Capítulo 17
Túneles bajo la isla
Vera
L os túneles de lava no aparecen en los folletos turísticos.
Supongo que vender menos la isla que un agujero negro en mitad de una colada volcánica no resulta demasiado atractivo.
El todoterreno se detiene junto a una pared de roca oscura donde apenas se distingue una abertura irregular entre los matorrales.
Si nadie supiera que está ahí, pasaría de largo.
Luca se cuelga la mochila y enfoca la entrada con la linterna.
—Bienvenidos al sitio donde las rodillas dejan de ser blancas y pasan a ser negras para siempre.
Bruno resopla.
—Qué capacidad tienes para vender excursiones.
—Es que luego la gente se queja.
Nora reparte linternas.
—Comprobación de baterías.
Todos las encienden. Un cono de luz rompe la oscuridad. Ethan llega hasta mí y me entrega una.
—No la apuntes directamente a la cara de nadie.
—¿Eso te ha pasado muchas veces?
—Las suficientes.
La guardo en la mano.
—¿Y si me pierdo?
—No te vas a perder.
—¿Porque vienes conmigo?
Niega despacio.
—Porque aquí nadie se mueve solo.
Hay algo tranquilizador en esa respuesta. No habla de protegerme. Habla de un equipo. Eso me gusta. Mucho. Luca entra el primero. Después Nora. Ethan me hace un gesto para que pase delante de él.
—¿Segura?
—Todavía sí.
—Perfecto.
Nada más cruzar la entrada, la temperatura cambia.
El viento desaparece. El sonido del mar también.
Solo queda el eco de nuestras botas contra la piedra volcánica.
Las paredes son negras, brillantes en algunos puntos por la humedad.
El techo sube varios metros sobre nuestras cabezas antes de volver a estrecharse unos pasos más adelante.
Una gota cae desde arriba. Después otra.
Y otra. El sonido se multiplica hasta hacer imposible saber de dónde viene realmente.
—Hay más de veinte kilómetros de tubos volcánicos repartidos por la isla —explica Luca mientras avanza—. Algunos están estudiados. Otros no. Hay galerías que se derrumbaron hace décadas y otras que nadie ha recorrido completas.
—¿Y entraba gente aquí? —pregunto.
—Pastores, chavales con ganas de hacer el idiota, algún espeleólogo...
Bruno completa la lista.
—Y parejas adolescentes.
Nora ni siquiera se gira.
—Bruno.
—¿Qué?
—No hace falta que documentes tu juventud.
Me río por lo bajo. El eco devuelve la risa deformada. Sigo caminando. La luz de mi linterna recorre las paredes. La roca parece casi líquida en algunos tramos, como si hubiera quedado congelada mientras seguía fluyendo. Es precioso. Y profundamente inquietante.
Un estrechamiento obliga a pasar de uno en uno. Apoyo una mano en la pared para mantener el equilibrio. Está fría. Muy fría. Detrás de mí oigo la voz de Ethan.
—¿Todo bien?
—Sí.
—No hace falta demostrar nada.
Giro apenas la cabeza.
—¿Perdón?
—Si necesitas parar, para.
Sonrío.
—Te estás volviendo repetitivo.
—Funciona.
Tiene razón. Funciona. Seguimos descendiendo. El túnel gira hacia la izquierda y desemboca en una galería más amplia. Luca levanta el brazo. Todos nos detenemos. No hace falta que diga nada.
Yo también lo veo. En un rincón, protegido por un saliente de roca, hay una botella de agua. No está cubierta de polvo. Ni de arena. Ni de telarañas. Simplemente... está ahí. Como si alguien pensara volver a por ella. Nora se agacha. No la toca. Solo la observa.
—Fabricación de hace tres meses.
Bruno enfoca un poco más allá.
—Aquí hay algo.
Nos acercamos. Una manta. Doblada con cuidado. No tirada. Doblada. Al lado, un hornillo portátil. Una cacerola pequeña.
Dos cucharas. Un paquete de galletas vacío. La garganta se me seca. No parece un campamento improvisado. Parece... una casa. Pequeña.
Precaria. Pero una casa al fin y al cabo. Ethan se arrodilla junto al hornillo. Acerca la mano. Permanece inmóvil un instante. Después me mira. Muy serio.
—Está templado.
No hace falta añadir nada. Todos entendemos lo mismo. No hace días. Ni siquiera horas. Alguien ha estado allí hace muy poco. Instintivamente apago la linterna durante un segundo. La oscuridad me envuelve de golpe.
No veo absolutamente nada. Solo escucho mi respiración. Y entonces entiendo algo que me eriza la piel. Si yo no veo a nadie... Eso no significa que no haya nadie viéndonos a nosotros. Vuelvo a encender la luz de inmediato. Ethan ya me está mirando.
No dice «¿qué pasa?». No dice «tranquila». Solo asiente una vez. Como si hubiera comprendido exactamente lo que acabo de pensar. Nora rompe el silencio.
—Seguimos.
Pero mucho más despacio. Y, por primera vez desde que entramos en los túneles, siento que ya no estamos explorando un lugar abandonado. Estamos caminando por la casa de alguien que ha salido... o que todavía no ha decidido dejarse encontrar.
