Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Las botas

Vera

S e me da bien no llorar. Es casi una habilidad profesional.

He aprendido a hacerlo en sitios donde llorar habría sido un lujo o un insulto: delante de una madre que buscaba el nombre de su hijo en una lista, delante de un soldado de diecinueve años fingiendo que no le temblaban las manos, delante de gente que lo había perdido todo y aún tenía la decencia de ofrecerme un té.

Si ellos no lloraban, yo no lloraba. Así que ahora, sentada en el borde de una camilla en la carpa médica de la base, empapada, con un corte en la ceja y una manta térmica que cruje cada vez que respiro, hago lo que sé hacer: bromeo.

—¿En serio hace falta la manta plateada? Parezco un burrito de gasolinera.

El sanitario, un chico joven que no me sigue la broma, me limpia el corte con algo que escuece.

—Protocolo.

—El protocolo y yo tenemos una relación complicada.

—Ya me han avisado.

Casi me río. Me duele la ceja al hacerlo, así que lo dejo a medias.

Fuera de la carpa, la base es un hervidero: oigo la voz de Nora dando órdenes, el motor de un coche y las radios.

En algún sitio de todo ese ruido está Ethan, haciendo lo que me dijo que haría desde el helicóptero: pareciendo un hombre tranquilo.

Me dijo que no me creyera esa tranquilidad. No me la creo. Pero desde aquí, con la manta plateada y el escozor de la ceja, tampoco puedo hacer mucho más que esperar a que la mentira más difícil que va a decir se caiga sola.

El sanitario me venda el corte, me mira el tobillo —que se me ha hinchado dentro de la bota sin que yo le diera permiso— y decide que no está roto, solo furioso.

—No fuerce el pie. Y esa bota, mejor aflojarla, o mañana no se la quita ni con aceite.

—Ya me la aflojo yo.

—Como quiera.

Recoge sus cosas y se va a atender a alguien que colabore más. Y me quedo sola con mi tobillo, mi orgullo y una bota que, descubro enseguida, tiene la hebilla lateral doblada por el golpe.

No cede. Tiro y sigue sin ceder. Me inclino, y el movimiento me tira del corte de la ceja y de algo en las costillas.

Tengo que parar, respirar y fingir que estoy bien porque no hay nadie delante y, aun así, me da vergüenza no estarlo.

Lo intento otra vez. La hebilla resbala entre mis dedos mojados.

Entonces oigo la lona de la carpa. No hace falta que levante la vista; ya reconozco cómo entra en los sitios. Ethan no dice nada.

No me pregunta si estoy bien; se le ve en la cara que ya ha decidido que no lo estoy y que preguntármelo sería insultarnos a los dos. Tampoco hace ninguna broma. Se acerca, mira la bota, la hebilla doblada y mis dedos inútiles peleándose con ella. Y hace algo que no me esperaba: se arrodilla.

Delante de mí, en el suelo de una carpa que huele a desinfectante, un hombre que hace tres horas ha mantenido un helicóptero quieto sobre el mar, con dos toneladas de peso y la vida de otra persona colgando de sus manos, se arrodilla para pelearse con la hebilla de mi bota.

—Puedo yo —digo, por decir algo.

—Lo sé.

No añade «déjame». No me quita las manos. Solo espera, con las suyas cerca, hasta que soy yo la que las aparta. Entonces coge la hebilla.

Sus dedos, esos dedos con marcas y nudillos castigados que llevo mirando de reojo desde que llegué, trabajan la pieza doblada con una paciencia imposible.

La endereza un poco. Afloja la correa un punto y después otro, con el mismo cuidado con el que ajustó el arnés antes de bajarme por un acantilado.

Solo que aquel día había una cuerda de por medio y hoy no hay más que esto: un hombre arrodillado, aflojándome una bota en silencio.

Y me deshago. No con un llanto de película. Peor. Con esas lágrimas silenciosas que llegan sin avisar, que no puedes parar porque ni siquiera te has dado cuenta de que empezaban y que caen sobre una manta plateada haciendo un ruido ridículo.

Ethan levanta la vista. No se asusta, no me dice que no llore ni convierte mi momento en algo que él tenga que arreglar.

Solo sube una mano y me limpia una lágrima con el pulgar, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si fuera el peón más frágil del tablero y, a la vez, la pieza que no piensa perder.

—No es por la ceja —consigo decir.

