Capítulo 16
Arnés
Vera
N o.
Nora ni siquiera levanta la vista del mapa.
Está apoyado sobre la mesa de coordinación, sujeto con dos linternas y una taza de café que ha dejado un cerco circular justo encima de una curva de nivel.
Fuera sopla un viento que hace vibrar los cristales del hangar y obliga a los helicópteros a permanecer amarrados aunque todavía no haya ninguna alerta.
—Ni siquiera sabes lo que voy a pedir.
—Lo sé perfectamente.
Levanta un dedo y señala el plano.
—Quieres venir.
—Exacto.
—Pues no.
Cruzo los brazos.
—Qué diálogo tan enriquecedor.
Bruno levanta la cabeza desde el otro extremo de la sala.
—Yo estoy disfrutándolo bastante.
Nora ni lo mira.
—Tú calla.
—Ya me callo.
No se calla. Nunca se calla. Sigue limpiando una linterna mientras tararea algo imposible de identificar. Vuelvo a centrarme en Nora.
—Ayer encontré un patrón en los expedientes.
—Sí.
—Puede estar relacionado con la zona que vais a revisar.
—También.
—Entonces es lógico que vaya.
—No.
Aprieto los labios.
—Empiezo a pensar que disfrutas diciéndome que no.
—Un poco.
La puerta del hangar se abre y una ráfaga de viento entra levantando varias hojas del mapa.
Antes de que salgan volando, una mano las sujeta.
Ethan. Sin levantar la voz. Sin hacer ruido.
Simplemente aparece donde hace falta. Lleva el mono azul oscuro medio abierto sobre la camiseta negra, las gafas de sol colgadas del cuello y una carpeta bajo el brazo.
Tiene el pelo todavía húmedo de la lluvia y esa expresión de hombre que ya lleva varias horas trabajando antes de que el resto del mundo haya terminado el café.
Recoge una de las hojas que casi se escapa.
—¿Interrumpo una negociación?
—No —responde Nora.
—Sí —respondo yo.
Él nos mira alternativamente.
—Eso aclara muchísimo las cosas.
Bruno levanta una mano.
—Yo voto porque la periodista pierda.
—Tu voto no vale —dice Nora.
—Nunca vale.
Ethan deja la carpeta sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Nora señala una zona del mapa.
—Vamos a revisar el antiguo acceso de mantenimiento del acantilado oeste.
Él baja la vista. Reconozco inmediatamente el gesto. No está leyendo el plano. Lo está reconstruyendo de memoria.
—Hace años que no baja nadie por ahí.
—Precisamente.
—¿Desprendimientos?
—Varios.
—¿Y la plataforma?
—Sigue en pie... en teoría.
Silencio. No me gusta nada ese «en teoría».
—¿Qué hay ahí abajo? —pregunto.
Ethan responde sin apartar la vista del plano.
—Un viejo camino de servicio. Se usaba antes de ampliar el puerto para mover material entre los acantilados y unos almacenes abandonados.
—¿Conecta con el muelle seco?
Levanta la cabeza.
—Indirectamente.
Nora me observa.
—Ahora ya sabes por qué no quería que vinieras.
Sonrío.
—Ahora tengo todavía más motivos.
Ethan suspira. Ese suspiro ya empiezo a conocerlo. Significa que acaba de darse cuenta de que la conversación va a durar más de lo que le gustaría.
—Vera...
—No voy a quedarme aquí mientras revisáis un lugar relacionado con la puerta cuatro.
—No sabemos si lo está.
—Tampoco sabemos que no.
Nora cierra la carpeta del mapa.
—Basta.
Los tres la miramos.
—No tengo tiempo para discutir toda la mañana.
Señala a Ethan.
—Es tu problema.
Después me señala a mí.
—Y tú eres su problema.
Bruno carraspea.
—Eso ha sonado muchísimo peor de lo que...
—Bruno.
—Ya.
Vuelve a callarse. Durante aproximadamente siete segundos. Ethan se pasa una mano por la nuca.
—¿Ha usado alguna vez un arnés de descenso?
—No.
—¿Ha bajado por una pared con línea de vida?
—No.
—¿Sabe cómo funciona un descensor?
—Puedo aprender.
—¿En diez minutos?
—Aprendo rápido.
Él me estudia unos segundos. No con resignación. Con cálculo. Está valorando riesgos. Como siempre. Y eso, por primera vez, no me enfada. Porque ya empiezo a distinguir cuándo intenta apartarme y cuándo simplemente está haciendo su trabajo. Finalmente asiente una vez.
—De acuerdo.
Nora arquea una ceja.
—¿Así de fácil?
—No.
Me mira directamente.
—Vas a venir.
Siento una pequeña victoria que intento no demostrar. Dura exactamente dos segundos.
—Pero harás exactamente lo que le diga.
Resoplo.
—Empezamos.
—No.
Su voz es tranquila. Muy tranquila.
—No es una negociación.
Nos quedamos mirándonos. No hay desafío. Ni enfado. Solo una línea muy fina entre la confianza y la responsabilidad.
—Si en algún momento digo «para», te paras.
Asiento.
—Vale.
—Si digo «vuelve», vuelves.
—Vale.
—Y si digo «no bajes»...
—No bajo.
La respuesta sale antes incluso de que termine la frase. Porque comprendo algo. No está poniendo condiciones para ganar. Está buscando la manera de que los dos podamos hacer aquello sin discutir cada treinta segundos. Y esa diferencia cambia completamente la conversación. Bruno rompe el silencio.
—Estoy emocionado.
Los tres nos giramos hacia él.
—¿Qué?
Sonríe.
—Habéis conseguido negociar sin que nadie confiscara un móvil.
