Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No duda. La estrecha. Su mano está caliente pese al frío. Firme. Segura. Y cuando la suelta demasiado despacio, tengo la absurda sensación de que acabamos de hacer una promesa mucho más importante que la que acabamos de pronunciar.

—Muy bien —dice, recuperando por fin su tono habitual—. Ahora ya podemos empezar a discutir otra vez.

No puedo evitar reírme.

—Pensaba que nunca lo habíamos dejado.

—Eso me tranquiliza.

—¿Por qué?

Recoge la cuerda y señala el borde del acantilado.

—Porque significará que todo sigue exactamente como debe.

* * *

El borde del acantilado parece mucho más alto cuando te asomas con un arnés puesto. Desde arriba todo resulta sencillo. Una pared de roca. El mar rompiendo abajo. Una cuerda. Hasta que descubres que eres tú quien tiene que confiar en esa cuerda. Ethan engancha su descensor al primero.

—Bajo yo. Tú vienes detrás. No tengas prisa. Si necesitas parar, para. Si necesitas preguntar, pregunta.

—¿Y si necesito insultarte?

Una sonrisa le cruza la cara.

—Eso puedes hacerlo durante todo el descenso.

Bruno aparece cargando otra cuerda.

—¿Empiezo a cobrar por escucharos?

—Empieza a trabajar —responde Nora.

—Siempre cortándome las alas.

—Las alas no. La lengua.

Bruno se aleja protestando por lo bajo. Ethan vuelve a concentrarse en mí.

—¿Preparada?

Miro el vacío. Después lo miro a él.

—No.

—Respuesta correcta.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—La gente que dice que nunca tiene miedo suele cometer más errores.

Apoya una mano en la cuerda.

—El miedo no es el problema. El problema es dejar que decida por ti.

Asiento despacio. No sé si habla del descenso... o de algo más. Él se deja caer hacia atrás con una naturalidad insultante. Sus botas encuentran apoyo en la pared de roca y empieza a bajar con movimientos fluidos, casi elegantes. Se gira un instante.

—Vamos.

Respiro hondo. Echo el peso hacia atrás. Mi cuerpo protesta de inmediato. Todos los instintos me gritan que me incline hacia delante, que me agarre a la roca, que deje de hacer exactamente aquello que parece una idea pésima.

—Confía en el arnés —dice Ethan desde unos metros más abajo.

Obedezco. Las piernas empiezan a responder. Un paso. Otro. La cuerda se desliza entre mis dedos. No es tan difícil. Solo hay que convencer al cerebro de que dejarse caer hacia el vacío forma parte del plan.

—Muy bien.

No levanto la vista.

—No me mientas.

—No lo hago.

Otro paso. La roca está húmeda en algunos puntos. Las botas resbalan apenas unos centímetros y el corazón se me sube a la garganta.

—¡Ethan!

—Bloquea.

No hay rastro de alarma en su voz. Solo una orden clara. Mis manos reaccionan antes de que pueda pensar. Giro la cuerda, la bloqueo tal y como me ha enseñado. El descenso se detiene. Permanezco inmóvil. Respirando deprisa. Él espera.

No intenta acercarse. No tira de mi cuerda. No hace nada. Solo espera.

—¿Vera?

—Sí.

—¿Te has caído?

Miro alrededor. Sigo exactamente donde estaba.

—No.

—¿Te has golpeado?

—No.

—Entonces acaba de pasar una cosa muy buena.

Lo miro por primera vez. Está sonriendo. No burlándose. Orgulloso.

—Has hecho exactamente lo que había que hacer.

Tardo unos segundos en entenderlo. Es verdad. No he entrado en pánico. No he soltado la cuerda. No he gritado. He reaccionado.

—Pensaba que ibas a subir corriendo.

Niega despacio.

—No hacía falta.

—¿Cómo lo sabías?

—Porque confío en ti.

