Capítulo 21
La cala negra
Vera
N o llegamos a separarnos. Menos de una hora después, cuando el viento empieza a perder fuerza y la base aún huele a barro, agua salada y café recalentado, Nora nos llama a coordinación. La baliza que desapareció detrás de los islotes ha vuelto a emitir durante once segundos.
Esta vez la señal no viene del mar, sino de tierra: del antiguo sendero de servicio que baja por el costado de sotavento del faro, el mismo acceso donde encontramos huellas recientes y una cuerda demasiado nueva.
Bruno y Luca siguen con el operativo del barranco y Nora no puede abandonar la base.
Ethan dice que irá solo a comprobar el punto antes de que amanezca y la lluvia borre cualquier rastro.
Yo reconozco en el mapa el último círculo azul de mis notas y me niego a quedarme atrás.
Nora nos da veinte minutos, la radio abierta y una orden muy clara: mirar, no intervenir.
El todoterreno no consigue pasar del desprendimiento, así que continuamos a pie.
La tormenta ha convertido el camino en una lengua de barro y nuestras linternas apenas atraviesan la bruma.
Encontramos marcas recientes de neumáticos, una señal azul pintada en la roca y un trozo de tela gris enganchado en una zarza.
Lo suficiente para saber que la lancha no salió vacía y que alguien utilizó ese sendero mientras todos mirábamos hacia el barranco.
Entonces oímos un motor al otro lado del recodo.
Después, dos puertas que se cierran y voces que no pertenecen a nadie de la base.
No sabemos quiénes son ni qué hacen allí, pero Ethan apaga la linterna justo cuando un haz de luz barre el camino.
No nos han visto. El problema es que acaban de cortarnos la única salida.
Me agarra de la mano y me guía hacia el viejo descenso del acantilado.
No podemos volver por el mismo camino sin cruzarnos con ellos, así que bajamos buscando otro acceso a la costa.
En la bajada, la radio golpea contra una piedra, se suelta de su cinturón y desaparece en la oscuridad.
Las voces se acercan y nosotros seguimos descendiendo.
Hemos bajado tan deprisa que el miedo se me ha quedado sin sitio en el cuerpo.
Solo queda el aire raspándome la garganta y el latido, demasiado fuerte, golpeándome las costillas como si quisiera salir a buscar aire por su cuenta.
—Aquí —dice Ethan.
Me empuja, sin brusquedad, hacia una grieta en la roca que yo no habría visto jamás. No es una cueva. Es menos que eso.
Un tajo negro en la pared del acantilado, al nivel del agua, donde la marea baja ha dejado una lengua de arena oscura y un techo de basalto tan bajo que él tiene que agacharse. Nos metemos dentro.
El mundo se estrecha a roca, sombra y el rumor del mar a un par de metros.
Fuera, arriba, en algún punto del sendero por el que hemos bajado medio rodando, se oyen voces. Luego una linterna barre el borde del acantilado. Ethan me pone una mano en el hombro. No hace falta que diga «no te muevas».
No pienso moverme ni para respirar. La linterna barre otra vez. Se detiene. Duda. Y sigue de largo. Las voces se alejan. Poco a poco, el corazón vuelve a caberme en el pecho.
—¿Se han ido? —susurro.
—De momento.
—¿Seguirán ahí?
—Hasta que terminen lo que hayan venido a hacer. Pero para bajar aquí hay que saber que esto existe. Y no lo sabe casi nadie.
—Tú sí.
—Yo llevo dos años memorizando todos los sitios de esta isla en los que se puede desaparecer.
Debería preguntarle por qué un hombre necesita memorizar sitios así. No lo hago.
Empiezo a entender que hay respuestas que solo llegan si no las persigues.
Nos sentamos en la arena negra, con la espalda contra la roca, porque no hay otra cosa que hacer. La marea todavía no nos deja salir. Los desconocidos que han llegado al sendero todavía andan cerca.
Estamos, por primera vez desde que lo conozco, sin ningún sitio al que él pueda irse. Sin radio.
La perdió en la bajada; la vi soltarse del cinturón y saltar hacia las rocas como un animal huyendo. Sin helicóptero. Sin base. Sin próxima emergencia esperándolo a la vuelta de una frase.
Solo Ethan y yo, un tajo en la roca y una noche que, por una vez, no puede quitármelo de al lado. Tardo un rato en darme cuenta de lo que eso significa. Y cuando me doy cuenta, me da casi vértigo.
Porque llevo desde que llegué midiéndolo por lo que hace cuando suena una alarma: cómo se levanta, cómo se le cierra la cara, cómo se convierte en otra cosa y se va. Y ahora no puede irse. No hay adónde.
Por primera vez lo tengo entero, quieto, sin una salida a la que echar mano.
Y descubro que un Ethan que no puede huir es un Ethan al que no había visto nunca. Está más callado. Más grande dentro de este agujero de lo que parece a plena luz.
