Capítulo 12 #2
Descansar. La palabra pierde bastante credibilidad cuando descubres que, en San Elías, significa cambiar un problema por otro.
Mara me encuentra sentada en el borde del paseo, con un vaso de agua entre las manos y la cabeza demasiado llena.
No pregunta. Se sienta a mi lado. Eso me gusta de ella.
Sabe distinguir cuándo una mujer necesita consejos y cuándo solo necesita compañía.
Permanecemos varios minutos viendo a la gente bailar. Los músicos han cambiado de repertorio y ahora un grupo de niños intenta seguir los pasos de un anciano que baila como si hubiera nacido con una verbena dentro.
—No has cenado casi nada —dice Mara.
—He picado.
—Eso no cuenta.
—No tengo hambre.
Ella resopla.
—Mentira.
—¿Perdón?
—No tienes estómago. Tienes un nudo.
No puedo evitar sonreír.
—¿También lees eso en la cara?
—No. En la forma de sujetar el vaso.
Bajo la vista. Tiene razón. Lo aprieto demasiado. Aflojo los dedos.
—No sé qué hago aquí.
—En San Elías.
—Con él.
Mara tarda unos segundos en responder.
—Eso ya me interesa más.
—No empieces.
—No iba a hacerlo.
Silencio. La música continúa. El viento trae olor a mar y pan recién hecho.
—Me besó.
—Ya.
La miro.
—¿Ya?
—Cariño, media isla lo sabe.
—Fantástico.
—La otra media estaba bailando y se enterará mañana.
Me dejo caer hacia atrás.
—Qué vergüenza.
—No.
—¿No?
—Vergüenza habría sido que te dejara plantada.
Eso me hace pensar. Mucho. Porque tiene razón. Singh no se escondió. No fingió. No dijo que había sido un error. No intentó convertirlo en un accidente. Simplemente... Ocurrió. Y después siguió tratándome exactamente igual. Ni mejor. Ni peor. Solo más cerca.
—¿Sabes cuál es el problema? —pregunto.
Mara sonríe.
—Tengo varias teorías.
—Que me gusta.
Ella no dice nada. Solo espera.
—Y eso es una idea horrible.
—¿Por qué?
Me río sin ganas.
—Porque cada vez que suena una radio sale corriendo.
Mara observa el puerto. Un helicóptero permanece iluminado al fondo de la pista. Silencioso. Preparado. Como un animal dormido.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Cada vez que alguien desaparece, tú también sales corriendo.
No respondo. Porque acaba de devolverme exactamente el mismo argumento. Ella continúa.
—Solo que el vuestro hace mucho ruido.
Unos metros más allá, Bruno aparece con dos bocadillos enormes, uno debajo de cada brazo. Nos ve. Levanta una mano.
—¡Periodista!
Cierro los ojos.
—No respondas.
—¡Periodista!
Mara se ríe.
—No puedes esconderte.
Bruno llega hasta nosotras. Me ofrece uno de los bocadillos.
—Orden de Singh.
Lo miro.
—¿Perdón?
—Ha dicho que llevas horas sin comer.
Acepto el bocadillo despacio. No porque tenga hambre. Porque me acaba de fastidiar el enfado otra vez.
—Dile que no necesito que controle lo que como.
—Ya.
Bruno asiente con absoluta tranquilidad.
—Se lo he dicho.
—¿Y?
—Ha respondido que tampoco necesitabas una batería y aquí estamos.
Aprieto los labios para no reír. No funciona. Bruno señala el bocadillo.
—Cómetelo antes de enfadarte otra vez.
—Eres insoportable.
—Eso dice Nora.
—Y tiene razón.
—Casi siempre.
Se gira para marcharse. Da tres pasos. Después vuelve sobre ellos.
—Ah.
Lo miro con desconfianza.
—¿Qué?
—No seas muy dura con él.
Frunzo el ceño.
—¿Con Singh?
Bruno asiente.
