Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Buenas noches, Vera.

—Buenas noches, Ethan.

Se aleja hacia el puerto. Y esta vez soy yo la que se queda mirando, con un nombre nuevo en la boca y la sensación de haber aceptado algo que todavía no sé cómo llamar.

* * *

No consigo dormir. Lo intento. De verdad que lo intento.

Me ducho. Me pongo una camiseta enorme que uso para viajar.

Abro la ventana para que entre el aire fresco del mar.

Incluso dejo el portátil cerrado sobre el escritorio como un acto de buena voluntad hacia mi cerebro.

Nada. Cada vez que cierro los ojos vuelvo al mismo sitio.

Al puerto. A la música. A su mano ofreciéndome bailar. Y, sobre todo, a esa frase.

Creo que ya puedes llamarme Ethan. No sé por qué me afecta tanto.

Quizá porque los nombres importan. En las guerras lo aprendes enseguida.

No son solo palabras. Son identidad. Confianza.

La diferencia entre un soldado y un hombre.

Entre un médico y un padre. Entre alguien que cumple una misión y alguien que vuelve a casa.

«Singh» pertenece al piloto.

«Ethan»... todavía estoy intentando descubrir a quién pertenece.

Un golpecito suave en la puerta interrumpe mis pensamientos. Frunzo el ceño. Miro el reloj. Las once y media.

—¿Sí?

La puerta se abre apenas unos centímetros. Mara asoma la cabeza.

—No dormías.

—¿Tan evidente es?

—Las habitaciones de la gente que duerme no tienen la luz encendida.

Tiene razón.

—¿Puedo?

Asiento. Entra con dos tazas humeantes.

—No me digas que también haces infusiones milagrosas.

—No hacen milagros. Pero ayudan a que la cabeza deje de hablar durante cinco minutos.

Me entrega una taza y se sienta frente a mí, junto a la ventana.

Durante un rato ninguna dice nada. Solo escuchamos el mar.

En el alféizar, detrás de ella, hay un pequeño transistor encendido a un volumen casi inaudible.

No es música: son voces entrecortadas, técnicas, de las que suenan en las frecuencias de servicio.

—Para el parte marino —dice, siguiendo mi mirada, y lo apaga sin prisa—. En esta isla, quien no escucha el mar de madrugada se ahoga. Esta noche, además, hay movimiento. Siempre lo hay cuando baja la marea. Barcas que entran, gente que sale, motores que no deberían estar en marcha a estas horas.

Estoy demasiado cansada para preguntarme cómo distingue ella unos motores de otros. Bebo la infusión y la creo.

—¿Sabes? —dice al fin—. Cuando llegó aquí, tampoco dormía.

Levanto la vista.

—¿Singh?

Asiente.

—Las primeras semanas.

No pregunto. Espero.

—Se despertaba cada vez que sonaba una puerta.

—¿Por qué?

Mara gira despacio la taza entre las manos.

—Nunca se lo pregunté.

La respuesta me sorprende.

—¿No?

—No hacía falta.

Sonríe con tristeza.

—Hay personas que hablan cuando están preparadas. Y otras a las que solo hay que dejarles un sitio donde puedan hacerlo algún día.

Miro el vapor subir desde la infusión.

—¿Y habló?

—Un poco.

—¿Contigo?

Niega.

—Con Bruno.

Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Con Bruno?

—No te dejes engañar por las bromas. Ese chico sabe escuchar mejor que la mayoría de la gente.

Me quedo pensando. Tiene sentido. Muchísimo. Quizá por eso Bruno entiende a Singh sin necesidad de grandes explicaciones. Quizá por eso se atreve a reírse de él delante de cualquiera. Solo hace eso quien sabe exactamente dónde está el límite.

—¿Te gusta? —pregunta Mara de repente.

La miro por encima de la taza.

—Qué directa.

—Ya soy mayor para rodeos.

Podría mentir. Sería facilísimo. Pero llevo demasiado tiempo exigiéndole sinceridad a Ethan como para empezar ahora a engañar a una mujer que me está ofreciendo una infusión a las once y media de la noche.

—Sí.

Mara sonríe. No con satisfacción. Con ternura.

—Se nota.

—No tanto.

—Muchísimo.

Resoplo.

—Es un desastre.

—Sí.

—Me miente.

—Sí.

—Quiere decidir por mí.

—Sí.

Mara deja la taza sobre la mesilla y se levanta despacio. Antes de salir se vuelve hacia mí.

—No tengas miedo de querer a un hombre que corre cuando alguien lo necesita.

Hace una pausa.

—Solo asegúrate de que también sabe volver cuando eres tú quien lo espera.

La puerta se cierra con suavidad. Me quedo sola otra vez.

Con la taza caliente entre las manos. Con el rumor del mar.

Y con una frase que consigue imponerse incluso al recuerdo del beso.

Solo asegúrate de que también sabe volver...

Sin darme cuenta, saco el móvil. Abro las notas donde llevo apuntadas las preguntas para la entrevista.

Debajo de la última escribo una nueva. No es sobre rescates. Ni sobre helicópteros.

Ni sobre medallas. Solo una línea. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te esperó al volver?

La releo un instante. Y, por alguna razón, tengo la sensación de que esa pregunta acabará contando mucho más de Ethan Singh Cole que cualquier fotografía o cualquier medalla. Cierro el móvil. Apago la luz. Esta vez, cuando el sueño empieza a vencerme, ya no pienso en el piloto.

Pienso en el hombre que me regaló su nombre. Y sonrío antes de quedarme dormida.