Y, en la penumbra, sin el papel de piloto encima, tiene algo de animal desconcertado, como si la quietud le costara más que cualquier acantilado.
—Tienes frío —dice.
—Estoy bien.
—Estás temblando.
—Es la adrenalina.
—Es la ropa empapada y el frío que entra por ahí —dice, señalando la boca de la grieta—. No es solo adrenalina.
Se quita la chaqueta de la unidad, la que lleva incluso cuando no está de servicio, y me la tiende.
—No —digo—. Entonces el que se congela eres tú.
—Yo aguanto más.
—Qué comodín.
—Es verdad. Nepal enseña esas cosas.
Lo dice sin pensar. Y en cuanto lo dice, algo se le tensa en la mandíbula, como quien nota demasiado tarde que ha dejado una puerta entornada. No me lanzo hacia la puerta. He aprendido. Cojo la chaqueta. Me la echo por encima.
Huele a él, a sal y a gasóleo y a algo más limpio debajo, y me odio un poco por notarlo en un momento como este.
El espacio es tan pequeño que, cuando se vuelve a sentar, su hombro queda pegado al mío. No se aparta. Yo tampoco.
Es lo más cerca que hemos estado sin que una radio o una explosión o media isla nos empujaran, y los dos lo sabemos, y ninguno lo dice. Nos quedamos en silencio. El mar entra y sale de la cala con una paciencia antigua. Le miro las manos, apoyadas en las rodillas.
Las conozco de verlas ajustar arneses, girar mosquetones, sostener una moneda oscura cuando piensa. Ahora están quietas. Vacías.
Y esa quietud, no sé por qué, me dice más de él que cualquier cosa que haya averiguado en estos días de reportaje. Y entonces caigo en la cuenta de una cosa. Llevamos aquí un buen rato. Hemos hablado poco, pero hemos hablado. Y no ha hecho ni una sola broma. Ni una.
El hombre que bromea colgado de una cuerda sobre un barranco, el que responde a un piloto que le grita con un chiste seco, el que convirtió la palabra «demasiado» en un idioma propio con Bruno... lleva toda la noche sin ponerse el blindaje.
Y eso me desarma más que cualquier cosa que pudiera decirme. Porque su humor no es humor. Es una armadura. Y acaba de dejarla en el suelo, entre los dos, sin avisar.
—No estás bromeando —digo en voz baja.
Me mira.
—¿Debería?
—Siempre bromeas. Cuando algo te da miedo, bromeas. Lo hago yo también, pero tú tienes un máster.
—Ya.
—Y esta noche no lo has hecho ni una vez.
Tarda en responder. La luz que entra por la grieta es casi ninguna; solo distingo el perfil de su cara, la línea de la mandíbula, el brillo de sus ojos cuando gira la cabeza hacia mí.
—No —dice al fin—. No esta noche.
—¿Por qué?
—Porque el humor sirve para no sentir. —Hace una pausa—. Y ahora mismo no quiero no sentir.
Se me corta algo en el pecho. No sé qué decir a eso. Así que hago lo que hace él: espero. El mar entra. El mar sale.
Y Ethan, en la oscuridad de una grieta en la roca, con aquellos desconocidos todavía arriba, empieza a hablar.
—Mi madre era de un valle al norte de Katmandú —dice—. Mi padre, un inglés que pasaba por allí y no supo marcharse a tiempo. Crecí entre dos sitios y no fui del todo de ninguno. Cuando ella murió, me alisté. Necesitaba un sitio que me dijera qué hacer a cada hora.
La moneda no aparece. Me doy cuenta de eso: no la está girando entre los dedos. Tiene las manos quietas sobre las rodillas, como si por una vez no necesitara nada entre él y lo que dice.
—África fue después. Ya te hablé de una parte. —Traga—. Lo que no te conté es cómo salí. No salí limpio. Salí dejando gente atrás porque no me daba el cuerpo para sacarla a toda. Elegí. En un minuto, con las manos, elegí a quién subía al camión y a quién no.
Su voz no tiembla. Es peor que si temblara.
—Los dos años en los que no existo en ningún registro son esos.
Los pasé intentando no acordarme de las caras de los que no subieron.
Vine a San Elías porque un sitio pequeño y aislado me pareció un buen lugar para desaparecer despacio.
Para volar, sacar a gente de acantilados, y no tener que volver a elegir nunca a quién dejo atrás.
El mar entra.
—Y resulta que había venido a meterme justo en medio de lo mismo de lo que huía. Solo que esta vez, del lado correcto.
Se hace un silencio largo. No lo lleno. Sé que aún no ha terminado.
—Por eso me voy siempre —dice—. Cada vez que suena una radio. No es vocación. Es que aprendí que dejar a alguien atrás se paga toda la vida, y prefiero pagar el cansancio de ir que el otro precio. Irse es fácil. Lo difícil es lo que me estás enseñando sin querer.