—Lo sé.

—Ni por el tobillo.

—Lo sé.

—Es que me embistieron, Ethan. Alguien me vio y decidió tirarme al agua. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, mientras el coche resbalaba, yo no pensé «voy a morir». —Trago saliva—. Pensé «que llegue a tiempo».

Se queda muy quieto.

—Anoche te dije que sería el sitio al que quieres volver —susurro—. Hoy he descubierto lo que eso significa de verdad. Significa que mi vida ya no cabe entera dentro de mí. Que una parte la tienes tú, colgada de un cable, cada vez que suena una alarma. Y no sé si sé vivir así.

Ethan no me promete que no volverá a pasar. Sería mentira, y hemos dejado de mentirnos. Lo que hace es terminar de aflojarme la bota, quitármela con un cuidado infinito y sostenerme el pie herido entre las dos manos un momento, como quien sujeta algo que casi se le rompe esta mañana.

—Yo tampoco sé vivir así —dice al fin—. Llevo dos años sin tener que aprender, porque no había nada colgando del otro lado. Vamos a tener que aprenderlo los dos. A la vez. Sin manual.

—Se te da fatal lo de consolar.

—Me lo han dicho.

—No me estás consolando.

—No. Te estoy diciendo la verdad. Que es lo único que puedo darte que valga algo.

Me río entre las lágrimas y, por primera vez desde que el coche empezó a resbalar, algo dentro de mí se coloca en su sitio. No la calma; la calma tardará. Pero sí la certeza de que, sea lo que sea esto, lo vamos a cargar entre los dos.

La lona de la carpa vuelve a moverse. Es Bruno, con dos cafés, como siempre, y una expresión que no le había visto: sin ni una gota de broma. Ethan se levanta despacio.

—Voy a hablar con Nora —dice—. Del todoterreno.

Me mira una última vez antes de salir, y en esa mirada hay una promesa que ninguno de los dos ha dicho en voz alta todavía. Después se va. Bruno me tiende un café y lo cojo con las dos manos, agradecida por el calor.

—¿Cómo está la periodista más terca de la isla? —pregunta.

—Con la hebilla arreglada.

—Ya veo.

Se sienta en la camilla de al lado y bebe. Durante un rato no dice nada, y en Bruno eso es tan raro que casi me pone nerviosa.

—¿Sabes lo que dice todo el mundo de Singh? —suelta al fin.

—Que es insoportablemente competente.

—Que es de piedra. Que en un rescate no se le mueve un pelo.

Que puede bajar a por un crío a un acantilado con un temporal encima y salir contándote un chiste malo.

Esa fama lo persigue desde hace años. Nunca pierde los nervios.

—Bebe otro sorbo antes de continuar—. Llevo seis años volando con él.

Seis. He estado a su lado en cosas que no te voy a contar porque no duermo bien si las digo en voz alta.

Y en seis años lo he visto asustado exactamente una vez.

Me mira, y ya no queda ni rastro del Bruno que retransmite besos por radio.

—Esta mañana. En el espigón. Con tu coche colgando sobre el agua. Le temblaban las manos, Vera. A Singh. Antes de despegar, durante medio segundo, le vi las manos y le temblaban. Nunca le digas que te lo he contado, porque me mata. Pero quería que lo supieras.

Me quedo sin aire.

—¿Por qué me lo cuentas? —consigo decir.

Bruno se encoge de hombros y, por un momento, parece mucho mayor de lo que es.

—Porque a la gente como él hay que quererla sabiendo lo que cuesta. No vaya a ser que te lo tomes a la ligera y le hagas daño sin querer. Ese hombre lleva media vida enseñándose a no necesitar a nadie. Y acaba de echar por la borda todos esos años de aprendizaje… por ti.

Se levanta y me da una palmada torpe en el hombro, la clase de gesto de quien no sabe muy bien cómo se hace la ternura, pero lo intenta igual.

—Cuídalo —dice—. Él ya te cuida a ti. Lo he visto esta mañana.

Y se va, dejándome con un café entre las manos, un tobillo sin bota y la certeza recién estrenada de que en esta isla, además de una red que quiere hacerme desaparecer, he encontrado sin buscarlo lo único que llevaba años sin dejarme tener: gente a la que le importa si vuelvo.

Fuera, la tarde empieza a caer sobre el puerto. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no tengo ninguna prisa por irme a ningún sitio.