Capítulo 27
La trampa del canario
Ethan
H ay un veneno que no aparece en ninguna lista de sustancias peligrosas y que, sin embargo, es capaz de destruir una unidad entera en cuarenta y ocho horas. Se llama duda. Llevo dos días envenenado.
Desde que volví del agua con el hombro fuera de sitio y la certeza de que alguien nos había vendido, no puedo mirar a mi propia gente igual. En cada café que me traen, en cada parte que me pasan, en cada «¿cómo estás, Singh?», hay ahora una pregunta debajo que odio hacerme. ¿Fuiste tú?
Y lo peor es que el veneno es selectivo. Cae sobre unos y no sobre otros, sin que yo lo decida, guiado por dos años de instinto que ahora no sé si es lealtad o ceguera.
De Luca no dudo: es demasiado transparente para mentir. De Bruno no dudo: llevo seis años poniéndole mi vida en las manos.
De Nora no dudo, y ni siquiera me pregunto por qué; Nora es la que sostiene esta unidad de pie, la que me sacó de mi peor año sin hacer preguntas, la mano que firma para que los demás podamos volar. Dudar de Nora sería como dudar del suelo.
Y de Mara... de Mara ni se me ocurre dudar. Es una mujer mayor con una pensión y una bandeja de desayuno. La oreja más inofensiva de la isla.
Me repito todo eso con la seguridad de quien todavía no sabe que acaba de describir su propio punto ciego.
Vera entra en el hangar con dos carpetas y esa cara que le conozco: la de quien ha estado despierta buscando algo.
—Ya sé lo que es D. R. —dice, sin saludar.
Me incorporo demasiado deprisa y el hombro me castiga por ello.
—Habla.
Abre la primera carpeta.
—D. R. es Domingo Rebollo. Fue coordinador de Protección Civil de la zona insular. Firmaba las autorizaciones de traslado. Su código y sus iniciales están en todos los expedientes con destino modificado.
—¿Y?
—Y Domingo Rebollo se jubiló hace seis años.
Se fue a vivir con su hija a la península.
Lo llamé ayer haciéndome pasar por una becaria del archivo.
—Una pausa—. El hombre está encantado de la vida, cuidando un huerto, y no ha firmado un papel de esta isla desde antes de que existieran la mitad de esos expedientes.
Tardo un segundo en entender el tamaño de lo que acaba de decir.
—Alguien ha estado firmando con el nombre de un jubilado.
—Con su código. Con sus iniciales. Con una credencial que debería estar muerta y que alguien mantiene viva.
—Cierra la carpeta—. La firma nunca fue una pista hacia fuera, Ethan.
Nosotros la perseguíamos como si D. R. fuera un pez gordo escondido en un despacho de la capital.
Y resulta que D. R. es una máscara. Una que solo puede ponerse alguien con acceso al sistema de traslados desde dentro de la isla.
El hangar se queda muy silencioso, porque los dos sabemos lo que significa «desde dentro». Significa cerca. Significa uno de los nuestros. Significa que el veneno tenía razón.
—Necesitamos saber quién —digo, y la voz me sale más ronca de lo que quiero.
—Por eso he venido con dos carpetas.
Abre la segunda y me explica su plan. No me gusta. No me gusta desde la primera frase y, a medida que avanza, me gusta menos, porque entiendo hacia dónde va antes de que llegue y, para cuando llega, ya estoy negando con la cabeza.
—Se llama trampa de canario —dice—. Es viejo, es sucio y funciona.
Filtras una información falsa, pero le das a cada persona una versión ligeramente distinta.
A uno le dices que el paquete sale el jueves por el puerto.
A otro, el viernes por el aeródromo. A otro, el sábado por el faro.
Una sola pieza cambiada en cada versión, como un canario marcado. Y esperas.
—Y cuando el enemigo actúa…
—Actúa sobre la versión que le contaron a una persona concreta. Y esa persona es el enlace. La información se envenena sola y te señala a quien la filtró.
—¿Y cuál es el paquete falso?
Levanta la barbilla. Y ahí está.
—Yo.
—No.
—Ethan…
—He dicho que no.
—No has escuchado el plan entero.
—No me hace falta. La palabra «yo» me ha bastado.
