Capítulo 11
Delante de media isla
Vera
E sta vez viene conmigo. Hay frases que, dichas por otro hombre, me habrían puesto de los nervios.
Dichas por Singh, después de mentirme con una batería, salvarme de una explosión, besarme delante de media isla y no intentar fingir que no ha pasado, consiguen algo bastante más incómodo: que no sepa si quiero discutir o seguirlo sin respirar demasiado cerca.
El puerto está lleno de música, olor a comida y miradas que hacen esfuerzos muy poco creíbles por no fijarse en nosotros. Bruno, en algún punto detrás, se está riendo. No necesito verlo. Lo oigo en mi dignidad.
—Voy con usted porque me interesa lo que han encontrado —digo, caminando a su lado hacia el puesto médico improvisado junto al muelle.
—Por supuesto.
—No porque me lo haya pedido.
—No lo he pensado en ningún momento.
—Mentiroso.
—Un poco.
Tiene la desfachatez de sonar casi tranquilo, pero no lo está.
Lo noto en detalles pequeños: el pulgar rozando la correa de su radio, la forma en que mira dos veces hacia los extremos del paseo, el ritmo ligeramente más rápido de sus pasos.
Singh puede bromear mientras el mundo arde; eso ya lo he aprendido.
Lo que todavía no sé es qué hace cuando acaba de besar a una periodista enfadada y todo el pueblo lo ha escuchado por radio.
Aunque empiezo a sospechar que su método consiste en fingir que sigue en una misión. Muy práctico. Muy cobarde. Muy él.
—¿Va a decir algo? —pregunto.
—Estoy esperando a saber sobre qué.
—Sobre Bruno.
—Voy a matarlo.
—Algo más civilizado.
—Voy a cambiarlo de turno durante un mes.
—Mejor.
—En el turno de Nora.
—Cruel.
—Soy un hombre justo.
Se me escapa una sonrisa, y me molesta porque llega demasiado pronto.
Aún tengo la boca caliente por su beso. Aún sigo enfadada por la batería.
Aún no sé qué demonios hacer con la manera en que, al ofrecerme la mano, no parecía estar invitándome a una investigación, sino a entrar un poco más en su mundo. Mala idea.
La última vez que entré en un mundo ajeno acabé escribiendo sobre hospitales bombardeados y madres buscando nombres en listas colgadas con celo en una pared. Las listas. La chica de la sudadera gris. Helicóptero 2. El beso no cambia nada de eso.
El puesto médico está montado bajo una carpa blanca, cerca de la zona donde antes vendían buñuelos y vino de sal y miel.
La fiesta continúa, aunque algo más contenida en este extremo del puerto.
Hay una frontera invisible entre la música y el trabajo; San Elías parece acostumbrada a que ambas cosas convivan sin pedir permiso.
Nora nos espera junto a una mesa plegable. Lleva guantes azules, una bolsa transparente en la mano y cara de mujer que no está dispuesta a comentar besos ajenos aunque tenga información suficiente para destruirnos. La admiro por eso.
—El chico de la mochila —dice, sin preámbulos—. Lo tenemos localizado. Dieciséis años, vecino de la parte alta. Dice que alguien le pagó cincuenta euros por dejar la bolsa junto al barco y marcharse.
—¿Sabía qué llevaba? —pregunta Singh.
—Según él, bengalas viejas.
—Mentira —murmuro.
Nora me mira.
—Probablemente. Pero no parece saber mucho más. Está asustado, y no de nosotros.
Singh señala la bolsa.
—¿Qué encontraron?
Nora la deja sobre la mesa. Dentro hay un papel doblado, una ficha de plástico con un número y una pequeña pulsera de tela gris, deshilachada en un extremo. El estómago se me contrae.
—Esa pulsera…
Singh me mira al instante.
—¿La reconoce?
—La chica del traslado llevaba algo parecido en la muñeca. No estoy segura.