No puedo evitar reírme. Ethan tampoco consigue esconder del todo una sonrisa. Nora niega despacio con la cabeza.
—Definitivamente trabajo con demasiados niños.
* * *
El acceso al acantilado está escondido detrás de un antiguo almacén de piedra que el salitre lleva años intentando convertir en ruinas.
El viento golpea con fuerza en cuanto bajamos de los todoterrenos.
No es un viento desagradable. Es de esos que no te dejan olvidar dónde estás.
Huele a mar, a roca húmeda y a vegetación castigada por la sal.
Bruno descarga el material mientras silba. Luca comprueba las cuerdas.
Nora habla por radio con la base. Ethan...
Ethan ya está revisando los anclajes. Camina despacio por el borde de la plataforma, comprobando cada punto de fijación con una naturalidad que me hace pensar que podría hacerlo con los ojos cerrados.
No hay nada improvisado en él. Todo tiene un orden. Una lógica.
Una rutina. Y entiendo por qué la gente le entrega su vida cuando se cuelga de un helicóptero.
—Vera.
Levanto la cabeza. Me hace un gesto para que me acerque. Sobre una roca ha colocado un arnés completo. Parece mucho más aparatoso de lo que imaginaba.
—Ven.
Obedezco.
—¿Alguna lesión en caderas, rodillas o espalda?
Parpadeo.
—No.
—¿Alguna vez has tenido vértigo?
—No que yo recuerde.
—Bien.
Coge el arnés.
—Levanta un pie.
Lo hago. Introduce mi pierna por una de las perneras. Después la otra. Todo con absoluta normalidad. Como si estuviera ayudando a alguien a ponerse una mochila. Pero mi cuerpo parece no haber recibido ese mensaje. Porque soy demasiado consciente de lo cerca que está.
Del roce inevitable de sus nudillos contra mi muslo cuando ajusta una cinta. Del calor que desprenden sus manos pese al viento.
—No mires abajo cuando empecemos a bajar.
—¿Y dónde miro?
—A mí.
La respuesta sale tan deprisa que tarda un segundo en darse cuenta de lo que ha dicho. Yo también. Nuestros ojos se encuentran. Él carraspea muy ligeramente.
—Quiero decir... mira el recorrido. Mis indicaciones.
—Claro.
Qué profesional. Qué convincente. Sigue trabajando. Tira de una cinta en mi cintura. El arnés se ajusta de golpe.
—¿Demasiado apretado?
—No.
—Tiene que quedar así.
Comprueba la hebilla. Después otra. Después la de la espalda. Todo con movimientos precisos. Sin prisas. Sin un solo gesto que pueda interpretarse como una excusa para tocarme más de la cuenta. Y, precisamente por eso, cada contacto parece más intenso.
—Respira.
Lo miro.
—Estoy respirando.
Una sonrisa mínima.
—Ahora sí.
Maldito. Había contenido el aire sin darme cuenta. Se coloca detrás de mí para revisar el punto de anclaje dorsal. Siento el roce de su pecho apenas un instante. Lo justo para que el corazón decida olvidarse del resto del mundo.
—Perfecto.
Su voz llega muy cerca de mi oído. Más grave de lo habitual.
—¿Lista?
—Eso espero.
Se mueve hasta quedar otra vez frente a mí. Engancha el mosquetón principal. Lo gira dos veces. Comprueba el cierre. Después vuelve a comprobarlo.
—Eres un poco obsesivo.
—Sí.
—Ya lo había notado.
—Me paga las facturas.
No puedo discutir eso. Él levanta la cuerda.
—Esto nunca se enrolla alrededor de la mano.
Me enseña cómo sujetarla. Corrige la posición de mis dedos. Solo unos milímetros.
—Así.
Asiento.
—Si notas que resbala...
—Te aviso.
—No.
Niega despacio.
—Primero bloqueas la cuerda. Después me avisas.
—Entendido.
—Y si dudas...
—Te pregunto.
—Exacto.
Durante unos segundos no dice nada más. Me observa. No como antes. No como el piloto que evalúa riesgos. Como Ethan. Y esa diferencia resulta casi más desestabilizadora que el precipicio.
—¿Qué? —pregunto.
Niega con una sonrisa casi imperceptible.
—Nada.
—Mientes fatal.
—No tanto.
—Bastante.
Baja la vista hacia el último mosquetón. Lo gira una vez más, aunque está perfectamente colocado. Creo que necesita esa excusa para ordenar lo que quiere decir. Cuando vuelve a hablar, su tono ha cambiado. Es más bajo. Más personal.
—No puedo estar contigo en todo momento.
La frase me encuentra completamente desprevenida. Sonrío con suavidad.
—Eso ya me ha quedado claro.
Él no sonríe. Termina de ajustar la última cinta y apoya una mano en mi cintura solo el tiempo imprescindible para comprobar que el arnés no se mueve. Después levanta la vista.
—Así que hazme un favor y cuídate cuando no pueda hacerlo yo.
No hay dramatismo. No hay solemnidad. Solo una petición. Sencilla. Honesta. Y, precisamente por eso, consigue atravesarme por dentro. Porque ya no suena a un hombre intentando decidir por mí.
Suena a alguien que ha comprendido que no puede impedir que entre en el peligro... y aun así necesita saber que voy a hacer todo lo posible por volver. Trago saliva.
—Lo intentaré.
Frunce ligeramente el ceño.
—No.
—¿No?
—Prométemelo.
Lo miro durante unos segundos. El viento vuelve a levantarse alrededor de nosotros.
Más allá, Bruno protesta porque Luca le ha escondido un guante.
Nora habla por radio como si nada de aquello existiera.
Y nosotros permanecemos inmóviles en mitad de la plataforma.
Le tiendo la mano. Él la mira, sorprendido.
—Te lo prometo.