Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Temporal

Ethan

H ay una regla que aprendí casi antes que a caminar: no se lucha contra el mar. Se espera a que se canse. El problema es que el mar de San Elías no se cansa.

Lleva desde el atardecer subiendo, gris primero, negro después, hasta convertir el puerto en una batidora de espuma y cabos sueltos.

El viento entra por el sur, del malo, ese que los pescadores viejos no nombran por no llamarlo.

La radio de la costa lleva una hora repitiendo lo mismo con voz de funcionario cansado: puerto cerrado, aeródromo cerrado, isla incomunicada hasta nuevo aviso.

Traducido: nadie entra. Nadie sale. Y yo no vuelo.

Estoy en el hangar principal, delante del helicóptero, con las manos en los bolsillos porque es el único sitio donde no hacen ruido. El aparato está perfecto. Repostado. Revisado. Listo. Y tan inútil como yo con este viento.

Un helicóptero en un temporal no es una herramienta. Es un ataúd con hélices. Lo sé porque he visto lo que les pasa a los que lo olvidan, y algunos eran mejores pilotos que yo. Así que espero. Odio esperar.

Bruno aparece con dos cafés y me tiende uno sin decir nada. Eso ya me preocupa. Bruno callado es Bruno preocupado.

—¿Cuánto? —pregunto.

—Costa dice que doce horas. Quizá más.

Doce horas. Doce horas en las que esta isla está sola con lo peor que tiene dentro.

—¿Nora?

—En coordinación. Con la cara de cuando algo no le cuadra.

Bebo el café. Está malo. Me lo bebo igual.

—Bruno.

—¿Qué?

—Si quisieras mover a un grupo de gente por esta isla sin que nadie lo viera... ¿qué noche elegirías?

No contesta enseguida. Deja el vaso sobre un banco.

—Elegiría esta —dice al fin—. Nadie mira el mar cuando el mar da miedo. Nadie cuenta cabezas en un temporal. Y los que podrían impedirlo están mirando el cielo, rezando por no tener que salir.

—Exacto.

—Joder.

—Sí.

Es la conversación más corta que hemos tenido nunca, y la peor. Porque los dos hemos entendido lo mismo al mismo tiempo: el temporal no es un obstáculo para ellos. Es una oportunidad.

Vera lleva días diciéndomelo con números y flechas.

Las emergencias que nos apartan. La ruta de círculos azules.

El faro como sala de espera. Yo lo entendí en la cabeza.

Esta noche lo entiendo en el estómago. Están moviendo a alguien ahora mismo, y yo estoy aquí, delante de una máquina que no puede despegar, con un café malo en la mano, siendo exactamente lo que ellos necesitan que sea: un hombre atado.

La puerta del hangar se abre de golpe y entra una ráfaga cargada de agua. Y detrás de la ráfaga, Vera, empapada, con un chubasquero que le queda grande y el pelo pegado a la cara, sujetando el portátil contra el pecho como si fuera un recién nacido.

—Le dije a Mara que no bajara nadie esta noche —murmuro.

—No me lo dijo a mí. Se lo dijo a ella misma en voz alta, que es distinto.

—Estás calada.

—Y tú tienes cara de funeral. Estamos empatados.

Casi sonrío. Casi. Últimamente el «casi» se está comiendo todas mis sonrisas, y no me molesto en pelearlo.

—No deberías estar aquí —digo.

—Lo he cruzado todo otra vez. —Golpea el portátil con un dedo—.

Las mareas. Las horas de los traslados que saqué de los expedientes.

Y hay una ventana. Esta noche, entre las dos y las cuatro, con la marea baja, se puede sacar una embarcación por el lado de sotavento del faro sin que la costa vea nada.

La miro.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Lo acabo de saber. Bruno y yo.

Se le apaga algo en la cara. La rabia de tener razón cuando preferirías equivocarte.

—Entonces hay que…

—No hay «hay que», Vera. No se puede volar. No se puede navegar. Si salimos ahí fuera, nos convertimos en el próximo rescate, no en el que rescata.