No debería decirlo tan rápido. Debería medir. Pedir ver el objeto. Comparar. Pero la imagen de la sudadera gris vuelve con demasiada fuerza: sus dedos rozando mi manga, la voz rota por el viento, el miedo sin teatro. Nora abre la bolsa con cuidado y saca la pulsera con unas pinzas.
—No la toques.
—No iba a hacerlo.
—Tiene cara de que sí.
—Todo el mundo en esta isla interpreta mucho mi cara.
—Es expresiva —dice Singh.
Lo miro.
—No ayude.
—No lo hacía.
—Sí lo hacía.
—Un poco.
Nora suspira con la paciencia de quien está rodeada de críos, aunque ninguno baje de los treinta.
—¿Puedes confirmar que es la misma?
Me acerco sin cruzar la distancia que me marca con un gesto.
La pulsera es gris, de tela basta, con una pequeña cuenta azul cosida cerca del cierre.
No recuerdo la cuenta. Recuerdo la muñeca delgada.
Recuerdo la manga de la sudadera cayéndole casi sobre la mano.
Recuerdo que, cuando me tocó, algo áspero rozó mi piel.
—No puedo confirmarlo al cien por cien —digo—. Pero podría ser.
Singh no aparta la vista de la pulsera.
—¿Y la ficha?
Nora gira la bolsa. La ficha es de plástico blanco, del tamaño de una moneda grande, con un número grabado. 27. Nada más.
—No pertenece a nuestro inventario —dice—. Tampoco al puerto, al menos no oficialmente.
—Puede ser de consigna, almacén, taquilla… —apunto.
—O de personas —añade Singh.
Su voz cambia al decirlo. No mucho. Lo suficiente para que el aire bajo la carpa se vuelva más frío. Nora guarda la pulsera otra vez.
—Voy a pasar esto a la policía local.
Singh la mira. Ella sostiene su atención con una calma seca.
—He dicho pasarlo. No he dicho confiarles mi vida.
—Nora…
—Necesito cubrir procedimiento, Singh. Si queremos que esto sirva de algo, no podemos manejar pruebas como si estuviéramos en una cabaña con mapas y teorías de conspiración.
—No es una teoría.
—Entonces haz que no parezca una.
No sé qué historia hay entre ellos, pero se nota que no necesitan levantar la voz para discutir. Hay respeto. También cansancio. Mucho. De los que se acumulan después de demasiadas emergencias compartidas.
—Puedo hablar con el chico —digo.
Los dos se giran hacia mí. Error, quizá. Pero ya está dicho.
—No —responde Singh.
—No he terminado de explicarlo.
—No hace falta.
—Me estoy acostumbrando a que no me deje terminar las frases.
—Y yo a que no elija frases sensatas.
—Soy periodista. Puede que conmigo hable antes que con ustedes.
—Puede que quien le pagó esté esperando a ver con quién habla.
—También puede que tengamos una oportunidad de saber algo antes de que se cierre.
Nora observa el intercambio con interés clínico.
—El chico está en la carpa de protección, con su madre y un agente. Ahora mismo no habla con nadie más.
—Mañana —insisto.
Singh no responde de inmediato. Es consciente de Nora, de la pulsera, de la ficha, de la gente que pasa cerca, de mi voz. Siempre parece consciente de demasiadas cosas.
—Mañana veremos —dice al fin.
—Eso no significa nada.
—Significa que no es un no.
—Está mejorando.
—Estoy exhausto. No lo tome como precedente.
Casi sonrío. Casi. Nora recoge las pruebas.
—Y ahora, si habéis terminado de tensar el aire en un espacio público, tengo que trabajar.
El calor me sube al cuello.
—No estábamos…
—Claro —corta ella—. Singh, comunicaciones. Vera, no toques nada. Y si vas a escribir sobre esto, cambia todos los detalles reconocibles o me encargaré personalmente de que Mara te dé de desayunar gachas durante una semana.
—Eso suena ilegal.
—Es San Elías.
Singh me hace un gesto hacia la salida de la carpa.
Caminamos unos metros en silencio, lejos de la música y de la zona médica, hasta quedar junto al muro bajo que separa el paseo de las rocas.
