Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

No publiques todavía

Vera

H e escrito el reportaje que puede hundirlos.

Está entero. En el portátil, en una carpeta que he bautizado, con una falta de imaginación impropia de mí, «SAN ELÍAS».

Tres mil palabras. La ruta de los círculos azules.

Los traslados secundarios. Las emergencias fabricadas.

La firma que se repite. El túnel con la mochila infantil y las marcas de crecimiento en la pared.

No están todos los nombres. Ni todas las pruebas. Pero hay suficiente para que, cuando se publique, nadie en este país pueda volver a mirar San Elías como una postal. Suficiente para que alguien, en algún despacho lejos de aquí, tenga por fin que dar explicaciones.

Es el mejor trabajo que he hecho en mi vida. Y llevo seis horas sin atreverme a pulsar «enviar».

El móvil vibra por tercera vez. Claudia. Lo dejo sonar dos tonos más de los necesarios antes de contestar.

—Dime.

—Llevo todo el día diciéndote cosas y tú sin coger el teléfono.

—Estaba trabajando.

—Bien. Porque arriba están nerviosos. Se ha filtrado que tienes algo gordo y quieren fecha.

Cierro los ojos.

—No tengo fecha.

—Vera.

—No la tengo, Claudia.

Un silencio al otro lado. De los que Claudia usa como bisturí.

—Hace un mes me habrías mandado eso sin dormir. ¿Qué te está pasando en esa isla?

Buena pregunta. Ojalá tuviera una respuesta que no incluyera a un hombre que gira una moneda entre los dedos.

—Dame unos días —digo.

—Te doy hasta el viernes. Después decido yo.

Cuelga sin despedirse. Muy suyo. Me quedo mirando la pantalla del portátil. El cursor parpadea al final del texto, paciente, como si supiera que voy a ceder tarde o temprano.

Y entonces llaman a la puerta de la habitación. No es Mara. Mara llama de otra manera, con esa autoridad de dueña que no pide permiso de verdad. Estos son dos golpes secos, contenidos.

Abro. Ethan. Sin chaqueta, con el pelo revuelto por el viento, y una expresión que reconozco antes de que diga nada. La de quien viene a discutir algo que preferiría no tener que discutir.

—¿Puedo pasar?

Me aparto. Entra, pero no se sienta. Mira el portátil abierto sobre la cama. La pantalla encendida. El texto. No hace falta que lea nada. Le basta con verme la cara.

—Lo vas a publicar —dice.

No es una pregunta.

—Es mi trabajo, Ethan.

—Lo sé.

—Es literalmente lo único que sé hacer.

—Eso no es verdad.

—Ahora mismo lo parece.

Se pasa una mano por la nuca. Ese gesto suyo de cuando el cansancio y el miedo se le juntan en el mismo sitio.

—Necesito pedirte una cosa —dice—. Y sé cómo va a sonar.

—Pues empieza fuerte.

—No lo publiques todavía.

Ahí está. Lo esperaba. Y aun así, oírlo en voz alta me sienta como una bofetada.

—¿Perdona?

—Todavía no. Solo eso. Todavía no.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?

—Sí.

—No creo que lo sepas.

Dejo la puerta. Doy un paso hacia él.

—Me estás pidiendo que me siente encima de la prueba de que hay gente desapareciendo, y que no haga nada, que es exactamente lo que ha hecho todo el mundo en esta isla durante años. Mirar hacia otro lado. Callar. «No preguntes.»

—No es lo mismo.

—Suena idéntico.

—Porque no me dejas terminar.

—Es que no quiero oír el final —digo—. Porque sé que vas a decir algo razonable, y no quiero que tengas razón.

Se queda callado un momento. El viento golpea la ventana. Abajo, en el puerto, alguien arrastra una barca.

—Si eso sale mañana —dice, más despacio—, ¿qué crees que pasa el lunes?

