Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Una cuerda tendida entre dos salientes de roca, con dos pinzas de plástico todavía sujetas a ella.

Una caja de cartón doblada para hacer de asiento.

Un cuento infantil sin cubierta, abierto por la mitad y protegido bajo una piedra para que la humedad no levantara las páginas.

No era un escondite improvisado. Alguien había intentado convertir aquel lugar en un hogar.

Un hogar triste, oscuro y helado. Pero un hogar al fin y al cabo.

Me agacho despacio delante del libro sin llegar a tocarlo.

La linterna ilumina un dibujo de animales del bosque.

El papel está deformado por la humedad y algunas páginas se han pegado entre sí, pero todavía puede distinguirse el color.

Siento un nudo en la garganta. He visto campamentos de refugiados.

Hospitales de campaña. Escuelas bombardeadas.

He entrevistado a madres que enterraban a sus hijos con las manos porque ya no quedaban palas.

Creía haber aprendido que el horror tiene muchas formas.

Pero nunca imaginé que me rompería por dentro un libro infantil abandonado en un túnel volcánico.

—Vera...

La voz de Ethan llega muy baja, como si también él tuviera miedo de alterar algo. Levanto la cabeza. No hace falta que me pregunte si estoy bien. Debe de estar escrito en mi cara.

—¿Qué pasa? —consigo decir.

Él no responde enseguida. Simplemente señala el suelo, unos metros más allá.

Sigo la dirección de la linterna. Hay una pequeña montaña de ceniza.

En el centro asoma algo brillante. Nora se acerca con mucho cuidado y se pone unos guantes antes de apartar la ceniza con la punta de un bolígrafo. Aparece un cochecito de juguete.

Rojo. Tiene una rueda rota y la pintura desconchada, pero sigue siendo perfectamente reconocible. Bruno deja escapar el aire muy despacio.

—Joder...

Es la primera vez desde que lo conozco que no intenta aliviar la tensión con una broma. Ni siquiera él encuentra un sitio donde colocar el humor. Luca permanece completamente inmóvil, con la mandíbula apretada. Nora guarda unos segundos de silencio antes de hablar.

—No tocamos nada. Fotografiamos la zona y avisamos a Científica.

Ethan asiente sin apartar los ojos del coche de juguete. Lo conozco lo suficiente para saber que por dentro está mucho más alterado de lo que deja ver. Sin embargo, cuando habla, su voz sigue siendo serena.

—Bruno, marca el perímetro.

Luca, necesito fotografías de conjunto antes de acercarnos más.

Nora, voy a comprobar si la galería continúa.

Todos se ponen en movimiento inmediatamente.

Es la primera vez que veo a Ethan dar órdenes en una situación que no es un rescate.

No levanta la voz. No impone. Simplemente habla con la seguridad de quien sabe exactamente qué hacer.

Y todo el mundo responde. Me doy cuenta de que sigo mirando el coche de juguete.

Una mano aparece en mi campo de visión. No me toca.

Solo se queda abierta, esperando. Levanto la vista. Ethan.

—Ven.

Obedezco sin discutir. Nos alejamos unos pasos de la pequeña estancia. Cuando estamos lo bastante lejos para no contaminar nada, él se vuelve hacia mí.

—Respira.

Me echo a reír con incredulidad.

—¿En serio?

—Sí.

—No necesito...

El resto de la frase se queda atrapado en la garganta. Porque descubro que llevo varios segundos respirando muy deprisa. Cierro los ojos un instante. Inspiro. Despacio. El aire huele a roca húmeda y a tierra. Cuando vuelvo a abrirlos, Ethan sigue delante de mí.

No intenta consolarme. No dice que todo irá bien. No busca frases bonitas. Y agradezco profundamente que no lo haga.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuro.

Él niega con la cabeza.

—Que hasta ahora hablábamos de expedientes, de códigos y de firmas.

Miro un momento hacia la cavidad que acabamos de dejar atrás.

—Pero ahí dentro no había expedientes.

Había personas. Niños. Familias enteras intentando sobrevivir sin que nadie supiera que existían. La expresión de Ethan cambia apenas un instante. Muy poco. Lo justo para que adivine que está viendo exactamente lo mismo que yo.

—Por eso hacemos esto —dice al cabo de unos segundos.

Frunzo el ceño.

—¿El qué?

—Seguir buscando.

No añade nada más. No hace falta. Porque, de repente, entiendo algo que hasta ese momento no había visto con tanta claridad.

Yo llevo días intentando descubrir quién está detrás de aquella red.

Él lleva años dedicando su vida a encontrar personas antes de que sea demasiado tarde.

Venimos de mundos distintos. Pero, en el fondo, siempre hemos estado persiguiendo lo mismo.

Un pitido rompe el silencio. La radio de Nora.

—Base para Alfa Uno.

La voz llega entre interferencias.

—Adelante.

—Tenemos novedades sobre los expedientes que solicitaste esta mañana.

Nora intercambia una rápida mirada con Ethan.

—Recibido. Volvemos.

Mientras emprendemos el camino de regreso, echo un último vistazo a la pequeña estancia. La mochila. El libro. Las marcas de crecimiento. El coche rojo. Salimos de los túneles unos minutos después. La luz del sol me obliga a entrecerrar los ojos.

El viento vuelve a golpearme la cara con olor a sal.

Desde allí arriba, San Elías sigue siendo la isla que cualquiera querría fotografiar.

Acantilados negros. Mar azul. Casas blancas.

Un lugar que parece incapaz de esconder nada.

Y, sin embargo, acabo de descubrir que sus secretos no estaban enterrados bajo la roca volcánica.

Lo verdaderamente aterrador era pensar cuántas personas habían pasado por aquella isla... sin que nadie llegara siquiera a buscarlas.

* * *

De vuelta en la base, Nora extiende sobre la mesa de coordinación el documento que había solicitado esa mañana.

—No lo entiendo.

Tardo unos segundos en responder.

—Yo sí.

Todos me miran. Bajo la vista hacia la fecha. Después hacia las iniciales D. R. Y finalmente lo digo:

—No los hacen desaparecer.

El silencio llena la sala.

—Primero los matan sobre el papel.

Levanto la vista.

—Y después se aseguran de que nadie vuelva a buscarlos.