—¿Y permanecemos de brazos cruzados?

—No, permanecemos vivos.

Suena peor de lo que pretendo. Suena a rendición. Y, por la cara que pone, a ella le suena igual.

Iba a decir algo —seguramente algo afilado, que es como se defiende cuando tiene miedo— cuando la radio de coordinación cruje. La voz de Nora. Tensa.

—Singh, a coordinación. Ya.

Vamos los tres. Nora está de pie sobre el mapa, con los nudillos apoyados en la mesa y esa quietud que en ella significa que algo va muy mal.

—Aviso real —dice—. Carretera del faro. Un coche se ha salido intentando bajar del pueblo antes de que cerraran el acceso. Dos ocupantes. Uno atrapado. El agua sube por el barranco.

Se me hiela algo por dentro porque conozco esa carretera. Miro a Vera. Ella ya me está mirando. Las dos y cuarto de la madrugada. La ventana de la que acaba de hablarme.

—Es una trampa —digo.

Nora levanta la vista.

—Es una persona atrapada en un coche con el agua subiendo. Eso es lo que es.

—Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.

Y ahí está. El mecanismo entero, desnudo, delante de mí. Un accidente real, o provocado, da igual, en el sitio y a la hora perfectos para arrastrarnos a todos a la carretera del faro mientras, a un kilómetro de allí, por sotavento, alguien saca una embarcación con gente dentro.

Si voy, hago exactamente lo que quieren. Si no voy, dejo morir a una persona en un coche. No hay elección. Nunca la hay. Esa es la trampa: no funciona a pesar de que soy quien soy. Funciona porque soy quien soy.

—Voy por tierra —digo—. Bruno conmigo. Luca, material de excarcelación. Nora, coordina y no mandes a nadie más al agua pase lo que pase.

—Ethan. —Vera me agarra del brazo—. Si esto es para apartarte…

—Lo es. —Me suelto con suavidad—. Y voy igual. Porque el que está en ese coche no tiene la culpa de que me estén usando.

Cojo el casco. Y entonces ella hace lo que sabía que iba a hacer.

—Voy contigo.

—No.

—Puedo documentar, puedo sujetar una linterna, puedo…

—No.

Me giro hacia ella, y algo en mi voz debe de cambiar, porque se calla.

—Ahí fuera no hay reportaje —digo—. Hay agua negra subiendo por un barranco y un coche que no sabemos cuánto va a aguantar. Si vienes, tengo que vigilarte a ti en vez de al agua. Y entonces sí que se muere alguien.

Aprieta la mandíbula. Reconozco el gesto. Es el mío.

—Quédate en la base —digo—. Con Nora. Escuchando la radio. Es donde de verdad me ayudas.

No le gusta. No tiene por qué gustarle. Pero asiente.

Salgo al temporal con Bruno pegado detrás.

El agua golpea como grava. El todoterreno derrapa antes incluso de arrancar.

La carretera del faro es un río marrón bajando en sentido contrario, y en algún punto entre la lluvia y la noche hay una persona contando los minutos que le quedan.

Conducimos hacia allí. Hacia la trampa. Con los ojos abiertos.

El rescate dura cuarenta minutos que parecen toda una vida.

El coche está atravesado en el barranco, medio girado, con el morro hundido en el agua que sube más deprisa de lo que ninguno decimos en voz alta.

El conductor ha salido solo. La otra ocupante, una mujer mayor, tiene la pierna atrapada bajo el salpicadero deformado.

No cuento lo que hacemos. No se cuenta. Solo diré que Luca es mejor de lo que él mismo cree, que Bruno no bromea ni una vez y que sacamos a la mujer treinta segundos antes de que el agua entrara por su ventanilla.

Treinta segundos. He construido toda mi vida sobre márgenes así. Nunca me acostumbro.

Cuando la subimos a la camilla, viva, temblando, agarrándome la mano con una fuerza que no le cabe en el cuerpo, siento lo de siempre: el alivio. Y, detrás del alivio, esta noche, algo nuevo. Asco.