El mar golpea abajo con fuerza, oscuro, cubierto de reflejos partidos por las luces del puerto.
Sigo notando el beso. Es absurdo. No ha sido largo. No debería haber dejado tanta memoria.
Pero la boca es una traidora. La mía, al menos, parece haber decidido guardar el tacto de Singh como si fuera una prueba más.
—No vamos a hablar de eso, ¿verdad? —digo.
Él apoya una mano en el muro y mira el mar.
—¿Del chico?
—No.
—¿De la pulsera?
—Singh.
Esta vez sí me mira. La fiesta queda a nuestra espalda, amortiguada por el viento. Aquí la música llega como si viniera de otro sitio. Lo bastante cerca para recordarnos que hay gente bailando; lo bastante lejos para permitirnos fingir que estamos solos.
—Podemos hablar —dice.
—Qué generoso.
—O no hablar.
—Qué cómodo.
Una sombra de sonrisa le toca la boca.
—También podemos discutir.
—Eso se nos da bastante bien.
—Somos constantes.
Respiro hondo y me giro hacia el mar, porque mirarlo a él de frente no ayuda a ordenar nada.
—Me besó.
—Sí.
—Delante de media isla.
—Técnicamente, no sé cuánta gente estaba mirando.
—Bruno lo retransmitió.
—Bruno está vivo de milagro.
—Y después no dijo nada.
—Nos interrumpieron.
—La radio nos interrumpió. Usted se escondió detrás.
No contesta enseguida. Ahí está. No huye. Tampoco sabe dónde colocarse. Me gusta demasiado esa versión de Singh: el hombre que puede bajar por una cuerda hacia un acantilado, pero duda cuando tiene que hablar de algo que no se resuelve con un protocolo.
—No pretendía esconderme —dice.
—Pues lo pareció.
—Lo sé.
—Entonces vamos mejorando.
—Me hace sentir muy eficiente.
—Lo dudo.
Singh baja la vista hacia sus manos, apoyadas en el muro. La moneda no está allí. Eso me llama la atención. Como si, para esto, no hubiera querido interponer nada entre lo que piensa y lo que dice.
—No debería haberla besado así.
La frase me roza por dentro de una manera incómoda. No sé si me duele o me enfada. Quizá ambas.
—¿Así cómo?
—Sin hablar antes. En mitad de una fiesta. Estando de servicio. Después de haberle mentido con una batería.
—Vaya lista.
—Me dejo cosas.
—Seguro.
—Pero no me arrepiento de haberla besado.
El mar golpea las rocas. Una ola rompe abajo, fuerte, blanca. No miro a Singh. No puedo. Porque si lo miro, tal vez se me note demasiado que esa frase acaba de hacerme algo en el pecho.
—Eso complica la disculpa —digo.
—Mucho.
—Podría simplificarla.
—Lo estoy intentando.
—Mal.
—Sí.
La sinceridad me arranca una risa pequeña, casi sin querer. Él la escucha. La recoge. No se aprovecha. Solo se queda ahí, cerca, esperando a que yo decida si quiero seguir.
—No sé qué hacer con esto —confieso.
No pensaba decirlo. Se me escapa. Singh gira un poco el cuerpo hacia mí.
—Yo tampoco.
Me sorprende.
—Creía que usted siempre sabía qué hacer.
—Eso es porque suelo rodearme de problemas más sencillos.
—¿Yo soy un problema?
—Uno con grabadora, botas ruidosas y tendencia a subirse a palés podridos.
—Olvida mi gran habilidad para comprar baterías innecesarias.
—Imposible olvidarla.
Ahora sí lo miro. Tiene el rostro cansado.
Muchísimo. La luz de los farolillos le marca el corte del pómulo, la sombra bajo los ojos, la línea de la mandíbula.
No parece invulnerable. No aquí. No después de un día lleno de humo, acantilados, falsas alarmas, una fiesta y un beso que nos ha dejado a los dos en terreno inestable.
Quizá por eso me gusta más. Porque no está posando. Porque no intenta salir intacto.
—Sigo enfadada —murmuro.