No contesto. Porque ya lo sé. Pero necesito que lo diga él.

—Se lo digo yo —continúa—. El lunes, esa pared del túnel está vacía. La mochila, no está. El coche rojo, no está. Y Leo y Sara, dondequiera que los tengan ahora, dejan de ser un problema que gestionar y pasan a ser un cabo suelto que cortar.

El nombre de los niños en su boca me hace daño físico.

—No juegues con eso.

—No estoy jugando. Estoy diciéndote lo que pasa cuando esta gente se siente descubierta. No huyen. Limpian.

—Y mientras tanto, ¿qué? ¿Esperamos? ¿Cuántos más suben al segundo helicóptero mientras yo protejo mi exclusiva reteniéndola?

—No es tu exclusiva lo que proteges reteniéndola.

—¿Ah, no?

—Es a ellos.

Me giro. No puedo mirarlo mientras pienso, porque su cara me desordena los argumentos. Camino hasta la ventana. El faro del norte se recorta a lo lejos, apagado, con su secreto ya sabido.

—El pacto de las veinticuatro horas —digo, sin girarme—. En la base, al principio. Te pedí un día. Me lo diste.

—Sí.

—Esto no es un día, Ethan. Esto es «no publiques hasta que yo diga». Y tú decides cuándo. Otra vez alguien decidiendo por mí lo que puedo y lo que no puedo hacer.

—No es…

—Es exactamente eso.

Me vuelvo hacia él. Y digo la cosa más cruel que se me ocurre, porque estoy asustada y el miedo, en mí, siempre sale con forma de cuchillo.

—¿Sabes lo que hacen los de la red? Deciden quién importa y cuándo. Deciden quién sale en los listados y quién no. Deciden quién se salva. Y me estás pidiendo que haga justo eso: decidir yo, desde mi habitación, quién puede esperar y quién no.

En cuanto lo digo, quiero retirarlo. Porque veo el golpe llegarle. Justo donde le duele.

Ethan no levanta la voz. No se defiende. Solo se queda muy quieto, con esa quietud suya que ya sé leer, y cuando habla lo hace con una calma que es mil veces peor que un grito.

—Tienes razón en una cosa —dice—. Sé demasiado bien lo que significa decidir quién sale y quién se queda.

—Ethan, no quería…

—Déjame terminar. Por favor.

Me callo.

—La diferencia —dice— es que ellos deciden para que la gente desaparezca.

Yo te estoy pidiendo que esperemos para que aparezca.

No es lo mismo aunque se parezca. Y si me equivoco, si por esperar muere alguien, lo cargaré yo.

Pero si publicas mañana y el lunes no queda nadie a quien rescatar, eso lo vas a cargar tú.

Y te conozco lo suficiente para saber que ese peso no lo sueltas en la vida.

Se me llenan los ojos. Odio que se me llenen los ojos.

—No es justo —digo.

—No.

—Usar lo que me importa contra mí.

—Es lo único que tengo. No tengo argumentos mejores que los tuyos. Solo tengo a Leo y a Sara. Y la certeza, por experiencia, de que a esta gente hay que quitarle la salida antes de enseñarle que la buscas.

El silencio que sigue es largo. Denso. Me siento en el borde de la cama, al lado del portátil, con su cursor todavía parpadeando. Enviar. No enviar. Toda mi vida cabe en ese botón.

—Me hice periodista por esto —digo en voz baja—.

Por la gente que desaparece sin que nadie pregunte.

Vi listas de nombres colgadas con celo en la pared de un hospital, en Odesa, y madres leyéndolas de arriba abajo cada mañana.

Y me juré que yo sería la que preguntara.

Siempre. Aunque molestara. Aunque fuera peligroso.

Levanto la vista hacia él.

—Y ahora tú me pides que no pregunte todavía. ¿Entiendes por qué me cuesta tanto? No es la exclusiva. Es que callar, para mí, es la forma que tiene el mal de ganar.

