Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

La sala de archivo

Vera

N o puede ser. Esa es la primera reacción. No una teoría. No una deducción brillante. Simplemente una negativa absurda de mi cerebro a aceptar lo que acaban de leer mis ojos.

—Enséñame el expediente —digo.

—No puedo.

—Nora...

—No puedo porque ya no está aquí.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo que no está?

—Los expedientes cerrados pasan al archivo central.

—Pues pídelo.

Ella niega despacio.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué?

Suspira. No parece molesta. Parece preocupada.

—Porque tendría que justificar por qué quiero consultar el historial de una persona fallecida cuyo caso está oficialmente cerrado.

—Y eso levantaría preguntas.

—Exacto.

Empiezo a caminar por la habitación. Necesito moverme cuando pienso. Siempre ha sido así. En Sarajevo. En Alepo. En Ucrania. Caminar ordena las piezas mejor que quedarse quieta.

—Háblame de los traslados secundarios.

Nora cruza los brazos.

—No existen como procedimiento habitual.

—Pero aparecen aquí.

—Sí.

Se acerca a la mesa y señala la columna correspondiente.

—Cuando un evacuado necesita cambiar de hospital, de refugio o de isla por razones médicas, administrativas o familiares, el sistema genera un traslado secundario.

—¿Y quién autoriza eso?

—Depende.

—No me vale «depende».

—Protección Civil. Sanidad. Guardia Costera. A veces nosotros solo ejecutamos la evacuación.

Lo dice de corrido, sin pensarlo. Es la única pregunta de la mañana para la que no ha necesitado ni un segundo. Ahí está. Un agujero. No muy grande. Pero suficiente.

—Entonces vosotros podéis trasladar a alguien...

—...sin saber quién ha autorizado realmente el destino final.

Asiente.

—Exacto.

El escalofrío me recorre la espalda. No porque la teoría sea espectacular. Porque es sencilla. Demasiado sencilla. Un rescate. Una evacuación. Un cambio de destino. Un nombre que desaparece. Un certificado de defunción. Y nadie vuelve a preguntar. Me apoyo sobre la mesa.

—La chica.

Nora levanta la vista.

—La que habló contigo.

Asiento.

—Me pidió que no la dejaran subir al segundo helicóptero.

Las dos permanecemos en silencio. Por primera vez desde que llegué a San Elías, Nora parece darle exactamente el mismo peso que yo a aquella frase. No la minimiza. No intenta racionalizarla. Solo piensa.

—¿Y si no hablaba de un helicóptero?

La miro.

—¿Cómo?

—¿Y si «segundo helicóptero» no era una aeronave?

El comentario se queda flotando entre las dos. No porque resuelva nada. Porque abre demasiadas posibilidades. Un código. Un protocolo. Una ruta. Una fase del traslado. Me llevo una mano a la frente.

—Joder...

Nora sonríe apenas.

—Eso mismo.

Saco mi libreta. Empiezo a escribir.

HELICÓPTERO 2 ≠ HELICÓPTERO

Lo rodeo con un círculo. Después añado debajo:

Traslado secundario. Puerta 4. 27. Pulsera gris. A. R.

Las palabras empiezan a ocupar la hoja como si llevaran días esperando encontrarse.

—Hay algo más —digo.

—¿Qué?

—Si A. R. está oficialmente muerta...

Levanto la vista.

—...¿quién firmó su defunción?

Nora tarda unos segundos en responder.

—Buena pregunta.

—Y otra.

—Dispara.

—¿Quién identificó el cadáver?

Silencio. Otro.

—¿Existió siquiera?

Las dos entendemos al mismo tiempo hacia dónde conduce esa idea. No hace falta decirla. Si alguien consigue declarar muerta a una persona viva... puede borrar su identidad sin secuestrar un solo documento. Nadie busca a los muertos.

Un golpe seco contra la puerta rompe el momento. Luca asoma la cabeza. Respira algo más deprisa de lo normal.

—Nora.

Ella gira inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Acaban de llamar desde la carretera del este.

Mi estómago se contrae. No sé por qué. Quizá porque ya asocio cualquier interrupción con Ethan.

—¿Accidente? —pregunta Nora.

—Un microbús turístico. Se ha salido en la curva del Mirador Negro. Hay varios heridos. El helicóptero ya va para allá.

No necesito preguntar quién lo pilota. Lo sé. Nora ya está cogiendo la radio. Toda la habitación cambia de ritmo. La investigación desaparece de golpe. No porque haya dejado de importar. Porque alguien acaba de necesitar ayuda de verdad. Antes de salir, Nora se vuelve hacia mí.

—No toques nada.

—No pienso moverme.

—Prométemelo.

La miro. Después bajo la vista hacia la carpeta abierta. Hacia el nombre de una mujer oficialmente muerta. Hacia la libreta llena de flechas. Y vuelvo a levantar los ojos.

—Te lo prometo.

Nora asiente. Sale casi corriendo. Luca detrás. La puerta se cierra. Y me quedo sola. Sola con una habitación llena de papeles. Y con una idea que empieza a crecerme dentro de la cabeza.

