Capítulo 14
La acreditación
Vera
H ay días en los que una periodista debería tener prohibido usar el móvil. Este, por ejemplo. Empieza con una mañana gris, café malo de base y Nora colocándome una acreditación temporal sobre la mesa como si me estuviera entregando una granada sin seguro.
—No la pierdas —dice.
—Buenos días a ti también.
—No cruces zonas marcadas, no grabes menores, no toques material operativo, no preguntes a personal sanitario mientras trabaja y no hagas enfadar a Bruno antes de las diez. Se pone creativo.
Cojo la tarjeta.
—¿Y Singh?
Nora levanta una ceja.
—¿Qué pasa con Singh?
Mal. Muy mal. He preguntado demasiado rápido.
—Nada. Que si también tiene una norma.
—Sí. No distraerlo.
Me arde la cara. Nora no sonríe, pero algo en sus ojos me dice que ha disfrutado muchísimo.
—No pensaba distraerlo.
—Claro.
—He venido a trabajar.
—Por eso llevas cinco minutos mirando hacia el hangar.
Miro hacia otro lado. Tarde.
—Estoy documentando el entorno.
—El entorno mide uno ochenta y tantos, tiene mala leche y responde por Ethan cuando tú lo dices.
La miro.
—Nora.
—Vera.
Nos quedamos en silencio. Ella gana porque tiene menos vergüenza y más años de experiencia en no parpadear. Recojo mi libreta, la grabadora y la acreditación.
—Voy a coordinación.
—Buena idea.
—Para trabajar.
—Por supuesto.
Salgo de la sala con la dignidad agarrada con alfileres.
La base está más tranquila que los días anteriores.
O quizá soy yo la que empieza a entender su ritmo.
El helicóptero principal está en revisión, Luca discute con un arnés que se resiste a quedar perfecto y Bruno canta algo horrible mientras limpia cascos.
No veo a Ethan. Singh. No. Ethan. Me detengo en mitad del pasillo. Estupendo. Ahora hasta en mi cabeza hay discusión de nombres.
Anoche me dijo que podía llamarlo Ethan y yo cometí el error de hacerlo. Una sola vez. Una. Pero desde entonces el nombre se ha quedado en algún rincón incómodo de mi memoria, como una puerta abierta que no sé si tengo derecho a cruzar.
Para todos es Singh. Para mí empieza a ser otra cosa. Y eso me parece una imprudencia bastante más seria que subirme a un palé podrido.
Me instalo en una mesa pequeña, junto a la ventana que da al hangar.
Tengo que ordenar material: notas del rescate del acantilado, datos del sabotaje, entrevistas parciales, descripciones de la fiesta, la pulsera gris, la ficha con el número 27, la dirección del muelle seco. Demasiadas piezas. Pocas certezas.
Abro la aplicación de notas de voz porque, cuando tengo demasiadas ideas sueltas, me ayuda escucharlas después. Apoyo el móvil sobre la mesa y empiezo a hablar en voz baja.
—Nota para el reportaje. Llevo ya unos días en San Elías.
La unidad de rescate funciona como una familia que finge no serlo.
Nora manda como si estuviera cansada de salvar al mundo y lo hiciera igual por pura cabezonería.
Bruno usa el humor como chaleco salvavidas.
Luca parece demasiado feliz colgándose de cuerdas para ser legal. Y Singh…
Me detengo. Miro hacia el hangar. Sigue sin aparecer. Bien.
—Y Singh es… complicado.
Eso suena muy pobre. Borro. Empiezo de nuevo.
—Singh no encaja del todo con la imagen pública que no tiene. Es decir, no hay imagen pública real. Solo fotos borrosas, cascos, helicópteros, rescates desde lejos. Pero de cerca…
Me callo. De cerca es un desastre. De cerca tiene una forma de mirar que parece leer antes de preguntar.
De cerca te quita el móvil, te miente con una batería, te salva de una explosión, baja por una cuerda sobre un acantilado y después no sabe qué hacer con un beso.
De cerca es peligroso por razones que no entran en ningún reportaje. Suspiro.
—De cerca se entiende por qué la gente confía en él antes incluso de que dé una orden.
No porque se imponga. No porque quiera parecer un héroe.
