Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

El nombre

Vera

L o veo alejarse y me quedo en el muro como una idiota.

Una idiota con vestido azul, botas negras, sabor a sal y miel en la boca y un beso reciente que todavía no sé dónde guardar.

Volveré. No ha sido una gran promesa. Ni una declaración.

Ni siquiera algo que una mujer sensata debería apuntar mentalmente en letras mayúsculas. Pero yo lo hago.

Porque soy periodista, sí, pero también tengo una capacidad alarmante para fijarme en las cosas que no debería: la forma en que Singh ha dicho mi nombre, el modo en que ha esperado mi respuesta sin presionarme, el segundo exacto en que ha comprendido que lo he tuteado.

‹‹Tú››.

Se me escapó en el muro y ya no he sabido gestionarlo. Ahora los dos nos tuteamos, como si hubiéramos cruzado una frontera que ninguno pensaba cruzar. Y eso me pone mucho más nerviosa que la ficha con el número 27.

Me obligo a respirar y camino detrás de él, manteniendo cierta distancia. No porque quiera parecer fría, sino porque necesito recomponerme antes de entrar en una carpa donde Nora probablemente va a leerme la cara con la misma precisión con la que lee un parte de rescate.

Cuando llego al puesto médico, Singh está de pie junto a una mesa, con Nora, Bruno y un hombre de la policía local al que ya he visto antes en el puerto.

El agente tiene cara de estar deseando que todo aquello sea un asunto menor, una gamberrada, una estupidez de adolescente que pueda cerrarse con una charla y un informe de dos páginas.

La expresión de Nora dice que no le piensa conceder ese milagro.

—El chico insiste en que no conoce a quien le pagó —dice ella—. Contacto por teléfono prepago. Le dejaron la bolsa detrás del mercado, junto al contenedor de hielo.

—¿Cámaras? —pregunta Singh.

—Una del ayuntamiento, estropeada desde hace dos semanas. Otra del muelle, orientada hacia el lado contrario.

Bruno suelta una risa sin humor.

—Qué oportuno.

—Muchísimo —responde Nora.

El agente se mueve incómodo.

—Podría ser una gamberrada. Un chaval queriendo asustar a alguien, unas bengalas viejas, mala suerte...

Nora lo mira tan despacio que hasta yo siento la necesidad de pedir perdón.

—¿Mala suerte? —repite.

—Quiero decir que no hay que exagerar antes de...

—Ha habido un sabotaje en el puerto, una llamada falsa al faro norte y un traslado irregular desde un refugio que no estaba programado —interrumpe Singh, sin subir la voz—. Si eso le parece mala suerte, agente, me preocupa mucho cómo define usted una amenaza.

El policía se pone rojo. Bruno se muerde una sonrisa.

Yo casi también. No por el pobre hombre, que bastante tiene con existir en una isla donde Nora y Singh respiran el mismo aire, sino porque el tono de Singh es impecablemente educado.

No lo ridiculiza. No hace falta. Lo desmonta con una calma que resulta casi peor.

—Haremos el informe —dice el agente, tieso—. Y revisaremos la llamada.

—Gracias —responde Singh.

No suena agradecido. Suena a «por fin». Nora espera a que el agente se aleje antes de enseñarle a Singh una segunda bolsa de pruebas. Dentro hay un papel doblado.

—Esto estaba en la mochila del chico.

Singh se pone unos guantes antes de tocarla. Yo me acerco un poco. Nora me lanza una mirada. Me detengo.

—Zona segura —murmuro.

—Milagro —responde ella.

—Del registro de todo esto me encargo yo —añade, guardando la bolsa de pruebas con un cuidado casi maternal—. Lo cruzo con el sistema y os paso lo que salga. Cuantas menos manos toquen una prueba, mejor.

Suena a procedimiento. Suena, de hecho, a la persona más fiable del equipo asegurándose de que nada se pierda por el camino.

Singh despliega el papel con cuidado sobre la mesa.

No hay mucho escrito. Solo una dirección.

O eso parece. Tres palabras y un número.

Muelle seco. Puerta 4. Debajo, una hora. 02:15. El pulso me cambia.

—Eso es esta noche —digo.

Singh no me mira, pero sé que me ha oído. Toda su atención está en el papel.

—¿Qué hay en el muelle seco? —pregunto.

—Almacenes antiguos —responde Bruno—. Talleres cerrados, piezas de barcos, contenedores, material que nadie quiere mover hasta que se cae encima de alguien.

—Y la puerta cuatro —añade Nora— pertenece a una empresa que dejó de operar hace tres años.

—¿Vacía?

Nora arquea una ceja.

—En esta isla no existe lo vacío. Existe lo que todavía no has encontrado.

Me siento mal por lo mucho que esa frase me gusta. Singh recoge el papel y vuelve a guardarlo en la bolsa.

—Nadie se acerca hasta que sepamos quién más tiene esta información.

—Perdón —intervengo—. ¿Nadie significa nadie o significa «Vera, tú no»?

Ahora sí me mira. Y ahí está otra vez. La tensión.

Pero no la del beso, aunque sigue ahí debajo, como una corriente caliente y peligrosa.

Esta es otra: la de la discusión que todavía no hemos resuelto del todo, la de la batería cargada, la de su impulso de apartarme cada vez que algo se vuelve peligroso.

—Significa nadie —dice.