La respuesta me deja sin palabras. No añade nada más. Simplemente hace un gesto con la cabeza.

—Sigue.

Y sigo. Los últimos metros pasan mucho más deprisa. Cuando mis botas pisan por fin la estrecha plataforma excavada en la roca, noto las piernas un poco temblorosas. No de miedo. De adrenalina. Me desengancho de la cuerda principal y exhalo una carcajada inesperada.

—Madre mía...

Ethan se ríe por lo bajo.

—¿Qué?

—Creo que acabo de hacer la cosa más estúpida de mi vida.

—Ni de lejos.

—¿No?

—Te recuerdo subiéndote sola a un palé podrido en un almacén.

Le doy un pequeño empujón en el hombro.

—Eso no cuenta.

—Claro que cuenta.

—Era por trabajo.

—Esto también.

Nuestras risas duran apenas unos segundos. Hay algo que no le digo: cuando he resbalado, ha dicho mi nombre con una urgencia que me ha atravesado. No se lo digo, pero lo guardo. Luca aterriza a nuestro lado con la agilidad de un gato.

—¿Todo bien?

—Perfecto —responde Ethan.

Bruno baja el último.

—Confirmado.

La periodista sobrevive. Qué decepción para algunos.

—Habla por ti —replico.

Nora desciende la última y señala el antiguo sendero que serpentea entre la roca volcánica.

—Se acabó la excursión turística.

A trabajar. El camino apenas tiene un metro de ancho. A un lado, la pared del acantilado. Al otro, el vacío hasta el mar. Avanzamos despacio. No tardamos ni cinco minutos en encontrar la primera anomalía. Ethan se agacha. Entre la grava negra hay unas huellas recientes. No las del equipo.

Más pequeñas. Dos personas, quizá tres. Se incorporan y desaparecen hacia el interior del antiguo camino de servicio. Bruno silba muy despacio.

—No tienen más de un par de días.

Luca señala unos metros más allá.

—Y eso tampoco.

Sigo la dirección de su dedo. Una cuerda. Nueva. Demasiado nueva. El color aún no ha perdido intensidad. No tiene restos de sal ni desgaste. Alguien la ha colocado hace muy poco. Ethan intercambia una mirada con Nora.

No hace falta decir nada. No estamos persiguiendo fantasmas.

Alguien ha estado utilizando aquel acceso.

Y probablemente piensa volver. El viento vuelve a rugir sobre nuestras cabezas.

Por primera vez desde que bajamos, el silencio ya no tiene nada de íntimo.

Tiene el sonido inconfundible de un lugar que acaba de demostrar que guarda secretos.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso es mentira.

—Estoy pensando que aprendes demasiado deprisa.

—¿Eso es bueno o malo?

Él tarda un instante en responder.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo mucho que tardes en dejar de necesitarme.

Lo miro mientras termino de guardar el arnés en la bolsa.

—No te preocupes.

—¿No?

—Siempre encontraré alguna excusa para pedirte ayuda.

Una sonrisa lenta aparece en su boca.

—Lo sospechaba.

Bruno pasa por detrás cargando una cuerda.

—¿Habéis terminado de ligar o puedo recoger el material?

—No estábamos ligando —respondemos los dos a la vez.

Bruno levanta las manos.

—Vale, vale... yo solo preguntaba.

Nora, sin levantar la vista del mosquetón que está revisando, sentencia:

—Bruno, un día aprenderás que hay preguntas cuya respuesta no quieres conocer.

—Hoy no, desde luego.

Las risas duran apenas unos segundos. Después Ethan se cuelga la mochila al hombro y mira una vez más hacia el sendero que desaparece entre las rocas. La sonrisa desaparece.

—Volveremos.

No sé si me habla a mí. O al camino. O a quien haya dejado aquellas huellas. Pero, mientras caminamos de vuelta hacia los todoterrenos, tengo la sensación de que el verdadero descenso... acaba de empezar.