Ethan se acerca. Por primera vez desde que ha entrado, se sienta. En la silla, frente a mí. No en la cama. Siempre esa distancia medida.

—No te pido que no preguntes —dice—. Te pido que preguntes en el orden correcto. Primero los sacamos. Después lo cuentas todo. Con nombres. Con firmas. Con quien haya que hundir. Y yo te ayudo a hundirlo, te lo prometo. Pero primero los vivos.

—¿Y si «primero los vivos» no llega nunca? ¿Y si esto se alarga meses y tú sigues diciéndome «todavía no, todavía no» hasta que la historia se enfría y ya no la publica nadie?

—Entonces tendrás todo el derecho a no volver a fiarte de mí.

Lo dice sin dramatismo. Como una cláusula de un contrato. Y precisamente por eso le creo.

Miro el portátil. Miro el cursor. Pienso en Claudia, en el viernes, en «después decido yo». Pienso en Leo, en Sara, en una tercera línea sin nombre. Y hago la cosa más difícil que he hecho como periodista en quince años.

Cierro el portátil. El clic de la tapa suena en la habitación como algo que se rompe. O como algo que se guarda. Todavía no sé cuál de las dos cosas.

—Hasta que estén fuera —digo—. Ni un día más. Y quiero saberlo todo, a partir de ahora. Todo, Ethan. Si me vas a pedir que espere, me lo ganas contándome la verdad. Sin baterías. Sin recados falsos.

—Trato hecho.

—No he terminado.

Levanto un dedo.

—Tengo hasta el viernes antes de que mi editora decida por su cuenta. Eso no lo controlo yo. Así que el reloj corre, y no lo he puesto yo.

Algo cambia en su cara. No alivio. Urgencia.

—Entonces tenemos menos tiempo del que pensaba.

—Bienvenido a mi mundo.

Se levanta. Antes de irse, se detiene junto a la puerta.

—Vera.

—¿Qué?

—Sé lo que te acaba de costar cerrar esa tapa.

Trago saliva.

—No lo sabes.

—Un poco, sí. Yo también he tenido que elegir a veces entre lo que está bien y lo que llega a tiempo.

Abre la puerta. La luz del pasillo entra en la habitación.

—Y por si te sirve de algo —añade, sin girarse del todo—: no conozco a mucha gente que habría cerrado esa tapa. Casi nadie antepone a unos desconocidos el trabajo de su vida.

Y se va. Me quedo sola con el portátil cerrado.

Con tres mil palabras dormidas dentro. Con un plazo que no he puesto yo.

Y con la sensación, nueva y aterradora, de que acabo de confiarle a un hombre que se marcha cada vez que suena una radio la única cosa que siempre había sido solo mía.

Mi voz. Fuera, empieza a levantarse viento. Del sur. Del malo.

Bajo a la recepción a por agua y me encuentro a Mara cerrando los postigos con una eficiencia que no había visto en ella.

—Va a caer una buena —dice, sin que le pregunte—. De las que aíslan la isla dos o tres días.

—¿Tan pronto?

—El mar avisa. Solo hay que saber escucharlo.

Me tiende un vaso de agua que no le he pedido. Y, con la naturalidad de siempre, con esa calidez de madre que a estas alturas ya forma parte del paisaje, añade:

—Sube a descansar, niña. Y no bajes esta noche, pase lo que pase fuera. Hazme caso.

Cojo el vaso.

—Gracias, Mara.

Subo las escaleras. Y solo cuando cierro la puerta de mi habitación, con el viento arreciando contra los postigos, caigo en la cuenta de que no es la primera vez que Mara me dice, con voz de cuidarme, que no baje una noche concreta.

No le doy más vueltas. Estoy demasiado cansada. Pero, sin saber por qué, esa frase se me queda dando vueltas mucho después de apagar la luz. No bajes esta noche. Pase lo que pase fuera.