Al contrario. Parece incómodo cada vez que alguien intenta convertirlo en protagonista.
Pero cuando todo se tuerce, el mundo alrededor de él se ordena. La gente respira mejor. Yo…
Me detengo otra vez. No digas eso, Vera. No lo digas ni en una nota privada.
Miro alrededor. Nadie. Solo Bruno al fondo, de espaldas, con un casco en la mano. Bajo aún más la voz.
—Yo también respiro mejor cuando apareces. Y eso es un problema.
Detengo la grabación. Me quedo mirando el móvil como si acabara de confesar un delito. Fantástico. Periodismo de investigación: ahora con autodestrucción emocional incorporada.
Voy a borrar la última parte cuando la puerta del hangar se abre y una ráfaga de viento entra con olor a lluvia. Ethan aparece con la chaqueta de rescate abierta, el pelo húmedo y una carpeta bajo el brazo. Habla con Luca, luego con Nora, luego con Bruno.
No me mira. Mejor. Peor. No sé. Recojo el móvil demasiado deprisa y tiro el vaso de café.
—Mierda.
El café se derrama sobre la mesa, esquiva por milagro la libreta y se acerca peligrosamente a la consola de radio interna. Me levanto de golpe.
Agarro servilletas, aparto cables, salvo la libreta y maldigo en voz baja con bastante creatividad.
Al intentar apartar el móvil, mi pulgar roza la pantalla y la nota empieza a reproducirse.
Apoyo la otra mano sobre la consola y pulso sin querer la tecla de emisión.
Una luz roja se enciende. La radio chisporrotea.
Después, mi propia voz sale por los altavoces de coordinación y por los receptores del hangar.
—…Yo también respiro mejor cuando apareces. Y eso es un problema.
Me quedo inmóvil. El mundo se para. No de forma poética. De forma humillante.
Bruno deja de cantar. Luca levanta la cabeza.
Nora aparece en la puerta de su despacho con una lentitud aterradora.
Y Ethan, al otro lado del hangar, se queda quieto con la carpeta en la mano.
No sé cuánto dura el silencio. Lo suficiente para que considere fingir una embolia, mudarme de isla o tirarme voluntariamente por el acantilado del norte. Bruno es el primero en hablar.
—Bueno.
Nora lo señala sin mirarlo.
—Ni una palabra.
—No he dicho casi nada.
—Bruno.
—Vale.
Luca se tapa la boca con un casco. Traidor. Yo intento detener la nota de voz, cortar la transmisión y apagar la vida entera. Pulso todos los botones equivocados hasta que Nora cruza la sala y desactiva la tecla de emisión con una eficacia que me hace querer abrazarla y pedirle que me sacrifique.
—Gracias —murmuro.
—No me las des. Esto va a perseguirme todo el día.
Ethan sigue al otro lado. Mirándome. No sonríe.
Eso es lo peor. Si sonriera, podría enfadarme.
Si hiciera una broma, podría mandarlo al cuerno.
Pero no. Se limita a mirarme con esa calma suya que ya no parece tan impenetrable.
Porque yo sé que lo ha oído. Él sabe que yo sé que lo ha oído.
Y media base también. Recojo mis cosas sin mirar a nadie.
—Voy a… fuera.
—Gran plan —dice Bruno.
Nora lo fulmina.
—Perdón. Pésimo plan. Quédate. Respira. Todo normal.
—Bruno, te juro que…
—Me callo.
Salgo al pasillo antes de que mi dignidad termine de desangrarse en público. La lluvia fina cae sobre la pista. Me refugio bajo el alero del edificio, con el móvil apretado en la mano y el corazón pegándome golpes de vergüenza. No tardo ni treinta segundos en oír pasos detrás. No necesito girarme.
—Si vas a hacer un comentario —digo—, elige bien. Estoy a una humillación de cometer un crimen.
Ethan se detiene a mi lado. No demasiado cerca. Lo bastante.
—Casi nunca sonrío, ¿eh?
Cierro los ojos.
—No era para ti.
—Eso lo ha hecho bastante mejor.
Lo miro. Ahí está. La sonrisa. Pequeña. Imposible. La que me gustaría no haber descrito en voz alta jamás.
—No te creas nada.