—Qué bonito. Igualdad en la exclusión.

Bruno carraspea.

—Yo quiero constar en acta como excluido agradecido.

—Nadie te ha preguntado —dice Nora.

—Por eso lo aclaro.

Singh sigue mirándome.

—No vamos a entrar a ciegas.

—No he dicho que entremos. He preguntado.

—Has preguntado como quien ya está pensando qué zapatos ponerte para ir.

—Botas. Siempre botas.

La boca de Bruno tiembla. Nora se gira hacia él.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara es víctima de prejuicios.

Singh no se ríe, pero algo se le suaviza en los ojos antes de volver a mí.

—Necesito que esta noche vuelvas a la pensión y te quedes allí.

—No.

Su mandíbula se tensa.

—Vera.

—No empieces.

—No estoy empezando nada. Estoy intentando que entiendas que alguien está dejando migas de pan para llevarnos a un lugar concreto a las dos y cuarto de la madrugada.

—Precisamente.

—Precisamente por eso no vas a ir.

—¿Y tú sí?

—Si hace falta.

—Entonces el problema no es que sea peligroso. El problema es que no quieres que sea peligroso para mí.

Se calla. No porque no tenga respuesta. Porque la tengo yo.

Y porque ambos lo sabemos. Nora observa la escena sin intervenir.

Bruno, por primera vez desde que lo conozco, no hace ningún comentario.

Eso me confirma que la discusión está siendo menos cómoda de lo que pretendía. Singh se quita los guantes despacio.

—No voy a pedirte que confíes en mí a ciegas.

—Bien, porque no pienso hacerlo.

—Pero sí voy a pedirte que entiendas que hay momentos en los que discutir puede costar demasiado.

—A mí me cuesta mucho menos cuando me das información.

—Y a mí me cuesta mucho menos protegerte cuando no intentas meterte en todos los agujeros de la isla.

—No necesito que me protejas de mí.

—Ya lo sé.

La respuesta llega tan rápida que me descoloca. Singh baja la voz.

—Lo que no sé es si puedo protegerte de ellos.

Ahí se acaba mi réplica. Porque no es una orden. No es una mentira con forma de batería. Es miedo. Muy controlado. Muy suyo. Pero miedo al fin. Me apoyo en el borde de la mesa, sin llegar a tocar las pruebas.

—Entonces no me dejes fuera —digo, también más bajo—. Si hay alguien moviendo piezas, si esto está conectado con la chica del traslado, con el puerto, con los listados... yo ya estoy dentro aunque me mandes a la pensión. La diferencia es que, si me apartas, voy a ir sola.

Nora suspira por la nariz.

—Eso no ha sonado a amenaza. Ha sonado a una descripción bastante exacta de su personalidad.

—Gracias —digo.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igual.

Singh mira a Nora. Después a Bruno. Después vuelve a mí. Parece cansado. No físicamente. Eso también, claro. Pero este cansancio es otro. De los que vienen de comprender que el mundo rara vez te da una opción limpia.

—No vas a ir al muelle seco —dice al fin.

Abro la boca. Él levanta una mano, sin tocarme.

—Pero tampoco te vas a quedar sola en la pensión sin saber nada. Estarás en coordinación con Nora. Escucharás la radio. Si hay algo que podamos confirmar sin poner a nadie en riesgo, lo sabrás.

—¿Eso es una concesión?

—Es lo máximo que puedo darte sin perder la cabeza.

—Qué dramático.

—Estoy aprendiendo de ti.

—Muy gracioso.

—Un poco.

Nora recoge las bolsas.

—Me parece enternecedor que hayáis descubierto el arte de negociar antes de que amanezca, pero tengo pruebas que registrar y un operativo que preparar.

—Yo voy a revisar el muelle en el mapa —dice Bruno.

—Tú vas a comer algo antes de desmayarte encima del mapa —corrige Nora—. Singh, media hora de descanso. Vera, usted también.

—No estoy en su equipo.

—No, pero empieza a darme los mismos dolores de cabeza.

Bruno sonríe.

—Eso en Nora es casi cariño.

—Bruno —advierte ella.

—Me voy a comer.

Se dispersan con una eficacia que me deja a solas con Singh durante un segundo demasiado corto y demasiado largo.

La conversación del muro sigue latiendo entre nosotros, pero ninguno intenta retomarla. No hace falta. Ya hemos dicho bastante por una noche.

—No voy a ir sola al muelle seco —digo.

—Gracias.

—No lo hago por obediencia.

—No lo esperaba.

—Lo hago porque, por una vez, tu plan no es completamente idiota.

Su boca se curva despacio.

—Eso ha sonado casi afectuoso.

—Revísate los oídos.

—Los tengo bien.

—Pues el ego, entonces.

—De ese voy justo.

—No diría lo mismo.

La radio crepita otra vez desde la mesa . Nora, desde fuera de la carpa:

—Singh, si estás mirando a la periodista en lugar de descansar, te juro que te pongo a inventariar vendas hasta Navidad.

Singh cierra los ojos un segundo . Yo me río. No puedo evitarlo . Él abre uno.

—Te caen todos demasiado bien.

—Es que todos parecen empeñados en avergonzarte. Me siento acompañada.

—Traidores.

—Equipo.

—No lo empeores.

Singh se aleja hacia el puesto médico . Yo regreso al paseo.

* * *