—¿El qué?
Gira la cara hacia mí. Y en esa oscuridad casi total, con el ruido del mar tapándolo todo, lo dice.
—Quedarme.
Y con esa palabra, algo más pequeño y más enorme sucede.
—Quedarme contigo cuando todo me grita que me levante y me vaya.
La frase se queda suspendida entre los dos. Esta vez no la esconde detrás de una broma ni la deja a medias. La dice entera, mirándome, y comprendo que ese es el verdadero paso: no cómo me llama, sino que por fin me deja entrar en el lugar del que siempre huye.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una declaración —susurro.
—Lo sé.
—¿A propósito?
—También.
Se me llenan los ojos, y esta vez no me molesto en odiarlo.
—Llevo desde el muro esperando que terminaras alguna frase —digo.
—Y llevo desde entonces guardándomela, porque decírtelo era decírtelo todo, y no sabía si tenía derecho a decírtelo todo.
—¿Y ahora sí?
—Ahora ya no me quedan sitios a los que irme corriendo antes de terminar la frase.
Me río. Me sale mojada, medio rota, pero me río.
—Qué manera tan tuya de declararte. Necesitas una isla incomunicada, una noche imposible y una grieta en la roca para decir cuatro palabras.
—Nunca he dicho que se me diera bien.
—No. No se te da.
—¿Lo he hecho mal?
Lo miro. El perfil, la mandíbula, los ojos brillando en lo oscuro.
El hombre que ha elegido a quién dejar atrás con las manos y ha decidido pasar el resto de su vida no dejando a nadie.
El que se va cada vez que suena una radio porque quedarse le da más miedo que cualquier acantilado.
Y que esta noche, por mí, se ha quedado.
—No —digo—. Lo has hecho perfecto.
Me acerco. No mucho. Lo justo para apoyar la cabeza en su hombro, para que su brazo me rodee despacio, con esa prudencia suya que ni siquiera ahora se le olvida del todo. Nos quedamos así.
Dos personas empapadas en una grieta negra, con unos desconocidos recorriendo el sendero sobre nuestras cabezas, sin nada que hacer salvo respirar la misma oscuridad.
—¿Sabes lo que escribí en aquella nota? —murmuro contra su hombro—. La pregunta que no era para el reportaje.
—«¿Cuándo fue la última vez que alguien te esperó al volver?»
Levanto la cabeza.
—¿La leíste?
—Bruno me la enseñó. El muy traidor. —Casi sonríe; casi, todavía no—. Y no supe contestarla. Porque la respuesta era «nunca». Nunca ha habido nadie esperando. Aprendí a que no me importara.
Su brazo me aprieta un poco más.
—Ahora tengo respuesta. Y me aterra tenerla.
—¿Por qué?
—Porque «nadie esperando» era mi seguro. Si no vuelvo, no rompo nada. Y esta noche me acabas de quitar el seguro.
No le digo que todo irá bien. No se lo digo porque sería mentira, y él ha dejado de mentirme hace rato, y yo no voy a empezar ahora. Le digo la única verdad que tengo.
—Yo también respiro mejor cuando estás cerca —susurro—. Te lo dije bajo la lluvia, pero entonces todavía podía fingir que era una broma. Ahora te lo digo para que duela lo que tenga que doler.
Esta vez sí sonríe. Del todo. La primera de la noche, y la última, y me la guardo entera.
—No prometo volver siempre —dice—. Ya lo sabes.
—Lo sé.
—Prometo intentarlo con todas mis fuerzas. Y prometo que, cuando lo consiga, va a haber por primera vez alguien a quien quiero volver.
Nos quedamos callados mucho rato. No es un silencio que haya que llenar.
Es de los otros, de los que solo sé poner cuando estoy con la persona correcta en el sitio equivocado. Fuera, la marea empieza a cambiar.
Lo noto en el ruido: el mar ha dejado de entrar tan adentro, empieza a retirarse, a devolvernos poco a poco el camino de salida. Dentro de un rato podremos irnos.
Volveremos a la base, al reportaje detenido, al viernes de Claudia, a los círculos azules, a Leo y a Sara, a una red que no sabe que esta noche ha perdido algo que no aparece en ningún radar. Todo eso nos espera arriba.
Pero todavía no. Todavía queda un poco de marea baja. Un poco de oscuridad.
Un poco de este sitio donde, por una vez, ninguna radio puede sonar. Me acurruco contra él. Cierro los ojos.
Y, en la cala más negra de la isla, con voces desconocidas a unos metros por encima y el mar respirando despacio a nuestros pies, entiendo por fin lo que Mara intentaba decirme sin decirlo.
Que no hay que tener miedo de querer a un hombre que corre cuando alguien lo necesita. Que lo único que hay que asegurarse... es de ser el sitio al que quiere volver.
Y esta noche, en su voz, por primera vez, lo he sido.