Me pongo de pie, aunque el hombro proteste, porque esta conversación no pienso tenerla sentado.
—Hace unos días te embistieron con un coche en el espigón. Después me sacaron a mí del aire. Y tu gran idea es ponerte de cebo, en persona, delante de una gente que ya ha demostrado dos veces que prefiere a la periodista muerta.
—Cebo controlado. Con vosotros vigilando cada metro. No me van a poner un dedo encima; solo necesito que crean que voy a moverme, para ver quién les avisa.
—¿Y si se adelantan? ¿Y si deciden que es más fácil quitar el paquete antes de recogerlo?
—Entonces estarás a diez metros, con Bruno, Luca y media Guardia Costera.
—Con un brazo en cabestrillo.
—Con el otro perfectamente.
La miro. Ella aguanta la mirada, como hace siempre, sin bajarla ni un milímetro, y por debajo de mi miedo empieza a asomar algo que odio reconocer: que tiene razón.
—No puedo perderte —digo, y es lo más auténtico que he dicho en voz alta en dos años.
—Lo sé. Yo tampoco puedo perderte a ti, y ya estuve dos horas practicando. Así que no me hables de riesgos como si fueran nuevos para mí.
Encaja. Duele, pero encaja.
—Ethan. —Da un paso hacia mí—. Te subiste a un helicóptero sabiendo que podía ser una trampa, porque había gente que te necesitaba. No te pedí que no fueras. Te dejé ir, aunque me matara, porque es lo que eres y quererte es quererte entero. Ahora te toca a ti.
—Es distinto.
—No lo es. Es exactamente lo mismo, y lo sabes. Tú tampoco sabes quedarte quieto cuando hay algo que hacer. No me pidas a mí una cosa que tú no serías capaz de darme.
Y ahí me gana. No con un argumento. Con un espejo. Me quedo callado mucho rato, peleando con la única parte de mí que quiere encerrarla en la pensión hasta que todo pase, y sabiendo que, si lo hiciera, dejaría de ser ella la mujer de la que me enamoré en un muro.
—De acuerdo —digo al fin—. Pero se hace a mi manera.
—Contaba con eso.
—Tú no te mueves sin que yo sepa dónde estás. En todo momento. Llevas radio, llevas a Luca a veinte metros y no discutes cuando yo diga «para».
—¿Página tres del manual?
—Página uno.
Casi sonríe. Yo no. Todavía no me queda humor para eso. Montamos la trampa esa misma tarde, con la frialdad de quien sabe que se está jugando algo más que una investigación. Tres versiones. Tres canarios.
A Luca, delante de otros, le contamos que Vera ha recuperado la lista completa de nombres y que va a entregarla a un contacto el jueves, en el muelle de carga del puerto viejo. A Bruno, la misma historia, pero el viernes, en el aeródromo.
Y la tercera versión, la del sábado en el faro, la soltamos en el sitio donde toda la información de esta isla ha ido a morir durante cuarenta años sin que a nadie le pareciera raro.
Delante de Nora. Y de Mara, cuando le llevo yo mismo, como un idiota agradecido, la noticia de que Vera por fin tiene lo que necesita para acabar con esto, mientras ella me sirve un caldo caliente para el hombro y me dice, con esa ternura de madre que llevo dos años dando por sentada, que tenga cuidado, que esa periodista se mete en demasiados líos.
No noto nada. Ese es el problema de los puntos ciegos: que no se notan.
Esa noche, ya tarde, Vera y yo esperamos en coordinación, con la radio encendida y los tres canarios sueltos por la isla, a ver cuál de ellos empieza a cantar.
No tarda mucho. A las dos de la madrugada, la Guardia Costera nos avisa de movimiento. Una lancha sin luces, situándose, discreta, a la espera. No en el puerto. Ni en el aeródromo. En el faro.
Vera y yo nos miramos por encima del mapa y ninguno de los dos dice en voz alta lo que los dos acabamos de entender.
Porque la versión del faro solo se contó en dos sitios, y ninguno de esos dos sitios es un despacho lejano de la capital. Los dos están aquí. En esta isla. A un paseo de esta base.
Y una de esas dos personas me ha servido caldo esta tarde.