—Lo sé.
—Y confundida.
—También.
—No lo sabe todo.
—Estoy haciendo una lista.
—Qué gracioso.
—Un poco.
El humor aparece de nuevo, pero esta vez no tapa nada. Solo hace respirable el momento.
—¿Qué quiere que haga? —pregunta.
La pregunta es sencilla. Demasiado. Casi peligrosa.
—No lo sé.
—Entonces empezaré por lo único que tengo claro.
No se acerca. No intenta tocarme. No me acorrala entre él y el muro, aunque podría.
Singh deja siempre espacio. Me he dado cuenta de eso.
Incluso cuando me aparta del peligro. Incluso cuando me besa.
Hay algo profundamente desconcertante en un hombre capaz de salvarte la vida sin convertirte en alguien pequeño.
—Dígame qué prefiere —dice, con la voz más baja—: ¿que le pida disculpas o que le diga que llevo queriendo repetirlo desde que ocurrió?
La pregunta me deja sin aire. No porque no la esperara. Porque, en algún lugar absurdo y cuidadosamente negado de mí, quizá sí la esperaba. El mar vuelve a romper abajo. La música cambia al fondo. Yo aprieto los dedos contra el muro, obligándome a no mirar su boca.
—Eso no es justo.
—No.
—Lo sabe.
—Sí.
—Y aun así lo pregunta.
—Sí.
La respuesta debería enfadarme. En cambio, me sacude de otra manera.
No hay chulería en él. No está jugando. Singh no es un hombre que use el deseo como arma, y precisamente por eso lo que acaba de decir pesa tanto.
Lo ha soltado sin adornos. Sin sonrisa de medio lado.
Sin intentar parecer más seguro de lo que está.
Quiero responder algo afilado. Algo mío. Algo que me devuelva el control.
Pero llevo desde que llegué perdiéndolo a trozos: en una línea amarilla, en un hangar, en una pista, en un baile, en un beso.
—Las dos cosas —digo al fin.
Sus ojos se quedan en mí.
—¿Qué?
—Quiero las dos cosas.
Esta vez soy yo quien no sonríe.
—Las disculpas y la verdad.
Singh tarda un segundo en asentir.
—Lo siento.
Dos palabras. Limpias. Sin excusa. Sin batería. Sin protocolo.
—¿Por besarme?
—Por mentirle.
La respuesta me atraviesa con más fuerza que cualquier disculpa bonita.
—¿Y por besarme?
Su boca se mueve apenas.
—Eso tendría que mentir para decirlo.
La risa me sube por el pecho y se queda atrapada en la garganta.
La tensión también. Nos miramos demasiado tiempo.
El espacio entre ambos parece estrecharse sin que ninguno dé un paso.
La mano de Singh sigue sobre el muro, a unos centímetros de la mía.
No se mueve. Yo tampoco. El impulso de cerrar esa distancia me llega con una claridad que casi me asusta.
Esta vez, sin música. Sin Bruno. Sin media isla mirando.
Esta vez sería una decisión. La radio de Singh crepita. Los dos bajamos la vista al mismo tiempo. Él no responde enseguida. Yo tampoco me aparto.
—Singh —entra la voz de Nora—. Necesito que vengas. Ahora.
Él cierra los ojos un instante.
—Recibido.
La magia se rompe mal. Sin elegancia. Como suelen romperse las cosas de verdad. Singh se incorpora, pero antes de irse me mira de nuevo.
—No hemos terminado.
Mi boca recuerda el eco de otra frase, de otro día, cuando la entrevista quedó a medias y él se marchó hacia un helicóptero. Esta vez soy yo quien responde:
—Entonces tendrás que volver.
No sé si soy consciente de que acabo de tutearlo hasta que su expresión cambia. Muy poco. Suficiente. Suficiente para que el aire vuelva a tensarse en un lugar mucho más peligroso que cualquier acantilado. Singh asiente una vez.
—Volveré.
Y se marcha hacia la luz blanca del puesto médico, dejando atrás la música, el mar y una promesa que no debería haber sonado tan íntima.