Si alguien ha conseguido borrar a A. R.... ¿cuántas personas más habrán desaparecido sin que nadie se diera cuenta?

Fuera, el sonido inconfundible de un helicóptero rompe el aire. Levanto la cabeza instintivamente. No puedo verlo desde esa habitación. Pero sé exactamente quién va dentro. Aprieto la libreta entre las manos.

—Vuelve...

La palabra se me escapa tan baja que casi ni yo misma la oigo. Y, por primera vez desde que empezó todo aquello, me doy cuenta de que ya no solo me preocupa descubrir la verdad. También me preocupa que Ethan regrese para escucharla.

Durante unos segundos me quedo inmóvil, escuchando cómo las voces se alejan por el pasillo hasta que solo queda el zumbido del fluorescente del techo. He prometido no tocar nada. Y pienso cumplirlo. Pero nadie me ha prohibido leer.

Vuelvo a sentarme. La carpeta de A. R. sigue abierta delante de mí. Respiro despacio. No busques a la chica. Busca el patrón.

Paso la página. Después otra. Los expedientes mantienen siempre la misma estructura: fecha de ingreso, motivo de la evacuación, valoración médica, destino inicial... Y, de vez en cuando, aparece la misma anotación. Traslado secundario.

Marco la primera con un adhesivo. Sigo pasando hojas. Cinco páginas después encuentro otra. Otra mujer. Treinta y un años. Lesión por inhalación de humo. Destino modificado.

Frunzo el ceño. Paso al expediente siguiente. Nada. Al otro. Nada. Después... Otra vez. Traslado secundario.

Empiezo a sentir ese cosquilleo incómodo que siempre precede a un descubrimiento. No es intuición. Es repetición. Y la repetición nunca suele ser casual.

Cojo una hoja en blanco y empiezo a copiar únicamente los datos comunes.

Expediente 14 Traslado secundario. Expediente 27 Destino modificado. Expediente 39 Traslado secundario.

Los números cambian. Las personas cambian. Las fechas también. Pero hay algo que permanece.

Paso otra página. Y entonces lo veo. Al final de la autorización, donde normalmente aparece el código del responsable que valida el cambio de destino, hay una firma. No un nombre. Solo dos iniciales. D. R.

Parpadeo. Paso al siguiente expediente marcado. Otra firma. D. R. El siguiente. D. R. El siguiente. Exactamente igual.

El pulso empieza a acelerárseme. No estoy mirando cuatro personas relacionadas entre sí. Estoy mirando cuatro expedientes distintos. Cuatro fechas distintas. Cuatro situaciones distintas. Y, sin embargo... La misma firma autoriza todos los cambios.

No fotografío la hoja. No sería inteligente. Saco mi libreta y copio las iniciales. Después dibujo la posición exacta donde aparecen dentro del documento. Debajo escribo: Siempre la misma firma.

Subrayo dos veces. Me obligo a seguir respirando despacio. Todavía puede haber una explicación. Quizá D. R. sea simplemente el responsable de ese departamento. Quizá. Pero entonces... ¿Por qué solo aparece en los expedientes con traslado secundario?

Paso una última hoja. Y ahí está. No forma parte del documento oficial. Es una anotación hecha a bolígrafo azul, pequeña, casi escondida en el margen inferior derecho. Una sola palabra.

VALIDADO

No hay sello. No hay membrete. No hay fecha. Solo esa palabra. Escrita con rapidez. Como si quien la hubiera puesto no esperara que nadie volviera a abrir aquel expediente.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda. La copio también. No la dibujo. La copio exactamente igual. Mayúsculas. Subrayada.

VALIDADO.

Un ruido en el pasillo me obliga a reaccionar. Voces. Dos personas acercándose. Cierro la carpeta de golpe. Guardo la libreta debajo de otra carpeta gris y me obligo a adoptar la expresión más inocente que encuentro.

La puerta se abre. Entra Nora acompañada por un administrativo con una caja de archivadores.

—Perdona la espera —dice mientras deja unos documentos sobre la mesa—. Han trasladado a dos heridos al hospital insular.

Asiento intentando que mi voz suene normal.

—¿Todo bien?

—Dentro de lo posible.

Su mirada baja un instante hasta la carpeta cerrada. Luego vuelve a mí.

—¿Has encontrado algo?

Dudo apenas una fracción de segundo. No quiero mentirle. Pero tampoco quiero lanzar una acusación basada en unas iniciales y una palabra escrita a mano.

—Creo que sí.

Nora espera. No la hago esperar mucho.

—Creo que alguien está autorizando estos cambios siempre desde el mismo sitio.

No digo «la misma persona». No todavía. Ella frunce ligeramente el ceño.

—¿Estás segura?

Miro la carpeta. Después mi libreta. Y vuelvo a levantar la vista.

—No.

Hago una pausa.

—Pero, si tengo razón... esto no son errores administrativos.

Nora permanece completamente inmóvil. Yo también. Fuera, el sonido lejano del helicóptero vuelve a romper el aire. Esta vez no levanto la cabeza.

Porque ahora lo sé: el verdadero peligro no está sobrevolando la isla. Está sentado detrás de un escritorio. Y firma expedientes.