Seguimos avanzando despacio, iluminando cada rincón antes de dar un paso más.
El túnel vuelve a estrecharse y después se abre de nuevo en una cámara natural mucho más amplia.
La roca forma una especie de bóveda sobre nuestras cabezas y el sonido del agua filtrándose desde el exterior crea un goteo constante que termina convirtiéndose en parte del silencio.
Luca se detiene y levanta una mano para indicarnos que esperemos.
Después enfoca el suelo con la linterna.
—No piséis por aquí.
Me acerco lo justo para verlo. Sobre la fina capa de polvo volcánico destacan varias huellas.
No son nítidas, pero tampoco antiguas. Algunas parecen de botas de montaña; otras, mucho más pequeñas, podrían pertenecer a unas zapatillas deportivas.
Ethan se agacha sin invadir el rastro. Apoya una rodilla en la roca y observa las marcas durante unos segundos antes de hablar.
—Hay varias personas. Al menos tres.
—¿Recientes? —pregunta Nora.
Él pasa la luz por el borde de una de las pisadas.
—El polvo todavía no ha vuelto a cubrirlas del todo. Si aquí no ha entrado nadie del equipo en semanas, alguien ha pasado hace muy poco.
No sé qué esperaba encontrar cuando acepté venir.
Quizá documentos escondidos. Quizá una caja olvidada o algún objeto relacionado con la investigación.
Desde luego, no imaginaba que lo primero que me haría sentir que invadíamos la intimidad de alguien fueran unas simples huellas.
Continuamos por la galería siguiendo el mismo orden.
Luca abre camino. Después Nora. Ethan me deja avanzar delante de él y Bruno cierra el grupo.
El aire empieza a hacerse más frío conforme descendemos. En algunos tramos el techo obliga a agachar la cabeza, y en otros la galería vuelve a elevarse de forma tan brusca que el haz de la linterna no alcanza a distinguir el final.
—¿Siempre da esta sensación? —pregunto en voz baja.
—¿Cuál? —responde Ethan.
—La de que el túnel sigue respirando.
Él sonríe sin apartar la vista del camino.
—Es normal. La acústica engaña. El agua, el viento y el eco hacen que nunca tenga claro de dónde vienen los sonidos.
Como si quisiera darle la razón, un golpe seco resuena unos metros más adelante. Me sobresalto. Bruno gira inmediatamente la linterna hacia la derecha.
—Tranquila. Ha sido agua.
—O un murciélago con mala educación —añade Luca.
—Gracias. Eso me deja muchísimo más tranquila.
La broma relaja la tensión apenas unos segundos, los suficientes para que sigamos caminando hasta llegar a otra pequeña cavidad.
Esta vez no hace falta que nadie diga nada.
Las pruebas hablan por sí solas. Junto a la pared hay dos esterillas enrolladas con cuidado.
Sobre una roca plana descansa una taza metálica con restos secos de café en el fondo.
Al lado aparece una mochila infantil, descolorida por el uso, de la que asoma la esquina de un cuaderno.
Siento un vuelco en el estómago. No porque sea una mochila.
Porque es demasiado pequeña. Me acerco despacio.
—No la toques —dice Nora con suavidad.
Asiento antes incluso de que termine la frase. No pienso hacerlo. La linterna ilumina el dibujo estampado en la tela: un pulpo sonriente con varios tentáculos de colores. Está desgastado, casi borrado por el roce, pero sigue siendo inconfundiblemente infantil. Trago saliva.
—Aquí había un niño...
No es una pregunta. Nadie responde. No hace falta.
Ethan permanece inmóvil observando la mochila.
Su expresión cambia apenas un instante, pero ya empiezo a conocerlo lo suficiente para detectar esos matices mínimos.
La mandíbula se le endurece y desvía la luz hacia el suelo, como si necesitara asegurarse de que nada alrededor ha sido alterado. Entonces descubre algo más.
—Vera.
Sigo la dirección de su linterna. En la pared, a la altura de la cintura, alguien ha dibujado varias líneas horizontales con carbón.
No son garabatos. Son marcas de crecimiento.
Como las que hacen los padres en el marco de una puerta.
Junto a una de ellas puede leerse, con una caligrafía infantil y torpe: Leo.
Debajo, otra. Más baja. Sara. Y una tercera línea, apenas unos centímetros por encima de la segunda, sin nombre. Me quedo completamente quieta. No veo un escondite. Veo una familia intentando convencer a un niño de que la vida seguía avanzando incluso bajo tierra.
Y eso resulta infinitamente más devastador que cualquier expediente bloqueado.
No sé cuánto tiempo permanezco mirando aquellas marcas.
Quizá unos segundos. Quizá un minuto. Aquí abajo el tiempo parece comportarse de otra manera.
Las gotas siguen cayendo con la misma cadencia, el aire permanece inmóvil y el haz de las linternas convierte cualquier rincón en una fotografía suspendida.
Me obligo a apartar la vista de la pared y la dejo vagar por el resto de la cavidad.
Entonces empiezo a fijarme en detalles que antes me habían pasado desapercibidos.