer en la oscuridad diciéndome «sube», y dos años de disciplina desmoronándose por una escalera de tres palabras.

Me levanto y me siento en el borde de la cama, todavía a una distancia medida, porque es lo único que sé hacer con el cuerpo cuando algo me importa: dejar espacio, no invadir, no dar por hecho. Ella lo nota. Claro que lo nota.

—Siempre dejas espacio —murmura—. Incluso ahora.

—No sé estar de otra manera.

—Lo sé. Y me gusta. Pero esta noche no quiero espacio.

En la penumbra distingo su cara, el vendaje pequeño sobre la ceja, los ojos abiertos brillando en lo oscuro.

Y algo dentro de mí, la parte que lleva dos años montando guardia sobre sí misma, deja de vigilar por primera vez.

No porque baje la guardia, sino porque, por una vez, no hay nada de lo que defenderse.

—Esta mañana pensé que te perdía —digo, y me sale más bajo de lo que pretendo—. En los seis minutos de vuelo. Pensé que iba a llegar tarde, como llegué tarde en África, y que esta vez el nombre que no iba a poder olvidar sería el tuyo.

—Pero llegaste.

—Por treinta segundos.

—Llegaste.

Me pone una mano en la cara. Y yo, que he sujetado cuerdas sobre el vacío y he cargado a hombres más grandes que yo fuera del fuego, descubro que no hay nada que me haya costado tanto sostener como esa mano pequeña contra mi mandíbula sin salir corriendo.

No salgo corriendo. Es lo más valiente que he hecho en años, y no aparece en ningún parte.

—No voy a prometerte que no me iré nunca —digo, porque necesito que quede dicho antes que nada—. Sabes que no puedo. La próxima vez que suene una radio, me voy a levantar.

—Lo sé.

—Pero esta noche no hay radio.

—No.

—Y no pienso pasarme esta noche a un metro de distancia por pura costumbre.

Su pulgar me recorre la mandíbula, despacio.

—Entonces deja de dejar espacio.

Y lo dejo. Por primera vez en dos años, dejo de dejar espacio. La beso. Y esta vez no hay radio, ni Bruno, ni media isla, ni una alarma esperando a robárnoslo. Por primera vez desde que la conozco, el mundo no viene a buscarme.

Ella me devuelve el beso con las dos manos en mi nuca, tirando de mí hacia la cama, hacia ella, hacia el único sitio del mundo donde esta noche no soy el que calcula.

Y me suelto. Es lo único que sé decir con certeza de lo que viene después: que me suelto y que, por primera vez en años, no me da miedo caer.

La tumbo sobre las sábanas revueltas y me tomo el tiempo que no me tomo para nada. Le busco el borde de la camiseta y se la subo despacio, no por prudencia —ya no queda prudencia—, sino porque quiero verla. Quiero grabarme cada centímetro que el mar ha estado a punto de borrarme esta mañana.

El vendaje pequeño sobre la ceja. La curva del hombro. El pulso golpeándole en la garganta, deprisa, cuando bajo la boca hasta ahí.

—No pares —murmura.

No paro.

Sus manos me encuentran el bajo de la camiseta y tiran.

La dejo hacer. Me la saca por la cabeza y, en algún momento, sus dedos dan con la moneda oscura que llevo en el bolsillo, esa que giro entre los dedos cuando pienso demasiado.

La saca y la deja sobre la mesilla, lejos de mí, como quien retira una armadura que ya no hace falta.

No la echo de menos. Tengo las dos manos ocupadas en ella.

La recorro entera con la boca, sin prisa, aprendiéndomela: dónde se le corta el aliento, dónde se le cierran los dedos en mi pelo, en qué punto exacto la mujer que discute en tres idiomas se queda sin ninguno y solo sabe decir que sí. Sí. Contra mi boca. Contra mi nombre. Contra la almohada.

Cuando por fin me hundo en ella, los dos nos quedamos quietos un instante, como si el mundo hiciera una pausa para dejarnos llegar.

Y entonces dejo de contar: los segundos, las salidas, los metros que hay hasta la puerta, los dos años enteros de disciplina montada sobre no necesitar a nadie.

Todo se disuelve en el vaivén de su cuerpo bajo el mío, en su boca en mi cuello, en la forma en que dice «Ethan» cuando ya no le queda ninguna otra palabra encima.

No la quiero a medias. Ni siquiera sé quererla a medias. La quiero como quien por fin ha llegado a algún sitio después de años de no pararse en ninguno.

Y cuando se rompe entre mis brazos, con la espalda arqueada y mi nombre deshaciéndosele en los labios, la sujeto igual que sujeto todo lo que de verdad importa: con las dos manos y sin pensar en soltar.

Y caigo yo, detrás de ella, con ella. Sin red, sin cálculo, sin guardarme una parte para la retirada, por costumbre, por si acaso, como he hecho toda la vida. Entero.

Después, la habitación se queda quieta. Vera se ha dormido contra mi pecho con una confianza que me asusta más que cualquier temporal. Le noto la respiración por fin asentada, honda, la de alguien que ha decidido soltar el día entero de golpe.

Yo no me duermo. No por vigilancia, sino por avaricia. Porque llevo años despertándome cada vez que suena una puerta, y esta noche, por primera vez, hay una razón para querer estar despierto que no es el miedo.

Miro el techo. Miro su pelo oscuro extendido sobre mi brazo. Y pienso, con esa honestidad brutal que solo llega de madrugada, que esto que estoy haciendo —quedarme, dejar que alguien duerma sobre mí, permitirme quererlo— es la cosa más peligrosa que he hecho nunca.

Más que las cuerdas, los acantilados o África. Porque de todo lo demás sabía volver. De esto no sé si sabría.

La miro dormir y entiendo por fin una cosa que Bruno lleva años sabiendo de mí y yo no: que nunca me dieron miedo los acantilados. Me daba miedo esto. Que alguien me importara lo suficiente como para volver a tener algo que perder.

Llevo dos años eligiendo trabajos donde lo único en juego era mi vida, porque mi vida me parecía un precio barato. Ella acaba de subir la apuesta. Y, por primera vez, la apuesta me parece justa.

La moneda descansa en la mesilla, quieta, atrapando el poco brillo que entra por la ventana. Alargo la mano hacia ella por costumbre y la dejo donde está. Esta noche no la necesito.

Esta noche, por una vez, no tengo que fingir que estoy pensando en otra cosa para no tener que sentir lo que siento.

Vera se remueve en sueños, murmura algo que no entiendo y se acurruca un poco más contra mí, buscándome incluso dormida. La rodeo con el brazo, con cuidado, como se sujeta lo que casi se pierde por la mañana.

Y me quedo así, despierto, escuchando el mar cansado y su respiración tranquila, hasta que el cielo empieza a aclararse por el este.

Sé lo que nos espera cuando salga el sol: el reportaje detenido; el viernes de Claudia, que ya casi ha llegado; un todoterreno oscuro sin matrícula circulando por una isla pequeña; una red que ha decidido que esta periodista molesta demasiado; Leo y Sara, en algún sitio, esperando a que alguien llegue a tiempo.

Todo eso amanece con nosotros. Pero todavía es de noche. Todavía queda un rato de esta cosa nueva y frágil que no sé nombrar y que no pienso soltar antes de que salga obligada.

Vera duerme. Yo velo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no estoy contando los segundos que tardo en poder marcharme. Estoy contando los que faltan para que amanezca y deseando, como un idiota, que amanezca lo más tarde posible.