Porque mientras yo tenía las manos metidas en agua helada salvando a esta mujer —y la salvaría otra vez, mil veces—, sé, con una certeza que me sube por la garganta, que en la otra punta de la isla alguien ha aprovechado estos cuarenta minutos.

Que el mecanismo ha funcionado. Otra vez. Con mis manos.

Volvemos a la base de madrugada, cuando el temporal empieza a aflojar de puro agotamiento. Vera está esperando en la puerta del hangar.

No pregunta si estoy bien. Me mira las manos, la ropa empapada, la cara, y le basta.

—La mujer del coche está estable —dice—. Nora acaba de confirmarlo.

—Bien.

—Ethan.

—Dime.

Duda. Es la primera vez que veo dudar a Vera antes de darme una mala noticia, y eso me asusta más que la noticia.

—Mientras estabas fuera —dice—, saltó una baliza en la costa de sotavento. Una lancha sin identificar. Nora la vio en el radar del puerto hace doce minutos. Después se metió detrás de los islotes y desapareció.

Cierro los ojos.

—¿Cuántos?

—No lo sabemos.

—¿Cuántos, Vera?

—El radar no cuenta personas. Solo dice que era una lancha demasiado grande para venir vacía.

Me apoyo en el marco de la puerta. El cansancio de cuarenta minutos de barranco se me cae encima de golpe, pero no es eso lo que me dobla.

Es saber que he sido la herramienta. Otra vez.

Que he salvado una vida real mientras me robaban varias.

Que no hay forma de ganar esta partida jugando limpio, porque la trampa está construida precisamente sobre lo único que no pienso dejar de hacer.

—Los tenía a un kilómetro —digo, más para mí que para ella—. Y estaba de rodillas en el barro, salvando a la persona correcta y, a la vez, en el sitio equivocado. ¿Cómo demonios…?

Dejo de hablar y suspiro. No puedo evitar sentir que la culpa es mía. Vera no me dice que no es culpa mía. Se lo agradezco. Sabe que ahora esas palabras no me sirven.

Lo que hace es acercarse. Despacio. Y se queda a mi lado, hombro con hombro, mirando el mismo mar negro que me ha ganado esta noche.

—¿Sabes qué me dijiste una vez? —murmura—. Que el problema no es el miedo. Es dejar que decida por ti.

—Me acuerdo.

—Pues no dejes que esto decida que has perdido. Han movido a un grupo. Vale. Pero ahora sabemos por dónde. Sabemos cuándo. Sabemos qué necesitan para hacerlo. Antes no teníamos nada. Ahora tenemos un patrón.

La miro. Empapada, exhausta, con el pelo hecho un desastre y los ojos encendidos de esa rabia suya que no se apaga ni de madrugada.

Y, por primera vez en toda la noche, la jaula se me afloja un poco. No porque hayamos ganado. Porque no estoy solo dentro de ella.

—Debería odiar que tengas siempre razón —digo.

—Deberías.

—Es agotador.

—Lo sé. Imagínate desde aquí dentro.

Casi sonrío. Y esta vez, contra todo pronóstico, el «casi» se rompe. Poco. Pero se rompe. Fuera, el viento empieza por fin a cansarse.

El mar tardará en calmarse del todo. Siempre tarda.

Pero ya se le nota el agotamiento debajo de la furia, como a todos nosotros.

Mañana la isla amanecerá incomunicada, lamiéndose las heridas, contando barcas rotas y tejados sueltos.

Y en algún sitio, detrás de los islotes, habrá menos gente de la que había ayer sin que ninguna lista lo registre. Miro a Vera. Ella mira el mar.

Y pienso, con una claridad que me da más miedo que el temporal, que llevo toda la vida sabiendo despedirme de la gente a la que salvo. Lo que ya no sé es cómo se hace para no despedirse de alguien. Para quedarse.

No se lo digo. Todavía no sé decirlo. Pero, por primera vez en dos años, quiero aprender.