—Demasiado tarde.
—Era una nota de trabajo.
—Muy profesional.
—Lo era hasta que mi cerebro decidió suicidarse.
—A mí me pareció bastante honesta.
El calor vuelve a subirme por el cuello.
—No pienso hablar de esto.
—Ya has hablado bastante.
—Singh.
Su sonrisa se suaviza apenas.
—Pensaba que habíamos avanzado a Ethan.
—Ahora mismo has retrocedido.
—Qué duro.
—Mucho.
La lluvia golpea el techo del alero. El hangar queda a nuestra espalda, lleno de gente que probablemente está fingiendo no escuchar. Ethan mete las manos en los bolsillos.
—Para que conste, también eres un problema.
Lo miro despacio.
—¿Perdón?
—Uno bastante serio.
—¿Eso debería hacerme sentir mejor?
—No lo sé. Estoy improvisando.
—Se te da regular.
—Sí.
Por primera vez desde que salió mi voz por aquella maldita radio, respiro sin querer morirme del todo.
—No quería que lo oyeras.
—Lo sé.
—Ni que lo oyera Nora.
—Nora ha oído cosas peores.
—¿Bruno?
—Bruno no.
—Genial.
Ethan se inclina un poco, lo justo para bajar la voz.
—Vera.
Mi nombre, en su boca, todavía tiene esa manía de dejarme sin una respuesta rápida.
—¿Qué?
—No voy a usarlo contra ti.
Eso me desarma. Mucho más que cualquier broma.
—Ya lo sé.
Y es verdad. Lo sé. Quizá por eso me da tanta vergüenza. Porque no temo que se ría de mí. Temo que me entienda. Ethan mira hacia la pista. Después a mí.
—Pero sí voy a quedarme con una parte.
—Ni se te ocurra.
—Solo una.
—Ethan.
La forma en que reacciona a su nombre sigue siendo mínima, pero está ahí. Una pausa, una respiración distinta.
—Lo de que respiras mejor cuando aparezco.
Me tapo la cara con una mano.
—Voy a tirarme al mar.
—No te lo recomiendo. Está frío.
—Puedo nadar.
—Lo sé.
—¿También has investigado eso?
—No. Te he visto caminar hacia problemas. Supuse que flotarías por pura cabezonería.
Le doy un golpe en el brazo con el móvil. No fuerte. Lo justo. Él se ríe por lo bajo. Y la risa termina de romper algo. No la tensión. La vergüenza. O parte de ella.
—Eres insoportable —digo.
—Me lo han dicho.
—Hoy te lo mereces más.
—Probablemente.
Nos quedamos en silencio. Un silencio nuevo. No cómodo del todo. No incómodo. Solo cargado. Como si mi nota de voz hubiera dicho en voz alta algo que ya estaba allí y ahora no supiéramos cómo volver a fingir que no.
Ethan baja la mirada hacia mi mano. No me toca. Pero sus dedos se mueven apenas, como si hubiera pensado hacerlo. Yo también lo pienso. Eso es lo peor.
—Tengo que volver dentro —digo.
—Sí.
—Y tú tienes que dejar de sonreír así.
—¿Cómo?
—Como si hubieras ganado algo.
Su boca se curva despacio.
—No he ganado nada.
—Pues avisa a tu cara.
—Es que…
Espera. Mide. Y, por una vez, no esquiva.
—Me ha gustado oírlo.
El corazón me da un golpe tonto. Tontísimo. De los que no sirven para correr ni para sobrevivir. Solo para recordar que hay cosas más peligrosas que un sabotaje cuando una empieza a querer que alguien se quede.
—Pues disfrútalo —digo, recuperando como puedo mi tono—. No pienso repetirlo.
—No hace falta.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Le lanzo una mirada. Él levanta las manos, inocente.
—¿Volvemos?
—Primero entra tú.
—¿Por qué?
—Porque si Bruno me mira, necesito un escudo humano.
—Eso puedo hacerlo.
—Qué útil.
—Soy polivalente.
—No robes mis frases.
Ethan abre la puerta y me deja pasar. Antes de entrar, baja la voz una vez más.
—Vera.
Me detengo.
—¿Sí?