—Cuando cree que alguien le importa, calla demasiado. Y eso suele salirle fatal.
Antes de que pueda preguntar nada más, desaparece entre la gente. Me quedo mirando el bocadillo. Mara no dice absolutamente nada. Ni falta que hace.
* * *
Media hora después regreso caminando hacia la pensión.
La fiesta sigue viva a mis espaldas. Más lejos.
Más pequeña. El puerto vuelve a oler a sal.
A redes húmedas. A gasóleo. Y a verano. Voy dándole vueltas a la conversación con Mara.
Y a la de Bruno. Y a la del muro. Y al beso.
Demasiadas conversaciones para una sola noche.
Cuando doblo la esquina de la calle principal, oigo pasos detrás de mí. No rápidos. Constantes.
Me giro. Singh. Sin chaqueta esta vez. Solo la camiseta negra y la radio colgada del cinturón. Se detiene a un par de metros.
—Bruno me ha dicho que le ha dado el bocadillo.
—Control remoto.
—No ha funcionado.
Levanto el envoltorio de papel. Está vacío.
—Sí ha funcionado.
Una sombra de satisfacción cruza por su cara. Tan pequeña que casi pasa desapercibida.
—Me alegro.
Nos quedamos en silencio. No incómodo. Solo... nuevo. Él rompe el primero.
—Nora me deja una hora.
—¿Libre?
—Más o menos.
—Eso suena poco prometedor.
—En esta isla nunca lo es.
Asiento. El viento mueve un mechón de pelo delante de mi cara. Esta vez soy yo quien lo aparta antes de darle ninguna oportunidad. Él sonríe.
—Aprende rápido.
—No pienso ponértelo fácil.
—Lo sé.
—Y sigo enfadada.
—También lo sé.
Empiezo a caminar. Él se coloca a mi lado. No delante. No detrás. A mi lado. Sin invadir. Sin preguntar. Solo acompaña. Durante un rato ninguno habla. Las calles están casi vacías. Solo se oye la música de la fiesta perdiéndose poco a poco entre las casas.
—¿Sabes qué es lo peor? —digo al final.
—Tengo una sospecha.
—Que empiezo a entender por qué hiciste lo de la batería.
No responde. Espero. Nada.
—Y me fastidia muchísimo entenderlo.
Entonces él sonríe. No una sonrisa grande. Solo esa pequeña curva que ya empiezo a reconocer.
—Eso significa que todavía tengo alguna posibilidad.
Lo miro.
—No te emociones.
—No pienso hacerlo.
—Porque aún puedes volver a meter la pata.
—Eso sí parece probable.
Me echo a reír. Y, mientras seguimos caminando hacia la pensión sin tocarnos, sin besarnos y sin prometer absolutamente nada, me doy cuenta de algo que no esperaba.
Empiezo a echar de menos su voz... incluso cuando todavía sigue caminando a mi lado.
Llegamos a la puerta de la pensión antes de que ninguno de los dos quiera.
Se detiene. Yo también. La música de la fiesta llega ahora muy lejana, como si perteneciera a otra noche.
—Debería subir —digo.
—Debería.
Ninguno se mueve. Él mira un momento hacia el puerto, como si buscara allí una frase que no termina de encontrar.
—Vera.
—¿Sí?
—Todo el mundo en esta isla me llama Singh. Bruno. Nora. Mara. Todos.
No sé adónde va. Espero.
—Creo que ya puedes llamarme Ethan.
Tardo un segundo en entender lo que acaba de ofrecerme. No es un beso. No es una disculpa. Es algo más pequeño y, justo por eso, más difícil de sostener.
—Lo haré, Ethan —repito, solo para escucharlo en voz alta.
Suena distinto que en los informes que he leído sobre él. Más suyo. Menos piloto. Algo cambia en su cara. Muy poco. Igual que cambió en el muro cuando se me escapó el tú. Como si acabáramos de cruzar otra frontera, esta vez a plena luz de una farola y sin ninguna radio que la interrumpa.