Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

La radio

Ethan

D ormir debería ser la parte fácil. No lo es.

Hace años aprendí a hacerlo en cualquier sitio: en la parte trasera de un transporte militar, sentado contra una pared de chapa, dentro de un helicóptero con los cascos puestos o apoyado sobre una mochila mientras esperaba una evacuación.

Hoy tengo una cama. Una habitación silenciosa.

Y el cansancio suficiente para dormir doce horas seguidas. Aun así, sigo despierto.

La radio descansa sobre la mesilla. El teléfono también.

Los dos parecen inofensivos hasta que recuerdas que cualquiera de ellos puede cambiarte la noche en medio segundo.

Me apoyo en la silla, delante de la ventana abierta.

Desde aquí todavía llegan los últimos ecos de la fiesta.

Cada año termina igual. Los músicos recogen.

Los vecinos arrastran mesas. Alguien canta demasiado alto.

Y Bruno intenta convencer a media isla de que sabe bailar. No sabe. Nunca ha sabido. Llaman a la puerta. Ni siquiera pregunto quién es.

—Pasa.

Bruno entra con una bolsa de papel en una mano y dos latas de refresco en la otra.

—He pensado que igual seguías vivo.

—Qué detalle.

—No te emociones.

Deja una lata delante de mí y se deja caer en la otra silla. Abre la suya. Da un trago. Me observa durante unos segundos. Demasiados.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—Pues no tienes cara de «nada».

—No sabía que existiera esa expresión.

—Existe desde que besaste a la periodista delante de media isla.

Cierro los ojos.

—No fue delante de media isla —bufo.

—Es verdad —reflexiona teatralmente—. Fue delante de la mitad que no estaba haciendo cola para los buñuelos.

—Te odio un poco.

—Lo sé.

Sonríe satisfecho.

—Pero me necesitas muchísimo.

No respondo. Porque también tiene razón. Abro la lata.

—¿Está bien? —pregunto.

Bruno deja de sonreír. Sabe perfectamente de quién hablo.

—Sí.

—¿La has visto?

—Le llevé un bocadillo.

—Lo imaginaba.

—Se lo comió.

No sé por qué esa información consigue relajarme un poco. Lo nota. Claro que lo nota.

—Madre mía...

Apoya los codos sobre las rodillas.

—Estás hasta arriba.

Lo miro.

—¿Perdón?

—De ella.

No respondo. Porque no sé qué responder. Bruno tampoco insiste inmediatamente. Me conoce demasiado. Sabe cuándo una broma deja de ser una broma.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice al cabo de un rato.

—Sorpréndeme.

—Que ella también.

Levanto la cabeza.

—¿También qué?

—Hasta arriba.

—No seas idiota —resoplo.

—No lo soy —afirma encogiendo los hombros.

—Se nota desde el hangar.

Pienso en Vera. En la forma en que me ha mirado esta noche cuando ha dicho mi nombre. Ethan. Nadie aquí me llama Ethan. Nadie. Ni Bruno. Ni Nora. Ni Luca. Ni Mara. Solo ella. Y resulta ridículo el efecto que produce escuchar mi nombre en su voz.

—Le he dado demasiados motivos para mandarme a paseo.

Bruno tarda exactamente medio segundo en responder.

—Sí.

No intenta consolarme. Por eso sigo siendo amigo suyo.

—¿Y?

—Y aun así sigue aquí.

Miro la ventana. Las luces del puerto empiezan a apagarse una a una.

—No quiero hacerle daño —susurro.

La frase sale sola. No pensaba decirla. Bruno tampoco parece sorprendido.

—Pues procura no hacerlo.

—No siempre depende de mí.

—No.

Da otro trago al refresco.

—Pero besarla sí dependía de ti.

No puedo discutir eso.

—Fue una mala idea.

Bruno me mira como si acabara de decir la estupidez del siglo.

—Mentira.

—Nos complica las cosas.

—Sí.

—Hay una investigación.

—Sí.

—Hay gente desapareciendo.

—Sí.

—Hay alguien utilizando evacuaciones.

—Sí —dice, cruzando los brazos—. Y aun así sigue siendo la mejor decisión que has tomado esta semana.

Me echo hacia atrás en la silla.

—No puedes hablar en serio.

—Completamente —responde, y se ríe.

—Llevabas desde que llegó mirándola como un cachorro abandonado y haciéndote el interesante con baterías.

—No me hacía el interesante.

—No —responde con solemnidad—. Solo el ridículo.

No puedo evitar sonreír. Un poco. Bruno levanta una mano señalándome.

—Eso.

Eso es.

—¿Qué?

—Esa cara.

—¿Qué tiene?

—No la ponías desde...

Se queda pensando. Mucho. Después chasquea los dedos.

—Desde Nepal.

La sonrisa desaparece. Él también se da cuenta. Durante unos segundos ninguno dice nada. Hay silencios que llevan demasiados nombres. Bruno baja la voz.

—Perdona.

Niego.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Mira la lata vacía entre las manos.

—Solo quería decir que hacía mucho tiempo que no te veía ilusionarte por alguien.

Apoyo los antebrazos sobre las piernas.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—¿Por qué?

Me río sin humor.

—Porque ella se dedica a correr hacia los problemas.

Bruno arquea una ceja.

—¿Y?

—¿Y? —Lo miro—. ¿Te estás escuchando?

Sonríe despacio.

—Ahora escúchate tú.

No necesito que diga nada más. Porque ya sé lo que va a decir.

Los dos corremos hacia los problemas. La diferencia...

es que, por primera vez en muchos años, cuando suena una radio no solo pienso en quién necesita ayuda.

También pienso en quién se queda esperando a que vuelva.

Y eso cambia todas las reglas. Bruno se levanta.

Recoge las latas. Antes de salir se gira hacia mí.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Si vuelves a besarla, procura que no haya un walkie abierto.

Le tiro un cojín. Lo esquiva riéndose. La puerta se cierra. Y vuelvo a quedarme solo. Solo que ya no exactamente igual que hace una hora. Porque, por primera vez desde hace mucho tiempo... no me da miedo una misión. Me da miedo todo lo que puede ocurrir cuando termine.