—Por si te sirve de algo…
Se inclina apenas. No hacia mi boca. Hacia mi oído. Lo suficiente para que nadie más pueda escuchar.
—Yo también respiro mejor cuando estás cerca.
Y entra antes que yo. Como un cobarde. Como un hombre muy inteligente. Como alguien que acaba de dejarme bajo la lluvia sin una sola defensa útil.
Tardo casi un minuto en reunir el valor suficiente para volver a entrar. Respiro hondo. Uno. Dos. Tres. Abro la puerta del hangar.
Nadie dice nada. Eso debería tranquilizarme.
Consigue exactamente lo contrario. Bruno está limpiando un casco con una concentración tan exagerada que resulta ofensiva.
Luca revisa unas cuerdas al fondo. Dos sanitarios hablan junto al almacén como si aquí no acabara de emitirse por el canal interno el mayor ridículo de mi carrera profesional.
Cruzo la nave intentando parecer una persona adulta y funcional. Doy cuatro pasos. Cinco. Seis.
—Buenos días otra vez, periodista.
La voz de Bruno me hace detenerme. Cierro los ojos. Muy despacio.
—No lo hagas.
—¿Hacer qué?
—Lo que sea que estés pensando.
—No estaba pensando nada.
Lo miro.
—Bruno...
—Bueno, vale. Estaba pensando que, si quieres declarar tus sentimientos por el canal interno de la base, podrías haber esperado a que acabara mi turno. Me he perdido el principio.
Luca baja la cabeza para ocultar una sonrisa. Voy a asesinar a dos personas antes de comer. Nora aparece en la puerta de coordinación con una carpeta gruesa bajo el brazo.
—Bruno.
—¿Sí, jefa?
—Una palabra más y te pongo a inventariar tornillos con pinzas.
—Me callo.
—Y cuando digo una palabra más, incluye los suspiros.
Bruno levanta las dos manos en señal de rendición. Nora se acerca hasta mí y me tiende la carpeta.
—Toma.
La sujeto sin entender.
—¿Qué es?
—El archivo fotográfico del puerto viejo. Fotografías anteriores a la ampliación del muelle. Algunas tienen más de veinte años.
—¿Para qué?
—Porque has dicho varias veces que tu memoria visual suele encontrar patrones antes que los informes.
Asiento. Eso es cierto. Muchas veces recuerdo una imagen mucho antes que un nombre.
—Mira si reconoces algo.
Apoyo la carpeta sobre una mesa y la abro. Las primeras fotografías muestran el puerto antes de las obras: almacenes más pequeños, grúas antiguas, casetas de pescadores ya desaparecidas. Paso una página. Luego otra. Nada. Otra más. Y entonces...
Me quedo inmóvil. En una fotografía aérea, tomada desde el acantilado sur, aparece una hilera de almacenes.
Uno de ellos tiene una puerta metálica enorme.
Encima, pintado directamente sobre el hormigón, hay un número.
No el veintisiete. El cuatro. La imagen del papel encontrado en la mochila vuelve de golpe a mi cabeza. Muelle seco. Puerta 4.
Sin pensar, paso otra fotografía. Mismo edificio. Distinto año. La puerta sigue allí.
Pero justo al lado aparece algo que antes no había visto. Un pequeño símbolo azul. Un círculo atravesado por dos líneas. Lo he visto. Estoy completamente segura. No sé dónde. No sé cuándo. Pero lo he visto.
Empiezo a pasar las hojas más deprisa. Una. Otra. Otra más. Busco el símbolo. Nada.
Vuelvo a la primera fotografía. El corazón empieza a latirme más deprisa. No puede ser una casualidad. No después de la ficha. No después del papel. No después de la chica de la sudadera gris.
—Nora...
Ella levanta la cabeza desde el otro lado de la sala.
—¿Qué pasa?
No aparto los ojos de la fotografía.
—Creo que esto ya lo había visto.
La base entera parece detenerse un instante. Nora deja el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Dónde?
Aprieto la fotografía entre los dedos.
—No lo sé todavía.
Levanto la vista.
—Pero sé que no es la primera vez.
Y, por primera vez, tengo la sensación de que la investigación acaba de dar un paso por delante de nosotros... y de que alguien más lleva demasiado tiempo recorriendo el mismo sendero.